Luisa de Marillac (y 19) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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¡Gloria a la Madre y a las Hijas!

CUATRO NUEVAS MÁRTIRES. — LA B. MAGDALENA FONTAINE. —LA B. MARÍA LANEL. — LA B. TERESA FANTOU. — LA B. JUANA GERARD. — CARÁCTER ANTICRISTIANO DE LA REVOLUCIÓN FRAN­CESA. — SITUACIÓN DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD. — JOSÉ LE-BÓN EN ARRÁS. — LAICISACIÓN DE LA CASA DE CARIDAD. —PRISIÓN DE LAS HERMANAS. — JOSÉ LEBÓN EN CAMBRAI.—CONDUCCIÓN DE LAS HERMANAS A CAMBIZAI . PALABRAS PROFÉTI­CAS DE SOR FONTAINE. — COMIENZA A REALIZARSE LA PROFECÍA. — LAS HERMANAS ANTE EL TRIBUNAL DE SANGRE. — AL CADALSO CANTANDO. — ULTIMAS PALABRAS DE SOR FONTAINE. — EJECU­CIÓN DE LAS HERMANAS. — CUMPLIMIENTO DE LA PROFECÍA.

El 26 de junio de 1794, a las diez de la mañana, cuatro muje­res subían a un estrado levantado en la gran plaza de Cambrai, en el que se hallaba instalada la lúgubre guillotina que tantas vidas había segado durante la época justamente llamada del Terror. Minutos después, sus cabezas rodaban al funesto canasto a donde habían ido a parar las de tantas otras víctimas del furor revolucionario.

¿Quiénes eran estas víctimas? Eran cuatro Hijas de la Ca­ridad de san Vicente de Paul: Sor Magdalena Fontaine, supe­riora de la Casa de Caridad de Arrás y sus tres compañeras Sor María Lanel, Sor Teresa Fantou y Sor Juana Gérard.

¿Cuál era el crimen que habían cometido? La Iglesia, cuyo magisterio es infalible en estas materias, acaba de dar la con­testación a esta pregunta elevando al honor de los altares a estas cuatro Hijas de la Caridad, pocos días después que la Bienaventurada Luisa de Marillac ha sido declarada digna del  culto público, envolviendo así en una misma aureola de gloria a la Madre y a las Hijas.

Vírgenes consagradas a Dios, emplearon su vida en el ejer­cicio de la caridad, socorriendo a los pobres, asistiendo a los enfermos, amparando a los huérfanos; en una palabra: pasaron por la tierra haciendo el bien y, antes que ser infieles a su fe y a su sublime vocación, prefieren morir en un glorioso martirio, sacrificadas por fanáticos sectarios que se dan a sí mismos el título de apóstoles y defensores de la libertad.

La B. Magdalena Fontaine nació en Etrepagny, departa­mento del Eure, Francia, el 22 de abril de 1723, siendo sus padres Roberto Fontaine, laborioso y honrado industrial, y Ca­talina Cercelot. A los veinticinco años de edad entró en la comu­nidad de las Hijas de la Caridad, comenzando su seminario en la Casa madre el día 9 de julio de 1748. A los pocos meses vistió el santo hábito y fue enviada a Rebais, al hospital de San Roque y Santa María, en cuya casa hizo los santos votos y en la que permaneció diez y nueve años, siendo de allí enviada como supe­riora de la importante Casa de Caridad de Arrás, fundada por el mismo san Vicente y la B. Luisa de Marillac, cuya dirección tuvo durante veinticinco años.

La B. María Lanel, hija de Miguel Lanel y de Margarita Hedin, nació en la pequeña ciudad de Eu, el 24 de agosto de 1745. Antes de la Revolución, había en Francia dos seminarios para la formación de las Hijas de la Caridad, el principal en París, en el arrabal de San Dionisio, y otro menos importante en la ciudad de Eu, fundado en 168o por María Luisa de Orleans; así es que la joven Lanel no tuvo que dejar su país natal para la primera prueba, ni para el seminario, al que ingresó el io de abril de 1764, a los diez y nueve años de edad. En el mes de diciembre de aquel mismo año tomó el santo hábito, después de ocho meses de seminario y fue enviada provisionalmente a Senlis, sin duda para reemplazar alguna Hermana enferma. En febrero de 1765 fue colocada definitivamente en la casa de Cambrai, donde terminó su formación e hizo sus primeros votos, pasando de allí a Arrás, en donde encontró a su superiora Sor Magdalena Fontaine, de la que no debía separarse jamás y con la que había de subir al cadalso para dar juntas su vida por amor a Jesucristo y a su santa vocación.

La B. Teresa Fantou nació en Miniac-Morván, Bretaña, el 29 de julio de 1747, siendo sus padres Luis Fantou y María Robidon. A los veinticuatro años de edad dejó el mundo para consagrarse a Dios y al servicio de los pobres en la Compañía de las Hijas de la Caridad, siendo recibida en el seminario de París el 29 de julio de 1771, seminario que, según parece, se prolongó cerca de doce meses. Al salir del seminario, fue desti­nada, sucesivamente, a las casas de Ham, Chaumy y Cambrai, de donde pasó a la Casa de Caridad de Arrás, cuando ésta se hallaba en plena prosperidad bajo la prudente dirección de Sor Fontaine.

No teniendo las fechas precisas de esos cambios, nada pode­mos decir sobre los oficios desempeñados por esta Hermana, ni sobre los motivos que tuvieron los Superiores para estos suce­sivos traslados. Sabemos sólo que Sor Teresa Fantou poseía un espíritu fino y delicado, conservando gran serenidad en las circunstancias difíciles, como se ve en el famoso interrogatorio a que fueron sometidas las Hermanas por el tribunal revolu­cionario del distrito de Arrás. La actitud decidida de esta buena Hermana y sus palabras ingenuas y sencillas están impregnadas del más grande espíritu de fe y de piedad; mas, por lo que hace al primer período de su vida, se desliza todo entero en el más grande silencio entre las obras de su vocación, pasando comple­tamente inadvertida.

La B. Juana Gérard.— En el rico valle del Mosa y a unos treinta kilómetros de Verdún se alza sonriente el pintoresco pueblo de Cumiéres, patria de nuestra bienaventurada Mártir. Hija de Nicolás Gérard, acomodado agricultor y de Ana Bre-da, nació la B. Juana el día 23 de octubre de 1752. A los doce años hizo su primera Comunión con tan buena preparación y con tal fervor que, aquel primer contacto de su alma con el buen Jesús hizo germinar en ella la generosa resolución de consagrarse a Dios para siempre. Su extraordinaria hermosura, sus cualidades físicas, su candor y sencillez verdaderamente notables, unidas a su juicio práctico y a una piedad franca y de bue­na ley, la hacían sobresalir entre todas las jóvenes de su edad.

El 15 de agosto de 1774 su buena madre bajaba al sepulcro, viéndose a la edad de veintidós años convertida, en virtud de las circunstancias, en ama de casa y en la madre de sus herma­nos. Felizmente se hallaba preparada para tan delicada misión.

Solicitada para contraer matrimonio por’ un joven de una de las más distinguidas familias de la comarca, fue imposible reducirla a dar su consentimiento, no obstante las instancias que de todas partes se le hacían, y para substraerse a toda soli­citación y conservar su plena libertad, después de adiestrar a su hermana María Ana, que tenía dos años menos que ella, en el manejo de los asuntos domésticos, dejó su casa y fue a hacer su primera prueba como postulante entre las Hijas de la Caridad de Verdún entrando en el seminario de la Casa madre el 17 de septiembre de 1776.

A los ocho meses de probación, vistió el santo hábito, en el mes de abril de 1777 siendo destinada, a la Casa de Caridad de Arrás, donde completó su formación, abandonándose’ con in­fantil docilidad a la juiciosa dirección de Sor Fontaine con la que tenía que vivir y morir, dando al buen Jesús la prueba más grande de amor que puede darse en esta vida por medio de un glorioso y generoso martirio.

La inocencia, la piedad y una correspondencia entera y com­pleta a los impulsos de la gracia divina constituyen el carácter distintivo de esa hermosa alma que vuela del mundo a la vida de comunidad, de la vida de comunidad al cadalso y del cadalso al cielo.

Jamás los anales de los pueblos han presentado un espec­táculo más formidable que el de la Revolución francesa. Todas las cuestiones del mundo moderno, todas las que se refieren a los destinos del género humano se aunan con interés inmenso y con terrible prontitud. Aquel drama que sólo duró diez años, desde mayo de 1789 con la apertura de los Estados generales,’ hasta noviembre de 1799 con el establecimiento del Consulado, cam­bió la obra de diez siglos.

Podía esperarse que las Hijas de la Caridad, que sólo se ocupan en obras de beneficencia, nada tendrían que temer de una revolución que se hacía proclamando los principios de li­bertad, igualdad y fraternidad; pero la gran Revolución era en el fondo la guerra a la religión y todo su programa estaba con­densado en estas palabras de Mirabeau: Ante todo, hay que descristianizar a Francia. Por consiguiente, siendo las Hijas de la Caridad una institución religiosa, por más que se mantuvieran siempre muy ajenas a los partidos en lucha y que su vida estu­viera por completo consagrada al servicio de sus semejantes, los hombres de la Revolución, fieles a su programa, no debían retro­ceder ante ningún exceso para lograr hacer desaparecer toda huella de religión.

Las primeras leyes revolucionarias no comprendían, de modo alguno, a la Compañía de las Hijas de la Caridad; pues el de­creto de la Constituyente se limitaba a declarar que no reco­nocía las órdenes religiosas de votos solemnes ; y el cismático juramento constitucional sólo se imponía, en un principio, a los sacerdotes que desempeñasen algún cargo, considerándolos como funcionarios públicos.

En lo tocante a las Hermanas de Arrás tenían motivos para estar más confiadas, pues, en plena revolución la autoridad de­partamental les había dado toda clase de seguridades, como lo vemos por un documento fechado en el Paso de Calais el 15 de mayo de 1791, que decía así : «Las Hermanas de la Caridad, es­tablecidas en varias poblaciones del departamento, no habiendo, dejado de dar pruebas de su abnegación generosa en favor de los pobres enfermos, se han conquistado la más alta recom­pensa por sus trabajos, mereciendo la estimación y aprecio de sus conciudadanos. Apoyadas en la expresión de este senti­miento, deben permanecer sin temor de ser molestadas en la tranquilidad de que gozan: al contrario, mientras se mantengan en la esfera simple y activa de sus obras de Caridad cristiana, pueden contar con la protección que les aseguran las leyes.»

La situación cambió por completo y todas las esperanzas que habían podido formarse se desvanecieron, cuando en I.° de no­viembre entró en Arrás José Lebón, el nuevo representante del pueblo, en el departamento del Paso de Calais, nombrado por la Convención para este cargo.

La Convención fue la tercera y la más terrible de las asam­bleas de la Revolución. Ella fue la que abolió la monarquía, la que condenó a muerte al desgraciado Luis XVI, ejecutado el 21 de enero de 1793, ella, en fin, la que hizo correr ríos de san­gre inocente tanto en la capital como en las provincias.

José Lebón, sacerdote apóstata, fue uno de los hombres más crueles y sanguinarios de aquella época nefasta. Su amistad con Robespiérre le sirvió mucho en su rápida y agitada carrera polí­tica.

La Casa de Caridad de Arrás, hasta entonces respetada, fue inmediatamente objeto de su implacable persecución. El 14 del mismo mes de noviembre, dos comisarios delegados del Dis­trito y del Consejo general del Municipio se presentaron a la Casa de Caridad para notificar a las Hermanas que, no habiendo hecho el juramento cismático prescrito por las leyes, se les con­cedía quince días de plazo para prestarlo. Las buenas Herma­nas contestaron con entereza y dignidad que no habían prestado tal juramento, ni estaban dispuestas a prestarlo, por no permitírselo su conciencia y que, por lo tanto, el plazo que se les seña­laba estaba de más. Los comisarios levantaron acta de esta re­solución de las Hermanas y, practicando un registro minucioso en toda la casa, hicieron el inventario de todos los objetos que en ella encontraron, registro que se repitió dos días después, cuyas actas firmadas por la superiora Sor Magdalena Fontaine se hallan aun hoy día originales en los archivos departamentales del Paso de Calais.

El día 23 del mismo mes, el Distrito dio un decreto por el que se expulsaba a todas las religiosas de los distintos estableci­mientos que no se habían sometido a prestar el juramento cons­titucional. La Casa de Caridad fue laicizada, recibiendo el nom­bre de Casa de la Humanidad. Nombróse un director y un per­sonal laico ; mas, no creyéndose aun bastantes fuertes, por temor al pueblo que tenía gran respeto y simpatía por las Hermanas, las Hijas de la Caridad no fueron por entonces expulsadas del establecimiento, sino conservadas en él con el título de Ciuda­danas al servicio de la Casa de la Humanidad.

José Lebón, con su tiranía y sus horribles y numerosas eje­cuciones, llegó a aterrorizar a la población y entonces, sintiendo ya su poder bastante consolidado, pudo satisfacer todo su odio sectario y ordenó la prisión de las Hijas de la Caridad. El 14 de febrero de 17c)4 fueron conducidas las Hermanas a la Aba­cial, de donde fueron trasladadas el to de marzo a la Providen­cia, edificios convertidos en cárceles.

El 4 de abril de aquel mismo año, después de siete semanas de prisión, tuvieron que comparecer las Hermanas ante el Co­mité de Vigilancia, donde fueron sometidas a un ridículo y odioso interrogatorio, siendo trasladadas al día siguiente a la cárcel llamada de Baudets.

Por más que se buscaban pretextos para llegar a condenar a las Hijas de la Caridad, éstos no se encontraban y el infame José Lebón, no obstante su deseo de condenar a muerte a las cuatro heroicas Hermanas, no se atrevía a ejecutarlas, sobre todo en la misma población de Arrás, en donde, no obstante tantos desvaríos, el pueblo les conservaba toda su simpatía; así es que esperó se presentase ocasión favorable para realizar sus planes sanguinarios.

Esta ocasión no tardó en presentarse. A fines de abril recibió José Lebón una orden del Comité de Salvación Pública para que se trasladara a Cambrai, donde eran necesarios sus patrió­ticos servicios para robustecer allí el espíritu revolucionario. Como la ciudad de Arrás quedaba siempre bajo su maléfica influencia; comenzó por establecer un tribunal especial para juzgar a los conspiradores ordinarios, reservándose él las causas más notables. Tomadas estas disposiciones, se dirigió a Cambrai, a donde llegó el 5 de mayo acompañado del verdugo, el fiscal y los principales miembros del tribunal sanguinario de Arras: en total veinte ciudadanos con cuya finalidad podía contar.

Al día siguiente de su llegada, comenzaron los arrestos en masa, llenándose bien pronto las improvisadas cárceles. En la plaza de Armas hizo levantar, junto al altar de la Patria, la famosa guillotina, la que comenzó a funcionar el día 10 de mayo, cayendo en este día cinco víctimas a su filo. Al siguiente día, ocho nuevas víctimas pagaron con su vida y así sucesiva­mente; de tal modo que en breves días, el terror dominaba la ciudad de Cambrai.

Todos estos horrores, todo ese mar de sangre inocente no le hizo olvidar las víctimas que había dejado preparadas en Arras ; el 20 de mayo condenó a morir en la guillotina a treinta y dos habitantes del Paso de Caíais, a los que siguieron otros muchos que, transportados de Arrás a Cambrai, iban a una muerte irremediable.

El 25 ele junio, a las diez de la noche, se abrieron de repente las puertas de la cárcel de Baudets y fueron llamadas las cuatro Hijas ele la Caridad. Se había recibido una orden de Cambrai para que aquella misma noche, sin esperar la salida del coche del día siguiente, fueran de urgencia trasladadas a aquella ciudad.

Nadie podía forjarse ilusiones sobre la suerte de las buenas Hermanas. Aquella precipitada llamada, la orden de ser condu­cidas inmediatamente a Cambrai, todo indicaba bien claramente que, por fin, José Lebón iba a satisfacer su sed de venganza, su odio sectario, en aquellas cuatro víctimas del furor revolu­cionario; y como las Hijas de la Caridad habían sido en la cárcel ángeles ele consuelo para todas las que allí se hallaban detenidas, se desarrolló en aquel lóbrego lugar, el cuadro más tierno y doloroso que pueda imaginarse.

Ante tantas lágrimas y tantas manifestaciones de dolor, la superiora Sor Magdalena Fontaine, se despidió de sus compa­ñeras de cautiverio, las animó a poner su confianza en Dios y, como inspirada por un espíritu profético, terminó con estas palabras que repitió varias veces : ¡Consoláos, nosotras seremos las últimas víctimas!

Dada la orden de partida, se pusieron en camino a la una de la mañana y lanzados los caballos a todo correr, pues la orden recibida de Cambrai era urgente, llegaron al poco tiempo a la primera posta en donde encontraron la diligencia ordinaria que había salido por la tarde de Arrás y en la que era conducido un grupo de presos que, como ellas, iban a una muerte segura, los que se hallaban sumidos en la más grande desolación principal­mente las señoras. Las buenas Hermanas, aprovechando el cam­bio de caballos, se acercaron a aquel grupo de condenados a muerte para animarlos y consolarlos y, al ver la profunda tris­teza de las señoras, Sor Magdalena Fontaine repitió por segunda vez sus misteriosas y proféticas palabras, siendo aquí aun más explícita que en la cárcel de Arrás : ¡No temáis, señoras; consoláos, vosotras no pereceréis! ¡Nosotras os precederemos ante el tribunal y seremos las últimas víctimas!

Humanamente, las palabras de la buena Superiora no pare­cía que pudiesen realizarse, así es que aquellas infelices víctimas sólo las recibieron como un buen deseo, como una palabra de aliento y consuelo; pero muy pronto vieron que empezaron a realizarse. El primer convoy salió de la posta, al que poco des­pués debía seguir el de las Hermanas; por consiguiente, el pri­mero debía llegar antes a Cambrai y las personas que en él iban debían pasar las primeras ante el terrible tribunal de sangre ; pero sucedió que, a poco de haberse puesto en camino, una rueda del primer coche se hizo pedazos y el de las Hermanas lo alcanzó y siguió adelante mientras se veía modo de arreglar aquel im­previsto percance. Sólo entonces, durante las horas que perma­necieron detenidos en el camino, fue cuando aquellos infelices empezaron a reflexionar sobre las misteriosas palabras de Sor Magdalena Fontaine: nosotras os precederemos y seremos las últimas víctimas; y un rayo de esperanza brilló en sus atribuladas almas, y ésta se acentuó más cuando, en la imposibilidad de con­tinuar su camino hacia Cambrai, regresaron a Arrás. Sólo tres días después fueron conducidos a Cambrai; pero era ya dema­siado tarde, el tribunal de sangre había sido suprimido y, según la predicción de Sor Magdalena Fontaine, se habían librado de la muerte.

El lunes, 26 de junio de 1794, a las ocho y media de la ma­ñana, entraban las buenas Hermanas en Cambrai. Conducidas a la Casa de detención del tribunal de la calle de la Fuerza, no fueron admitidas por ser imposible alojar en aquella pequeña casa a más de los noventa y cinco presos que tenía; así es que fueron conducidas directamente al tribunal que funcionaba en el antiguo seminario y, mientras llegaba la hora, fueron encerradas con otros acusados en la capilla del establecimiento.

No tardó en constituirse por orden de José Lebón el tribunal de sangre, el cual fue formado más bien por verdugos y ase­sinos, que por jueces encargados de administrar justicia. Los juicios eran públicos y, por lo regular, al presentarse en la sala los presuntos reos, el público prorrumpía en gritos de ¡viva la República! ¡abajo los tiranos! dirigiéndoles las más soeces in­vectivas; más al presentarse las cuatro Hijas de la Caridad con su actitud digna y tranquila, el público las acogió con respetuoso y profundo silencio.

El interrogatorio versó sobre la acusación hecha por Mury, el director laico de la Casa de la Humanidad de Arrás, diciendo haber encontrado mucho tiempo después que las Hermanas habían dejado el establecimiento, periódicos y folletos antirre­volucionarios, acusación a la que las Hermanas se limitaron a negar tener conocimiento del hecho.

Viendo el presidente del tribunal la inanidad de la acusa­ción, les ofreció ponerlas en libertad, si prestaban el juramento constitucional, a lo que contestaron con entereza las cuatro Hermanas, una en pos de otra, no serles posible prestar un ju­ramento que era contrario a su conciencia.

«¡Basta»!, exclamó entonces el presidente, y las cuatro fue­ron condenadas a muerte: 1.°, corno piadosas antirrevoluciona­rias, y 2.°, por haber rehusado prestar el juramente constitu­cional, habiéndose permitido palabras ofensivas contra los Comisarios del distrito.

El público comprendió que la verdadera causa de su con­denación era su calidad de vírgenes consagradas a Dios, su fidelidad a su santa vocación y, en lugar de los aplausos y voci­feraciones con que era acogida la lectura de las sentencias de muerte, se concentró en un general silencio que mortificó a los miembros del tribunal, el que, para terminar de una vez, ordenó la ejecución inmediata de la sentencia.

Colocadas en un carro atravesaron las calles de la ciudad, en medio de un pueblo que les manifestaba su general simpatía, y, a las pobres mujeres que lloraban, al verlas pasar, Sor Magdalena Fontaine las consolaba, diciendo que ellas iban a ser las últimas víctimas.

Una respetable traición asegura que, una vez puestas en el carro que debía conducirlas al cadalso, las Hermanas ento­naron el Ave maris Stella y las Letanías de la Santísima Virgen.

Al llegar a la plaza de Armas, bajaron del carro y, al ver las Hermanas la guillotina, se pusieron de rodillas y ofrecieron sus vidas a Jesucristo, a quien se habían consagrado durante su existencia y por quien iban a morir.

La superiora, Sor Magdalena Fontaine, fue la última en sufrir la pena capital; mas antes de entregar su vida, quiso una vez más dirigir al pueblo una palabra de consuelo y de espe­ranza. Adelantándose hacia él, dijo con voz clara y firme: Cris­tianos, escuchadme: nosotras somos las últimas víctimas; ma­ñana la persecución habrá terminado, el cadalso será destruido los altares de Jesús se levantarán gloriosos.

Su cabeza rodó bajo el filo de la guillotina, juntándose con las de sus tres compañeras, mientras sus almas virginales su­bían juntas y gloriosas al cielo.

Eran las diez de la mañana; el pueblo se retiró enternecido, profundamente emocionado.

Cuando refirieron a José Lebón las últimas palabras de Sor Magdalena Fontaine, éste contestó con una sonora carcajada.

Aquella misma tarde en la casa del famoso representante del pueblo se notaba un movimiento inusitado; la inquietud se traslucía en todos los semblantes r qué pasaba? Noticias alar­mantes acababan de llegar de París. Una larga serie de cargos y graves acusaciones se habían presentado contra José Lebón, y la Convención los había tomado en consideración. Era preciso ir a justificarse sin pérdida de tiempo, y entre tanto juzgó pru­dente se suspendieran las ejecuciones y dejara de funcionar momentáneamente el tribunal de sangre.

Acogido con frialdad por la Convención, José Lebón recibió orden de dar cuenta de sus actos a la Asamblea, mientras el Comité de Salvación Pública suprimía los tribunales revolucio­narios de Arrás y de Cambrai.

Algunos días después, la caída de Robespierre obligaba a José Lebón a buscar en la huida su salvación. Descubierto y de­tenido el 2 de agdsto de 1794, fue conducido a las presiones de París, de Meaux y de Amiens y, después de un proceso que duró catorce meses, que fueron para él una larga agonía, el 15 de octubre de 1795, revestido de una túnica roja, murió en el ca­dalso. El pueblo persiguió el cadáver del infeliz apóstata, apedreando sus mortales despojos en la misma fosa, la que quedó convertida en un montón de piedras.

Las palabras proféticas de Sor Magdalena Fontaine se ha­bían realizado.

La Iglesia, con autoridad infalible, después de haber esta­blecido la autenticidad de su martirio, acaba de glorificar a estas cuatro Hijas de la Caridad, pocos días después de haber ele­vado al honor de los altares a su bienaventurada Madre.

 

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