LUISA de MARILLAC (VII): Líneas de fuerza y dificultades en los comienzos de la Compañía. Cómo inspiraba Luisa de Marillac a las hermanas.

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Bases de la formación de las hermanas en la visión de los fun­dadores

Un poco antes de morir escribió Luisa de Marillac una de sus últimas cartas a sor Margarita Chétif destinada en Arras. Se mues­tra preocupada por la evolución de la Compañía de las Hijas de la Caridad, y describe las condiciones y las cualidades requeridas para entrar en la Compañía. Las jóvenes tienen que responder a las exigencias de su misión y llevar a cabo los objetivos de la Compañía. Este es un extracto de la carta escrita el 10 de enero de 1660: «¿No encuentra usted jóvenes que quieran entregarse en la Compañía al servicio de Nuestro Señor en la persona de los pobres? Sabe usted que tenemos algunas de más lejos que de ahí; lo que hace falta son espíritus bien hechos que deseen la perfec­ción de las verdaderas cristianas, que quieran morir a sí mismas por la mortificación y la verdadera renuncia hecha ya en el santo bautismo, para que el espíritu de Jesucristo reine en ellas y les dé la firmeza en la perseverancia en esta forma de vida del todo espiritual, aunque se manifiesta en continuas acciones exteriores que parecen bajas y despreciables a los ojos del mundo, pero que son grandes ante Dios y sus ángeles».

Entre los comienzos de la Compañía y esta carta han pasado veintisiete años. En la época de los comienzos enviaba Vicente una carta a Luisa en la que enumeraba las virtudes que debían te­ner las jóvenes ayudantes de las Cofradías de Caridad: «No dudo que ellas sean tal como usted me las describe, pero es de esperar que cambien y que la oración les haga ver sus defectos y les ani­me a corregirlos. Bueno será que usted les diga en qué consisten las virtudes sólidas, sobre todo la de la mortificación interior y exterior de nuestro juicio, de nuestra voluntad, de los recuerdos, de la vista, del oído, del hablar y del escuchar y de los demás sentidos; de los afectos que tenemos a las cosas malas, inútiles e incluso a las buenas, todo ello por amor a Nuestro Señor, que hizo todo eso. Habrá que hacerles fuertes en todo esas virtudes, sobre todo en la de la obediencia y en la de la indiferencia…».

Margarita Naseau fue la primera que «indicó el camino»

Margarita Naseau fue el ejemplo más hermoso, modelo de las virtudes que se esperan de una hija de la caridad. En sus conferencias Vicente de Paúl evocó con frecuencia a aquella campesina tan buena que, según decía él, fue «la primera que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás». Desde la muerte de aquella «primera hija de la caridad» Luisa tuvo la idea firme de reunir a las jóvenes de las diferentes Cofradías. Se acordaba de la «luz de Pentecostés», y estaba segura de que trabajaría un día junto con otras para ayudar a los seres humanos. Sin duda, eso le daba la fuerza para obrar y para buscar sin descanso una solución para acogerlas, formarlas y darles una educación. Margarita era para ella, igual que para Vicente de Paúl, una señal de la Providencia. Buscaban jóvenes parecidas a ella para las Cofradías, jóvenes de buena voluntad y dispuestas a servir. Pero ¿cómo reunirlas? No veían con claridad qué forma debían dar al grupo. En cualquier caso no se trataría de hacerlas monjas. Efectivamente, eso hubiera significado la clausura y hubiera impedido las ‘idas y venidas’, lo que es impensable si se quiere servir a los pobres. Decidieron pues reunir a cuatro o cinco jóvenes de manera no oficial en la vivienda

Fundación de una comunidad

Estos comienzos difíciles dotaron a la comunidad de cierta fuerza. Nadie tenía proyectos muy precisos para el futuro. No se pronunciaba la palabra «fundación». Solo unos años después, Vicente de Paúl, recordando el pasado, pudo destacar el hecho siguiente: «Como vuestra fundación no ha sido obra de los hom­bres, podéis decir con toda razón que es obra de Dios».

Al comienzo no se necesitó ningún permiso para reunir a las jóvenes. Las señoras de las Cofradías se sentían muy contentas y animadas por tener jóvenes dedicadas y dispuestas a ayudarles. Esas mujeres de mundo se sentían tan contentas que siguieron con entusiasmo aquel despliegue de buena voluntad que se exten­día a círculos de la sociedad cada vez más amplios.

Luisa de Marillac redactó junto con san Vicente un orden del día y un reglamento para aquellas jóvenes. Eso era necesario para poner orden en la vida diaria, pero definía también las bases y el fin de su vida al servicio de los pobres. No ofrecían aquellas reglas ninguna definición vaga, como se vería más tarde cuando se les preguntaba a las hermanas acerca de su identidad. El señor Vicente explicó el reglamento en tres conferencias que dio en el espacio de ocho meses. Y luego confió a Luisa de Marillac sola la educación y la formación de las hermanas.

Objetivos de la pequeña Compañía

Así se podían resumir desde el principio mismo los objetivos de la Compañía: La Cofradía de las jóvenes y viudas, sirvientas de los pobres dentro de las Cofradías de la Caridad, fue creada para honrar el amor de Nuestro Señor hacia los enfermos pobres; debían servir dondequiera se les enviara. Según la misión que les fuera confiada por las directoras de las Cofradías, se ponían al servicio de los enfermos, dándoles también ayuda espiritual. Se añadía luego la explicación precisa del uso del tiempo y la presen­tación de las virtudes que debían practicar.

Fundamentos de la Compañía a la luz de los principios educa­tivos de Luisa de Marillac

Luisa de Marillac sabía muy bien cuál era su tarea propia; además tenía que encargarse de las recién llegadas y adaptarlas a las actividades propias de la Compañía

La vida de las jóvenes servidoras de los pobres comprendía tres puntos:

  • la vida de piedad;
  • la vida en común;
  • el servicio de los pobres.

Las jóvenes venían con la intención de ponerse al servicio de los pobres por amor de Dios. Eso lo hacían viviendo en grupo, lo cual les parecía bien, pues el ejemplo de la vida en soledad de Margarita Naseau les animaba a ellas a vivir juntas. Pero vivir en su casa propia y vivir en grupo son dos cosas muy diferentes. Aquellas jóvenes tenían más o menos la misma edad, y ensegui­da descubrirían que la vida en comunidad impone unas reglas. Hay que añadir que Luisa demostró ser una fina sicóloga para dirigirlas y formarlas. En efecto, aquellas campesinas no habían recibido mucha educación. No sabían mucho de modales finos, pero estaban allí para algo. Luisa tuvo que rehacer su educación. Demostró una gran paciencia, evitaba humillarlas y culparles, manteniéndose a la vez filme en los aspectos fundamentales. Jus­tificaba todas sus llamadas de atención por la necesidad de tender hacia la virtud y sobre todo hacia el amor. No podemos menos de admirar cómo la fe, el amor y la disponibilidad de aquellas her­manas pudieron superar tantos obstáculos.

Con el paso del tiempo la Compañía se afirmó en sus reglas de vida y así les fue más fácil a las recién llegadas integrarse y for­marse siguiendo simplemente el ejemplo de las otras. Sin embar­go no dejaron de surgir problemas, pues se establecieron nuevas fundaciones lejos de París. Luisa les escribía sin descanso. En sus cartas expresaba alabanzas, daba consejos, animaba y llamaba al orden, sin perder jamás de vista el objetivo principal:

Servir a Cristo estando disponibles para servir a los pobres

Había que hacer comprender a las hermanas cuáles eran las condiciones, los objetivos, las exigencias y las características de ese servicio. En efecto, la identidad de aquellas nuevas sirvientes de los pobres dependía básicamente de su manera de servir.

Las condiciones del servicio

De acuerdo con Vicente de Paúl Luisa intentaba explicar esas condiciones a las hermanas en su tiempo de formación en París. Y luego no dejaba de recordárselas en su abundante correspon­dencia.

Para los fundadores la primera y la más importante de las con­diciones era:

Una vida de piedad

  • dar gloria a Dios
  • imitar a Jesucristo

Sabemos cuántas veces lo repitió san Vicente en sus textos: «¡Abandonémonos a Dios!». Para Luisa eso exige «vencerme a mí misma y despegarme de las satisfacciones que van contra Dios, y renunciar al mal uso de mis sentidos y pasiones, pues nadie que no haya muerto antes de ese modo resucitará con Jesúsm2».

El servicio no debe en ningún caso convertirse en activismo. Notemos que ese peligro nos acecha también hoy. La fidelidad hacia Dios exige que sigamos en todo el ejemplo de Jesús, y que

obremos con «pureza de intención»,

como lo dice Luisa. Así se lo recuerda a sor Ana Harde-mont, que cuidaba del buen funcionamiento del Hótel-Dieu de Montreuil con un celo algo excesivo, lo que a Luisa le parecía sospechoso. Por eso Luisa le conmina a que guarde mesura en todo: «En nombre de Dios, mis queridas hermanas, os ruego que en medio de los aplausos y la alabanza que recibís en ese lugar no os olvidéis de la fidelidad que debéis a Dios, y el cuidado que de­béis tener en trabajar en vuestra propia perfección, haciendo todas  vuestras acciones con pureza de intención y el deseo de seguir los ejemplos de Jesús crucificado».

Pero el alma recta y justa no experimenta solamente el éxito sino también la incomprensión y la calumnia. La misma Luisa se sabía unida a la cruz de Cristo en todos los sucesos de su vida. Y así enseña a las hermanas que todo dolor es un estado que les hace semejantes a Jesús sufriendo, y que por eso

participan en los sufrimientos de Jesús en la cruz.

Experimentar el dolor con paz y con amor es un modo de hon­rar el misterio de la redención. Escribe Luisa: «Le aseguro que he padecido con usted todas las penas que sé que usted ha sufrido. Eso es una señal, mi querida hermana, del amor que el Señor le tiene, pues le ha escogido para

honrarle en sus sufrimientos».

Pero después de escribirles esas palabras de consuelo, Luisa les reprocha su conducta hacia el señor cura párroco. El sacerdote jansenista hostigaba a las hermanas, y estas, intentando defender­se, le habían faltado al respeto. Luisa quería restaurar las buenas relaciones con aquel sacerdote. Pero acabó por sacar de allí a las hermanas, pues todo este asunto acabó por desbordar ciertos lí­mites.

Las hermanas se encontraban con muchas contradicciones. El servicio a los pobres es un camino sembrado de trampas, en el que no se cosecha éxito, alabanzas y gratitud. Luisa tuvo que enseñar a las hermanas a armarse de valor y a soportar los sufrimientos. Les escribe: «Os ruego que estéis atentas y penséis que para agra­dar a Dios no hace falta sentir siempre alegría y consuelo. Pues el hijo de Dios ha llevado a cabo la obra de salvación de todo el mundo por medio de las tristezas y de los dolores, es muy razona­ble que si queremos tener parte en sus méritos estemos dispuestas a aceptar los sufrimientos».

Luisa ve incluso la muerte de una hermana como un acto de amor que se acepta, pues ella consiente «en entregar [su] alma libremente al Padre Eterno, con el deseo de que su propia muerte honre el momento de la muerte de su Hijo».

Motivación insuficiente de las hermanas

Luisa aprovecha todas las ocasiones posibles para conducir a las hermanas al camino de la entrega total. Dios ha confiado a las hermanas la misión de continuar la obra de la redención, y eso implica una unión firme con Dios. Escribe Luisa: «Tenemos que ser de Dios, que quiere que no queramos nada más que lo que él quiere». Escribe en otra carta: «Tenemos que ser de Dios, ente­ramente todas de Dios, y para serlo tenemos que desarraigarnos de nosotras mismas».

Sabe muy bien que los consejos y los avisos destinados a las hermanas valen también para ella misma, pues se conoce bien. Orientar a las siervas de los pobres por el camino, animarles a llegar incluso a lo más alto de la santidad no es un asunto trivial. Esta tarea es tanto más difícil cuanto más crecen las exigencias anejas a la organización y a la dirección espiritual de la Compa­ñía. Velar por la consagración de cada hermana y de la Compañía exige un gran cuidado, mucha vigilancia y amor, y una grandísi­ma prudencia para no invadir el terreno de los sacerdotes y de los confesores. Esto podía leer Luisa en una carta del señor Vicente fechada a principios de julio de 1642: «No sé yo que las jóvenes se hayan quejado de que usted no les permite hablar a personas espirituales. Avisaré al padre Portan del punto que dijimos ayer […]. Quédese tranquila en cuanto a las pequeñas dificultades de que me habló ayer. Tengo unos 25 años de experiencia sobre hasta dónde debe ir la dirección de dentro de casa y la de fuera, y de los inconvenientes de una y otra. Le informaré de todo eso. Cuide su salud y manténgase alegre…».

Una tal carta no podía darle a Luisa mucho ánimo. Por otro lado ella no tenía ninguna predisposición natural a simplificar las cosas. Buscaba la perfección en todo. Este aspecto de su carácter le daba una ventaja para la misión que tenía que llevar a cabo.

Quería en efecto llevar a las hermanas a una alta santidad. Pero las hermanas le decepcionaban de vez en cuando. Por eso sentía a veces pena. Así se desprende de una carta dirigida a Vicente de Paúl al comienzo del verano de 1642: «Me encuentro algo agobiada por una serie de dificultades, por las disposiciones de espíritu de la mayor parte de todas nuestras hermanas; le aseguro, padre, que eso me causa una gran confusión ante Dios y ante el mundo, por mi incapacidad de ayudar a estas jóvenes a hacer el bien. Suplico a la bondad de Dios que se lo haga ver a usted para que ponga remedio…».

El motivo de la carta es el siguiente: Luisa se había enterado, al final de una jornada larga de trabajo con los niños abandona­dos, de que una de las hermanas había decidido dejar la Compa­ñía un año solo después de haber ingresado en ella. Además esa hermana tenía que ir a ayudar al día siguiente por la mañana a la Cofradía de Saint-Sulpice, donde había una hermana a punto de fallecer. Luisa aconsejó a esa hermana que se confesara al día siguiente por la mañana. En ningún lugar podemos leer cómo lle­gó a arreglarse ese asunto. No tenemos testimonios más que del apoyo moral con el que contribuía san Vicente, quien no ayudaba en nada a resolver los problemas concretos, pues él no hace más que recordar en su carta los veinticinco años de experiencia de acompañamiento espiritual.

Actitud interior en el servicio

Luisa enseñaba a las hermanas que la aspiración interior a la santidad, así como el camino que conduce a ella, no son más que una respuesta natural a la llamada del Señor a servirle «tal como a él le agradara».

Eso no significa otra cosa que

servir a Dios en la persona de los pobres.

A la hija de la caridad se le invita a consagrarse a ese servicio con todas sus fuerzas, con fe y con amor. Eso quiere decir seguir la lógica del evangelio, que pide que se vea el rostro de Cristo en los pequeños, los humildes y los despreciados. Las hermanas deben, gracias a su fe, consagrar su vida a esa obra de amor. Luisa les explicaba esos objetivos elevados de diversas maneras. Por ejemplo: «Tenemos que tener siempre ante nuestros ojos a nues­tro modelo, que es la vida ejemplar de Jesucristo, a cuya imitación hemos sido llamadas, no solo como cristianas sino además por haber sido escogidas por Dios para servirle en la persona de los pobres». La lectura del evangelio debe reforzar la fe y el amor. Las actitudes de Cristo durante su vida pública son un ejemplo sin parangón, y siguen siendo nuestra referencia absoluta.

Así exhortaba Luisa a servir a los pobres: «Cuando pienso en la felicidad de todas vosotras admiro el hecho de que os haya escogido la Providencia; usad bien esa elección y agradad a Dios sirviendo a vuestros amos, sus miembros queridos, con devoción, dulzura y humildad».

Trabajar a imitación de Cristo crucificado

Luisa animaba a las hermanas a seguir el ejemplo de Jesús. Haciendo lo que Nuestro Señor hizo en la tierra e imitándole, las hermanas avanzarían con seguridad por el camino de la cruz. Esta era para Luisa la única manera posible de animar a las hermanas: «¿No queréis, mis queridas hermanas, seguir a ese Jesús tan dig­no de amor, aunque esté lleno de llagas y en la cruz? Paréceme que ya os la he mostrado tal como él mismo nos la ha ofrecido, y que todas, llenas de amor y de valentía, diréis con el apóstol Tomás, vayamos y muramos con él».

Luisa animaba incansablemente a las hermanas a cumplir su deber y a seguir fielmente a Cristo. Aquella nueva manera de vi­vir en comunidad dentro de la Iglesia exigía de cada hermana un amor a Dios muy fuerte y un deseo profundo de imitar a Cristo, nuestro redentor. Las Hijas de la Caridad no podrían construir su identidad más que siguiendo a Cristo con la mayor perseverancia. Luisa se lo advertía ya en 1640: «¡Cuán larga, amable y deseable es la eternidad bienaventurada, hacia la que no podemos caminar más que siguiendo a Jesús, trabajando y sufriendo continuamente! Y él no hubiera podido llevarnos hacia la vida eterna si no hubiera perseverado hasta la muerte en la cruz».

Exhortación al fervor, a la dulzura y al amor

Muchas hermanas siguieron esas enseñanzas con fe y con valentía, llegaron incluso a practicar actos heroicos. Pero Luisa sentía mucho dolor cuando las hermanas descuidaban el servicio, como parece sucedió en Angers. Luisa les reprendió sin amba­ges: «No puedo ocultaros el dolor de mi corazón motivado por lo que se me ha dicho de que dejáis mucho que desear en muchos aspectos. ¡Cómo, mis pobres hermanas! ¿dejaremos que nuestro enemigo prevalezca sobre nosotras? ¿Dónde está el espíritu de fervor que os animaba al comienzo de la fundación en Angers? […] ¿Dónde está la dulzura de la caridad que deberíais practicar con tanto cuidado hacia nuestros queridos amos, los pobres enfer­mos? Si nos alejamos aunque sea solo un poco del pensamiento de que ellos son los miembros de Cristo, eso sería causa infalible de que disminuyeran en nosotras esas bellas virtudes». Escribe en otra ocasión: «Deseo que todas ellas estén llenas de un amor fuerte, que les haga ocuparse de Dios con toda suavidad, y del servicio de los pobres con toda caridad».

Exigencias del servicio

El señor Vicente y Luisa de Marillac insistían con frecuencia sobre la actitud que hay que adoptar hacia los pobres, pues eso era fundamental e indispensable para responder a todas las peticiones de ayuda. Estos son los puntos en los que se fundamentaba la conducta que tenían que seguir:

La disponibilidad,

la capacidad de olvidarse de sí misma, de abandonar todo lo que se había hecho en el mundo en el que se había vivido. Vicente de Paúl escribía ya en 1634: «Hay que tener la disponibilidad de ir a todas partes adonde se nos ordene, incluso pedirlo, y decir: No soy ni de aquí ni de allí, sino de cualquier lugar en que le plazca a Dios que yo esté». Y en una conferencia del 18 de octubre de 1655 podemos leer: «Así es como tenéis que comportaros para ser buenas hijas de la caridad, ir adonde Dios quiera; si a África, a África; al ejército, a las Indias, adonde se os pida. Sois hijas de la caridad: hay que ir allá”.

Luisa menciona también esta exigencia de disponibilidad y la vincula a la obediencia a la voluntad de Dios, a la imitación de Cristo en la cruz. De ese modo podía una hermana conside­rar como cosa normal el ponerse a disposición de los pobres con todo lo que era y todo lo que tenía, haciendo todo lo que pudiera y quisiera.

El don de sí misma servía de base a todo el edificio, que se apoyaba también sobre un cierto número de exigencias, de ne­cesidades, de molestias inevitables en el servicio de los pobres y de los enfermos; el amor y la caridad conferían al conjunto una figura única y original. Pero el servicio al prójimo no podía pres­cindir de conocimientos concretos.

El cuidado de los enfermos exigía un saber muy complejo, incluso en el siglo XVII. Los medios, las medicinas, los méto­dos, los instrumentos de la época nos hacen sonreír hoy, pero en cualquier caso tenían que ser manipulados por manos expertas. Luisa lo sabía perfectamente y prohibía que se utilizaran «esas ar­mas» a la ligera, y no ponía la lanceta para las sangrías en manos de hermanas no experimentadas. Por eso las hermanas se sentían orgullosas de saber usar esos instrumentos. Pero algunas querían usarlos sin formación técnica previa, tal fue el caso de la herma­na Martha Dauteuil. Su madre le había regalado «los accesorios en un estuche grande'»», y ella quería utilizar la lanceta sin ha­ber aprendido más que observando a los cirujanos por encima del hombro. Su hermana sirviente no puso ninguna objeción, y la hermana seguía ejerciendo esa actividad a su manera. Esa falta de conocimientos podía convertirse en un peligro, acompañada como iba de incompetencia. Luisa escribió al señor Vicente «para saber […] qué es lo que hay que hacer ante tales faltas. […] y que se nos debe advertir que hay que proceder en asuntos como ese con justicia y caridad».

Era necesario portarse con justicia en relación a los enfermos que tenían necesidad de una enfermera bien formada, y por otro lado mostrar amor hacia aquella hermana, que era ciertamente algo simple, y que quería tomarse iniciativas, animada por una madre que creía haber obrado bien.

Luisa sabía qué hermanas podían recibir una formación y cuá­les no podían. Esto escribe a una hermana sirviente: «Creo que no debería usted enseñar a la hermana ni consentir que aprenda otra (cosa), pues no es capaz de ello, y no quisiera exponer a nadie a que lo pruebe».

También la escuela era un lugar en el que se podía practicar la caridad. Enseñar el catecismo exigía cierta competencia. Por eso se enviaba a las hermanas al monasterio de las Ursulinas para aprender los métodos adecuados. Pero también se les exhortaba a conservar la humildad y la sencillez de una buena sierva de los pobres. Luisa recordaba sin cesar el fin último de toda transmi­sión de conocimientos: «La ciencia sólida que consiste en enten­der bien lo que se aprende y hacer un buen uso de ello».

Las hermanas encargadas de trabajos domésticos debían cum­plir sus tareas a la perfección: la hermana panadera no usará agua demasiado caliente para amasar la pasta; la cocinera debe saber utilizar las especias, guisar la carne en su punto, condimentar los revueltos, para que no estén demasiado picantes, pues eso es malo para la salud. Naturalmente, hay que hacerlo de manera que las otras hermanas puedan comerlo.

Para servir bien a los pobres hacía falta un cierto saber. Sin embargo, para Luisa era sospechoso el querer adquirir conoci­mientos que no fueran útiles directamente. Temía que la Com­pañía se dividiera en dos, «las que tendrían una verdadera ca­pacidad, […] podrían, después de formarse bien, pretender que se les dispensara de varios trabajos. […] Cuerpo dominante, que pretendería cumplir las funciones de santa Magdalena, y pondrían por debajo de ellas a las que se dedicaran a visitar a los enfer­mos, y poco a poco las jóvenes pobres no podrían entrar ya en la Compañía, y las demás se convertirían pronto en Damas, y eso ya lo pretenden algunas». El saber y la formación no deberían en ningún caso contribuir a favorecer el ascenso social, sino a ayudar a asistir a los pobres.

La competencia, los conocimientos, ayudan ciertamente a suavizar su desgracia, pero para comprender su miseria hay que cultivar una verdadera

atención,

cualidad fundamental para el servicio. En aquel tiempo de grandes miserias, nadie tenía mucho tiempo para dedicarse a re­flexionar con profundidad. Sin embargo era indispensable mante­ner una cierta delicadeza en la vida diaria, y Luisa insistía en ello. Un campesino que había pescado un gran pez se lo había ofrecido a una hermana. Esta se sintió muy contenta de poder llevarlo a París para las hermanas de la Casa Madre. Luisa le dio las gracias, pero no dejó de darle una lección, y le recordó que había que pen­sar ante todo en los pobres. Pero conociendo el carácter nervioso de la hermana en cuestión, le tranquilizó con estas palabras: «Si hubiera sido posible devolverlo enseguida […], pero como no se podía, su caridad ha servido a varias de nuestras hermanas enfer­mas, entre las que me encuentro yo». Otra hermana envió unas manzanas deliciosas. Luisa le dio las gracias y alabó las hermosas frutas, pero añadió esta observación: «No cause perjuicio a sus pobres, le ruego; tenga siempre en cuenta sus necesidades para darles los mejor que tenga, pues les pertenece».

Las hermanas tenían que prestar toda su atención a los pobres, pero también a los enfermos. La vigilancia era un aspecto espe­cial del reglamento, y debía practicarse en todos los terrenos de su actividad. Había que vigilar todo cambio en el estado del enfermo y avisar al médico y al farmacéutico no solo para el tratamiento correcto, sino también para llevarle los últimos sacramentos cuando fuera necesario.

Nada se le escapaba a Luisa, y se dio cuenta por ejemplo de que las Damas no habían pensado en dedicar un local para escue­la en el castillo de Bicétre. Luisa actuó de inmediato, encontró un lugar sin hacer caso de la opinión de los administradores. En nombre de la dignidad humana y de los niños abandonados, no tuvo ningún reparo en enviar a las hermanas a pedir ayuda a la reina, al obispo y a las damas, para que les informaran de la situa­ción de sufrimiento de los pobres.

La ayuda a los pobres no incluía solo la atención física, sino también la ayuda espiritual. Las hermanas debían aprender y comprender que no bastaba darles una ayuda y cuidar sus cuer­pos o adquirir conocimientos, sino que había que transformar su vida entera. Los niños, una vez curados, tenían que conocer «los medios para vivir como buenos cristianos. Es Dios quien pide eso de vosotras».

Modestia

En su servicio las hermanas se veían llevadas a cruzarse con personas de todas las profesiones.

En los hospitales se encontraban también personas que tra­bajaban en diferentes terrenos. Las relaciones con esas personas «profesionales» no eran siempre fáciles para la joven Compañía. Algunas personas veían a las hermanas como competidoras. Otras se sentían vigiladas por las hermanas, se portaban hacia ellas de manera más o menos disimulada y tramaban contra ellas. Luisa se veía obligada a restablecer continuamente el equilibrio entre el respeto debido al trabajo de los unos y la respuesta necesaria a la situación desastrosa de los pobres. Las hermanas tenían que dar muestras de modestia y de discreción y evitar toda clase de arrogancia y pedantería. Los conocimientos y competencia de las hermanas en temas médicos no les dispensaban de la obediencia debida a los médicos. «Que la costumbre de tratar a los enfermos y lo que hayáis aprendido de los médicos no os haga demasiado atrevidas, no os haga mostraros como las entendidas para no es­cuchar las ordenanzas y obedecer las órdenes que se os den. Y cuando se os haga el honor de pedir vuestra opinión, responded con una gran humildad».

Los enfermos en las parroquias y en las aldeas tenían una gran confianza en las hermanas y apreciaban su capacidad. Preferían incluso llamar a las hermanas que a los médicos. Estos se queja­ban a veces de no tener trabajo. La hermana Juliana Loret seña­ló este problema y Luisa de Marillac aconsejó «evitar en cuanto pueda el ir allá adonde pueda ser llamado [el médico]».

En París se presentaba el mismo problema. Esto decía el re­glamento en relación al oficio de «la boticaria»: «Tendrá mucho cuidado en que no se sangre a nadie que pueda ir al médico».

La modestia y la discreción eran de rigor en los hospitales en que trabajaban las hermanas. Luisa les exhortaba al respeto, a la amabilidad, a la verdadera humildad en todas las acciones del día. Tenían que aprender a aceptar a los otros, a soportar sus pequeños defectos, como escribe a propósito de un empleado del hospital de Nantes: «Para ayudar al muchacho creo que ya le he dicho que nuestras hermanas le darán las órdenes que tenga que llevar a cabo con dulzura y caridad, y que hay que vivir con una gran paz y tolerándose los defectos unos a otros».

Por otra parte Luisa pedía a las hermanas que no fueran a recoger plantas medicinales. Su farmacia no necesitaba una tal especialización. Competencia, vigilancia, modestia, todo eso es­peraba Luisa de las hermanas. Les recordaba con frecuencia que debían tener esas cualidades fundamentales, que no eran por ello específicas de las Hijas de la Caridad.

Características del servicio

Las hermanas se mostraban dispuestas a aceptar con valentía las directivas de santa Luisa e intentaban aplicarlas en su vida diaria. No siempre lo conseguían, pero sí en un grado tal que sus actividades eran apreciadas por todo el mundo. La alta sociedad, la reina misma, los obispos pedían a los fundadores que les en­viaran hermanas. Vicente y Luisa vieron en ello un peligro en potencia. El trato con los grandes de este mundo podría dañar a aquellas humildes hijas de campesinos, que no estaban allí más que para servir a los pobres. La insensatez de la grandeza humana podría desconcertar a aquellas jóvenes, y en ese caso perderían el sentido de su misión. Luisa les recordó en muchas cartas lo que ella consideraba el fundamento carismático de la comunidad: «La cualidad de las Hijas de la Caridad como sirvientas de los pobres es del todo necesaria para mantenerlas en su deber».

Durante los últimos años de su vida Luisa utilizó con frecuen­cia la expresión «Siervas de los pobres». ¿Pero qué significado le atribuía exactamente? Podemos distinguir dos aspectos en su trabajo: uno sería más bien social, el otro espiritual, pero los dos se complementan.

Aspecto social del servicio

La sociedad de Francia en el siglo XVII, igual que en los de­más países, estaba muy jerarquizada. La pertenencia a una clase social caracterizaba al individuo, y era muy difícil ascender a la clase superior. La realeza, la nobleza, la burguesía y los campe­sinos, sin olvidar a las gentes sencillas de las ciudades y de los pueblos, formaban el reino. Los individuos no ponían en cuestión su posición en la sociedad, pues así era querida por Dios. Pero justamente esas gentes sencillas eran las primeras en sufrir los efectos de las decisiones políticas, las guerras, los impuestos de­masiado altos, las malas cosechas, las epidemias, las decisiones judiciales injustas pronunciadas por los tribunales; en resumen, estaban marcadas para sufrir una suerte muy poco envidiable. Se ganaban el pan con su trabajo. Si llegaba a faltar, esas pobres gentes tenían que mendigar. Luisa de Marillac recordaba sin cesar a las hermanas que ellas estaban al servicio de esas gentes, y que ellas misma procedían en su mayor parte de esa capa social. De­bían por ello ocuparse de ellas y darles la ayuda que las señoras no podían dar. Luisa sabía que «Dios [había] escogido a jóvenes campesinas para establecer sólidamente a las Siervas de los po­bres enfermos».

Luisa permanecía segura y filme, pues estaba convencida de que el designio de Dios armonizaba con el de la Compañía: «¡No os convirtáis en damas, respetadlas, pero seguid siendo siempre siervas!».

No os convirtáis en damas

Ese temor estaba fundado. Las hermanas más celosas, abier­tas, que tenían el espíritu de iniciativa y que tenían éxito, eran muy apreciadas. Tenían relaciones frecuentes con las damas, ha­blaban con la reina, y había un riesgo de que las maneras del gran mundo contagiaran a las hermanas. Luis temía, por ejemplo, que «si las hermanas, olvidándose de lo que son, y por estar mucho tiempo entre Damas, manejando dinero y limosnas, y viviendo cómodamente sin pensar en ganarse la vida, se acostumbren a lo agradable y a complacerse en pensamientos de vanidad, y deseo de ser más», eso «llevaría a la Compañía a una ruina total’

En una carta al Padre Portail, que iba por entonces a transcri­bir en un cuaderno las reglas de la Compañía, Luisa destaca un artículo: «El artículo trece necesita más brida que espuela, pues en cuanto una hermana está enferma hay que darle pollo o carne de ternera e instalarle en una cama como a una señora […]. Se sorprenderá usted tanto como yo cuando sepa que una hermana se ha hecho, o ha mandado hacer, un albornoz [¡prenda que era muy poco común en aquella época!], y que su hermana enferma lo tenía puesto ayer, aunque estaba levantada […]. Eso es bien cómodo, ciertamente, pero hay muchas señoritas y burguesas en París que no tienen tal prenda; y además, eso tiene consecuencias importantes».

Francisca Carcireux, por ejemplo, originaria de Narbona, pro­cedía de una familia burguesa y le costaba vivir como sierva. Pero Luisa fue siempre constante en sus principios: si se le ve con los ojos de Cristo, el pobre es amo y señor. Las que le sirven tienen que ser humildes y estar disponibles.

Respetar a las Damas

Sin embargo las hez   manas debían mostrar a las damas el respeto que les era debido. Era fácil encontrar un justo medio por­tándose con dulzura y amabilidad con los pobres y con las demás personas, esforzándose por contentar a unos y a otros con los he­chos y las palabras apropiadas. Así lo dice Luisa: «Eso le resul­tará fácil si conserva una gran estima hacia su prójimo; hacia los ricos porque están por encima de usted; hacia los pobres, porque son sus amos»». Dice en una carta de mayo de 1655 que también hay que respetar a los ricos, «para que ellos nos den los medios de hacer el bien a los pobres». No mostrarse arrogante, mostrarse pequeña y humilde, ¿no era esa la actitud de un pobre ante los ricos? Todo ello les parecía ciertamente normal a las primeras hermanas, pero Luisa pedía además a las hermanas que imitaran a Cristo crucificado y que transformaran un modo social de com­portarse en la virtud de la humildad.

Luisa iba más lejos. Creía que la actitud de las hermanas po­dría tener la fuerza del ejemplo y animar a las damas a servir a los pobres. La hermana Laurence necesitaba este tipo de aliento cuando leyó la carta de Luisa: «Espero que si os mostráis sumisas a las damas en la atención a los enfermos de la ciudad vuestro ejemplo les servirá más que ninguna otra cosa para enfervorizarles». Respetar a los ricos no significa ponerse de rodillas de­lante de ellos. Solo quiere decir que se es consciente de su propia identidad y que se la vive. Ahora bien, una hija de la caridad debe ante todo:

ser y permanecer sierva.

Si las hermanas recibían una compensación por su trabajo, si ellas podían ganarse la vida en cierto sentido, lo que se les diera no era un pago por servicios prestados, así lo veían los funda­dores. Las hermanas no eran las sirvientes de las damas; veían su ayuda a los pobres desde otro punto de vista muy diferente. El servicio era su vocación, su misión. Pero era natural que las hermanas ganasen su vida con su trabajo. El señor Vicente nos ha dejado unas consideraciones en una conferencia «sobre el amor al trabajo»: «Cuando se vea a nuestras hermanas bien estableci­das y con poco trabajo que hacer, descuidarán el trabajo y no se ocuparán en ir a ver a los pobres. ¡Ah!, habrá que decir entonces: adiós a la Caridad; ya no existe la Caridad; está enterrada del todo; habrá que celebrar entonces los funerales de la Caridad».

Una vida de servicio debe construirse sobre la pobreza y la humildad. Ser una sierva es someterse a la ley del trabajo y vivir en sencillez y humildad.

Aspecto espiritual del servicio

Una sierva debe en primer lugar aprender en la escuela de Cristo, seguir sus pasos. Cristo aceptaba la compañía de los peca­dores, de los marginados, de los excluidos y se sentaba con ellos a la mesa. Luisa de Marillac sabía exactamente lo que pedía a las hermanas cuando les confiaba a los niños abandonados, rechaza­dos por la sociedad, y cuando fundaba escuelas para las niñas de familias pobres. Eso facilitaba a los pobres, y lo que es más a las niñas, asistir a la escuela. Esa actividad no era muy deseada, pero el servicio a los galeotes era mucho peor. Había que tener el amor de Cristo bien metido en el alma para poder ver la faz de Cristo en aquellos rostros destrozados. Luisa sabía a quién servía cuando escribió: «Le ruego que siga sirviendo a nuestros queridos Amos con gran dulzura, respeto y cordialidad, viendo a Dios en ellos», y también: «[servid] a vuestros pobres enfermos con espíritu de dulzura y de una gran compasión, para imitar a Nuestro Señor, que se portaba de esa manera con los más importunos».

La humildad y la pobreza son el fundamento de las Hijas de la Caridad en el servicio de los pobres. Vicente de Paúl lo expresa con aquellas conocidas palabras: «Dad la vuelta a la medalla, y veréis a la luz de la fe que el hijo de Dios, que quiso ser pobre, nos es representado por esos pobres».

Conclusión

Durante veintisiete años Luisa trabajó en la formación de las jóvenes que abrieron un camino nuevo en la Iglesia, el del servi­cio y de la caridad. Resumió los puntos importantes y las dificul­tades encontradas en la carta citada al principio de esta conferen­cia: «Sabe usted que tenemos algunas de más lejos que de ahí; lo que hace falta son espíritus bien hechos que deseen la perfección de las verdaderas cristianas, que quieran morir a sí mismas por la mortificación y la verdadera renuncia hecha ya en el santo bau­tismo, para que el espíritu de Jesucristo reine en ellas y les dé la firmeza en la perseverancia en esta forma de vida del todo espiritual, aunque se manifiesta en continuas acciones exteriores que parecen bajas y despreciables a los ojos del mundo, pero que son grandes ante Dios y sus ángeles».

«El dar de lo que se tiene no es nada comparado con el darse a sí misma y dedicar todos los momentos de la vida, e incluso exponerla a los peligros por amor de Dios sirviendo a los pobres. Haced, pues, un uso cuidadoso de la gracia que os da tan santa ocupación».

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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