Luisa de Marillac y la formación de las HH. de la Caridad (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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2.2. MUJER IDENTIFICADA CON JESUCRISTO: «YA NO SOY YO QUIEN VIVE, ES CRISTO QUIEN VIVE EN MI»

Vicente de Paúl dijo de Luisa de Marillac en la conferencia sobre sus virtudes que podía decir de sí misma lo que decía Pablo de Tarso: «No soy yo el que vive, sino Jesús el que vive en mí». Ella tenía un ardiente deseo y ponía gran cuidado en trabajar por­que al final de sus días, «se encuentre en mi alma la huella de Jesucristo «22. Y había escogido la Voluntad de Dios, su Proyec­to, «como única guía de mi vida; podré llegar a conocerla a tra­vés de esa regla (que es) la vida de tu amado Hijo en la tierra, con la que deseo configurar la mía. Los dos se habían encon­trado muchas veces contemplando la calidad de vida evangélica que percibían en las jóvenes hasta el punto de admirar cómo «el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo seme­jante en la vida de una Hija de la Caridad».

Seguimiento de Jesucristo, imitación de Jesucristo, con cual­quiera de estas expresiones aquellas primeras mujeres Hijas de la Caridad estaban familiarizadas. Se trataba de una tarea, un don y una vivencia. Luisa vivía centrada en esa imitación y seguimien­to. Se sentía atraída, le gustaba, experimentaba gozo en ello. ¡Y lo transmitía! El intento de las jóvenes por «llegar a ser» imagen de Jesucristo, por ir permitiendo que su huella quedara impresa en la personalidad de cada una, estaba marcado por el contagio. Luisa les enseñaba a orar, oraba día a día con ellas y compartían los pensamientos y las vivencias que habían surgido durante la oración. Meditaban con frecuencia a través del recuerdo del texto evangélico o de la contemplación de imágenes, en los gestos y en las acciones de Jesucristo. La escuchaban orar por ellas, para que también en su alma quedaran impresos los rasgos de Jesucristo. En la vida corriente y sencilla de cada día, Luisa les invitaba a vivir todo lo que iba sucediendo como lo viviría Jesucristo. La veían reaccionar ante los acontecimientos sencillos o un poco más importantes, escuchaban sus palabras en las conversaciones coloquiales, cuando compartía sus experiencias, cuando quería comunicarles energía suficiente para superar las dificultades y cuando les hablaba con dulzura y firmeza invitándolas a la con­versión. En todo tenía como referente a Jesucristo. Orar, darse cuenta, tener la mente ocupada por Jesucristo y permanecer aten­tas para acoger el don. Este era el trabajo al que Luisa de Marillac les invitaba con frecuencia y en el que debían poner todos sus cuidados.

Imitación y seguimiento apuntan a algo que puede hacer la persona. Es como el grano de arena que cada mujer, cada vez más identificada con Jesucristo, ha de poner para que pueda sur­gir en ella la Hija de la Caridad auténtica. Porque nada se hará en ella sin ella, sin su trabajo interior, sin su libre consentimiento. Para que este modo de ser pudiera surgir vigoroso necesitaban cultivar además una dimensión de la que la persona no puede lle­var el control. Y Luisa de Marillac se atrevía a proponer a sus compañeras de camino un horizonte más atractivo todavía. Les invitaba a prestarse a la experiencia de vivir acogiendo el mismo espíritu de Jesucristo, ser personas en las que está vivo y activo el mismo espíritu de Jesucristo. «Pedid, cada mañana interior­mente, la bendición de nuestro bondadoso Dios para actuar según el espíritu de su Hijo cuando estaba en la tierra, al emprender las obras de Caridad que tengáis que hacer, o más bien que ese mismo espíritu actúe por medio de vosotras; y comenzad cada jornada pensando que os encontráis acompaña­das por Jesucristo«. Ante esta dimensión de la identificación con Jesucristo, la persona podía ser activa en el deseo, el aprecio, la estima, la oración de petición y en el ingenio femenino para atraer su atención. A partir de ahí, solo quedaba permanecer en una “fe viva y llena de confianza«, capaz de atraer el espíritu de Jesucristo como don. Porque Él desea comunicar, dar, infundir su espíritu para que sea posible que, en cada momento histórico, las Hijas de la Caridad hagan presentes sus pensamientos, sus sentimientos y las acciones que Él haría si estuviese en la tierra.

2.3. MUJER HABITADA POR UN AMOR SENCILLO Y HUMILDE

Cuando Vicente conoció a Margarita se sintió sorprendido ante ella porque «tenía una caridad tan grande…». Y cuando fueron llegando otras como ella veía que «su espíritu era suma­mente sencillo». No podía contener la alegría que le producía ver en ellas «un espíritu de gran humildad, sin ninguna ambición». Estas y otras que vinieron después tenían «el corazón lleno de amor». Y frecuentemente lo comentaba con Luisa. ¡Era admira­ble! Como una buena noticia para quienes se encontraban con ellas. Por eso, les repetía: «El que os vea, tiene que conoceros por esas virtudes. Cuando habláis con los demás, o vais por la calle, id con naturalidad, tened el corazón bien abierto, que se os vea siempre con esas tres bellas joyas de la humildad, la cari­dad y la sencillez».

Eran mujeres con un corazón habitado. El corazón, lo profun­do de la persona, es la sede del «ser», del «sí mismo». Y el Espí­ritu que se derrama en todas las personas, al querer configurar esta nueva manera de ser mujer, adquiría una coloración espe­cial, una tonalidad particular, un brillo propio. Eran mujeres que aún sin saberlo muy bien, por la actitud con que se situaban ante el vivir y por acoger esa vida comunicada por el Espíritu, esta­ban intentando dar plenitud a su existir. La sencillez, la humil­dad, el amor anidaban en sus corazones como una promesa que busca su realización, que aspira a «llegar a ser».

Este espíritu constituía la esencia de aquel modo de ser. De ahí la importancia de cultivarlo, de cuidarlo, de «conocerlo» y de vivirlo. Aquí Luisa ponía sus mejores energías porque no solo se trataba de una cuestión de identidad sino también de vitalidad, de pervivencia. Era importante que las jóvenes reconocieran en ellas ese espíritu y lo trabajaran para permitirle crecer y porque, si no vivían desde él, harían cosas distintas que las que tenían que hacer. Hacía ya algunos años, era hacia 1628. Vicente le ofreció un elogio en forma de deseo: «Que pueda ser siempre un hermoso árbol de vida que produzca frutos de amor», viviendo desde la raíz. Ella deseaba contribuir a que aquel nuevo modo de ser surgiera con vigor como brotan los frutos del árbol bien cuida­do. Porque ante ella, aquello era una forma de vida, del todo espi­ritual, aunque se manifieste en continuas acciones exteriores.

Ella misma se comportaba con ese espíritu y animaba, indi­caba, corregía, mostraba su admiración cuando despuntaba en alguna de las jóvenes, les proponía el ejemplo de otras personas y de los santos en quienes podían percibirse estas virtudes. » ¡Ay, queridas Hermanas!, no es bastante ser Hija de la Caridad de nombre, no es bastante estar al servicio de los pobres en un hos­pital, aunque esto sea para ustedes un bien que nunca podrán estimar suficientemente, sino hay que tener las verdaderas y sólidas virtudes que ustedes saben deben poseer para llevar a cabo esa obra en la que tienen la dicha de estar empleadas; sin ello, Hermanas mías, su trabajo les será casi inútil». Estos signos de identidad debían estar presentes en la forma de ser, de expresarse, en la forma de actuar, y en sus relaciones, lo debían impregnar todo.

Las podían considerar como, dinamismos, energía, viveza, fuerza, vigor. Eran como los cauces a través de los que se expre­saba lo mejor de sí mismas. Como vías interiores a través de las que podía asomar toda su riqueza interior, lo divino que anida en la raíz de donde surge la persona, sus dones, cualidades, deseos más genuinos, palabras, acciones.

  • La humildad hacía posible el que aquellas mujeres se aco­gieran a sí mismas, con amor, como don gratuito de Dios, como «barro viviente»; que disfrutaran de y con lo que eran, sin pretender otra cosa; que desarrollaran una inmen­sa gratitud por la vida recibida, creciendo en ellas la con­ciencia de que «todo cuanto aparecía en ellas era sola­mente gracia«. Hacía posible también el cultivo de todas las capacidades con las que habían sido dotadas, con amor, desde su creación y que, como talentos, las desarro­llaran poniéndolas al servicio del Reino de Dios. Mathurine Guérin recordaba a Luisa valorando en sus compañe­ras y en ella misma estos dones; «Solía decir que no había que desperdiciar las gracias naturales que se reconocen en una persona, porque esas gracias son un gran medio que tiene esa persona para hacer el bien. Porque, —decía—, si hubiera que hacerse siempre violencia e ir en contra de la naturaleza, no lograríamos hacer todo lo que hacemos cuando nuestro temperamento nos inclina a ello”9. Hacía posible también, que atribuyeran a Dios todo el bien que brotaba a través de lo que vivían, decían y hacían; el aplauso y el elogio que pudiera surgir de quienes las veían vivir; y reconocer como causa del mal que pudiera surgir, su limitación y su pecado.
  • La sencillez es apertura, luminosidad, claridad, verdad, rectitud. La sencillez favorece que la luz interior brille, resplandezca. La sencillez les permitía ser transparentes, vivir a corazón abierto. Que sus palabras y sus gestos reflejaran claramente lo que había en sus sentimientos y pensamientos. Nada de disimulos, de dobleces ni falseda­des. La sencillez les permitía aceptar, acoger y recibir el don que eran, en toda su riqueza y a la vez, ofrecer, salir y entregar lo mejor de ellas mismas y el Amor que les habi­taba. Ir rectamente a Dios y que Él se reflejara y se comu­nicara a través de ellas.
  • La Caridad es el amor. Amor recibido de Dios que nos habita. Amor que necesariamente ha de ser humilde porque somos creaturas y requiere la sencillez para expresarse en todo su esplendor. La Caridad les impulsaba a vivir desde el amor, impulsadas por el Amor. A sentirse hijas de Dios. A experimentar el gozo de ser totalmente de Dios. A sen­tirse habitadas por el amor que el Espíritu derrama en el corazón. Porque eran hijas de Dios, hijas que pertenecían por entero a Dios, pues el que está en la caridad está en Dios, y Dios en él». Y a vivir el amor en todas sus mani­festaciones: estima, afecto, amistad, ágape. Cuando la cari­dad estaba viva y activa en aquellas mujeres, ningún obs­táculo las podía detener, no había límites para su ansia de amar. Se las podía ver superar las mayores dificultades, correr los mayores riesgos. Porque «el fuego del amor consumirá todos los obstáculos a las operaciones divinas, establecerá en ellas las leyes de la santa Caridad y les dará fortaleza para obrar por encima del poder humano, con tal de que esas almas permanezcan en la total desposesión». Y además, la Caridad tiende a la unión. Les impulsaba a vivir la experiencia entrar en comunión con Dios, con todas las personas y todo lo creado.

Estas virtudes constituyen el espíritu de la Compañía, el espí­ritu que mantiene viva la identidad de la Hija de la Caridad. Ellas producen otras virtudes que también les caracterizan y les son indispensables para vivir sus relaciones tanto entre las Hermanas con las que comparten la vida en Comunidad, como con los cola­boradores, y con los pobres.

  • La cordialidad, que nos hace mostrar afecto a las herma­nas, estimarlas y hablar siempre bien de ellas
  • La tolerancia, que nos lleva a no ver las faltas de los demás con acritud, sino a disculparlas siempre, humillán­donos nosotras.
  • La amable dulzura en el trato que supone ternura, afabili­dad, suavidad, agrado, deleite, bondad, delicadeza, mimo.
  • La mansedumbre, o ese modo de acercarse a los demás expresándoles paz, tranquilidad, serenidad, bondad, placi­dez, fidelidad, condescendencia, deferencia.
  • El respeto, esa mirada que descubre en la otra persona todo su valor; esa actitud de acogida, aceptación, estima y aprecio, que no pretende cambiarla; la admiración y el reconocimiento de su dignidad de hija de Dios.
  • La amistad sólida y respetuosa.

Carmen Urrizburu

CEME 2010

 

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