LUISA de MARILLAC (XII): la santidad de Luisa de Marillac

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Definición del concepto de santidad

Cuando reflexiono sobre ese concepto me vienen a la memo­ria dos cánticos muy conocidos. Uno es una llamada, una exhor­tación a seguir a Cristo:

«Seguidme, dice Cristo, nuestro héroe,

Seguidme vosotros, todos los cristianos,

Desprendeos de vosotros mismos y de este mundo,

Seguid mi llamada

Tomad vuestra cruz y vuestras penas,

¡Seguid mis pasos!

El que no toma su cruz y me sigue,

No es digno de mí y de mi gloria».

El otro cántico alaba y anima a los que desde hace tiempo siguen los pasos de Cristo:

«Dichosos los que han sido transformados y han cono­cido la santidad ante Dios,

Dichosos los que obran y viven siempre según su palabra.

Dichosos los que guardando su testimonio

Buscan a Dios de todo corazón,

Pues viven siempre en la gracia de Dios».

Se presenta la santidad como una exhortación, una llamada irresistible a poner sus pasos tras los de Cristo, a retirarse del mundo y a llevar la cruz con el Señor, a buscar a Dios, a respon­derle con obras, a intentar cumplir su voluntad y a seguir sus man­damientos con obediencia perfecta. Esos dos cánticos resumen bien lo que es una vida santa.

Nuestro ideal cristiano de santidad ofrece numerosos aspec­tos, tantos corno santos hay en la Iglesia. Sin embargo el ideal debe responder a ciertas exigencias fundamentales y a modos de comportarse muy precisos. Debe tener en cuenta, por ejemplo, las ocho peticiones del padrenuestro. El ideal cristiano de la perfec­ción culmina en la venida del Reino de Dios, en el cumplimiento de la voluntad divina y en la fe inquebrantable en esta ley de vida: morir con Cristo con la vista puesta en la vida futura.

Luisa, la santa

Con esta exigencia de perfección como base, la vida de santi­dad de Luisa de Marillac entra de lleno en el cuadro del ideal cris­tiano. A primera vista la vida de Luisa de Marillac no ofrece nada notable, nada que pueda mover al mundo. ¿Quién era, pues, esta santa? Si se le compara con la obra monumental de san Vicente, parece que ella no hizo más que continuar y llevar a cabo el tra­bajo del gran santo, y eso no es del todo falso. Pero para muchas personas sigue siendo, a pesar de todo, una mujer anodina, está muy lejos de ser una santa aceptada por todo el mundo, a la que se venera, en cuyo honor se organizan peregrinaciones y fiestas de niños. Sin embargo ella se merece sobradamente todo eso.

Pero si miramos su vida más de cerca, reconoceremos en ella una gracia milagrosa, que le hizo salir de la sombra, y hace que aparezca ante el observador atento como una santa. Y éste no podría por otro lado imaginar una encarnación más bella de la santidad: Luisa ha sufrido y ha superado sus sufrimientos, ha dado testimonio de manera clara y precisa, no ha vivido fuera del tiempo, pues efectivamente estuvo muy cerca de los pobres y les dedicó toda su atención.

 

El itinerario de Luisa

Su caminar comenzó en el tiempo confuso de las querellas religiosas, entre el rey y los nobles, en el desorden y el horror de las guerras civiles y de las ciudades asediadas. Hay que añadir a todo eso el misterio que rodeó su nacimiento fuera de matrimo­nio. Nació el 12 de agosto de 1591 de madre desconocida, pero fue reconocida por su padre, Luis de Marillac, señor de Ferriéres. Ese padre le dio, además de su nombre, una herencia, y sobre todo su atención y su amor. La oscuridad que ha rodeado su nacimien­to está en fuerte contraste con la luz que iluminó el fin de una vida plena sesenta y ocho años más tarde. Pero antes de llegar a la plenitud Luisa encontró obstáculos, y vivió experiencias doloro­sas; sin embargo, ese camino le llevó a Dios, aunque ella tuvo que luchar encarnizadamente, aunque conoció altibajos, esperanzas y decepciones, pues siempre estuvo animada por la firme intención de cumplir la voluntad de Dios siempre y en todo.

Luisa quiso entrar en las capuchinas, pero su salud frágil se lo impidió. Se le casó a los veintidós años con Antoine Legras, con el que tuvo un hijo.

Luego su esposo sufrió una enfermedad incurable. Luisa se culpó a sí misma por no haber cumplido su promesa de entrar en las capuchinas. Interpretó la enfermedad de su marido como un castigo de Dios por no haber cumplido su promesa y por ello por haber sido infiel a Dios. Encontró la serenidad el día de Pente­costés de 1623, durante la santa misa. Tuvo una iluminación, oyó una promesa y supo que consagraría su vida al servicio de sus semejantes.

Durante los años que siguieron a la muerte de su marido, es­peraba con impaciencia el cumplimiento de aquella promesa de Pentecostés.

Por aquel tiempo Vicente de Paúl fue su consejero y director de conciencia. Entre los dos fundaron en 1633 la Compañía de las Hijas de la Caridad. Luisa fue su primera superiora y tuvo este cargo hasta su muerte en 1660.

Las raíces de su aspiración a la santidad

Esa aspiración estaba estrechamente unida, por un lado, a aquella juventud desventurada que proyectaba una sombra sobre la vida de Luisa, y, por otro lado, a aquella experiencia de Pente­costés que le indicaba el camino que debía seguir para cumplir la voluntad divina.

Su vida santa, su santidad fue una respuesta al suceso que tuvo lugar en Pentecostés, el cual encontró su lugar apropiado en la aspiración de Luisa a la santidad. Encontramos las raíces de ese deseo profundo a la vez en su carácter y en su tradición familiar, en su origen social, su educación y las circunstancias de su vida, sin olvidar el papel desempeñado por la gracia de Dios. Si ob­servamos el árbol genealógico de la familia Marillac, o más bien los frutos de ese árbol, no podemos menos de sentir cierta admi­ración ante la fuerte personalidad de sus miembros. Muchos de ellos fueron personajes célebres que jugaron un papel importante en la Iglesia o en la política, abades, abadesas, monjes, religiosas, prelados, ministros, embajadores, juristas y soldados, hasta dos hermanos del padre de Luisa, Miguel y Luis, que fueron víctimas de la política de Richelieu y que sacrificaron sus vidas valiente­mente.

También Luisa era un fruto de ese árbol. De aquella gran fa­milia recibió en herencia su naturaleza y su inclinación por la vida espiritual; así pues, el terreno era apropiado para alimentar un destino fuera de lo común.

Sin embargo faltaba un elemento decisivo. En efecto, Luisa no podía apropiarse de esa herencia con total facilidad, ni ponerla a actuar. En realidad ella no estaba inscrita con pleno derecho en el linaje, pues había nacido entre los dos matrimonios del señor de Marillac. Vivió pues al margen de la familia, pues no formaba parte de ella del todo. Luisa lo comprendió enseguida, y eso fue para ella una fuente de sufrimientos. Podemos pues colocar ahí el preámbulo de su vocación, su deseo de volverse hacia Cristo. No quería pertenecer más que a Dios. Quería expiar el simple hecho de existir. La educación que recibió en un convento de dominicas en Poissy le inició a la vida retirada. Pero Luisa no quería confor­marse con eso. Las capuchinas que conoció en París respondían a su espíritu de sacrificio. Pensó haber encontrado en la severidad de aquella orden lo que estaba buscando. La cruz había llegado a ocupar un lugar importante en la vida de la joven Luisa, pero el peso de la cruz se le había impuesto. Se había visto obligada a vivir con la cruz, en adelante ella quería vivir con ella. La per­sonalidad de Luisa y el papel de la gracia diseñaron los primeros perfiles de su destino. La fuerza y la nobleza de su carácter, su gran piedad, su gusto por la renuncia y su voluntad de sacrificar todo para llevar la cruz en seguimiento de Cristo constituyeron la base y fundamento de la vida de santidad que vivió Luisa, y que la condujo a su culminación más alta cincuenta años después.

Crecer en santidad por la acción de la gracia

Luisa perdió a su padre a la edad de trece años, y se encontró sola y desamparada, obligada a obedecer a las decisiones de otras personas. La obediencia absoluta caracterizó la vida de Luisa du­rante los años difíciles de su juventud, y no abandonó del todo esa actitud durante los años de madurez. Jamás pensó en rebelarse, creyendo que eso sería inútil. Aceptaba la autoridad de las perso­nas de las que dependía, se acomodaba a sus decisiones como se abandonaría a la voluntad de Dios.

Infancia, juventud, vida de matrimonio

Su sometimiento a la voluntad divina fue indudable cuando se le rehusó la entrada en el convento de las capuchinas por causa de su salud frágil. Deseaba vivir una vida de religiosa, pero tuvo que vivir como casada. Es seguro de que esta imposibilidad de es­coger su camino preparó el terreno para los episodios depresivos que experimentó más tarde. Pero se tomó la decisión de que se casara, y ella se convirtió en esposa, y luego en madre, y siempre tuvo la voluntad filme de obedecer. Cuando después de unos años de matrimonio su marido fue presa de una enfermedad incurable, Luisa se sintió culpable de no haber cumplido su voto de entrar en el convento. Su deseo de cumplir la voluntad de Dios se hizo en ella casi obsesivo, lo que le causó sufrimientos. ¿Era cosa de la voluntad divina una decisión tomada por otra persona que tenía alguna autoridad? ¿En qué había faltado o que era lo que había omitido? ¿Eran obra de un Dios castigador el sufrimiento y la enfermedad? Aún más: ¿existía Dios en verdad? Y si no existía, ¿habría vida después de la muerte? Su confusión era total. Final­mente, después de días y días de inquietud, le vino la liberación bajo la finilla de la iluminación de Pentecostés. Eso cambió radi­calmente la vida entera de Luisa.

El día de Pentecostés de 1623 dio un giro total a su vida

Luisa tuvo una visión: se vio a sí misma en un lugar en el que se servía al prójimo, y se harían votos de pobreza, castidad y obediencia.

Su deseo de cumplir la voluntad de Dios fue dictado por la gracia. Su fe y su deseo de obedecer eran tan fuertes que no tenía ninguna duda de que su convicción íntima fuera la expresión de la voluntad divina. Ese período representa un cruce de caminos en su vida.

El encuentro de Luisa con Vicente de Paúl y la importancia de ese encuentro para su camino hacia la santidad

Poco tiempo después Luisa conoció al señor Vicente. Había tenido el presentimiento de ello aquel famoso día de Pentecostés. No podía Luisa aún adivinar la importancia que ese encuentro iba a tener, aunque hoy lo sabemos muy bien. En un principio Luisa no sentía una simpatía especial por Vicente, pero la fe en la divina providencia y el deseo de cumplir la voluntad de Dios le ayuda­ron a permanecer tranquila. Por su parte, Vicente se encargó de la dirección espiritual de aquella dama de la nobleza sin mucho entusiasmo. Pero muy pronto se dio cuenta que la Providencia le había confiado una persona de gran valor. Luisa estaba firmemen­te decidida a someterse sin reservas a su director de conciencia y a obedecerle. Por otro lado podríamos tal vez pensar que por esa decisión renunciaba ella a su personalidad propia. Pero Vicente trataba de tranquilizar a Luisa, de calmar su impaciencia por que­rer actuar en el terreno religioso. Intentaba enseñarle la confianza, y ayudarle a reconocer humilde y pacientemente la voluntad divi­na para luego cumplirla.

Gracias a Vicente, Luisa ensancha su horizonte en el camino de la santidad…

Luisa tenía treinta y siete años cuando tomó la decisión de consagrar su vida entera al servicio de los pobres. Sabía desde el día de Pentecostés de 1623 que esa era la voluntad de Dios, pues había tenido la visión de un futuro en el que se dedicaría al ser­vicio de sus semejantes con la ayuda de otras personas. El señor Vicente había pedido a la señorita Legras que fuera a Montmirail a prestar su ayuda a la Cofradía de ese lugar. Desde aquel momen­to Luisa se sintió segura acerca del camino que debería seguir.

Durante los años que siguieron Luisa desarrolló una intensa actividad apostólica y caritativa sin dejar de caminar un solo ins­tante hacia la santidad.

…dedicándose al servicio de los pobres

Su voluntad de consagrarse al servicio de los pobres estaba en sintonía con su aspiración a cumplir la voluntad de Dios en todo. Vicente sabía que debía ante todo moderar el entusiasmo de Luisa, frenar su celo en el terreno religioso, y pedirle que fuera menos exigente consigo misma. Vicente le exhortaba continua­mente: «Tenga cuidado de su salud y de mantenerse alegre». Eso era lo que más le hacía falta, apenas si sabía lo que era la alegría, no la había conocido ni en su juventud, ni en el matrimo­nio, ni en la maternidad, hasta su misma piedad le proporcionaba escasa alegría.

Vivía continuamente en tensión, poseída continuamente por su deseo de heroísmo. Vicente se dio cuenta de que ella podría curarse de esa enojosa tendencia si se olvidara de sí misma de­dicándose a remediar la miseria y el sufrimiento de los demás. Luisa lo comprendió pronto y bien, y su director espiritual, que le había dado confianza en sí misma, le ayudó a seguir adelante y a tomar decisiones. La gran amplitud del campo de trabajo en aquellos tiempos de grandes miserias multiplicó su brío y dotó a su talento organizador de la posibilidad de desarrollarse; un tal talento es un don precioso cuando se trata de llevar a cabo una misión cada día más difícil. Los gritos de dolor de los pobres iban en adelante a orientar todas sus decisiones en la vida de cada día, las que, por ejemplo, se referían a sus hijas espirituales, sirvientes de los pobres. Ella ponía al pobre y al enfermo en el primer lugar, ellos eran los amos, pues el Cristo sufriente se nos manifiesta en ellos. Había pues que servirles con deferencia, humildad, amor, respeto y piedad, había que amarles, fueran como fueran. Luisa daba gracias a Dios porque le había llamado a servirle en la per­sona de los pobres.

Buscar y tender a aceptar y a conocer la voluntad de Dios

Luisa deseaba conocer, aceptar y cumplir la voluntad de Dios, que es la primera condición de todo pensamiento, de todo proyec­to y de toda acción. Esa voluntad es la que nos ayuda a aceptar sin pena, humildemente y hasta con alegría el sufrimiento que proceda de la mano de Dios. En este tema Luisa no sentía ningún temor ante las decisiones que debía tomar. Al contrario, la seguri­dad de que Dios lo quería así le bastaba para superar los mayores obstáculos a pesar de su constitución frágil.

Quiero recordar que la fundación y la consolidación de la Compañía fueron en gran parte obra de Luisa, así como la educa­ción y formación de las jóvenes que se le confiaban y que llega­ron a ser las primeras Hijas de la Caridad; quiero recordar tam­bién los problemas difíciles que tuvo que resolver, tanto en las Cofradías como en relación a los niños abandonados o los galeo­tes, sin olvidar la ayuda proporcionada a una población miserable en las regiones devastadas por las guerras, o la ayuda dada a los apestados, sin olvidar tampoco las preocupaciones resultantes de tener que enviar a hermanas a lugares remotos, la gestión de los hospitales, las escuelas para niñas pobres, por no citar más que al­gunos de los problemas que tuvo que resolver. Una fe en Dios tan profunda e inquebrantable alimentaba su aspiración a cumplir la voluntad divina. Luisa no había escogido su camino pero, a partir de Pentecostés de 1623, sabía y estaba convencida de que Dios le indicaría el camino.

Por otro lado ella solía recordar esa voluntad divina en casi todas sus cartas: «Es verdad, mi muy honorable padre, que hay motivo para esperar un gran bien de esta obra, si le agrada a nues­tro buen Dios continuar por medio de ella sus santas bendiciones. Le pido a usted su bendición con todo el corazón por su santo amor, para que se cumpla en mí su santa voluntad en este caso». Y en otra carta de marzo de 1646: «Renuncio pues a esos temo­res acerca del futuro para no querer más que lo que Dios quiera ordenar cada día244». Luisa animaba a sus hermanas a reconocer y someterse a la voluntad de Dios: «Por el amor de Dios, sea usted una hija enteramente llena de confianza y de fidelidad hacia Dios como siempre lo ha sido, y para eso tenga un poco de paciencia, a fin de que se conozca la voluntad de Dios sobre ese asunto».

Por el amor a la cruz

El deseo de Luisa de conformarse con la voluntad de Dios pasaba por el amor a la cruz y por el compartir el dolor experi­mentado por Cristo. E inversamente, sufriendo con Jesús en la cruz, Luisa se sentía en armonía con la voluntad de Dios. Sabía que Dios le había puesto en aquel camino de cruz, y que estaba avocada al sufrimiento: «Las almas a las que Dios destina al su­frimiento deben amar mucho ese estado, y pensar que sin una ayuda del todo especial de Dios no pueden serle fieles. […] El me ha derramado tantas gracias que me ha hecho conocer que su voluntad santa era que yo fuese hacia él por la cruz, que su volun­tad ha querido que yo la padeciese desde mi mismo nacimiento, no dejándome en casi ninguna edad de mi vida sin ocasiones de sufrir; y después de haberme hecho tantas veces estimar y desear ese estado, me he confiado a su bondad, pensando que hoy me dará nuevas gracias para hacer su santa voluntad, pidiéndole de todo corazón que me ponga en ese estado, aunque me resulte pe­noso a los sentidos».

¡Estimar y desear el sufrimiento! No es que deseara eso por sí mismo, sino que al contrario consideraba ese estado como una gracia, y deseaba vivirlo por amor a Cristo. En los escritos de Luisa el amor a Cristo crucificado y su propio amor por la cruz ocupaban un lugar muy importante. Leyendo esos textos, y no podemos hacerlo más que orando junto con Luisa, descubrimos que tienen una dimensión que ha permanecido tal vez desconoci­da hasta el presente.

La adolescente frágil, atormentada desde la más tierna infan­cia, la mujer joven animosa, la madre consumida por la inquietud, la viuda, que no sabía muy bien cómo dar forma a su deseo de entregar su vida a Dios, y finalmente la sierva de los pobres y fundadora de una comunidad apostólica, aquella mujer de cons­titución frágil hace que seamos testigos llenos de admiración. En efecto, es casi increíble el ver desplegarse, en silencio y con toda discreción, tanta energía para llevar a cabo una obra gigantesca. Eso supone además un gran talento de organizadora, y Luisa dio pruebas de ello. Sin embargo, lo que más nos asombra no es la cantidad de trabajo hecho, sino lo que alimentaba sus recursos in­teriores: la imitación de Cristo es lo que hizo posible aquella obra en todo momento y en todos sus aspectos: «Me he ofrecido a su Majestad para seguirle, pues él permitió que su cruz fuera llevada por otra persona (Simón de Cirene) junto con él. He tomado la decisión de tomar la mía como él me ha enseñado, es decir, todas las aflicciones que él quiera enviarme, y se las ofrezco desde aho­ra para que vayan unidas a las suyas, a fin de que se me apliquen sus mérito».

Su alma generosa aceptaba los sufrimientos, y estos se conver­tían así en cruces salvadoras y santificadoras. Pero Luisa iba aún más lejos. Aceptar las cruces le ponía en estado de unión con Cris­to, y ella esperaba una respuesta divina: participar en los méritos anejos a los sufrimientos de Jesús. De ese modo Jesús se convierte en el Cireneo, el que ayuda a los seres humanos a llevar su cruz y a aceptarla por amor de Dios. En esa perspectiva Luisa sabía que ella debía ayudar a los demás a llevar sus cruces: «La suavidad que he sentido en medio de mi gran dolor me ha dado el deseo de hacer buen uso de esta enfermedad, junto con el sentimiento de mi impotencia, me he acordado del sufrimiento de alguna otra persona, y uniendo mi intención a la suya los he ofrecido a Dios, con el pensamiento de estar con Nuestro Señor en la cruz».

En los escritos de Luisa numerosos pasajes dan testimonio de su vivir, a escala humana, los estados de Cristo. Deseaba comple­tar en su vida por sus sufrimientos lo que falta aún al cuerpo de Cristo, a la Iglesia.

El amor que Luisa sentía por la cruz no tenía nada que ver con una cierta complacencia con el sufrimiento. Ella misma subraya la dignidad del sufrimiento: «Nuestro Señor quiso dar a conocer la dignidad del sufrimiento diciendo que san Pablo sería honrado por él».

Luisa sabía que «las almas escogidas por Dios son de mane­ra especial destinadas al sufrimiento, que les resulta tan dulce y agradable que preferirían morir antes que no sufrir, pues amar y sufrir es para ellas la misma cosa».

Podríamos habernos tal vez imaginado que Luisa poseía una naturaleza tímida y temerosa, que era totalmente dependiente de los consejos de Vicente. Pero ahora sabemos que era una mujer que aceptaba las indicaciones y las recomendaciones de su guía espiritual, y que las integró muy bien en su vida, en sus oraciones y en sus acciones, y que todo ello dio origen a una personalidad independiente y original. El señor Vicente, que era también un santo, supo orientar a Luisa para utilizar su fuerza de tal manera que su ser, en sus ramificaciones más finas, se exponía a la luz de la gracia divina, abandonándose totalmente a Dios y dejan­do a Dios actuar a través de ella. Su naturaleza medrosa se fue transformando poco a poco para llegar a ser una mujer esmerada, consciente de sus responsabilidades, que podía tomar decisiones importantes siguiendo la voluntad de Dios, y luego pasar de in­mediato a la acción utilizando todos los medios a su disposición. Era igualmente capaz de emplear toda su energía para, dado el caso, convencer a quienes la rodeaban de la necesidad de actuar. Sin embargo no trataba de persuadir con palabras sino adoptando una actitud a la vez segura, humilde y serena.

La joven Luisa era ciertamente medrosa, pero eso no era en absoluto herencia de familia; habría que atribuirla más bien al aspecto de situación marginal a la que tuvo que adaptarse en su infancia y en su juventud. Luisa superó eso, y se comportó en adelante como una Marillac, que ciertamente ha pasado por tiem­pos difíciles en su juventud y que ha sido marcada por muchos sufrimientos, pero que poseía los dones y las cualidades de su familia, y que supo a la luz de la gracia dotarlos de una mayor nobleza, para crear, con la ayuda de Dios, una obra magnífica de santidad.

Con toda humildad

Hemos subrayado el espíritu reservado de Luisa, al que hay que añadir la necesidad que tenía de analizarse a sí misma y su gran capacidad para hacerlo. Dice en una de sus notas que siem­pre había tenido facilidad para meditar. Por eso le resultaba tan natural retirarse en sí misma. En lo interior de sí misma encon­traba a Dios y se encontraba a sí misma en presencia de Él. Este cara a cara era ciertamente la fuente de su profunda humildad. Luisa nunca se comparaba a los demás, sentía constantemente la presencia de Dios en su vida, se inquietaba por su propia vida interior, por su estado de pecado. Cuando escribía al señor Vicen­te se reprochaba a sí misma por los desórdenes que agitaban su corazón.

Hoy somos incapaces de comprender una humildad semejan­te. Pero Luisa buscaba la verdad, y temía sin cesar el no haber ido suficientemente lejos en su franqueza. Podemos pues partir del principio de que decía verdaderamente lo que pensaba. En con­secuencia la humildad de Luisa no podía ser más que verdadera humildad, la virtud que permite ver cuán santo es Dios y hasta qué punto el ser humano no es nada, sometido como está durante toda su vida a múltiples ataques y tentaciones. Luisa se castigaba a sí misma, pues le parecía que caía continuamente en el pecado, consideraba sus faltas como monstruosas ante Dios. Sin embar­go, Vicente le retenía cuando estaba a punto de caer en excesos y cuando temía que fuera perturbado su equilibrio síquico.

A la luz del Espíritu divino

La gran obra de Luisa, la fundación, dirección y consolida­ción de la Compañía de las Hijas de la Caridad adquirió con el paso del tiempo bases sólidas y perfiles más definidos. Luisa, de todos modos, fue siempre consciente de que esa obra pertenecía ante todo al Espíritu Santo. La iluminación de Pentecostés, que he recordado muchas veces, le había mostrado, de una manera ciertamente alusiva, que en un primer tiempo ella se dedicaría al servicio de sus semejantes, ayudada por otras personas. Su fe en la realización de esa promesa permaneció inquebrantable. El Es­píritu le iluminó también, cuando hubiera que reconocerlo, sobre cuándo sería el momento y la ocasión propicia.

Cuando Margarita Naseau llamó a su puerta para ofrecer sus servicios, pues deseaba ocuparse de los pobres y enfermos, Luisa lo comprendió. Margarita estaba ya trabajando desde hacía dos años con otras jóvenes que servían por propia iniciativa ayudando en las Cofradías de manera independiente. Margarita contrajo la peste cuidando a los enfermos y murió. Luisa apremió al señor Vicente para que se reuniera a aquellas jóvenes. En aquel momen­to Luisa comprendió cuál era la voluntad de Dios, se dio cuenta de que se cumplía la promesa de Pentecostés, y quiso hacer un primer ensayo. Eso sucedía el 29 de noviembre de 1633. Luisa reunió a cuatro o cinco jóvenes en su vivienda. ¿No debía Luisa en aquel suceso venerar de manera especial al Espíritu Santo? Lo hizo, pero con devoción personal y privada. Eso cambió cuando sucedió un hecho increíble la víspera de la fiesta de Pentecostés de 1642. Luisa se encontraba en la sala donde solían tener lugar las reuniones de las hermanas y de las Damas de la Caridad. Las hermanas le advirtieron por dos veces que el techo crujía de ma­nera inquietante. Se avino por fin a dejar la sala justo antes de que se hundiese el techo. El señor Vicente iba a tener allí una confe­rencia aquella tarde. Este incidente produjo un impacto fuerte so­bre Luisa y sus jóvenes. Luisa vio en él una señal de Dios. Animó por eso a las hermanas a honrar al Espíritu Santo de manera espe­cial, y a ponerse bajo la total dependencia de la providencia divi­na. Tres años después, en el día aniversario del accidente, pensó que el Espíritu Santo había actuado a través de aquel incidente. Era precisamente por la época en que Vicente y Luisa querían que la joven compañía recibiera un cierto reconocimiento y que estuviera apoyada en bases sólidas; Luisa deseaba que la Com­pañía fuese puesta bajo la dependencia del superior general de la Misión, es decir, del señor Vicente y de sus sucesores. Vicente no dio su aprobación de inmediato, seguramente que por modes­tia. Pero Dios había hablado, había dado una señal por medio del hundimiento del techo. Y Luisa comprendió, tres años más tarde, que la Compañía descansaría sobre pilares frágiles y defectuosos si no estuviera sólidamente relacionada con la congregación de los sacerdotes de la Misión. ¡Eso significaba un paso audaz hacia la creación de relaciones entre las dos comunidades!

Luisa pretendía ese fin con moderación, pero también con una firmeza sorprendente, segura de no engañarse y de conseguir de ese modo el fin que se había propuesto. No dejaba que se le des­viara de su camino, pues creía firmemente en la Providencia y había aprendido a leer los signos de los tiempos y a tenerlos en cuenta en su vida de cada día.

Cuando oraba Luisa consideraba los efectos de la presencia del Espíritu Santo y lo recibía en ella, lo recibía en su vida de unión con la vida divina. Sacaba las consecuencias prácticas de esa presencia para avanzar hacia la santidad y para poner a la Iglesia en el mismo camino. «¡Oh! ¡Cuánto he deseado que el Espíritu Santo perfeccione continuamente a la Iglesia según el deseo del Hijo de Dios, que al dejarla le dijo que ella lo necesita­ría. ¡Espíritu Santo!, os habéis entregado también a cada alma en particular. ¿Y para qué? Para poner en ella el espíritu verdadero de Jesucristo, y para enseñarle eficazmente sus máximas».

Luisa tomó también esta resolución: «Invocaré la gracia del Espíritu Santo, en la cual tendré una gran confianza, para que se cumpla en mí su santísima voluntad, lo cual será el deseo único de mi corazón’». Ya se ha rizado el rizo: ella no deseaba más que aceptar y consentir con la voluntad de Dios, no deseaba más que fundir su ser en el ser de Dios, eso era todo su vivir.

En el camino del desprendimiento total

Luisa comprendió que el descenso del Espíritu Santo y la par­ticipación en sus dones estaban unidos a una condición. Cristo se despidió primero de los apóstoles y luego les envió el Espíritu Santo. De modo que la despedida de Jesús le daba que pensar. Sacó de ello conclusiones para sí misma, y decidió despegarse ante todo de todos los afectos, e incluso «de la ternura de su pre­sencia, para que [su] alma, estando libre de los impedimentos que le podrían poner un obstáculo, el Espíritu divino la llene con sus dones, y que la saque de sus decaimientos y le haga obrar por su fuerza».

Ya nada debía pertenecerle. Ofreció a Dios su libre albedrío para adquirir una libertad nueva en Dios, para abandonarse a la voluntad de Dios. Ese impulso hacia Dios y esa entrega de sí mis­ma acompañaron todas las acciones de su vida: la creación de la Compañía, su trabajo, sus éxitos a los ojos del mundo, pero también sus relaciones con su hijo, que le causó tantas preocupa­ciones: Luisa puso la obra toda de su vida en las manos de Dios. Con ocasión de su peregrinación a Chartres escribió a Vicente una carta en la que ofrecía «enteramente la dicha Compañía, y le pedía [a Dios] su destrucción total antes de que fuera establecida en contra de su voluntad santa».

Deseaba ofrecer todo lo que amaba y también todo lo que le atormentaba. Por ejemplo, se confiaba a Dios en cuanto a su hijo, que le causaba infinitas contrariedades: «No debo ver ya a mi hijo más que como hijo de Dios, ni amarle más que como tal, y por el amor de Dios sufrir el verme privada de su vista». Había que confiarle a Dios, renunciar a los planes que tenía sobre él y aceptar a aquel hijo de Dios tal cual era.

Luisa se desprendía cada vez más de los seres y de las cosas y buscaba una unión con Dios cada vez más profunda. Sacrificaba al pie de la cruz todo lo que podía empañar la pureza del amor que Dios quería de ella «sin jamás poder pretender otro placer que el de estar sometida a vuestro querer y a las leyes de vuestro puro amor». Ese desprendimiento de todas las cosas, de todo deseo terrestre, de todo afecto, de todo lo que no es Dios se expresaba también en una actitud de pobreza total. Luisa vivía el espíritu de la primera bienaventuranza, «Dichosos los pobres de espíritu», y explicaba de este modo la pobreza de espíritu: «No puedo com­prender que el reino de los cielos sea otras cosa que vos mismo. ¡Vos pertenecéis a los que no tienen nada! Verdaderamente sois el único todo, y para teneros quiero renunciar a todo».

Luisa educaba para la santidad

La maduración interior, su camino hacia la santidad estaba por supuesto muy unido a los acontecimientos exteriores que surgían en su vida diaria. Vida interior y vida cotidiana se imbricaban plenamente. En apariencia Luisa llevaba una vida muy activa, dirigía, administraba, resolvía muchos problemas, organizaba y mantenía una abundante correspondencia. Pedía consejos y pro­digaba los suyos propios, pero la obra de su vida fue la dirección y la formación de sus hijas espirituales. En ese campo podía irra­diar y reflejar la luz que había recibido ella misma. Al principio se sentía un tanto insegura, dudaba de sí misma y se interrogaba en su interior, pero gracias a la dirección del señor Vicente descu­brió su camino y logró sentirse más segura. Y luego pudo dirigir a otras personas, y a veces tenemos la impresión de oír de sus labios las palabras mismas del señor Vicente.

Orientar, dirigir y animar a sus hijas

El caminar de Luisa hacia Dios se reflejaba en su enseñanza. Inculcaba a sus hijas las sólidas virtudes cristianas, dando a la vez pruebas de delicadeza y de un talento inmenso de pedago­ga, reforzado con sentimientos maternales pues ella esperaba de sus hijas una conducta heroica en el servicio de los pobres: «¿No queréis, mis queridas hermanas, seguir a ese Jesús tan amable, aunque esté cubierto con llagas y en la cruz? Me parece que os veo cargadas con la cruz tal como él nos lo ha enseñado, y que todas vosotras, llenas de amor y de ánimos, decís con el apóstol santo Tomás: vayamos y muramos con él».

El amor de Luisa por la cruz se parecía a un fuego que de­bía inflamar también los corazones de sus hijas. Su deseo más ardiente era unir su propia cruz a la cruz y a los sufrimientos de Jesús. Pero Luisa no se quedaba en teorías, daba explicaciones y reglas de comportamiento muy concretas: «Recordad siempre, mis queridas hermanas, que es la santa voluntad de Dios la que os ha puesto donde estáis, y que para cumplirla debéis trabajar como haría un embajador de un rey; es decir, con una gran fideli­dad practicar vuestras reglas y los consejos de vuestros superiores (del hospital de Montreuil), todo con dulzura de corazón y con humildad».

Luisa inculcaba a sus hijas la idea de que eran como mensaje­ras de Dios, y que debían tener siempre el deseo de conformarse a su voluntad, y se encontrarían así siempre en el camino de la per­fección. Toda la Compañía, todas las hermanas debían ponerse al servicio de la voluntad divina. Antes de salir para Nantes, donde iba a dirigir el hospital, Luisa dirigió una carta larga a las herma­nas de la Casa Madre, y expresó una vez más ese mismo deseo: «Os dejo, para que os conforméis en todo a la santa voluntad de Dios, el pacto que hemos hecho todas juntas de no quejamos ja­más de la divina providencia, y de abandonarnos enteramente a ella; tomemos, vosotras y yo, como ejercicio de la práctica de esa promesa que hemos renovado tantas veces, el hacer este viaje».

Las hijas de Luisa arriesgaron con frecuencia, e incluso sacri­ficaron, sus vidas cuidando a los enfermos y a los heridos de gue­rra. Ciertamente, Luisa no les exigía esos sacrificios a la ligera. Pero sabía cómo motivarlas y el señor Vicente cómo animarlas; y nosotros podemos, no sin cierto asombro, admirar los frutos de su dedicación. Y luego, pasadas las situaciones difíciles, el día a día recuperaba el primer plano y había que saber administrarlo, pues era ahí donde se libraba la verdadera e interminable batalla contra la miseria y la enfermedad. Los alientos por parte de Luisa no se agotaban: «¿Está usted animada? ¿Hace como el buen pastor, que pone en peligro su vida por el bien y la conservación de las ove­jas que se le han confiado? Así lo creo, pues aunque no siempre tenemos ocasión de exponer nuestras vidas, no nos faltan ocasio­nes de exponer nuestra voluntad para acomodarnos a las de otras personas, de romper nuestros hábitos e inclinaciones, para servir de ejemplo a nuestras hermanas, y de controlar nuestras pasiones, para no excitar las de los otros. Así es como tenemos que obrar, mi querida hermana, para mantener la cordialidad, para ejercitar la ayuda mutua, para estar en la estrecha unión de la caridad ver­dadera de Jesús crucificado, que pido a Dios nos la dé».

En camino hacia María

La meditación de Jesús crucificado llevó a Luisa a venerar a la madre de Jesucristo, pues ella cumplió la voluntad divina al aceptar la encarnación de Jesús. Se sometió también a la voluntad de Dios al pie de la cruz. Allí se convirtió en la madre de todos.

Luisa iniciaba a sus hijas en el misterio de la maternidad de María. Les entregaba el fruto de sus reflexiones, audaces para la época; en efecto, para Luisa el consentimiento de María para ser madre tenía como razón previa su concepción inmaculada con vistas a la encarnación.

A petición de Luisa Vicente de Paúl consagró el 8 de diciem­bre de 1658 la Compañía de las Hijas de la Caridad a la Inmacu­lada Concepción. Luisa leyó en nombre de sus hijas el acto de ofrecimiento que ella misma había redactado. María, concebida sin pecado, fue declarada única Madre de la Compañía. Este acto de ofrecimiento se repetía todos los años. Entró así en la historia de la Inmaculada Concepción; vino después, en 1830, el regalo de la medalla milagrosa; después, la proclamación solemne del dogma de la Inmaculada Concepción y la respuesta de la Virgen en Lourdes: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

Se pone a prueba la dedicación de las hermanas en el frente de la ayuda caritativa

Con sencillez pero también con insistencia, Luisa iniciaba a sus hermanas en el misterio de su vocación: ponerse al servicio de Jesús sirviendo a sus miembros sufrientes, e, inversamente, encontrar a Jesús en la persona de los pobres. Las hermanas no se pertenecían a sí mismas; pertenecían a los pobres y a los enfermos, sus únicos dueños. En sus numerosas cartas Luisa jamás dejó de recordar a sus hermanas el sentido profundo de su voca­ción. Ella les daba ejemplo con sus frecuentes visitas a las Cofra­días, pero también cada día en las relaciones que tenía con ellas para formarlas.

Después de su formación ellas se encontraban en muchos ca­sos lejos de París, pero en primera línea para contribuir con su ayuda y practicar la caridad. Luisa les sostenía y les animaba en su voluntad de sacrificarse; les rogaba «que todas las mañanas se levanten con nuevos ánimos para servir bien a Dios y a los pobres». «Llevad con ellos sus penas, haced lo posible para darles alguna ayuda, y permaneced en paz. Tal vez también vosotras sufráis necesidad; eso será vuestro consuelo, pues si tuvierais abundancia vuestros corazones sufrirían al valerse de ella viendo por otro lado sufrir escasez a nuestros amos y señores». Les ex­hortaba también de esta manera: «Envíeme siempre noticias, se lo ruego, y dígame sobre todo si mientras trabajan en el servicio ex­terior su interior se ocupa por amor de Nuestro Señor en vigilarse a sí mismas para vencer y domar sus pasiones, rehusando a los sentidos lo que pudiera ofender a Dios. Sin eso, sabe usted que las acciones exteriores, aunque sean para servicio de los pobres, no pueden agradar mucho a Dios, ni merecernos recompensa, pues no están unidas a las de Nuestro Señor, que trabajaba siempre con la vista puesta en Dios, su Padre».

«Oro para que se renueve el ánimo de la Compañía para ser­vir a Dios y a los pobres con más fervor, humildad y caridad que nunca, trabajando en la vida interior en medio de vuestras ocupaciones».

Luisa en camino hacia la unión plena con Dios

Luisa dirigía a Dios con mucha frecuencia esta oración: «Ver­daderamente sois el único todo, y para poseeros quiero renunciar a todo». Todo lo que impedía el amor puro debía ser descartado. Informa con frecuencia de que se siente sumergida en las gracias de Dios. Pero el señor Vicente le había enseñado que no había recibido todas esas gracias para ella. No debía ser más que un instrumento, la varilla de mimbre en manos del cestero. En los escritos tardíos de Luisa podemos percibir que ya ha entrado en la vida mística: «Me ha parecido que Dios quería venir a mí como a un lugar que es suyo, y que yo no puedo por eso rehusarle la entrada, lo cual por otro lado me hubiera sido del todo imposible, por haber puesto ya de una vez por todas entre sus manos la pro­piedad de mi libre albedrío».

Vivió esta unión con el Espíritu de Dios mientras atravesa­ba dificultades de todas clases y mil vicisitudes. Sabía que en la pobreza y gracias a los pobres ella estaba unida a Jesús. El señor Vicente la había conducido hacia los pobres, aun teniendo en cuenta que ambos habían seguido caminos diferentes. Vicente era un hombre del pueblo, venía de un medio pobre y volvió a él, formaba parte de ese mundo. Encontró a Dios en su relación con los pobres. Luisa se sentía llevada por Dios hacia los pobres. Su conciencia cristiana del deber la envió a socorrerles. Y luego ella convirtió ese compromiso en una vocación que aceptó con todo el corazón y a la que dedicó su cuerpo y su alma, eligiendo con­sagrar a ella todas sus fuerzas y su saber; en breve: su vida entera.

Lo esencial de la santidad de Luisa me parece residir en el despojamiento total que operó sobre sí misma para cumplir la vo­luntad de Dios, en su conformarse a la cruz, en la unión de su ser con el amor divino y en el abandono de su libre albedrío, para llegar a ser solamente un instrumento en las manos de Dios. La misericordia de Luisa, su amor a los pobres fue la encarnación del amor que tenía a Dios.

Tengo la impresión de que ese aspecto de la santidad de Luisa ha sido pasado en silencio, no ha sido tenido suficientemente en cuenta.

El desprendimiento y despojamiento de todo, sin condiciones, le eran muy queridos, y no tuvieron lugar solo en el momento de su muerte. No, en modo alguno; con plena conciencia, en pose­sión de toda la fuerza de su alma aceptó la última renuncia de su vida, renunció a la presencia del señor Vicente, quien, durante treinta y siete años, había sido para ella punto de referencia y de apoyo. Pero el desprendimiento tenía que consumarse, y acaeció la unión mística perfecta con su Dios: Luisa murió el 15 de marzo de 1660.

El 11 de marzo de 1934 fue canonizada por la Iglesia.

Escuchemos una vez más sus palabras que resuenan como si ella quisiera transmitir su santidad a los demás: «Le ruego, mi querida hermana, que nos envíe sus noticias con frecuencia y las de nuestras queridas hermanas, que deseo sean todas santas para trabajar útilmente en la obra de Dios, pues no es suficiente ir y dar, sino que hace falta un corazón purificado de todo interés, y no dejar de trabajar en la mortificación general de todos los sen­tidos y pasiones, y para eso, mis queridas hermanas, es necesario que tengamos continuamente ante los ojos a nuestro modelo, que es la vida ejemplar de Jesucristo, a cuya imitación hemos sido llamadas, no solo como cristianas sino aún más por haber sido escogidas por Dios para servirle en la persona de sus pobres». «Tened un corazón grande, al que nada se le hace difícil por el amor santo de Dios, en quien soy, y en su Hijo crucificado, mis muy queridas hermanas, vuestra muy humilde hermana y sirvien-te269».

«Dar lo que se tiene no es nada

comparado con el darse a sí misma,

y de dedicar todos los momentos de la vida,

con exponerla incluso a los peligros

por el amor de Dios

sirviendo a los pobres».

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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