LUISA de MARILLAC (VIII): El carisma vicenciano de los votos, fuente de dinamismo en el servicio de los pobres

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Me han pedido que presente brevemente el carisma vicenciano de los votos, sobre todo en el servicio que se presta a los seres humanos que se encuentran en desamparo y en sufrimiento.

Estrictamente hablando los votos no tienen más que un objeti­vo, el de dirigir la vida hacia el Señor. El ser humano se siente en lo más profundo de su ser movido a dar a Dios el lugar de honor que le es propio. Y por eso los votos son una de las maneras más extraordinarias de venerar a Dios. Conocemos sin duda la defini­ción de los votos según el derecho canónico, y también cómo se integran en las reglas de cada congregación.

¿Qué se quiere decir exactamente cuando se habla de votos?

El evangelio llama a todos los cristianos a ser discípulos de Jesús. Así lo dice Jesús: «Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Y luego ven y sígueme». En esa frase encuentran su raíz las diversas vocaciones que han existido a lo largo de la historia. La invitación de Jesús a la perfección implica una devoción hacia Dios que engloba la vida entera. Y así, en los primeros tiempos del cristianismo, los anacoretas, lo eremitas, los cenobitas hacían una promesa de santidad o bien hacían «voto de consagrarse a Dios». Esa promesa se refería a varios aspectos muy precisos: el desapego de los negocios del mundo, la renuncia a disponer de sí mismo y el don de sí mismo para pertenecer totalmente a Dios. Se reconocen muy pronto los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, basándose en las palabras de Jesús tal como se encuentran expresadas en la primera carta de Juan, cuando habla de las tres «concupiscencias».

Esa exhortación tripartita, extraída del evangelio y conocida con el nombre de consejo evangélico, no es otra cosa que la lla­mada a comprometerse a vivir en plenitud la consagración bau­tismal, la llamada a la perfección del amor. Se trata de un estado permanente que san Vicente llama «estado de caridad».

Imagen de Cristo y carisma

La vida según los consejos evangélicos implica el don total de sí y no alcanza su forma perfecta cuando se pronuncian los votos.

Los votos son una respuesta a esos consejos, pero una res­puesta que, en la radicalidad del don de sí al Señor, abre hori­zontes más amplios. En relación a esto recordemos las palabras de Cristo: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones». Lumen Gentium muestra bien la diversidad de esos horizontes, de esos terrenos de acción en el reino de Dios. Recordemos lo que dice el texto conciliar: «Los religiosos cuiden con atenta solicitud de que, por su medio, la Iglesia muestre de hecho mejor cada día ante fieles e infieles a Cristo, ya entregado a la contemplación en el monte, ya anunciando el reino de Dios a las multitudes, o cu­rando a los enfermos y heridos, y convirtiendo a los pecadores al buen camino o bendiciendo a los niños y haciendo el bien a todos, siempre obediente a la voluntad del Padre que lo ha enviado».

Cada congregación posee su carisma y su manera peculiar de reflejar la encarnación y la manifestación de Cristo. Debo preci­sar que por carisma entiendo el don de la gracia, la manera según la cual el fundador de una orden, por ejemplo, ponía o pone todo su celo en integrar en su vida algunos elementos de la vida de Cristo. Se dedica también —y con frecuencia lo consigue- a trans­mitir sus convicciones a sus discípulos.

Carisma e identidad

El texto conciliar citado evoca bien la diversidad de carismas que caracterizan a las diversas órdenes. Cada fundador tiene su manera personal y original de conformarse al modelo de Cristo; cada uno tiene su estilo de espiritualidad que transmite a su co­munidad. También san Vicente tenía su visión propia de la imita­ción de Cristo. Cuando nos esforzamos por respetar la idea y el espíritu del fundador protegemos a la vez nuestra identidad en la Iglesia. La identidad de las Hijas de la Caridad, de los discípulos de san Vicente, y también la de santa Luisa, se define por una manera específica de ser y de obrar en la Iglesia de Cristo, por un modo original de encontrar a Cristo en la persona de los pobres y afligidos, de la presencia de Cristo en el prójimo. Esta identi­dad incluye virtudes propias, tradiciones, que dan a la Compañía su espíritu, su impronta particular, unas ciertas características de familia.

Experiencia espiritual de Vicente de Paúl

La experiencia espiritual de san Vicente está en el origen de los elementos que caracterizan el espíritu vicenciano. Y tal como lo dice el Concilio, debemos referirnos a la fe y a la experiencia de nuestro fundador si queremos seguir unidos al espíritu propio de nuestra Compañía.

Por fidelidad al carisma de nuestro fundador debemos comen­zar por ver a Cristo como lo veía él mismo e intentar imitar la vida de Cristo.

Para, por una parte, comprender su experiencia y, por otra, la vida consagrada tal como la entendía Vicente, tenemos que volver a la famosa noche oscura que experimentó entre 1613 y 1617, destacando este último año como de importancia capital en su vida. Hasta entonces Vicente había experimentado la pobreza ma­terial, las dudas de fe y la calumnia.

Cambio y madurez gracias a las circunstancias exteriores

Para el joven Vicente la pobreza era pura y simplemente un mal. Los pobres eran víctimas de decisiones políticas equivoca­das, con consecuencias materiales graves. Para él la pobreza era un problema económico y social, y él pensaba ayudar a los pobres en ese aspecto. Estaba aún muy lejos de buscar y de ver en ellos la presencia misteriosa de Cristo, tal como la expone san Mateo, o de considerar a los pobres como los primeros en el reino de Dios, tal como lo señala san Lucas. Hizo un doble descubrimiento, gra­cias a los sucesos de Folleville, en enero de 1617, y de Chátillon, en agosto del mismo año: Cristo es evangelizador de los pobres y los pobres revelan la presencia de Cristo. Podemos y debemos ver este doble descubrimiento como el fundamento sobre el cual Vicente edificaría su vida posterior.

En Folleville Vicente había descubierto la miseria espiritual de los pobres y la situación de abandono en que se encontraban. La Iglesia, y más en concreto los sacerdotes, los tenía olvida­dos. En Chátillon descubrió la indigencia en la que vivían y la indiferencia de la sociedad hacia ellos. En esa población Vicente descubrió que la Iglesia no debía limitarse sólo a una actividad de anuncio del evangelio, sino que debía preocuparse también por los problemas materiales.

A partir de ese año no fue posible para Vicente de Paúl sepa­rar lo que Chátillon le había enseñado a unir. Además allí creó la primera Cofradía de Caridad.

Cuando volvió a la mansión de los Gondi empezó a actuar en dos terrenos: la evangelización y el servicio. Después de cada misión llevada a cabo en una población fundaba una Cofradía dirigida por los sacerdotes de la Misión, congregación que había fundado él mismo. Las bases fundamentales de las Cofradías eran la fe y el amor, que debían luego influenciarse mutuamente. Lo podemos ver en el texto del primer reglamento de la Cofradía de Chátillon; se encuentran en él siempre juntas las dos palabras, que definirán el proyecto vicenciano que concilia los dos polos, el corporal y el espiritual.

Madurez adquirida gracias a la experiencia espiritual

En los años de su relación con Bérulle el misterio de la encar­nación llegó a ocupar para Vicente un lugar esencial en su amor a Dios. La búsqueda de la voluntad de Dios como único hilo con­ductor de su vida (pensemos en Benito de Canfeld en relación con la «Escuela francesa») le condujo a reconocer que el ver­dadero encuentro con Dios tiene lugar en las relaciones con los demás seres humanos y en los sucesos que marcarían su vida y que influirían en su actuar cada vez más. El encuentro con Cristo, su Señor y Dueño, tenía lugar para Vicente en una relación muy especial con Dios Padre y con los hombres. Vicente ha tomado estas grandes líneas de su pensamiento de la Escritura. Para él la clave para comprenderla era sin lugar a dudas el pasaje del evan­gelio de Lucas: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar la Buena Nueva a los pobres». A partir de ahí llegó a comprender la importancia de los sucesos de Folleville (en 1617 salvó el alma de un pobre campesino moribundo, y pudo comprobar el abandono espiritual en el que vivía la población ru­ral). Unos meses más tarde descubrió en Chátillon el abandono de los pobres y de los enfermos; en este caso era la miseria social lo que le impactó con toda fuerza. Y unos pocos días después de ese episodio (el encuentro con una familia en la que todos sus miem­bros estaban enfermos y desprovistos de ayuda), redactó un texto genial como reglamento de la primera Cofradía de la Caridad. Su fundamento espiritual era, una vez más, el evangelio, pero en este caso el de Mateo: «Tuve hambre…, tuve sed…, era forastero…, estaba desnudo…, enfermo… Lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos lo hicisteis conmigo. De este modo se definían los dos polos de su obrar: el corporal y el espiritual. Ese texto de Mateo no estuvo presente solo en el origen de las Cofra­días de Caridad sino también en la fundación de las Hijas de la Caridad, lo mismo que el pasaje de Lucas fue el punto de partida para la creación de la Congregación de la Misión.

La intervención de Cristo

Se puede afirmar que Vicente de Paúl tuvo conciencia de la intervención directa de Cristo en su vida gracias a los episodios que acabamos de recordar, y también gracias a la Escritura. Los pobres de Folleville y Chátillon fueron para él una señal de Dios sobre el lugar que debía ocupar la voluntad de Dios en su vida, y un aliento para fundar sus obras, que por otro lado él nunca consideró como resultado de su solo trabajo. Lo decía él mismo: «Ni el padre Portail, ni yo mismo habíamos pensado en ello. Es Dios quien las ha fundado». En sus encuentros con los galeotes, los mendigos, los niños abandonados, Vicente fue creciendo con el paso del tiempo en la conciencia de que servía a Dios cuando ayudaba a los más abandonados. El mismo que en tiempos pasa­dos se dedicaba a dar una ayuda material, se convirtió en servidor de Cristo en la persona de los pobres. Con gran sorpresa mira­ba a su alrededor y descubría la acción de Dios, que por medio de Vicente de Paúl hacía nacer obras útiles para el bien de los oprimidos, con los que se había identificado el mismo Cristo. El señor Vicente insistió en ello con mucha frecuencia: si Cristo se identifica con los pobres, entonces los pobres son nuestros amos y señores, y nosotros les tenemos que servir con mucho amor, respeto y dulzura, con calor y entrega. El señor Vicente fijó su mirada animada por la fe en ese Cristo presente en los pobres, y lo ve en tres aspectos que corresponden a tres ideas expresadas en el Nuevo Testamento.

La imagen de Cristo en Vicente de Paúl

Esa representación de Cristo impregnará y marcará las instituciones que fundó. Por eso influye con fuerza en los votos pronunciados en sus dos congregaciones. Esto dicen nuestras cons­tituciones: «La regla de las Hijas de la Caridad es Cristo, al que se proponen seguir tal como la Escritura lo revela y los fundado­res lo descubren: Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor, Evangelizador de los pobres». Vamos ahora a desarrollar estos tres puntos esenciales de la personalidad de Cristo.

Primero: Cristo, adorador del Padre

Este aspecto de la personalidad de Cristo es una síntesis de los pensamientos y de las palabras que encontramos en muchas confe­rencias de san Vicente; por ejemplo: la relación de Jesucristo con su Padre es una relación de devoción y de adoración, y de puro amor hacia los hombres. Cristo es principalmente adorador del Padre; de ahí viene para las Hijas de la Caridad el sentido del don total de sí mismas a Dios y del sacrificio de su vida. Ese don de sí es la ex­presión de su dependencia de Dios y de la adoración que le deben.

Segundo: Cristo, servidor del plan de amor diseñado por Dios

Vicente expresaba esta idea más o menos con estas palabras: «La voluntad de Jesús era la voluntad del Padre, incluso en el momento en que fue entregado a la muerte para cumplir esa vo­luntad. Jesucristo se ha rebajado de tal manera que ha venido a nosotros y ha sufrido una condena a muerte ignominiosa».

Este segundo elemento de la personalidad de Cristo, servidor del plan de amor diseñado por Dios, nos indica cómo llevar una vida de Hijas de la Caridad y cómo prestar servicio. Deben ofre­cer su vida a Dios haciéndose sirvientes de los pobres y dándoles su amor caritativo. Deben entregarse a Dios haciéndose a sí mis­mas «todo amor y humildad», porque ellas actúan en el mundo de los pobres, a los que deben servir como sus amos y señores. Así escribía Vicente a unas hermanas destinadas lejos de París: «Si os pregunta qué sois, […] decidle que sois pobres hijas de la caridad que os habéis entregado a Dios para servir a los pobres».

Tercero: Cristo, anunciador de la Buena Nueva a los pobres

Este es el elemento que penetró con mayor profundidad y soli­dez la espiritualidad de san Vicente. El Cristo pobre y presente en los pobres, enviado para anunciar la Buena Nueva principalmente a los pobres, era quien llenaba el pensamiento de san Vicente y alimentaba sus esfuerzos de una manera muy especial. Se sabía enviado para continuar la misión de Cristo y para ser portador de la Buena Nueva para los pobres. Encontrarnos en esa idea la ins­piración del texto de san Lucas.

La imagen de Cristo dota de sentido al servicio

Este tercer elemento de la personalidad de Cristo como evan­gelizador de los pobres fundamenta el servicio de las Hijas de la Caridad y lo convierte en anuncio de la Buena Nueva, el anuncio de que Dios ama a los pobres de manera muy especial. La hija de la caridad da pruebas de ese amor por medio de su servicio: «Amemos a Dios, […] pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos, con el sudor de nuestra frente”. Cada vez que una hija de la caridad cuida a los enfermos, consuela a los afligidos, da de comer a quien tiene hambre, da testimonio del Reino de Dios y de su presencia entre los pobres.

Este punto central de la espiritualidad vicenciana se encuentra resumido en otro dicho del fundador de la Compañía: «Debemos desprendernos de todo lo que no es Dios para estar unidos a nues­tro prójimo en el amor y para unirnos así a Dios en Jesucristom6». Seguir a Jesucristo significa pues darse completamente a Dios y realizar ese don de sí en al amor al prójimo. Esa es la manera de aspirar a la perfección propia de los que viven la espiritualidad vicenciana: «vivir en estado de caridad».

Los tres elementos de la personalidad de Cristo constituyen, como ya queda dicho, el corazón de la espiritualidad de las Hijas de la Caridad. Todos los demás elementos no son más que el des­pliegue de esos tres. Llegamos así al momento de diseñar lo que distingue a la Hija de la Caridad que sigue a Cristo y a san Vicente en su vida consagrada a Dios.

Despliegue de la imagen de Cristo: virtudes propias de la vo­cación

Despliegue… de otros elementos…: se trata ante todo de las virtudes anejas al hecho de pronunciar los votos, inseparables de las bien conocidas virtudes unidas a la misión: humildad, senci­llez, caridad. Este trío de virtudes —ese conjunto trinitario de tres actitudes espirituales, de competencias y de valores- no es sim­plemente una construcción intelectual con vistas a la educación de las hermanas. Al contrario, si el sentido del don total de sí a Dios está para la hija de la caridad unido a Cristo como adorador del Padre, entonces ese don de sí puesto en práctica en la vida no puede intentar desplegarse más que en

la rectitud del corazón, en la sencillez de una mirada puesta en Dios

La sencillez se expresa en la obediencia, que mueve a la her­mana a no querer nada más que la voluntad de Dios, una obedien­cia que tiene su aplicación en la imitación de Cristo. Decimos, pues, que Cristo, adorador del Padre, nos conduce a la sencillez y a la obediencia.

Segundo punto: Cristo, servidor del plan de salvación que Dios ha diseñado para nosotros, desarrolla en nosotras:

El estado y la actitud de siervas

La Hija de la Caridad será semejante a él, el Servidor, cuan­do adopte una actitud de humildad, expresión del despojamiento de sí misma, condición indispensable para poder estar verdadera­mente entre los pobres. La Hija de la Caridad no puede prescindir de ello, pues ha sido enviada para esa tarea: servir a los pobres si­guiendo el ejemplo de Cristo, que se rebajó hasta aceptar la muer­te. Eso respondía, en efecto, al designio de Dios para la salvación de la humanidad. La humildad es compañera de la pobreza. La pobreza impele a la Hija de la Caridad a poner a disposición de los pobres todo lo que ella es y todo lo que tiene, a compartir su vida con ellos.

Cristo evangelizador

Se puede comprender el hecho de servir y el servicio gracias a ese aspecto de Cristo. Servir es la expresión del don de sí, la manifestación de amor afectivo por Dios, que se convierte en amor efectivo. Vicente de Paúl atribuía al amor afectivo una gran importancia. Así, la hija de la caridad se convierte ella misma en Buen Nueva para los pobres, ella es la que les lleva la Buena Nueva del amor y de la venida del Reino. La caridad-amor es la tercera de nuestras virtudes anejas a nuestra vocación; ese amor de Cristo nos urge a facilitar a los pobres el que tengan un lugar elegido ante Dios, y que reciban su amor. Eso significa en con­creto que hay que hacer todo con la ayuda de ellos para ayudarles a salir de su situación miserable. El dinamismo del amor presente en nuestro ser no se desarrolla más que en una vida de castidad perfecta.

Los votos y su relación con el servicio

Los votos brotan de la espiritualidad del servicio y se integran en ella.

Consagrarse a Dios en el sentido vicenciano

Muchos pasajes y textos en las cartas y las conferencias de san Vicente indican con mucha claridad que el don total de sí, la consagración a Dios, que tiene sus raíces en la consagración bau­tismal, debe ser el elemento básico, presente desde el comienzo y a lo largo de toda nuestra vida. Ese don no puede por supuesto ser concebido sin el servicio de los pobres en un espíritu evangélico de sencillez, humildad y caridad. Una hermana no se consagra a Dios en un sentido ante todo jurídico, sino teológico y espiritual. Se entrega sin condiciones para permanecer siempre disponible y conseguir el fin último de la Compañía, es decir el servicio de Cristo en la persona del pobre.

Cada hermana confirma ese don de sí misma con los votos anuales.

Consagrarse a Dios: consumirse en Dios

San Vicente era consciente de la originalidad de la Compa­ñía en la Iglesia, pues suponía una novedad que no encontraba correspondencia en ningún esquema de consagración de aquella época. Por un lado tenía una muy alta idea de la vida en las órde­nes religiosas. Él mismo era director de varios monasterios de la Visitación en París (había recibido en efecto la dirección después de su encuentro con san Francisco de Sales). Por otro lado, estaba convencido de la gran perfección que exigía la vocación de Hija de la Caridad.

Esta nueva manera de trabajar por la perfección, de aspirar a la santidad, es decir, amar a Cristo en la persona del pobre y servirle asistiendo a los pobres, reclamaba bases espirituales completamente nuevas. En el pensar del siglo XVII, en Francia y en otros países, el grado más alto de perfección consistía en el dominio de las inclinaciones, de los apetitos naturales, de todos los deseos y de las emociones espirituales. Este dominio tendía a perderse totalmente en Dios. Para Vicente de Paúl y para las com­pañías creadas por él el camino que lleva a la perfección más alta es el que más nos acerca a Cristo, naturalmente, a Cristo como adorador del Padre, como servidor del plan divino de salvación de la humanidad, de anunciador de la Buena Nueva a los pobres.

Es decir: «consumirse por Dios en la práctica del amor a los pobres. Con eses fin las hermanas viven su consagración a Dios en el servicio —corno lo expresan nuestras Constituciones-, y ha­cen por ello que el servicio sea la expresión de su consagración.

La consagración a Dios: hacer lo que hizo el Hijo de Dios

Vicente de Paúl trató sin cesar este tema particular, y eso hasta su muerte: el don de sí para el servicio de los pobres. Todo eso era nuevo, no se había visto jamás cosa parecida, no se había copiado, no se había tomado en préstamo de nadie. Sin embargo cinceló su obra con una gran precisión. Por ejemplo: las hermanas debían saber la diferencia que había entre su Compañía y las otras muchas que hacían profesión de servir a los pobres. Las otras cumplían su tarea como las Hijas de la Caridad, pero de una ma­nera muy diferente. «El espíritu de la Compañía consiste en darse a Dios para amar a Nuestro Señor y servirle en la persona de los pobres corporal y espiritualmente».

En los textos de los dos fundadores rara vez se encuentra la pa­labra «votos», pero a cambio encontramos con mucha frecuencia las expresiones darse a Dios, imitar a Cristo, como por ejemplo en esta conferencia de 1640: «Hay que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra […] trabajó continuamente por el prójimo, visitando y curando a los enfermos, instruyendo a los ignorantes para su salvación.

El servicio como «estado de caridad»

Las Hijas de la Caridad no se distinguen de las religiosas simple­mente por su estilo de vida. Lo que hace a la Hija de la Caridad es su manera totalmente nueva de entender la perfección y aspirar a ella.

Las religiosas tienen una muy otra concepción de su vida, y parten de la idea de estado de perfección. Pero la Hija de la Ca­ridad sabe que se encuentra en un «estado de caridad». Se sabe llamada a «ser testigo de su [de Cristo] caridad hacia los pobres», como lo expresa la fórmula de los votos. Ella no puede pues tener  otra meta que ese darse a sí misma para servir a Cristo en la per­sona del pobre, lo cual constituye el culmen de su compromiso. Los tres votos tradicionales, condición sine qua non, le conducen a ello y le ofrecen una forma de vida que permite y asegura el ser­vicio. Son ante todo la expresión de un amor que no teme ir hasta el don radical de sí en esta vocación particular. Son el fin de un caminar espiritual que conduce a la hermana de san Vicente a sellar un pacto sagrado para servir a Cristo en sus hermanos que sufren.

El lugar de los votos en la Compañía: referencias históricas

En tiempo de los fundadores

El 29 de noviembre de 1633 Vicente de Paúl constituyó un grupo con las primeras hermanas que trabajaban en las diferentes Cofradías de Caridad. Entregó su dirección a Luisa de Marillac para que pudiesen vivir su ideal en una comunidad de hermanas. Ellas se entregaban a Dios asistiendo a los pobres, pero no pro­nunciaban votos. El 19 de julio de 1640 mencionaba Vicente de Paúl los votos con mucho calor. Fue entonces cuando algunas hermanas le preguntaron si no se les autorizaría a ellas a hacer votos. San Vicente dijo que sí, y añadió luego algunas explicacio­nes sobre el carácter de tales votos y su diferencia con los votos oficiales pronunciados por los religiosos.

Dos años más tarde, el 25 de marzo de 1642, Luisa de Mari-llac, la hermana Barbe Angiboust y otras tres hermanas pronun­ciaron votos para toda la vida. Fue esa la primera emisión de vo­tos en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Al principio los fundadores se expresaban con prudencia cuando mencionaban los votos. Y fue solo en 1648 cuando los llamaron por su nombre. A partir de esa fecha santa Luisa escri­bía con frecuencia a san Vicente para pedirle que asistiera a la pronunciación o a la renovación de los votos de alguna hermana, que la hacía en voz alta. Pero no querían en modo alguno que la Compañía se convirtiera en una orden religiosa, pues en aquella época eso hubiera obligado a las hermanas a vivir en algún tipo de clausura. Y lo que es más, hubieran tenido que renunciar a al­gunas actividades de servicio a los pobres.

En tiempo de los fundadores había una cierta diversidad en los modos de pronunciar los votos. Las hermanas aceptaban el hecho sin dificultad, hecho que por otro lado no creó ninguna diferencia entre ellas en cuanto Hijas de la Caridad. Las que no tenían votos vivían sin ningún problema con las que sí los habían pronunciado para un año o para toda la vida, y ello no perturbaba para nada la armonía en la vida comunitaria.

Los votos no eran obligatorios para ninguna Hija de la Cari­dad. Muchas hermanas los pronunciaban, pero no sabemos si los pronunciaban cada año o para toda la vida.

Para pronunciar los votos se requería el permiso del señor Vi­cente en cuanto superior. Luisa de Marillac pedía autorización en cada caso, fuera para la primera emisión o para la renovación.

Para que la emisión de los votos fuera permitida los superiores pedían tres condiciones:

1-Las hermanas debían ser miembros de la Compañía desde hacía algunos años.

2-Debían llevar una vida de verdadera Hija de la Caridad.

3-Debían mostrarse perseverantes en su vocación.

La emisión de los votos «para toda la vida» era permitida a algunas humanas.

Santa Luisa y las hermanas que habían pronunciado los votos para toda la vida, los renovaban todos los años.

Cuando se trataba de hermanas jóvenes Vicente dudó durante algunos años entre la autorización para pronunciar votos para un año o para toda la vida.

En 1651 se decidió finalmente a autorizar los votos para un año, y eso para todas las hermanas de la Compañía, aunque se siguió permitiendo a algunas pronunciar votos para toda la vida.

En tiempo de los fundadores fue introduciéndose cada vez más la costumbre de pronunciar votos. A veces el señor Vicente se expresaba como si debieran pronunciarlos todas las hermanas.

Es difícil conocer las razones exactas que movieron a los funda­dores a preferir los votos anuales. Podríamos aventurar las siguientes:

Querían que se diferenciaran claramente de los votos solem­nes, a fin de que las Hijas de la Caridad fueran reconocidas más fácilmente como Compañía, y no como «congregación».

Habían tomado conciencia de la situación insegura de un buen número de hermanas. Veían en los votos anuales una ventaja para la vida espiritual de las hermanas, que se habían asociado en el comienzo a mujeres laicas para el servicio de los pobres. La mis­ma santa Luisa explicaba que «eso es más agradable a Dios que si fuera de otra manera, pues teniendo la voluntad libre al final del año, la podéis entregar a Dios de nuevo una vez más».

Después de la muerte de los fundadores

Mientras vivieron los fundadores, y después de su muerte du­rante algún tiempo, las hermanas eran libres para decidir si que­rían emitir los votos o no. Pero después de 1660 ya no hubo lugar para «votos perpetuos», no se permitían más que votos anuales. Las hermanas pronunciaban los votos en diferentes fechas del año y los renovaban un año después.

El 10 de marzo de 1669 el director general comunicó a las hermanas en una conferencia que el superior general había fijado la fecha del 25 de marzo para la pronunciación de los votos. La fiesta de la Anunciación recuerda el día de 1642 en que Luisa y algunas de sus hermanas habían pronunciado los votos por vez primera.

Parece que la emisión de los votos había llegado a ser común para todas las hermanas, aunque aún existía una cierta variedad en cuanto al compromiso primero.

Después de la Revolución Francesa la emisión de los votos y su renovación se convirtieron en condiciones necesarias para permanecer en la Compañía.

A lo largo de la historia la Compañía ha aspirado siempre a guardar su identidad, en las diferentes épocas y en un proceso continuo de desarrollo. Todos los superiores han velado para que fuera respetada la naturaleza de los votos pronunciados por las Hijas de la Caridad, y fuera siempre fiel a la intención de san Vicente y santa Luisa. Sin embargo hay que señalar que, en algu­nas ocasiones o por motivo de costumbres existentes en ciertos grupos, se han podido interpretar esos votos de un modo muy cercano a los pronunciados en órdenes religiosas. La fidelidad fue confirmada a perpetuidad en y por medio de la aprobación de la Santa Sede el 2 de febrero de 1983. Esa aprobación defi­ne los votos de la siguiente manera: «no religiosos, es decir, no pertenecientes a una orden, anuales y renovables, y la Iglesia los reconoce tal como son entendidos en la Compañía en fidelidad a los fundadores».

Este pequeño resumen de la evolución de los votos pronun­ciados por las hermanas de la Compañía puede ayudarnos a com­prender mejor

los votos de las Hermanas y su relación con el servicio.

El lazo estrecho entre consagración a Dios y servicio ha sido puesto en duda a veces a lo largo de la historia, o ha sido visto como oposición entre

Vida consagrada a Dios o servicio

El lugar atribuido al servicio y, en caso de necesidad, la pri­macía que se le concede, se ha visto a veces como un debilita­miento, es más, como devaluación de la consagración a Dios, de los votos, de la vida espiritual, de la oración.

Algunas personas han exagerado con frecuencia este punto al decir que preferimos el activismo a la oración, el hombre a Dios. ¿Cuál era la postura de Vicente de Paúl en este tema? Es induda­ble que las Hijas de la Caridad, empezando por Margarita Naseau, han entregado su vida a Dios. Entiéndase bien: no estoy diciendo que ellas hayan pronunciado votos desde el comienzo. No son los votos la señal característica de la hermana de san Vicente de Paúl. Para ser Hija de la Caridad había y hay que, consagrar su vida a Dios. Así se lee en san Vicente: «Ser Hija de la Caridad es amar a Nuestro Señor tierna y constantemente».

Nuestra identidad tiene sus raíces ante todo en nuestra rela­ción con Cristo. Las Compañías se definen ante todo por una fe vivida en comunidad por medio del don de sí a Cristo. Vicente quería destacar la diferencia entre la Compañía de las Hijas de la Caridad y las órdenes de clausura. Según él, nosotras deberíamos ser más bien grupos de personas creyentes, células vivas de fe en Jesucristo. Los que nos rodean deben ver y saber que somos Hijas de la Caridad por amor a Dios. Decía san Vicente: «Una hija de la caridad es una hija de Dios». Solía además señalar en todos los tonos y de todas las maneras que al darse a Dios, una hija de la caridad se sacrifica para el servicio de los más abandonados. «Para» es el lazo de unión entre consagración y servicio, según las palabras de san Vicente: «Sois pobres Hijas de la Caridad que os habéis entregado a Dios para el servicio de los pobres».

¿Consagración a Dios y servicio?

Sucumbir a la tentación de sustituir el «para» por el «y» ha sido siempre un peligro para la Compañía. «Para» cimienta el trabajo de la Compañía sobre el servicio de los pobres. Por el contrario, «y» haría de la Compañía un grupo cerrado sobre sí mismo, y no una sociedad de vida apostólica.

Servir a Cristo en la persona del pobre: razón de ser de la Compañía

Nosotras no encontramos nuestra identidad viviendo en el in­terior de la Compañía cuando el servicio de los pobres nos llama hacia el exterior y nos hace vivir la consagración a Dios en el mundo. La Compañía era según san Vicente el lugar de consa­gración para el servicio. El servicio y los pobres siguen siendo la razón de ser de la Compañía, como lo decía Vicente: «Para eso Dios os ha puesto y reunido en comunidad, para eso ha hecho Dios vuestra Compañía».

Hacemos voto de servir a los pobres, y el ayudarles no es ni accesorio en nuestra vida ni secundario en la observancia de los votos. Por el contrario, constituye el corazón y la esencia de nues­tro ser, y solo la práctica de la pobreza, castidad y obediencia hace posible la presencia de ese punto fundamental, pues lo protege y lo consolida. Hace que nuestra vida sea un estado de caridad, que según Vicente es la perfección más alta. Así lo dice a la hermana Ana Hardemont en una carta en tonos inimitables: «¡Oh, hermana mía! ¡qué consolada se sentirá en la hora de la muerte por haber consumido su vida por el mismo fin por el que Jesucristo entregó su vida! Por la caridad, por Dios, por los pobres. Si conociera su dicha, en verdad, hermana, se sentiría arrebatada de gozo. Pues haciendo lo que hace cumple la ley y los profetas, que nos man­dan amar a Dios con todo el corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. ¿Y qué más grande acto de amor se puede hacer que darse a sí mismo todo entero, por estado y por oficio, para la salvación y el consuelo de los afligidos? Esa es nuestra perfección. No tiene que hacer más que unir el afecto a la acción y someterse al buen querer de Dios haciendo y sufriendo todas las cosas con las mismas intenciones con que Nuestro Señor ha hecho y sufrido cosas semejantes. Ruego al Señor que nos haga a todos esa gracia

«Tened un gran corazón,

al que nada le parezca difícil

por el santo amor de Dios» (SLM, c. 140)

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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