LUISA de MARILLAC (VI): Con san Vicente de Paúl, encontrar a Cristo en los pobres

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Tal como lo indica el título de la conferencia, henos aquí en camino con Vicente de Paúl, un camino que nos ayudará a encon­trar a Jesucristo, un encuentro de formas múltiples, pero ante todo un camino con numerosas bifurcaciones en el que nos encontrare­mos con una buena cantidad de sorpresas.

Veneramos en verdad la imagen de Cristo que tenía Vicente de Paúl. Vicente se sabía enviado por Cristo para evangelizar a los pobres. Se veía incluso como otro Cristo por los caminos del mundo, identificándose con las palabras de san Lucas: me ha en­viado «para llevar la Buena Nueva a los pobres». Para responder a esto se propuso como fin de su vida el encontrar al Cristo que, por su presencia luminosa, se encarna en el Pobre.

Vicente tenía treinta y seis años cuando ese encuentro con Cristo creó una orientación nueva en su pensamiento y en su ac­ción.

Sin embargo, no podemos pensar que este cambio de visión acerca de los pobres fue el resultado de un deus ex machina. Para llegar a él Vicente tuvo que iniciar un camino en el que Dios le guiaba continuamente y le ayudaba con su intervención. Vamos ahora a hacer parte de ese camino con Vicente.

Cuadro primero

En Tolouse una bondadosa anciana había redactado su tes­tamento a favor del joven Vicente, que por aquel tiempo se de­dicaba a la enseñanza. Terminados sus estudios había consegui­do, en efecto, una plaza de profesor auxiliar en la universidad de Toulouse. El testamento le venía muy bien, pues tenía algunas deudas. Pero un granuja se apoderó del dinero y luego puso los pies en polvorosa. Vicente tuvo que alquilar un caballo para per­seguirle hasta Marsella.

La historia es bien conocida. Vicente hizo todo lo posible por recuperar su dinero, y el maleante terminó en la cárcel. En el ca­mino de vuelta por mar Vicente fue apresado por unos piratas. No volvió a ver ni el caballo ni su bolsa, sino que tuvo que padecer dos años de cautividad como esclavo, a los que hay que añadir los riesgos que corrió durante su huida y la falta de recursos, de modo que tuvo que volver a comenzar desde cero… El golpe fue muy duro. Todos sus esfuerzos por adquirir dinero terminaron mal. Vicente no obró ilegalmente en su intento, que no tuvo éxi­to por otro lado, de recuperar el dinero. Los sucesos posteriores fueron simplemente una gran desgracia. La Providencia le salvó ciertamente de su cautividad en Túnez, pero él no menciona ni la intervención de Dios ni su presencia mientras éste le guiaba hacia su futuro.

Él deseaba ante todo una prebenda lucrativa, y una vida tran­quila en su propia casa. Pero incluso eso parecía que lo tenía ve­dado.

Cuadro segundo

El joven sacerdote Vicente de Paúl, alrededor de 29 años en aquel momento, fue nombrado capellán de la reina Margarita de Valois. Su misión principal consistía en distribuir las limosnas reales a los pobres y a los enfermos que se encontraban en el Hospital de la Caridad, que estaba muy cerca. Experimentó una nueva conmoción al ver aquella concentración de miseria, de en­fermedades, de vicios, de sufrimiento y de resignación. Quería terminar con aquellas desgracias y volver a casa de su madre para encontrar en ella un poco de descanso. Pero la mala fortuna se ensañó de nuevo con él durante algunos años. Fue humillado con calumnias, asaltado por dudas contra la fe. Se veía a sí mismo como un pobre entre los pobres, hasta que se desvaneció la tor­menta y descubrió la unión entre la fe y el amor. Vicente tomó la decisión de dedicar su vida al servicio de los pobres.

Cuadro tercero

Pero por este tiempo no tenía él contacto con los pobres, todo lo contrario. Vicente fue nombrado preceptor en la familia de Gondi. Pasaba su vida en palacios. No le faltaba de nada en el terreno material, estaba literalmente bien protegido. Tal vez se sintiera desligado realmente de los miles de eclesiásticos que lle­naban París viviendo de sus prebendas, y que en realidad no te­nían gran cosa que hacer ni tampoco buscaban trabajo. En aquel tiempo el pueblo, totalmente abandonado, estaba sumergido en una ignorancia profunda en todos los aspectos. Cada vez que la familia de Gondi visitaba sus tierras Vicente se sentía confundido por la pobreza y la miseria de aquellas gentes, por su analfabe­tismo, y comprobaba que la enfermedad les golpeaba sin piedad. ¿Qué podía hacer él?

Cuadro cuarto

Madame de Gondi se sintió horrorizada. En una aldea situada en sus tierras un campesino agonizante se quejaba de no poder tener acceso ni a un sacerdote ni a ninguna asistencia espiritual: ¡la Iglesia vive a lo grande, pero nosotros podemos irnos al infier­no! Madame de Gondi debería haberlo sabido. Se trataba de sus tierras, ella era responsable de aquella situación. Vicente pudo felizmente ayudar a aquel hombre a reconciliarse con Dios antes de morir. Y ahora había que ocuparse de los vivos. Madame de Gondi no tardó en actuar. Vicente predicó su célebre sermón mi­sionero sobre la confesión general, y luego extendió su actividad a toda la región. Por otro lado, él mismo, el sacerdote Vicente de Paúl, se encontró del todo transformado después de aquella mi­sión. Igual que el profeta en tiempos antiguos, él se sintió llama­do: «Ponte en marcha y anuncia la Buena Nueva». Se encontraba en un momento de cambio muy importante en su vida.

Cuadro quinto

Vicente subió una vez más al púlpito, esta vez en Chátillon-les-Dombes. Los sucesos vividos en Folleville unos meses antes le habían ayudado a salir de la estrechez agobiante y del estilo de vida algo pomposo de una familia noble. Era por lo demás sacerdote, y eso le ayudó a descubrir algunos aspectos muy dife­rentes de la miseria humana. Una familia entera, que era además familia numerosa, se encontraba enferma y no recibía ninguna ayuda, porque la vivienda estaba alejada de la aldea. Nadie se preocupaba de ellos, aunque estaban todos en peligro de morir. Las cosas eran así. Pero nuestro sacerdote buscó ayuda y fundó en un tiempo muy breve aquella obra que conocemos aún hoy y que lleva su nombre. Añadamos que no le movía la sed de grandeza o de celebridad. Al contrario: entre las experiencias de Folleville y de Chátillon-les-Dombes experimentó toda la fuerza de su vo­cación de sacerdote. Vicente había, en el sentido verdadero del término, encontrado a Cristo.

Vicente examina su propia imagen

Su primer biógrafo, Abelly dice que después de estos hechos Vicente se sintió atraído por una vida en comunidad. Pero curio­samente él mismo era su mayor problema para ello. Admitía él mismo su naturaleza melancólica y reconocía su carácter desa­brido. La misma madame de Gondi le llamó la atención por sus maneras bruscas. Así que con toda razón y conocimiento pidió a Dios que le ayudara en sus esfuerzos por cambiar. Sabemos bien que jamás una oración fue tan bien escuchada. Además Vicente entró por esta época en relación con san Francisco de Sales, cuya influencia fue decisiva en la metamorfosis de su temperamento. Poco tiempo después, con ocasión de una misión en Montmirail, tuvo la prueba de los frutos que puede producir la dulzura de ca­rácter.

Cuadro sexto

Durante una misión en esta pequeña población, que se en­contraba en tierras de los Gondi, dos hugonotes, protestantes en consecuencia, habían vuelto a la fe católica. Vicente lo sabía, el Espíritu de Dios había obrado a través de él. El Espíritu del amor y de la bondad.

Por otro lado, una tercera persona que pertenecía a ese grupo, se había opuesto a convertirse, por una razón de la que Vicente se avergonzaba y que no podía refutar. Estos son los reproches que le expresó el hugonote: «Señor, usted me ha dicho que la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo, pero eso yo no lo puedo creer, porque, por un lado, se ve que los católicos de los campos están dejados en manos de pastores viciosos e ignorantes, no son instruidos en sus deberes, sin que la mayor parte sepa ni qué es la religión cristiana; y, por otro lado, se ven la ciudades llenas de sacerdotes y de frailes que no hacen nada; puede que en París haya hasta diez mil, que dejan sin embargo a estas pobres gentes del campo en esa ignorancia espantosa que les lleva a la perdición. ¡Y usted quiere convencerme de que esa Iglesia es con­ducida por el Espíritu Santo! ¡No lo creeré jamás!»»

Al año siguiente Vicente de Paúl volvió a misionar en aquella zona con algunos compañeros. La curiosidad movía a los hugo­notes a escuchar los sermones de los misioneros. Durante esa mi­sión aquel famoso hugonote volvió a la fe católica.

El evangelio, fundamento de la vida vicenciana

Estas conversiones eran para Vicente una confirmación y una profundización de su propia vocación. Estos hechos le llevaron a comprender el evangelio de manera más penetrante, en particular los pasajes de Lucas y Mateo que iban a marcarle profundamente y confirmarle en la conciencia de su misión.

Veía su fe, su esperanza y su oración bajo una nueva luz, y pe­día al Espíritu Santo que dirigiera la Iglesia de Cristo. Creyó que se le encargaba a él mismo la instrucción y la salvación de los po­bres. En la vida de Vicente se estaban diseñando entonces, trazo a trazo, el fondo y la forma de su camino espiritual. Tres puntos importantes caracterizaban la dirección que tomó y la meta que se señaló a sí mismo: el encuentro personal de Vicente con los pobres, el evangelio y la llamada de la Iglesia.

Para Vicente el pobre era, ante todo, el signo de la presencia de Dios, y eso le dotaba de una especie de santidad. Jesucristo se encuentra en el pobre «y eso es tan verdad como que estamos aquí». El pobre es el mensajero de Dios, es quien descubre a Dios al sacerdote que es él.

Y luego, a la luz de la experiencia vivida en Chátillon, el Po­bre se convierte, por una especie de transfiguración, en la repre­sentación misma de Cristo.

Vicente era hombre de acción. Ha escogido los dos pasajes de los evangelios de Lucas y de Mateo para hacer de ellos su progra­ma de vida. Lucas nos refiere la primera predicación de Jesús, y Vicente saca de ella la conclusión de que la evangelización de los pobres tiene que cumplirse aquí, hoy y siempre. Jesús se ha hecho hombre para dar la Buena Nueva a los pobres. Y en su tiempo, siglo XVII, no se cumplía esa misión mandada por Jesús. Para Vicente el evangelio era el dedo de Dios que señala la misión que hay que llevar a cabo. Vicente resumía su pensar de esta manera: Jesús ha venido para los pobres. Y él, Vicente de Paúl, debía con­tinuar esa tarea como otro Cristo. Sabía que Jesús obraba en él y por medio de él. «Nuestras acciones no son ya acciones humanas, ni angélicas, sino acciones de Dios, pues se hacen en él y por él”.

Con ocasión de la fundación de la Cofradía de la Caridad en Chátillon Vicente se encontró con el Cristo vivo del evangelio de san Mateo: «Estaba enfermo y me visitasteis».

Vicente ve en el Pobre del evangelio el rostro del enfermo de Folleville-Gannes o de Chátillon.

Lo decía años después a las primeras hermanas: «Una hermana irá diez veces al día a ver a los enfermos, y diez veces al día encontrará en ellos a Dios».

Vicente ha entrado en un mundo en el que los valores de los ricos y de los poderosos han sido trastocados En ese mundo nue­vo el pobre es el rey. Es por eso natural que sirvamos a ese rey en la persona del Pobre transfigurado.

Sería bueno para comprender mejor la actitud de san Vicente en relación a los pobres el colocar los hechos en su contexto y recordar el miedo que inspiraban los pobres en aquella época. Su mera existencia producía pánico. Se les hacía responsables de las epidemias, de los robos, de los accidentes, de los actos de bandidaje. Una sola mala cosecha bastaba para diezmar la población de las aldeas. Se formaban entonces bandas de vagabundos, de mendigos, de desertores y de golfos, de individuos que simulaban enfermedades, vendían y mutilaban a niños abandonados para ga­nar dinero. Era difícil definir la pobreza y quiénes eran pobres. El concepto de pobreza es siempre relativo, depende de la sociedad, de las necesidades personales, de la evolución social y cultural.

Si se tiene en cuenta el grado de desarrollo de la agricultura y del artesanado, se podría decir que era pobre el que debía ganar su vida trabajando con sus manos.

¿Por qué no era suficiente el trabajo para asegurar un míni­mo vital?

El número creciente de pobres que llegaban a las ciudades asustaba y provocaba una reacción de defensa y de rechazo. Se amontonaba a los pobres en barrios bien separados de aquellos en los que vivían los ricos. No se podía ni pensar en que los pobres pudieran ganarse la vida. Entonces nació la idea de crear hospi­cios para encerrar en ellos a los pobres. Por ejemplo, la ciudad de Lyón fundó en 1614 un tal centro de encierro para los pobres. En 1656 la ciudad de París utilizó varios edificios para este fin. Vicente de Paúl rehusó colaborar en ese proyecto, y en especial rehusó enviar a las Hijas de la Caridad. Vicente se fundaba en su experiencia personal. El conocía de cerca a todos aquellos pobres; lo más importante, ellos le habían hecho descubrir al Jesucristo del evangelio, que vino al mundo a traer la Buena Nueva a los pobres. Ellos le revelaron al Dios comprometido en una lucha permanente contra la pobreza, y que nos llama a actuar. Por otro lado, el rostro del pobre revela al Señor. ¿Podrían por tanto ser los pobres otra cosa que nuestros amos y señores? El evangelio lo confirma. Vicente reconocía a su Señor gracias a la transforma­ción de la visión dirigida a aquellas pobres criaturas vestidas de harapos. «A mí me lo hicisteis». Y así se lo decía a las personas a las que enviaba a los tugurios y a las casuchas con el fin de que llevaran alguna ayuda.

«No debo considerar a un pobre campesino o a una mujer po­bre según su aspecto exterior, ni por lo que parece por la capacidad de su espíritu; tanto más cuanto que a veces no tienen ni el aspecto ni el espíritu de personas razonables, tan groseros son y tan apegados a la tierra. Pero dad la vuelta a la medalla, y veréis a la luz de la fe que el Hijo de Dios, que quiso ser pobre, nos es re­presentado por esos pobres; que él apenas si tenía figura humana durante su pasión, y que se le tenía por loco en la opinión de los gentiles, y por piedra de escándalo en la de los judíos; y a pesar de todo eso, se llama a sí mismo evangelizador de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me. ¡Oh Dios!

¡Qué hermoso es ver a los pobres si los vemos en Dios y según la estima que tenía de ellos Jesucristo! Pero si los consideramos según los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, pare­cen dignos de desprecio».

Enviado a misión por la Iglesia

Para Vicente de Paúl Jesucristo era el modelo por excelencia que tenían que seguir todos los misioneros y todas las hijas de la caridad en su trabajo. Vicente sabía muy bien que su trabajo era continuar la misión de Cristo. Esto les decía: «Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos de su caridad inmensa y paternal, que se quiere establecer y morar en las almas».

«Nuestro Señor nos pide que evangelicemos a los pobres; eso es lo que él hizo y lo que quiere seguir haciendo por medio de nosotros».

Desde 1617 Vicente dio una dimensión eclesial al trabajo de evangelización.

Vicente empezó a considerar la evangelización, el servicio de los pobres, como un símbolo de la Iglesia de Cristo a más tardar con ocasión de la conversión del hugonote y de su exclamación: «Ahora veo que el Espíritu Santo guía a la Iglesia de Dios». Eso tenía una consecuencia: el sacerdote de la Misión debía ser en­viado y encargado de la misión por la Iglesia. También hay que pensar que una hija de la caridad, que visitaba a los enfermos, era igualmente enviada por la Iglesia. Por esa razón se esforzó en que los sacerdotes de la Misión fueran reconocidos como «clérigos de san Pedro», es decir, como sacerdotes seculares, y las Hijas de la Caridad como hijas de la parroquia.

La vocación de los laicos

Las mujeres de las Cofradías, las «Damas de la Caridad» obraban también en nombre de la Iglesia. Era importante para Vicente que esos grupos fueran reconocidos por la Iglesia. Eso tuvo lugar el 8 de diciembre de 1617. La experiencia de Folleville unos meses antes casi había despertado en Vicente sentimientos anticlericales. Había comprobado que los sacerdotes abandona­ban a seres humanos a su triste suerte. Chátillon fue entonces la respuesta masiva de los laicos a situaciones tales de desamparo. Vicente redactó un reglamento que se inspiraba en el modelo de las cofradías. Más tarde hizo lo mismo para las Hijas de la Cari­dad.

Vicente estaba convencido de ello: Dios quiere el bien y la salvación de los hombres. Por esa razón Jesús se hizo hombre, por ella fundó su Iglesia. Esa encarnación se prolonga en noso­tros y por nuestro medio. Vicente se sabía encargado de continuar la misión de Cristo (misit me). Aspiraba por ello a la legitima­ción de esa misión por la Iglesia y por el papa. Con insistencia y constancia presentó al papa Urbano VIII el estado lamentable en que se encontraba la población del mundo rural, y abogaba por la urgencia y la necesidad de ayuda. Envió a Roma a un padre de la Misión de la primera hora, Francois du Coudray, a fin de que trabajase ante el papa por la aprobación de su congregación.

¿Por qué había necesidad de urgir al Papa?

De hecho Vicente tenía adversarios que intentaban impedir el reconocimiento por parte del papa de la Congregación de la Misión. Por sorprendente que pueda parecer, el primero de esos adversarios era el cardenal Bérulle. Los sacerdotes de la diócesis de París formaban también parte del grupo opositor. Pero Vicente insistía en la necesidad de su fundación. Para él el tema urgía. Escribe al Padre du Coudray: «Tiene que hacer ver [al papa] que el pobre pueblo se condena por desconocer las cosas necesarias para la salvación y por no confesarse. Si Su Santidad conociera esta necesidad, no descansaría hasta no hacer todo lo posible para poner remedio a ello»».

La solicitud de aprobación de la Congregación de la Misión había sido ya rehusada una vez. Vicente insistió en pedir una se­gunda vez la aprobación por parte del Papa. Por otro lado, un tal proceder es muy característico de Vicente de Paúl. Quería cum­plir la voluntad de Dios, y eso no podía darse más que a través del servicio de los pobres. Murió con el tiempo el cardenal Bérulle y el Papa dio en 1633 la respuesta positiva tan esperada en la bula Salvatoris nostri.

Luchando a favor de los pobres

A partir de ahí Vicente recibía mandato de la Iglesia para lle­var a cabo su obra y su misión basándose en la palabra de Jesús: «A mí me lo hicisteis». Y de ese modo respondería en la medida de sus fuerzas al grito de desamparo de los pobres «como se acu­de a apagar un incendio».

Y allí donde el viera rechazada su fe inquebrantable, despre­ciada o combatida, se le vería defendiendo con gran valentía la causa de Cristo, afianzando así sus convicciones espirituales. Con la fuerza y la seguridad de un portador de Cristo, luchaba con­tra viento y marea, refutaba las peligrosas teorías del jansenismo, aunque fueran defendidas por su amigo el abad de Saint-Cyran. Vicente de Paúl empleó toda su fuerza de convicción contra la extraña tesis de éste, que afirmaba que la Iglesia de Cristo estaba muerta. Vicente sabía que somos enviados como otro Cristo para llevar a los hombres el fuego del amor. Todo el mundo debe saber que la Iglesia está viva, y que nosotros somos sus mensajeros.

En su lucha a favor de los pobres Vicente se metió literalmen­te en la boca del lobo durante la época de la Fronda cuando fue a ver a Mazarino. Fue en esa ocasión cuando pronunció aquellas palabras como un «imperativo categórico»: «Dad la paz al pueblo».

Las guerras civiles, los levantamientos eran, al final de la Edad Media y en la época de la Reforma, moneda corriente. ¿Pero quién escuchaba el grito de dolor de los pobres, quién pensaba en ayudarles de verdad’? Con mucha frecuencia los señores que se enfrentaban a los grupos de insurgentes estaban atinados y resul­taban por supuesto vencedores. Las autoridades no se molestaban en serio en mejorar la situación lamentable de las clases sociales más bajas. Lo importante era mantener el orden. Recordemos las guerras de los campesinos que tuvieron lugar unos cien años an­tes de los esfuerzos desplegados por Vicente. Lutero atizó con sus escritos la furia y la rabia para destruir a los amotinados. Es bien conocida la reacción de Lutero: «¡Matad a esos perros locos, matadlos!». Y al final Lutero se puso del lado de los príncipes. No disminuyeron las desgracias, pero el poder de las autoridades salió reforzado de aquellas luchas. No fue así el caso de Vicente de Paúl. Se puede comprobar que siguió el camino opuesto. Él decía, igual que Cristo: «Me da pena la muchedumbre».

Vicente no pensaba más que en el bien de los pobres en su lucha contra el jansenismo, y en tiempo de guerra reclamaba con todas sus fuerzas soluciones políticas para conseguir la paz; le preocupaba ante todo la seguridad física del pueblo.

La ayuda material y el servicio espiritual encontraban en él su expresión más excelsa. Vicente dio incluso un paso que tuvo una gran resonancia política. Con la esperanza de convencer a Mazarino para que pusiera fin a la Fronda, a aquellas luchas in­testinas y a aquella horrible guerra civil, envió al papa Inocencio X una larga carta. Esta carta constituye un testimonio sobre esta época y sobre los horrores de aquella guerra cruel. Ciertamente, los pobres son siempre los grandes perdedores y los que sufren más durante esas guerras.

Vicente decía que los pobres eran su dolor y su preocupación. Trataba de convencer de lo mismo a sus hermanos y hablaba, por ejemplo, de «la obligación que tenemos de trabajar por la salva­ción de las pobres gentes del campo, porque esa es nuestra voca­ción».

El amor compasivo cambia la sociedad

Vicente conoció dos Frondas, igualmente devastadoras am­bas, y vio la campiña francesa saqueada de manera terrible duran­te la guerra de los Treinta Años (Richelieu se había aliado con los protestantes contra los Hausburgos que eran católicos). Se puso por ello a intentar suavizar la suerte de los pobres por medio de grandes organizaciones caritativas. Recibió por ello el título ho­norífico de «Padre de la Patria». Sin embargo su manera de actuar ha encontrado muchos espíritus críticos, ya desde el siglo XVII y en tiempos posteriores, que creen esta su manera de ayudar a los pobres, muy dudosa desde el punto de vista político.

Vicente ha sido acusado de haber ahogado con pan el grito de los campesinos y sus deseos de revolución. Se le acusa incluso como responsable de haber atrasado en dos siglos la Revolución francesa

¡Podríamos preguntarnos qué se hubiera ganado con ello!

En todo caso Vicente no se hubiera molestado en responder a esas acusaciones. Es totalmente absurdo querer clasificarle como progresista o como revolucionario. Los pobres, que representa­ban el misterio de Cristo, eran su pasión, y entregó su vida entera y todas sus fuerzas a favor de la causa de los pobres.

En tiempos en que el papel del Estado se reducía a encadenar las guerras unas con otras, Vicente apelaba a todas las energías disponibles para combatir la miseria y tomaba medidas muy con­cretas. Vicente quería sacudir a la sociedad, sensibilizarla ante el sufrimiento de los demás. Conocemos la importancia de las organizaciones caritativas que él creó a favor de la población des­pojada, y ello sin esperar una gratitud eterna. Su único motivo era la preocupación urgente de hacer el amor de Cristo palpable a otros seres humanos. Cuando la persona de Jesucristo se trans­parenta en cada pobre, en cada ser que sufre y finalmente en cada uno de nosotros, entonces el Pobre se convierte en nuestro amo y señor. Esa sería la verdadera revolución del amor. Cambiaría las estructuras de la sociedad, aboliría las barreras sociales con todo el orgullo y la conciencia de clase que conllevan.

Vicente nos ha indicado el camino de una tal acción, la única capaz de revolucionar el mundo. Se la encuentra en las palabras de Cristo y en todo el evangelio. Vicente tenía el empeño de trans­mitir esa bondad y ese amor a los miembros de la Misión y a las heiinanas. Un texto bien conocido resume su pensamiento: «No basta con tener caridad en el corazón y en los labios; debe pasar a las obras, y entonces será perfecta y se hará fecunda engendrando el amor en los corazones hacia los cuales se practica; así se gana a todo el mundo […] hacerse todo a todos para ganarlos para Je­sucristo […] [de ese modo] nos ponemos en el lugar de Nuestro Señor, que fue el primero que la practicó94».

Los hechos han probado que esas bellas palabras no fueron una mera teoría expresada en un gran sermón. En efecto, el amor caritativo había ya conquistado una buena parte del «mundo». ¿Como si no hubiera podido Vicente de Paúl encontrar los gi­gantescos medios para ayudar a las provincias devastadas por la guerra?

Podemos leer lo que sigue en una carta dirigida a uno de los sacerdotes de la Misión: «La duquesa d’Aiguillon y la presidenta de Herse me han enviado a buscar a casa de una de ellas, donde estoy ahora, para estudiar los medios de ayudar a la pobre región de Champagne, donde están los ejércitos, que la han reducido a un estado lastimoso. Me temo que no podamos hacer grandes es­fuerzos porque ya se han hecho gastos grandes para asistir a esa diócesis, en la que hacen falta cada semana seis o siete mil libras. Todo París contribuye a eso y proporciona todas las cosas nece­sarias para la vida humana en alimentos y ropa, para las enfer­medades y para trabajar. Se han abierto varios almacenes en esta ciudad, al que la gente lleva lo que buenamente puede dar. Hay un gran tonel en el almacén general donde se pone sal que no se vacía nunca, aunque se saca de él todos los días para llevarlo a los campos, como se hace con todo lo demás. […] Los señores [de la Compañía] del Santísimo Sacramento hacen maravillas en todo ello en esta ciudad, así como los religiosos en los campos en la distribución y la asistencia a las pobres gentes. Nosotros no tenemos allí más que tres personas, […] los sacerdotes que no han muerto ya nos impiden enviar a más, y por eso ha habido que recurrir a los religiosos».

En todas sus acciones Vicente ponía en el lugar más alto la dignidad de los pobres. Asumía este servicio a Cristo hasta sus últimas consecuencias. No dudaba, cuando apelaba a la pobla­ción de París a que diera su ayuda, en mostrar esta disponibilidad que llegaba hasta el sacrificio de su vida. Leemos en sus escritos: «Dadles vuestro dinero, nosotros les damos nuestra vida».

Podemos fácilmente imaginar que Vicente de Paúl pudo pre­sentar a sus contemporáneos una sociedad ideal, en la que los po­bres serían «señores y amos». Y así podríamos saludar la llegada del reino de Dios.

Se inculcaba a las primeras hijas de la caridad esa visión del mundo y de los seres humanos. Por otro lado hoy nos seguimos refiriendo a los mismos principios fundamentales. Leamos este texto: «Estáis destinadas a representar la bondad de Dios entre esos pobres enfermos. […] Hay que tratar a los pobres enfermos con dulzura, compasión y amor, pues ellos son vuestros amos y también los míos. Hay una cierta Compañía […] que llama a los pobres nuestros amos y señores, y tienen razón. ¡Oh!, ¡Cuán gran­des señores son en el cielo! Ellos serán los que abran la puerta, como se dice en el evangelio. Eso es lo que os obliga a servirles con respeto, corno a vuestros amos, y con devoción, porque repre­sentan la persona de Nuestro Señor, quien ha dicho: ‘Lo que ha­gáis al más pequeño de mis hermanos, me lo hacéis a mí mismo’. De manera, hermanas mías, que Nuestro Señor está en efecto con ese enfermo que recibe el servicio que les dais. Y según eso, de­béis tener cuidado no solo en evitar la rudeza y la impaciencia, sino además procurar servirles con cordialidad y una gran dulzu­ra, aun a los más fastidiosos y difíciles».

Proponía con ello Vicente un ideal de sociedad que, si se hu­biera realizado, hubiera evitado cualquier revolución. Vicente de Paúl animaba continuamente a lo misioneros, a las hermanas y a las Damas de la Caridad a ser amables y atentas hacia los pobres, y de ese modo enseñar a los hombres a amar a Dios.

Esta exhortación a entregar a los hombres el amor de Dios persistirá hasta el fin de los tiempos, pero también caerá conti­nuamente sobre oídos sordos, también después del ejemplo que ha dado Vicente. Como se puede leer en un libro de historia: «Las guerras numerosas y los gastos excesivos de la corte repercutían gravemente sobre las condiciones de vida del pueblo. Mientras que Luis XIV celebraba fiestas en Versalles, el pueblo pasaba hambre. Todas las mañanas se encontraba a hombres y mujeres muertos de frío en las calles. Pero la pobreza reinaba también en los campos. Esa es la razón de que no pasara un año sin le­vantamientos de mayor o menor importancia. Se puede por eso comprender por qué las gentes lanzaron injurias y juramentos al paso de la carroza fúnebre de Luis XIV y por qué arrojaron con­tra ella basura y piedras. Ciertamente, las órdenes religiosas, la Compañía de San Vicente de Paúl y los Hermanos de las Escuelas Cristianas intentaban remediar la miseria social, pero no bastaban sus solos esfuerzos. Aquellas condiciones insoportables de vida y la indiferencia de los reyes hacia los problemas sociales ayudaron sin duda a que llegara la Revolución Francesa».

Una nueva clase de revolución, una nueva manera de inter­pretar la religión, se impusieron gracias a Vicente de Paúl. Como otro Cristo, él se metió en el mundo de los pobres no como agi­tador que reparte palabras de odio e ideologías destructoras, sino como un servidor que lleva ayuda a los que se encuentran en la mayor miseria. Se ofrecía de ese modo como portador de esperan­za y de fe para el futuro.

En ese sentido, los admiradores de san Vicente —que son mu­chos en la Iglesia- tienen una gran responsabilidad. Deben, como María, «presentar a Jesucristo en el templo», a fin de que Cristo sea reconocido y acogido en cada ser humano.

Por lo demás, debemos, igual que Vicente, «hacernos todo a todos, para ganarlos para Jesucristo». Eso sería ciertamente la lle­gada del reino de Dios.

 

«Nuestra vocación es ir […] por toda la tierra,

[…] abrazar los corazones de los hombres,

hacer lo que

hizo el Hijo de Dios, que vino

a dar fuego al mundo para inflamarlo

con su amor».

(XI 553)

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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