Luisa de Marillac (XVIII) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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¡Roma locuta est:

EL GRAN DÍA DE GLORIA. – ASPECTO DE LA BASÍLICA DE SAN PEDRO, LA CONCURRENCIA EN LAS TRIBUNAS – LA REPRESENTACIÓN DE LOS MILAGROS. – LA CEREMONIA RELIGIOSA. – MO­MENTO EMOCIONANTE. – LA FUNCIÓN DE LA TARDE – VISITA DEL PADRE SANTO A LA BIENAVENTURADA LUISA DE MARILLAC.- LA OFRENDA. – EL BREVE APOSTÓLICO

Día de gloria fue para la familia de san Vicente de Paúl el 9 de mayo de 192o. En este memorable día la Iglesia colocó en las sienes de la Fundadora de las Hijas de la Caridad la corona inmortal cle los bienaventurados; honor insigne, que, encum­brando a la Madre, difunde lustre y esplendor sobre todas sus Hijas, sobre toda su familia espiritual, extendida hoy por todos los ámbitos de la tierra.

La Patriarcal Basílica de San Pedro ostentaba sus más ricas galas. En el ábside multitud de arañas de luz eléctrica, simétricamente distribuidas alrededor del cuadro llamado de la Gloria., en el fondo del cual debía aparecer la imagen de la nueva Beata, iluminaba esplendentemente la espaciosa nave, produciendo todo su conjunto gratísimo e inusitado efecto en el alma de los espectadores.

En las tribunas, situadas alrededor de la Confesión, en el crucero, al uno y otro lado del ábside, se veía a los Caballe­ros de Malta, al cuerpo diplomático, a la hermana de Su San­tidad, Excma. señora Marquesa Julia de la Chiesa, Condesa viuda de Pérsico, al hijo de ésta, Conde Carlos, con su esposa la Marquesa María Gavotti y su hija la Condesa Sofía con su esposo el coronel Sebastián Venier. Veíanse igualmente en las tribunas a los Patricios y nobleza romana y la nutridísima re­presentación de los Sacerdotes de la Misión y de las Hijas de la Caridad, presidida por el M. H. Padre Verdier, Superior General, y la M. H. Madre Maurice, Superiora General.

Las grandes pilastras de la inmensa Basílica ostentaban sus elegantes y preciosas colgaduras de antiguo damasco rojo fran­jeado de oro, realzadas por espléndida y profusa iluminación eléctrica. En el crucero, en los lados de Santa Elena y de la Verónica, pendían dos grandes lienzas representando dos de los milagros aprobados en el proceso de la beatificación: uno acaecido el 19 de marzo de 1894, el cual consistió en la cura­ción repentina y perfecta de José Hedcut de una otitis puru­lenta con perforación del tímpano, y el otro realizado el 28 de febrero de 1911 en la joven Rosa Curlo, consistente en la cu­ración repentina y perfecta de una úlcera fistulosa crónica. En el pórtico interior de la entrada principal de la Basílica se destacaba otro gran lienzo, en el que se representaba el ter­cer milagro obrado por intercesión de la B. Luisa de Marillac el 15 de marzo de 1905 en Sor María Ferrer y Nin, Hija de la Caridad, perteneciente a la provincia de Madrid, el cual consistió en la curación repentina y radical de una mielitis compresiva postraumática. Otra bellísima tela, que colgaba del balcón central de la fachada de la insigne Basílica que da a la gran plaza de San Pedro, representaba a la B. Luisa de Marillac en la gloria. Todas estas obras pictóricas son del conocido y reputado profesor Caroselli.

A las diez de la mañana en punto comenzó la sagrada cere­monia entrando procesionalmente en la Basílica y ocupando sus puestos respectivos los Emmos. señores Cardenales, el Ca­pítulo Vaticano y gran número de Arzobispos y Obispos, cuyos nombres sería demasiado prolijo dar a conocer en esta breve relación.

Así que toda la lucida comitiva del Sacro Colegio de Carde­nales, Capítulo Vaticano y Prelados hubieron tomado asiento en sus respectivos lugares, cantada ‘Nona, habiendo oficiado de preste el Emmo. señor Cardenal Merry del Val, Arcipreste de la Basílica, se leyó el Breve Apostólico, por el cual Su San­tidad, el Papa Benedicto XV, después del cumplido elogio que hace de Luisa de Marillac y de las Hijas de la Caridad, la declara digna del honor de los altares e inscrita, por consi­guiente, en el número de los Bienaventurados.

Terminada la lectura del Breve, todos los concurrentes se pusieron (le pie, y en aquel mismo instante se descorrió el velo que cubría el cuadro de la Bienaventurada Luisa de Marillac, el cual exhibía su simpática imagen a las miradas de los cir­cunstantes en actitud de elevarse a la esplendente mansión de la gloria, anunciándose a la vez al pueblo romano tan fausto acontecimiento con repique general de campanas, mientras el Rdmo. Monseñor Rafael Virili, Arzobispo de Tolemaida, Postulador de la Causa, entonaba solemnemente el Te Deum, al que, alternando con el coro, respondió la compacta muchedum­bre de más de veintinco mil personas que ocupaban las espa­ciosas naves de San Pedro.

Momento emocionante fue aquel en el que, no pudiendo contener las lágrimas, caían de rodillas y elevaban al cielo la primera plegaria pública en honor de la B. Luisa de Marillac más (le mil Hijas de la Caridad y ras de ciento cincuenta Mi­sioneros, solicitando para sí y para la doble familia vicenciana su intercesión valiosa cerca de Dios en el memorable día de su glorificación.

Concluido el Te Deunt con la oración propia de la B. Luisa, Monseñor Virili se revistió los ornamentos pontificales y cele­bró la primera isa solemne de la nueva Bienaventurada.

La parte musical fue magistralmente desempeñada por la capilla Julia, bajo la dirección del maestro Comendador Boezi.

La función de la mañana terminó al medio día. Sólo fal­taba la visita del Padre Santo, la que se efectuó por’ la tarde.

Para la visita de Su Santidad a la nueva Beata, acudió a la Basílica de San Pedro muchísima más gente que por la ma­ñana. El servicio interior del templo era dirigido por los Ca­mareros de capa y espada, los Camareros secretos y de honor. El servicio militar lo hacían la Guardia Suiza, la Guardia pa­latina y la gendarmería del Palacio Apostólico.

A las cinco y treinta minutos, los clarines de la gendarme­ría anunciaron la llegada del Sumo Pontífice y en seguida las trompetas de plata, desde la tribuna superior del cancel, eje­cutaron la Marcha de los sil-varios., mientras el Vicario de Je­sucristo, Su Santidad Benedicto XV, revestido de muceta y estola, recorría, llevado en la Silla Gestatoria, la espaciosa nave central, bendiciendo sonriente a la apiñada multitud que se ha­llaba en el templo, la cual seguramente no bajaría de treinta y cinco mil personas. Rodeaban al Soberano Pontífice su Corte noble y sus familiares, formaba su escolta la Guardia noble y acompañábanle unos cuarenta Cardenales, revestidos de púr­pura.

Al llegar al altar, que se había colocado junto a la Cátedra, bajó Benedicto XV de la Silla Gestatoria, pasando a arrodi­llarse en el faldistorio, mientras uno de los capellanes expo­nía el Santísimo Sacramento e, incensada la sagrada Hostia, regresó Su Santidad al faldistorio, cantando la capilla Julia el himno de la B. Luisa, seguido de su versículo y oración. Cantóse a continuación el Tantum Ergo durante el cual el Padre Santo, arrodillado en el centro del altar, incensó al San­tísimo y se terminó con la bendición del Divinísimo, dada por el Rdmo. Monseñor Rafael Virili, Arzobispo de Tolemaida, Postulador de la Causa de la B. Luisa de Marillac.

Inmediatamente después de la bendición, el M. H. Padre Francisco Verdier, Superior General de la Congregación de la Misión, y la M. H. Madre Maurice, Superiora General de las Hijas de la Caridad, se acercaron al Sumo Pontífice y le obsequiaron el rico relicario de oro y bronce dorado y plateado, que contenía un hueso de la B. Luisa de Marillac, juntamente con el tradicional bouquet de flores artificiales, con la estampa y un ejemplar, elegantemente encuadernado, de la vida de la Beata.

Agradeció Su Santidad el presente y, después de haberles dado la bendición, regresó al Palacio Vaticano en la misma forma en que había entrado, bendiciendo al público y, en par­ticular, las tribunas donde se hallaban las Hijas de la Caridad.

Eran las siete de la tarde cuando terminó tan hermosa cere­monia.

He aquí la traducción del Breve de Beatificación de Luisa de Marillac:

BREVE DE BEATIFICACIÓN

BENEDICTO PAPA XV

Para perpetua memoria

Entre las familias religiosas que ha sido del agrado de Dios excitar en el largo transcurso de los siglos, no sólo para defensa y ornato de su Iglesia, sino también para edificación y uti­lidad de la sociedad humana, ocupa ciertamente principal lugar la celebérrima Compañía, de doncellas, a quienes la Caridad ha dado su nombre. Así es, en efecto, cuéntanse hasta treinta y siete mil las hermanas que forman esta Congregación, las cuales, difundidas por todo el orbe católico, imparten los consuelos de la caridad cristiana en los colegios, en los hospicios, en las inclusas, en los hospitales, en las cárceles y aun entre los com­batientes en los mismos campos de batalla, siendo justamente objeto de admiración para todos. Lo acontecido con algunos otros institutos de mujeres religiosas, esto es, con las Benedic­tinas, las Clarisas y las monjas de la Visitación, los cuales, a más de sus fundadores Benito, Francisco de Asís y Francisco de Sales, tienen la gloria de contar como sus respectivas cofundadoras a Escolástica, a Clara y a Juana de Chantal, ocurre igualmente lo mismo en la formación de esta fructuosa Com­pañía, siendo también dos sus instituidores.

El primero de éstos fue un varón de insigne santidad, de cuyo nombre no puede hacerse digno elogio, Vicente de Paúl; el segundo, fue una discípula suya e hija espiritual, compañera en sus obras y auxiliar en sus trabajos, la venerable Sierva de Dios Luisa de Marillac, viuda Legrás. Nacida en París el 12 de agosto del año 1591, de piadosos y nobles padres, Luis de Marillac y Margarita Le Camús, cultivó con gran esmero su inte­ligencia con el estudio de las bellas artes y de la filosofía, pero aplicóse con mayor diligencia a la formación de su espíritu en la sólida piedad y en la honestidad de vida, guarda de todas las virtudes. Aunque por razón de su hermosura e ilustre naci­miento tuviese la joven doncella franca entrada en la Corte, con todo, abstúvose de los placeres del mundo corrompido de tal suerte, que había formado el propósito de consagrarse a Dios en el monasterio de las Capuchinas.

Otros eran, sin embargo, los designios que Dios había con­cebido de antemano acerca de su Sierva; porque huérfana de padre, sometiéndose al consejo y dictamen de su confesor, en el año de 1613 contrajo matrimonio con Antonio Legrás, va­rón noble, del cual tuvo solamente un hijo, Miguel Antonio, a quien formó muy diligentemente en las buenas costumbres. En su matrimonio, que duró más de doce años, condújose perfectísimamente y con exquisita prudencia, y sus domésticos pu­dieron reconocer en ella las excelentes cualidades de una ver­dadera madre de familia. Habiendo Antonio contraído de im­proviso una larga y grave enfermedad, sentada la afabilísima esposa junto al lecho, sobrellevó pacientemente las reprensio­nes y los malos tratos del malhumorado e iracundo esposo: la paciencia triunfó de la obstinación y con su piedad obtuvo que su marido acabase de modo cristiano y muy tranquilamente sus días.

Desligada del vínculo matrimonial y alcanzada de nuevo la libertad, la venerable Sierva de Dios pronunció el voto de viu­dez y consagróse enteramente a. procurar el alivio de las cala­midades de los pobres, que era a lo que siempre había anhelado con todo el ardor de su corazón; y púsose espontáneamente bajo la dirección de san Vicente, quien por aquel entonces co­sechaba abundantísima mies de caridad. Este varón apostóli­co, a fin de remediar toda necesidad, socorrer toda indigencia, atender compasivamente a toda miseria, había fundado las co­nocidísimas Cofradías de Caridad, las cuales, multiplicadas rápidamente en y fuera de París, suministraban oportunos re­medios para todos los males. La Sierva de Dios fue como el espíritu vivificador de estas asociaciones, la cual, siguiendo las enseñanzas y ejemplos del maestro, deseó tan ardientemente imitarle en las virtudes, que llegó no sólo a ser su auxiliar, sino que consiguió casi igualarle en soportar las fatigas y trabajos. Ni la aspereza de los caminos, ni la inclemencia de las esta­ciones, ni el hambre, ni la sed, ni lo delicado de su salud pudie­ron jamás hacer desistir a la Sierva de Dios del ejercicio cons­tante de las obras de caridad.

Mas, conocedora de todas las miserias humanas por el doble estado del matrimonio y de la viudez, a fin de que las Cofra­días de la Caridad llenaran más cumplidamente el objeto a que tendían, comenzó a pensar en la fundación de la Congregación religiosa de doncellas y mujeres, las cuales, desligadas de los lazos naturales de familia, pero libres de las leyes de clausura, sometidas, sin embargo, a ciertas reglas, viviesen en medio de las mismas miserias, a cuyo socorro fuesen llamadas. La vene­rable Sierva de Dios expuso su pensamiento a san Vicente, quien, sorprendido por la novedad de tal idea, pues en aquel tiempo, cuantas monjas había, debían, por ley expresa del Con­cilio Tridentino, permanecer encerradas dentro de los muros de los conventos, y ni siquiera se concebía una orden de muje­res que pudiesen ir de una a otra parte fuera de los claustros, estuvo por mucho tiempo indeciso, implorando con gran fer­vor las luces del cielo para aquel caso«

Empero, así que el Santo varón pudo darse perfecta cuenta de la oportunidad de la fundación propuesta y hubo previsto en la presencia divina los abundantísimos frutos que con el tiempo había de producir, ordenó con sumo agrado a Luisa que preparase los cimientos y trazase las reglas de esta nueva Com­pañía de las Hijas de la Caridad. Con qué prudencia dictara estas reglas, con qué diligencia se dedicara la venerable Sierva de Dios al incremento de esta naciente Congregación, puede fá­cilmente comprobarse por la admirable difusión del mismo ins­tituto. Dispuso con exquisito tacto y amor que las Hijas de la Caridad se mostrasen verdaderas sirvientas de los pobres y estuviesen prontas a prestarles toda clase de servicios. Cuidó convenientemente de que tanto en casa, corno en los hospita­les asistiesen a los enfermos, alimentasen a los niños abando­nados o huérfanos de padre y madre, cuidasen del sostenimien­to de los ancianos desvalidos, consolasen a los presos encerra­dos en las cárceles públicas. Quiso, por fin, que estas mansas no menos que generosas doncellas no se intimidasen ante nin­gún trabajo ni peligro, sino que, urgidas por la caridad de Cristo, estuviesen prontas a dar su vida, a que no las arredra­sen ni los malos tratos de los condenados a las galeras, ni el contagio de las enfermedades, ni las heridas causadas por las balas de los combatientes.

Hacia fines de 1638 de la era cristiana se concedió a la ve­nerable Sierva de Dios emitir los votos de pobreza, castidad y obediencia, los que renovó juntamente con las cuatro prime­ras hermanas el día de la Anunciación de la Bienaventurada Virgen María Madre de Dios del año 1642. Empleó el resto de sus días en cimentar y desarrollar la familia religiosa que había instituido. Abriéronse inmediatamente nuevas casas, presentáronse nuevas fundaciones y, viviendo todavía la legisla­dora madre Luisa, penetraron las Hijas de la Caridad no sólo en todas las provincias de Francia, sino también en Polonia. Aunque se viese combatida de molestas enfermedades, gobernó con actividad la Congregación hasta el postrer momento de su vida, jamás omitió los ejercicios de costumbre e informó de palabra y con el ejemplo a sus discípulas en la práctica de la piedad.

Finalmente, a los sesenta y nueve años de su edad, hallándose en febrero de 166o gravemente enferma y conociendo que era inminente su muerte, rogó se mandara llamar a su amantísimo Padre san Vicente. Pero el santo varón, que pasaba de los ochenta años y se sentía agotado por su edad proyecta y por la enfermedad, siéndole imposible dar un solo paso, profirió estas palabras que dan claro testimonio de la virtud tanto del Maestro como de la discípula: Decid a Luisa: Por lo que a ti respecta, vete tú ahora; luego te seguiré para el cielo. Reani­mada con el Sagrado Viático, fortificada con la Extremaun­ción, después que hubo bendecido a sus hijas que, deshechas en lágrimas, rodeaban su lecho y exhortándolas a observar re­ligiosamente las reglas, terminó santísimamente su vida, dur­miéndose en el Señor el 15 de marzo (1660).

Cerca de seis meses sobrevivió san Vicente a su esclare­cida hija espiritual. En dos conferencias que éste dio antes de la elección de la nueva Superiora General, celebró, como es costumbre entre los Santos, delante de las Hijas de la Cari­dad las virtudes que practicó en vida la difunta Madre Luisa; sin embargo, creyó de su deber, como cristiano, advertirlas cautamente que, cualquiera que fuera la opinión que acerca de la Sierva de Dios se pudiera humanamente formar, se abstu­vieran de tributarle ningún culto que pudiera parecer público y eclesiástico. Como era de esperarse, conformándose entera­mente con los avisos del Santo Padre hasta el presente, portáronse como Hijas de la Caridad y por espacio de dos siglos, llevadas del espíritu de humildad, guardaron y reverenciaron privadamente en sus casas la memoria de la piadosísima fun­dadora.

Pero, habiendo crecido perennemente la fama de santidad y agregándose el esplendor de los milagros, abrióse por la auto­ridad Ordinaria de París, en donde la Sierva de Dios había muerto doscientos veinte años antes, el proceso acerca de la fama de su santidad, virtudes y milagros y, en vista de la legi­timidad de las pruebas aducidas, Nuestro Antecesor, León XIII, de feliz recordación, dio el 10 de junio de 1895 el decreto de la Introducción de la Causa. Después se comenzó a tratar de la cuestión de las virtudes practicadas en grado heroico, y, llenados los demás requisitos de derecho, Nuestro Predecesor, Pío Papa X, de piadosa memoria, sancionó con decreto solem­ne dado el 19 de julio de 1911 que las virtudes de la venerable Sierva de Dios Luisa de Marillac habían alcanzado un grado heroico.

Inmediatamente se procedió a estudiar la acción de los mi­lagros que, por intercesión de su Sierva, se contaban como obrados por Dios. Y Nos, por decreto publicado el 9 de marzo del año anterior 1919, declaramos de Nuestra suprema auto­ridad que constaban tres milagros obrados por intercesión de la mencionada Sierva de Dios. Como para esto, dada la índole de las pruebas, en que se apoyaba esta Causa, fuere necesario que se duplicase el número de los milagros, para que lo que faltaba al juicio humano se completase con el divino, y corno se hubiese anunciado poco después que solamente constaban tres milagros, Nos, interpuesta la autoridad Apostólica, nos apresurarnos a desvanecer este único obstáculo que estorbaba. Así, pues, habiendo seguido el ejemplo de Nuestros Predeceso­res, que usaron de igual indulgencia en las Causas de los Fun­dadores de Ordenes o Familias religiosas, hemos dispensado de buen grado sobre el cuarto milagro.

Habiendo, por tanto, sido ya aprobado el juicio sobre las virtudes heroicas y los tres milagros, faltaba solamente se pi­diese a los Padres si podía ser contada seguramente la venera­ble Sierva de Dios entre los bienaventurados del cielo. Llenó este requisito Nuestro Venerable Hermano Vicente Vannutelli, Cardenal de la Santa Iglesia. Romana, Obispo de Ostia y de Palestrina, Decano del Sacro Colegio y Relator de la Causa, en la sesión general celebrada ante Nos en el Palacio Vaticano el día 17 del mes de junio del año anterior; y todos, tanto los Cardenales prepósitos encargados de la guarda de los Sagra­dos Ritos, como los Padres Consultores que se hallaban pre­sentes, respondieron por unánime sufragio afirmativamente. Sin embargo, Nos diferimos dar a conocer Nuestro dictamen en asunto de tanta importancia, hasta que pidiéramos el auxi­lio al Padre de las luces mediante fervorosas súplicas.

Así que lo hubimos hecho con mucho cuidado y diligencia, por fin, en la dominica cuarta después de Pentecostés, o sea el 6 de julio del mismo año 1919, celebrado antes el santo sacri­ficio de la Misa, llamados al Palacio Vaticano Nuestros Vene­rables Hermanos Cardenales de la Santa Iglesia Romana An­tonio Vico, Obispo de Porto y de Santa Rufina, Prefecto de la Congregación de Sagrados Ritos, y Vicente Vannutelli, Obis­po de Ostia y de Palestrina, Decano del Sacro Colegio y Re­lator de la Causa, lo mismo que los amados hijos Angel Ma­riani, Promotor General de la Fe, y Alejandro Verde, Secreta­rio de la Congregación de Sagrados Ritos, y, estando presentes los mismos, decretamos que podía procederse seguramente a la solemne Beatificación de la venerable Sierva de Dios Luisa de Marillac, viuda de Legrás, cofundadora de las Hijas de la Caridad.

A la verdad, consideramos como un efecto del próvido y sabio consejo de Dios, el que en nuestra época, durante la cual estalló en Europa la más desastrosa guerra, cuyo insano furor devastó cruelísimamente de modo particular las provincias de Francia, esta hija de la Católica Francia y ornamento y gloria de aquella muy noble nación, esta apóstol de la caridad y del mutuo amor entre los hombres sea elevada a los supremos ho­nores de los altares.

Así las cosas, movidos también por las súplicas ya de la Congregación de la Misión, que tiene por fundador a Vicente de Paúl, ya de toda la Compañía de las Hijas de la Caridad, de Nuestra Autoridad Apostólica, en virtud de las presentes Le­tras, facultamos para que a la venerable Sierva de Dios Luisa de Marillac viuda de Legrás se le dé para en adelante el nom­bre de Bienaventurada, y sus restos o reliquias se expongan a la pública veneración de los fieles, absteniéndose de llevarlas en las rogativas solemnes, y se adornen con resplandores sus imágenes. Concedemos, además, de Nuestra misma autoridad se recen de ella cada año el Oficio y la Misa del común de no Vírgenes ni Mártires con las oraciones propias aprobadas por Nos, conforme a las Rúbricas del Misal y Breviario Romanos.

Pero concedemos que pueda rezarse este Oficio y celebrarse esta Misa solamente en la Ciudad y Archidiócesis de París, lo mismo que en todos los templos y casas religiosas pertenecien­tes en cualquiera parte del mundo a la Congregación de la Misión y a la Compañía de las Hijas de la Caridad, o en aque­llos lugares en que los mismos Misioneros e Hijas de la Cari­dad prestan sus servicios, por todos los Fieles que están obli­gados al rezo de los horas canónicas, y, por lo que atañe a las Misas, por todos los Sacerdotes, tanto seculares como regula­res, que concurran a las iglesias en que se celebre la fiesta, la cual se ha de celebrar todos los años el día 15 del mes de marzo. Finalmente, concedemos que se celebre la solemnidad de la Beatificación de la venerable Sierva de Dios Luisa de Marillac, viuda de Legrás, en los antedichos templos de la Congre­gación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Cari­dad y en la Archidiócesis de París, con Oficio y Misas de rito doble mayor; lo que ciertamente mandamos se verifique en el día que ha de fijar de antemano el Ordinario, dentro del pri­mer año después de haberse celebrado por Nos las mismas solemnidades en la Basílica Vaticana.

No obstando las Constituciones y Ordenaciones Apostóli­cas y Decretos publicados de non culto, ni cualesquiera otros en contrario. Queremos, pues, que a las copias y traslados de estas Letras, también impresos, con tal de que estén subscrip­tos de mano del Secretario de la Congregación de Sagrados Ritos y resguardados con el sello del Prefecto, se les dé ente­ramente la misma fe en las disputas aun judiciales, que se daría a la significación de Nuestra voluntad, después de pre­sentadas estas Letras.

Dado en Roma en San Pedro bajo el Anillo del Pescador, el día 9 de mayo de 1920, año sexto de Nuestro Pontificado.

  1. CARD. GASPARRI, Secretario de Estado.

 

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