LUISA de MARILLAC (X): los años difíciles para los dos fundadores

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Introducción

La publicación mensual de información de las Hijas de la Ca­ridad, Ecos de la Compañía, menciona en el número 8 de 1987 un cambio que tuvo lugar en la relación entre Vicente y Luisa. Tenían, en efecto temperamentos muy diferentes y atravesaban, según los autores del artículo, verdaderas «crisis». Eso ha sor­prendido a más de un lector. Desde hace varios años hay una tra­ducción al alemán de la correspondencia entre los dos fundado­res. Sin embargo, ninguna traducción puede dar cuenta exacta de los matices de otra lengua, sobre todo si se tiene en cuenta que en este caso se trata de una lengua del siglo XVII, y por eso no es fácil notar todos los cambios de tono —y no hemos intentado hacerlo aquí- que corresponderían a una situación de crisis entre los dos fundadores. Sin embargo, la evocación de esas dos figuras extraordinarias de santos podría dejar adivinar fácilmente que su santidad no se manifestó solamente en la práctica heroica de la virtud, en las dificultades y en el sufrimiento, sino también en su constancia, en su valentía heroica, requerida esta todos los días, pues es eso exactamente lo que define el heroísmo.

Era pues inevitable que esas dos figuras de santos conociesen momentos de tormenta en su camino hacia la madurez. Y solo los estudios detallados emprendidos estos últimos años han conse­guido reunir algunos hechos en un delicado mosaico, y presentar relaciones de causa y efecto de manera más explícita. Eso nos da una idea más definida de la personalidad de Luisa y nos permite comprender mejor a aquella mujer admirable.

Examinemos pues de más cerca la relación entre los dos per­sonajes.

Una vivienda demasiado pequeña

Volvamos brevemente a la época del comienzo de la Compa­ñía. El 29 de noviembre de 1633 Luisa de Marillac había acogido a cinco o seis jóvenes en su casa, en la actual calle Monge, que se encontraba en la parroquia de Saint-Nicolas du Chardonnet. Dos años más tarde las jóvenes eran veinte, y por supuesto comenzaba a faltar espacio. Luisa había alquilado aquella vivienda a la muer­te de su marido, en 1625, y se había trasladado a ella para estar más cerca del señor Vicente. Pues por aquel tiempo había comen­zado a participar en las obras caritativas del señor Vicente (quien por aquellas fechas habitaba con sus sacerdotes en el colegio de «Bons Enfants», en una calle muy cercana). Así que la vivienda de Luisa se había hecho muy pequeña.

El número de las jóvenes que Luisa preparaba para el trabajo en las Cofradías de Caridad aumentaba sin cesar. Ese crecimiento rápido le daba la razón a Luisa: había llegado a comprender el suceso de Pentecostés de 1623: «Entendí que estaba en un lugar para servir al prójimo […], donde habría idas y venidas», no tendría pues que encerrarse dentro de los muros de un convento. Y en 1636, dos años y medio después de la fundación, todo el mundo estaba de acuerdo en decir que había falta buscar un nuevo alojamiento.

La pregunta y la respuesta

En este momento de la evolución de la Compañía se suscita­ban varias preguntas: ¿en qué zona de la ciudad buscar el nuevo alojamiento? ¿A nombre de quién se alquilaría o compraría?, es decir, ¿quién filmaría el contrato de compra o de alquiler? ¿Quién pagaría la compra o el alquiler?

Respuesta a la primera pregunta

Desde hacía algunos años el señor Vicente no vivía ya en el colegio «Bons Enfants», sino en San Lázaro. La distancia entre los dos domicilios se había convertido desde hacía tiempo en un obstáculo para la comunicación rápida. Había pues que tener en cuenta este aspecto en la búsqueda de un nuevo alojamiento. La cercanía permitía tratar los problemas más rápidamente, ahorrar­se muchos desplazamientos y evitar el enviar mensajes. Pero no se hizo ningún caso a la reacción del señor Vicente: no era con­veniente acercar la Casa Madre de las Hijas de la Caridad a San Lázaro. ¿Por qué? La fundación era reciente y aún poco conocida. Podrían desatarse las malas lenguas, y era de temer que las rela­ciones constantes y numerosas entre los sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad, o entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, fueran mal interpretadas. «Estamos rodeados de personas que todo lo ven y lo juzgan…» Pero esta carta reforzó la idea de Luisa de que era necesaria una cercanía mayor entre los dos luga­res de alojamiento, pues solía escribir Vicente: «No puedo ir…, no tengo tiempo…, no puedo ir a verle…» Los medios de comu­nicación insuficientes y la distancia grande causaban numerosos problemas, tanto más cuanto que Luisa no era tan robusta como para recorrer el largo trayecto a pie hasta San Lázaro cuando el señor Vicente no podía ir a verla. Vicente expuso su rechazo a la idea y Luisa aceptó sin decir nada. Pero aún no se había encon­trado casa.

El señor Vicente había pedido a madame Goussault que ayu­dara a Luisa en sus búsquedas. Madame Goussault estaba relacio­nada con Luisa, y Luisa sabía lo que necesitaba. Por fin se alquiló una casa en La Chapelle, que fue en otro tiempo una aldea al norte de París. Luisa y sus jóvenes fueron pues al campo. El aire era ciertamente más puro, y allí había más espacio, pero la distancia hacía el asunto bastante complicado.

La segunda pregunta se refería al alquiler de la casa. ¿A nombre de quién se iba a alquilar, y quién firmaría? Madame Goussault hizo lo que hacía falta. Arregló los problemas jurídicos y firmó el contrato de alquiler a nombre de la Cofradía de Cari­dad, que se había convertido entretanto en una asociación oficial. Parece aquí con toda claridad que Luisa había renunciado a su independencia y a su libre albedrío. Dejó la vivienda a la que se había mudado después de la muerte de su marido, en la que se sentía como en su casa, y dejó que otros dispusieran de ella. La comunidad de sus veinte jóvenes no existía ante la ley. Intervino entonces madame Goussault. La Cofradía de Caridad alquiló la casa y pagó el alquiler.

Y así llegamos a la tercera pregunta. ¿Formarían las jóve­nes de la Caridad parte de la Cofradía si esta pagaba el alquiler? Hasta entonces nadie se había planteado la cuestión en serio.

Pero la necesidad de poner una firma en aquel contrato les forzó a tomar una decisión: las jóvenes de la Caridad fueron integradas legalmente en la Cofradía. Eso cambió posteriormente cuando la Compañía fue reconocida como tal. Pero por el momento las Damas de la Caridad pagaban el alquiler, mientras que madame Goussault firmaba el contrato. Todo ello sumergió a Luisa en un océano de dudas e incluso provocó en ella un sentimiento de in­seguridad y la impresión de sentirse abandonada. Esos estados de alma le eran bien conocidos y le habían causado ya muchos sufrimientos. Se sentía indecisa y a medio camino entre un «no más» y un «aún no». Pero Luisa no se escuchaba a sí misma y no se complacía en ese estado. Las cartas redactadas en la época del cambio de alojamiento testimonian que la fuerza de su fe y de su convicción seguían siendo profundas a pesar de las vicisitudes de cada día. Véase lo que escribía por aquel tiempo: «Ir al nuevo alojamiento con la intención de honrar a la divina Providencia que me conduce a él, y ponerme en la actitud de hacer en él lo que la misma Providencia permita que haga. Por este cambio de vi­vienda honrar el de Jesús y de la Virgen santa de Belén a Egipto, y luego a otros lugares, y no querer, no más que ellos, tener morada propia en la tierra».

Maduración lenta

Lo que vivió Luisa aquel famoso día de Pentecostés reaviva­ba sin cesar su fe, que ella expresaba con una certeza total en el servicio del prójimo, único fin y meta de su vida. En mi opinión podríamos tal vez revisar, gracias a algunos episodios de su vida, la imagen que teníamos de Luisa. En efecto, teníamos hasta hace poco la impresión de que era una mujer poco segura de sí misma, dubitante, sometida a la autoridad de su director de conciencia. Podíamos pensar que ella creía de forma incondicional en el valor indudable de los consejos de él, que tenía en consecuencia poco carácter y una voluntad débil, pero que seguía con obediencia ab­soluta el camino que le indicaba el director. Todo eso sería ciertamente muy virtuoso y muy heroico. Pero las cosas no pasaron del todo de ese modo, y los hechos lo atestiguan. Esos hechos fueron el fundamento de lo que calificamos como «crisis» entre Luisa y Vicente. Guardémonos sin embargo del peligro de interpretar negativamente esa palabra, pues se trataba más bien de una crisis de crecimiento que precede a la madurez plena de una sensibili­dad que ya estaba marcada por la santidad. Luisa había tenido la visión de un director de conciencia encarnado en la persona de Vicente de Paúl. Ella lo veía como un enviado de Dios. Él le ense­ñó a tomar decisiones de una manera autónoma, orientó y moduló su deseo de perfección y de santidad.

Pero, por una parte, Luisa era conducida y animada por la fe, lo que le daba una voluntad firme y tranquila, que le permitió dotar a las Hijas de la Caridad de un estatuto reconocido por la Iglesia. Conocemos las dudas de san Vicente y las buenas razones a las que apelaba. Luisa sabía también todo eso, y compartía sus temores. Pero, a pesar de todo, parece que ella tenía dificultad en dominar su impaciencia cuando Vicente reclamaba un poco más tiempo. Por otra parte, la experiencia vivida en La Chapelle y las dificultades encontradas con ocasión de la fuina del contrato de alquiler no fueron, por desgracia, una excepción.

Cómo superó Luisa la carencia de bases jurídicas

En el otoño de 1638 la joven Compañía empezó a alejarse de la periferia de la capital. Dos hermanas fueron enviadas a Richelieu, ciudad situada a trescientos kilómetros de París. Allí la duquesa de Aiguillon, sobrina del cardenal Richelieu, garantizaba la existencia de la pequeña Compañía, dependiente aún de una Cofradía. Por otro lado, el envío de hermanas a provincias nunca era decidido por una Cofradía, sino por Vicente y Luisa, o más exactamente por orden del Superior General de la Congregación de la Misión y director de las Cofradías, quien ejercía plenos po­deres. Todo había funcionado bien hasta entonces y siguió así un año más. Después, durante el invierno de 1639-1640, Luisa tuvo que enfrentarse con el problema del reconocimiento oficial de la Compañía cuando quiso fundar una comunidad en Angers. Los administradores del hospital de Angers exigían un contrato en buena y debida forma antes de admitir a las hermanas. Eso no ha­bía sido previsto. Vicente creía que hubiera bastado, como de cos­tumbre, un acuerdo oral. Luisa se dirigió a él, y él le respondió: «Visto que esos señores quieren todo por escrito, hágalo usted, in nomine Domini, y haga el contrato a su nombre como directora de las Hijas de la Caridad, sirvientes de los pobres enfermos de los hospitales y de las parroquias, con la aprobación del Superior Ge­neral de los sacerdotes de la Misión, Director de las dichas Hijas de la Caridad». Vicente era muy consciente de que las Hijas de la Caridad no tenían ningún estatuto jurídico. Por eso añadió: «Si le piden el documento de erección de ese cuerpo, diga que no tiene otro que el poder que ha sido concedido a dicho superior, director de las Cofradías de Caridad, como se hace en todas partes, en par­ticular en esa diócesis […] en las tierras de madame Goussault, […] en Richelieu, en la diócesis de Poitiers2o2».

Esta respuesta no debió de satisfacer a Luisa. No podía so­portar la carencia de bases jurídicas de la Compañía. Podemos concluir de ello que ella fue en verdad directora de la Compañía y no simplemente una Dama de la Caridad. Dependía ciertamente del Superior General, el señor Vicente, pero no por ello era menos responsable de las comunidades de la Compañía. En cualquier caso comenzó por firmar en su propio nombre. En Angers Luisa se sintió por primera vez oficialmente responsable de la Compa­ñía de las jóvenes. Angers representa una etapa importante en la obra de Luisa.

Hay que responder a los desafíos, pues las exigencias aumentan

Durante ese tiempo Vicente esperaba con impaciencia la vuel­ta de la señorita Le Gras porque el ocuparse de las Hijas de la Caridad presentaba un gran número de asuntos, y Luisa, en cuan­to volvió a París, se vio sumergida por mil tareas: formación de las hermanas, acogida de las nuevas, distribución del trabajo en las Cofradías, acogida en la Chapelle de los niños abandonados, sin contar la atención a los galeotes. Ante esa lista de tareas po­demos abrigar dudas sobre la posibilidad de arreglar todos esos problemas y de responder satisfactoriamente en todas partes. Por ello no sorprenderá el leer con frecuencia palabras como estas bajo la pluma de Vicente: «He estado impedido». Más allá de las actividades de cada día tuvo lugar un cambio imperceptible en las relaciones entre Luisa y Vicente. Esta era la situación entre los dos en la primavera de 1640: el señor Vicente estaba satisfe­cho de las negociaciones en Angers. La señorita Le Gras había actuado con inteligencia y con circunspección. Los niños aban­donados estaban a partir de ahora bajo la entera responsabilidad de las Damas de la Caridad. En otras palabras, las Hijas de la Caridad se ocupaban de todos los huérfanos que habían recogido, mientas que las Damas se ocupaban del aspecto económico. Lui­sa de Marillac se había convertido para el señor Vicente en una verdadera colaboradora, no era ya meramente la que le pedía sus consejos y le confiaba la dirección de su alma. Era la directora inteligente, digna de toda confianza, altruista y entregada en las actividades más importantes. Vicente conocía bien la sicología de Luisa, sabía de qué era capaz, pero no desconocía ni su necesi­dad de ayuda, de apoyo, de consejos, ni las dudas —hoy diríamos los complejos- que ella tenía en relación a sí misma, cuando se sentía responsable de un problema. Pero él también sabía que en ella habitaba una fe profunda, que su resistencia era inmensa, así como su deseo de obedecer. Y así sucedía que cuando él estaba desbordado por el trabajo, esperaba siempre y contaba con la es­peranza de que Luisa de Marillac haría lo que hacía falta, que lo haría bien, mejor que nadie. Y ella lo hacía.

Por todo ello el señor Vicente sentía una satisfacción plena y la ayudaba. Sin embargo sus diferencias de temperamento se hicie­ron con el correr del tiempo más claras. Pudo parecer, al principio, que se complementaban; sin embargo, con el correr del tiempo y de su colaboración tan cercana, esa armonía se hizo menos evi­dente y la situación terminó por sufrir deterioro. Reflexionemos sobre esas relaciones ahora más difíciles: hasta ese momento la sabia prudencia del señor Vicente se había visto compensada por la vivacidad de Luisa. La severidad de Luisa era a veces suaviza­da por la gran bondad y la indulgencia de Vicente. Pero de 1640 a 1642 tuvieron ambos, por un lado y por otro, que hacer esfuerzos para comprender mejor sus diferencias, y de madurar gracias a ellas. Las relaciones respetuosas y amigables de esas dos figuras de santos no escapaban a la ley de todo crecimiento: no se alcanza la madurez sin cambiarse a sí mismo.

Buscando una casa más grande

¿Con ocasión de qué asunto tuvieron los primeros desacuer­dos? Hemos mencionado arriba el traslado a La Chapelle. Cuatro años más tarde la casa era ya demasiado pequeña y se hizo necesario buscar otra. Estarnos en el verano de 1640, y la bús­queda duró un año. El señor Vicente seguía insistiendo en que las Hijas de la Caridad se instalaran a una distancia conveniente de San Lázaro. Sugirió La Villette, una aldea parecida a la de La Chapelle. Pero esta vez Luisa se opuso y hubo que buscar otra en otra parte. Finalmente, después de varios meses de búsquedas infructuosas y de respuestas negativas a las propuestas de Vicen­te, éste cedió y Luisa se pudo instalar cerca de San Lázaro, en la parroquia de Saint-Laurent. Luisa se impacientaba, ella hubiera querido comprar una casa, pero no se encontraba ninguna con la capacidad requerida. Ante ese hecho, el señor Vicente sugirió la idea de alquilar una, pero Luisa se mantuvo firme. Llegamos así a la primavera de 1641. El señor Vicente escribe a Luisa de Marillac y le envía una observación desabrida: «Hay que seguir rezando por lo de la casa, por la que no me preocupo tanto como de que se establezca usted aquí en una casa alquilada. ¡Ay, Jesús! su problema verdadero no depende de una casa, sino de que Dios siga bendiciendo esta obra».

¿Sentiría Luisa que se le comprendía mal o que ni siquiera se le tomaba en serio? En la primavera de 1641 el señor Vicente cayó enfermo, y Luisa le escribió para expresarle su preocupa­ción. Él contestó a su vez y se expresó así en un tono seco: «Le sigo viendo a usted manteniendo sentimientos un poco humanos desde que me ve enfermo, pensando que todo está perdido por no tener una casa. ¡Oh, mujer de poca fe y poco aficionada al modo de obrar y al ejemplo de Jesucristo! Este salvador del mundo, al pensar en la Iglesia entera, se confía a su Padre en cuanto a las reglas y a la dirección; y por un puñado de jóvenes que su pro­videncia ha suscitado y reunido tan claramente, piensa usted que nos fallará. Vamos, señorita, humíllese profundamente delante de Dios, en el amor del cual soy s. s.».

Luisa se calló, sabía muy bien que el señor Vicente había crea­do una obra inmensa al recoger a los niños abandonados. Él ha dotado a la humanidad de otro rostro por medio de esos niños rechazados y llorosos. Luisa y sus jóvenes cuidaban un gran nú­mero de aquellos niños en la Casa Madre de La Chapelle. Pero ¿el señor Vicente podía darse cuenta de lo que suponía aquello? Ocuparse día y noche de niños de pecho que gritan y lloran en la casa no era un asunto banal. Y no hay que olvidar que las jóvenes tenían otros trabajos y que la casa era demasiado pequeña.

Por fin se encontraron cerca de San Lázaro dos casas igua­les. Al principio se alquilaron, pero muy pronto se compraron. Durante el verano de 1641 se cerró el contrato de compra y tuvo lugar el traslado. Pero entonces surgieron dificultades por causa de la firma. En el plano jurídico Luisa no tenía autoridad para actuar en nombre propio. El señor Vicente lo sabía muy bien; en consecuencia la Congregación de la Misión compró la casa y el señor Vicente puso su firma. Más tarde, cuando la Compañía de las Hijas de la Caridad fue reconocida, compró la casa a la Con­gregación de la Misión con la ayuda económica de las Damas.

Ideas diferentes sobre la formación de las hermanas, opinio­nes diferentes sobre los destinos

En otra ocasión aparecieron también ligeras diferencias: a Luisa le hubiera gustado que sus jóvenes no solo estuviesen bien preparadas, sino que tuvieran también el espíritu despierto para utilizar bien el tiempo de su formación en el seminario, y fueran capaces de responder con rapidez y bien a todas las peticiones de ayuda. Luisa se preocupaba por la hermana Vincentia Auchy, una viuda joven originaria de Richelieu, a la que el señor Vicente conocía bien. Vicente estaba sorprendido por la severidad de Lui­sa. Defendió a Vincentia y alabó su buen comportamiento en la casa de una Dama de Richelieu, a la que Vincentia había servido fielmente durante varios años. Esto es un extracto de la carta de Vicente a Luisa: «Hay espíritus que no se ajustan al principio a todas las regularidades más pequeñas. El tiempo lo consigue todo. Veo eso entre nosotros todos los días2N. Exhortó de nue­vo a Luisa a ser más paciente en el caso de Juana Lepintre, que quería llevar un pañuelo encima de su cofia: «Creo que hay que soportarle ese capricho. Lo dejará con el paso del tiempo». Vino después el problema con María Joly, a quien había que destinar lejos de París, a Sedán. María era una hermana joven de primera hora, había mostrado virtudes sólidas y conocía perfectamente el trabajo entre los enfermos y los pobres. Su marcha causaría mu­chos problemas. Las Damas querían que sustituyera a María una joven de parecida calidad, pero había que buscarla y se lo urgían a Vicente. El quería responder a la petición del duque de Bouillon, que había vuelto al catolicismo, igual que, por supuesto, todo el ducado. Se trataba, pues, de un verdadero apostolado.

A pesar de todas las dificultades, Vicente pensaba en enviar solo a María, mientras que Luisa se oponía. Y en este caso ella utilizó, en tono tan delicado como directo, los argumentos mis­mos de Vicente: «La resolución que me parece tomó usted de no enviar a ninguna hermana sola se me grabó de tal manera en el espíritu que me parece necesario que hay que enviar a alguna otra con ella. Podría caer enferma en el viaje, […] podría sentirse triste, y al no poderse desahogar con nadie, habría riesgo de que se desanimara, y creo además que eso haría daño a las demás, pues se diría que no se cuida bien a las jóvenes, pues se les deja ir solas».

Sigue Luisa diciéndole cómo podrían esas dos hermanas ga­nar dinero por medio de su trabajo y subvenir de ese modo a sus necesidades, sin depender de otras personas. Pasa luego a pedir humildemente a Vicente que dé su aprobación, pero él creyó que se había expresado mal. Repitió la petición de las Damas, que querían que se les enviase una hermana concreta para sustituir a María; por desgracia, se trataba de la misma hermana que debía acompañar a María a Sedán. Se retrasaba, pues, el viaje, y Vicen­te se mostraba más impaciente que nunca. Escribe brevemente a Luisa: «Le toca a usted, señorita, arreglar el problema». Luisa lo arregló, pero según su pensar. El señor Vicente se mostró de acuerdo, pero mostró dudas sobre las cualidades de la segunda hermana. Intentó presentar otra propuesta, pero Luisa no cambió de opinión y Vicente le escribió: «He reservado y pagado dos plazas para el coche de Sedán, que sale mañana a las diez. Tenga a las hermanas a las nueve preparadas para partir, por favor. […] Asegúreles que les veré con los ojos del espíritu, y que mañana, si Dios quiere, espero decir la misa a su intención».

Hubo, pues, que sustituir a las dos hermanas en las Cofradías. Las Damas se mostraban exigentes en la elección de las jóvenes: aun cuando pareciesen buenas debían además estar bien prepa­radas para servir. Luisa se tomaba todas las molestias del mundo para ello, pues si bien era necesaria una buena formación religio­sa y espiritual, las hermanas necesitaban igualmente competen­cias específicas para el servicio de los enfermos. Luisa era muy habilidosa y estaba muy bien dotada para la preparación de me­dicamentos. Por eso pudo tomar como reproche las palabras que usó Vicente en una carta escrita en la época de la fundación de la Caridad de Sedán: «Y qué otra hermana podrá usted poner en su lugar, o cómo podrá darles otra que sepa componer los medica­mentos y que tenga experiencia. Eso nos hace ver qué necesario es que venga usted a esta parroquia y que todas sus jóvenes estén bien preparada09». ¿No había insistido Luisa en que las jóvenes estuvieran bien formadas, mientras que Vicente pensaba que ella era demasiado estricta? Tenemos la impresión de que desde hacía mucho tiempo la atmósfera estaba cargada de electricidad. Los dos fundadores estaban aún en ruta hacia la santidad. Y el camino que han recorrido nos los hace tan simpáticos como el fin que perseguían y que alcanzaron finalmente. En cualquier caso, todo ello no puede menos que servirnos de estímulo.

Búsqueda de la voluntad de Dios en las decisiones del señor Vicente

Su caminar estaba lejos de ser derecho del todo, aún les que­daban algunos obstáculos que superar. El señor Vicente tenía en­tonces sesenta años y Luisa diez menos. Él siempre había intentado animar y apoyar las iniciativas de Luisa. La inteligencia viva de ésta la llevaba a tomar decisiones que Vicente no podía menos de alabar. Ella estaba dotada además de una gran sensibilidad y animada por un deseo constante de perfección. Todas esas cuali­dades hicieron de ella una educadora sin par. Vicente lo sabía muy bien. ¿Qué podría hacer sin ella? Sin embargo no estaba comple­tamente seguro acerca del total desinterés de Luisa, ¿no buscaría ella el éxito en lo hondo de sí misma? Había ella aceptado la de­pendencia en relación a Vicente, pues la consideraba como que­rida por Dios. Pero tendía a tomar ciertas decisiones importantes, sin descuidar el someter con respeto sus propuestas a Vicente. Luisa no compartía siempre la opinión de Vicente, pero aun en los desacuerdos ella buscaba con ardor la voluntad de Dios. Cuando había algún problema, no aceptaba siempre la primera solución que se le presentara. Su deseo absoluto de cumplir la voluntad de Dios no impedía que ejerciera el uso libre de pensamiento y de juicio. En cuanto a los temas fundamentales que se referían a la formación de sus hijas espirituales, se sentía dependiente del señor Vicente. El número de hermanas aumentaba. Luisa no po­día inspirarse en ninguna otra congregación para la formación de aquellas jóvenes. El terreno estaba virgen. Hoy sabemos qué ha significado eso para la Iglesia de Dios.

Las bases espirituales de la Compañía: dificultades de orga­nización

Nuestros dos fundadores tenían una vida muy atareada y te­nían que responder a mil demandas. El año de la fundación de la Compañía el señor Vicente comenzó a tener sus bien conocidas conferencias a las hermanas. En ellas les explicaba el sentido y los diferentes puntos de la regla, pero también trataba otros te­mas que le parecían importantes. Esas conferencias fueron el eje fundamental de la orientación espiritual de la joven Compañía. Siguen siendo para nosotras aún hoy una fuente importante y nos ayudan a comprender el espíritu de la Compañía.

Luisa comenzó muy pronto a tomar durante las conferencias notas lo más precisas posible. Le debemos muchos de los tex­tos, que constituyen para nosotras un bien precioso. Para Luisa el fundamento espiritual de la nueva fundación descansaba sobre las conferencias del señor Vicente. No pensaba que su propia en­señanza fuera suficiente para las hermanas. Luisa era consciente de la profundidad de las palabras de Vicente y de su impacto. Sin embargo nos enteramos por sus cartas o por sus mensajes que él posponía con frecuencia sus conferencias, que las anulaba o que se excusaba, con gran desesperación de Luisa: «Me es imposible dedicarme a sus jóvenes antes del fin de la semana próxima. Te­nemos reuniones todos los días desde hoy hasta el miércoles2m». Otro ejemplo: «Sé bien que habrá que ver a sus jóvenes el jueves en la casa de los niños; pero no sé si quedará algún tiempo para la regla. Veremos. Puede pues usted informarles para ese día, si le parece bien, o para el viernes, que me resultaría menos compli­cado». Para el señor Vicente el poder organizar las veinticuatro horas que tiene el día era cosa de milagro. No tenía por tanto mu­cho tiempo disponible para dedicarse a las hermanas o para dar conferencias. Pero esta fundación constituía una parte importante de su obra. Luisa no estaba dispuesta a renunciar a las conferen­cias, y por eso se sentía tanto más decepcionada cuando surgía algún contratiempo. Solo en el período de marzo de 1640 a junio de 1642 recibió veintiocho cartas en las que Vicente expresaba sus excusas por no poder ir, o anunciaba que iba a ir para excu­sarse enseguida de no poder hacerlo, y que se informara de ello a las hermanas. Alguna vez se excusaba sencillamente porque se le había olvidado la fecha. Hacía falta una gran agilidad para luchar contra todas esas complicaciones, pues había que recorrer todo París para informar a las hermanas, y luego volver corriendo a informarles de la anulación de la conferencia. ¡Cuántas dificultades y qué pérdida de tiempo a costa del servicio de los pobres!

El 16 de agosto de 1640, día de San Roque, el señor Vicente introdujo su conferencia con la siguiente observación: «Ha falta­do poco para que dejara de venir hoy, pues he estado en la ciudad y he tenido que ir lejos; tendré pues poco tiempo para hablaros».

Después de un silencio de seis años, hubo en 1640 cuatro con­ferencias, y luego ninguna más hasta el mes de agosto del año siguiente. Y en 1641 Vicente no encontró más que dos ocasiones para ir a hablar a las hermanas que esperaban su palabra.

Luisa de Marillac escribía sin reparo alguno las observaciones que hacía Vicente al comienzo de sus conferencias para excusarse por algún impedimento o por falta de tiempo. Por ejemplo, el 9 de marzo de 1642: «El señor Vicente no pudo estar al comienzo de la conferencia por algún asunto urgente […] El señor Vicente llegó hacia las cinco». El 16 de marzo anotaba una vez más: «El señor Vicente nos hizo el honor de estar presente desde el comienzo».

No se encuentran observaciones similares más que entre 1640 y 1642.

En la fe y en la obediencia, Luisa sigue su camino personal y pronuncia sus votos

Por aquel tiempo Luisa sufría «grandes inquietudes y dificultades, como lo anotó más tarde en sus escritos. Pero la vida de la joven Compañía seguía su curso. Y tenemos la impresión de que Luisa aceptaba con toda lucidez sus dificultades interio­res y las unía a su voluntad firme de mantenerse fiel a Dios y de obedecer los decretos divinos. El suceso de Pentecostés jamás desapareció de su horizonte, y le guió durante toda su vida. El 25 de marzo de 1642, día de la Anunciación, junto con otras cuatro jóvenes, hizo los votos de pobreza, castidad y obediencia, sin ol­vidar la promesa de servir a los pobres. Vicente recelaba que la Compañía llegase a ser de clausura, pero, a pesar de sus reservas, había dado permiso para la emisión de los votos. Luisa se sen­tía tranquila, segura de encontrarse en el camino de cumplirse la promesa de Pentecostés. Vicente sabía con cuánto ardor Luisa aspiraba a la perfección, conocía sus grandes cualidades, y podía comprobar su éxito en la formación de las hermanas. Pero ¿no le había dejado tal vez con exceso entregada a sus propias fuerzas? La idea de la fundación de la Compañía no había tenido el origen en él. Cuando hablaba a Luisa de «sus jóvenes» ella le replicaba: «Señor, ¡esas jóvenes son también de usted!»

Luisa pensaba y obraba sin sentir ni una onza de satisfacción o de orgullo por haber fundado aquella Compañía. Ciertamente, no era corta de inteligencia y tenía una visión clara de los acontecimientos, pero quería permanecer a toda costa bajo la dirección de Vicente.

Reconocía ante Vicente «la necesidad que tengo de ser ayuda­da para hacer la voluntad santa de Dios: de mí misma no hay que esperar nada más que lo que tenga usted el honor de mandarme, porque de eso Dios me hace la gracia de acordarme».

Luisa expresa sus sugerencias con toda cortesía

En septiembre de 1641 Vicente una vez más no pudo asistir a una conferencia. Luisa no oculta su insatisfacción. El señor Vi­cente no debería olvidar que él tenía su parte en la edificación del fundamento espiritual de la Compañía, así como las hermanas tenían que tener presente en su espíritu que ellas tenían que conti­nuar la obra caritativa del señor Vicente. Si en la práctica Luisa se dedicaba a la educación de las jóvenes, no hay por eso que olvidar el papel importante que jugó el señor Vicente. Luisa comprobaba que iba a hablar a las hermanas cuando no tenía nada que se lo impidiera. ¿Por qué no dejaba de aceptar alguna invitación para atender con preferencia a las hermanas? A Luisa no le gustaba que sus jóvenes pasaran a segundo plano.

En realidad Vicente daba el primer lugar a las Damas de Ca­ridad, al arzobispo de París, a los ordenandos y a la reina. ¿Era su educación la que le hacía poner a las Damas por delante de las jóvenes? Luisa tenía mucha dificultad en aceptar esa situación de hecho. Y con la libertad que le daba su propia educación le escri­bió: «Le ruego con toda humildad en vista de esto que nos haga la caridad que su bondad nos ha hecho esperar, pues tenernos gran necesidad [de oír una conferencia]. Las ocasiones que le impidan hacerlo no faltarán nunca, a no ser que nos haga usted el honor de no esperarlas. Perdóneme esta libertad, pero me mueve el temor que tengo con frecuencia de que tal vez sea por permiso de la divi­na providencia el que seamos privadas de ese bien. Ruego a Dios de todo corazón que nos conserve lo que nos ha dado en usted».

Dos accidentes y sus consecuencias positivas

Unos años más tarde se produjo la víspera de Pentecostés de 1642, un accidente que estremeció tanto a Luisa de Marillac como al señor Vicente, y que sobre todo marcó duraderamente el pensar, el obrar y la voluntad de Luisa. Aquella tarde de sábado iba a haber una conferencia en la Casa Madre (la casa de Saint-Laurent recién adquirida), y se esperaba al señor Vicente, quien a última hora tuvo un asunto que le impidió asistir. Una hermana oyó un crujido en el maderamen e informó de ello a Luisa. Ésta, al principio, no tomo la advertencia en serio, y dejó pasar un poco de tiempo antes de dejar la sala junto con las hermanas, a las que naturalmente dejó salir las primeras. Apenas habían salido todas cuando el techo se hundió con gran ruido. No resultó herida nin­guna hermana. El señor Vicente se sintió conmocionado, y pode­mos leer en una carta escrita el día siguiente la palabra «atónito», como quien se ve afectado por un trueno. Y añadió: «Tiene usted en ese suceso un nuevo motivo para amar a Dios más que nunca, pues les ha cuidado como a las niñas de sus ojos en un accidente en el que podían haber sido sepultadas bajo las ruinas, si Dios no hubiera desviado el golpe por su amable providencia. Hemos dado gracias a Dios por ello; y con la ayuda de Dios espero tener la dicha de verles ahí».

El señor Vicente y Luisa de Marillac eran conscientes de que la Providencia divina les llamaba a superar los pequeños desacuer­dos que habían surgido en sus relaciones. En efecto, cada uno de ellos dos se sintió «como golpeado por un trueno» y por ello lla­mado a considerar la existencia y la colaboración del otro como un bien precioso y un regalo inestimable de Dios. A lo largo de los años siguientes Vicente recordó y mencionó varias veces ese in­cidente, y veía en él la señal visible de la protección de Dios. Por su parte, Luisa menciona el accidente en numerosas cartas dirigi­das a las hermanas. Cuatro semanas más tarde una hermana cayó al Sena mientras «lavaba la colada del Hótel-Dieu». Se le sacó del agua y recuperó el conocimiento después de una pérdida de conciencia que le duró tres horas. Luisa vio en ello una vez más una prueba del amor de Dios, e intentó responder a ese amor de manera concreta: «Querida hermana, ahí podrá ver la obligación que tenemos de ser fieles a nuestra santa vocación».

En efecto, Luisa veía en la protección que se le daba con oca­sión de sucesos trágicos, una especie de confirmación divina de su vocación para servir a los pobres. En esos momentos sus di­ficultades interiores y sus dudas parecían calmarse. Pero había además otra consecuencia: Luisa se obstinaba una vez más en poner la formación y el servicio de las hermanas bajo la autoridad del señor Vicente, esperando su acuerdo, y corriendo el riesgo de privar a Vicente de un tiempo precioso. El hundimiento del techo y las vidas salvadas dos veces mostraban claramente: ¡Dios lo quiere! Cinco o seis días después del accidente el señor Vicente salió para Richelieu. Pero antes Luisa de Marillac necesitaba ins­trucciones para arreglar mil y un problemas. Había recuperado la confianza en sí misma y tuvo valor para comunicarse con él de una manera nueva, sin dejar de insistir en su dependencia en relación a él. Redactó un cuestionario de veinte puntos, dejando espacios para que respondiera el señor Vicente. Esa carta es un modelo del género, y muestra bien la capacidad de Luisa para adelantarse a los problemas, su deseo de una colaboración sincera con Vicente, pero también su temor, siempre presente y muy lejos de no tener fundamento, de que pudiera suceder algún accidente al señor Vicente. ¿Qué sucedería en ese caso? ¿Qué sería de su obra?

Después del hundimiento del techo Vicente usaba otro tono en sus cartas, y daba muestras de una mayor atención y comprensión hacia los problemas con los que se encontraba Luisa para servir a los pobres. Sin embargo, después de recibir el cuestionario, él no pudo evitar el disimular sus reproches con la mayor finura, y contestó, no sin cierto humor: «Por la tarde intentaré ir a su casa, y le digo mientras tanto que es usted mujer de poca fe y que yo soy su servidor”.

«¡Manténgase alegre!»

Pero las nubes no acababan de disiparse del todo. Luisa se en­contró en esta época con muchos problemas relativos al carácter o al comportamiento de las jóvenes. Luisa informaba de todo ello a Vicente, y cada uno por su lado esperaba que el otro arreglara las situaciones. Así le escribía Luisa: «Me siento un poco sobre­cargada por una serie de dificultades, a causa de la disposición de espíritu de la mayor parte de todas nuestras hermanas; le aseguro, señor, que eso me produce una gran confusión delante de Dios y delante del mundo, por mi incapacidad en ayudar a estas jóvenes a portarse bien. Suplico a la bondad de Dios que se lo haga cono­cer a usted y remediarlo».

Luisa, que tanto aspiraba a la perfección, se sentía a veces de­cepcionada por sus jóvenes, y con frecuencia se sentía inclinada a desanimarse. El señor Vicente veía todo aquello con una perspec­tiva más amplia y con mayor serenidad, pero hay que decir que él no estaba en contacto diario con las hermanas, a diferencia de Luisa. En cualquier caso, no parecía tomar del todo en serio las preocupaciones de Luisa, pues le escribía: «Esté tranquila en re­lación a las pequeñas dificultades de las que me habló ayer. Tengo experiencia de alrededor de veinticinco años de hasta qué punto debe ir la dirección de dentro y la de fuera, y de los inconvenien­tes de la una y de la otra».

Durante los años siguientes Luisa dio pruebas en sus cartas de un alto grado de comprensión hacia las hermanas, y de una gran atención incluso hacia sus más pequeños problemas. Sin embargo jamás se desviaba de su firmeza serena y de su empeño. El se­ñor Vicente le exhortaba con frecuencia a ser más alegre: «Tenga cuidado de su salud y de mantenerse alegre», le decía. Vicente daba en el blanco cuando le recomendaba la alegría como virtud de práctica. Estamos en julio de 1642.

Durante otros dieciocho años el señor Vicente y Luisa de Marillac continuaron con su gran trabajo de construcción de las obras de caridad, y ambos adquirieron poco a poco la madurez que conduce a la santidad.

Lucha tenaz por el reconocimiento de la Compañía

Luisa experimentaba un verdadero combate interior para lle­gar a cumplir la voluntad de Dios y para conseguir la perfección en el amor. No descuidaba por eso los problemas vitales y las cuestiones decisivas para el futuro. Siempre insistió en que la Compañía fuera reconocida, pero no quería que estuviera bajo la autoridad espiritual del obispo, sino bajo la del señor Vicen­te de Paúl y de sus sucesores. Pero no consiguió de primeras lo que quería, pues en 1646 no obtuvo la aprobación de la Iglesia. Además, se oponía al nombre de la Compañía propuesto por el arzobispo de París. Por el acta de 1646 el arzobispo erigía como Cofradía a la Compañía de las Hijas de la Caridad y daba a las hermanas el nombre de «Siervas de los pobres de la Caridad». Evidentemente el arzobispo no había tenido en cuenta un aspecto importante y Luisa manifestó su insatisfacción en cuanto al acta de aprobación de la Compañía: «Esos términos tan absolutos de dependencia del señor arzobispo ¿no nos perjudicarían en el futu­ro […]? En nombre de Dios, señor, no permita que quede ninguna posibilidad, por pequeña que sea, de que se sustraiga la Compañía a la dirección que Dios le ha dado; puede usted estar seguro de que inmediatamente dejaría de ser lo que es, y ya no se asistiría a los pobres enfermos, y así creo que no se haría la voluntad de Dios».

Luisa rehusó comunicar a las hermanas el acta de aprobación: «No se me ocurrió preguntarle a usted si debería comunicar el acta a las hermanas, y no lo he hecho». Vicente no encontró una ocasión propicia para leer el acta de aprobación hasta seis meses después. Luisa guardó silencio, pero cuando llegó el pasaje que trataba de la renovación de la superiora, Luisa se arrodilló y pidió que se procediera cuanto antes al nombramiento de otra humana superiora. Vicente reaccionó bondadosamente, y pidió a Luisa que siguiera en su puesto. Un tiempo después Luisa dirigió a Vicente una carta bien argumentada: ella quería que las Hijas de la Caridad permaneciesen bajo la autoridad del superior general de la Misión. Vicente no respondió. Pero Luisa no dejó de lado su objetivo. Por lo demás, consiguió lo que quería diez años después de la primera aprobación.

«Dios es mi Dios»

Se puede comprobar que un nuevo estado de alma movía a Luisa en la lucha por un objetivo que era para ella tan importante. Su deseo de cumplir la voluntad de Dios, su amor por la cruz, su capacidad para soportar el sufrimiento, todo eso concurría a darle una madurez que sorprendía a Vicente y que le inspiraba un respeto profundo por ella. Tomando todas las precauciones ne­cesarias, podemos señalar en la vida interior de Luisa un suceso que significó un gran paso hacia su unión con Dios. Tuvo lugar el 24 de agosto de 1647 ó 1648, era la víspera de San Luis, estaba orando sobre las palabras: «Dios es mi Dios», y tuvo conciencia, de una manera que le conmovió en lo más profundo, del amor de Dios manifestado en el misterio de la Encarnación.

En su respuesta el señor Vicente dio pruebas de una gran com­prensión hacia aquella experiencia interior, que se puede calificar de mística. Y animó a Luisa a aceptar interiormente otras cruces, para las que el Señor prepara nuestra alma a la vez que le da gran­des consuelos.

Había ya pasado la época de las tormentas interiores. Los dos santos, seguros de la ayuda de la divina providencia, podían ahora consagrarse a su gran obra, a saber, la consolidación de la Compañía, y dedicarse juntos a la construcción de las Caridades. Durante aquellos largos años de maduración se había reforzado la confianza mutua: podían creer en la pureza de sus intenciones y de sus actos. La «crisis» estaba ya superada.

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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