LUISA de MARILLAC (V): Luisa de Marillac: siguiendo a Jesucristo crucificado

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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El rostro de Cristo en Luisa de Marillac

En los primeros días de febrero de 1613 tuvo lugar una reunión ceremoniosa en la casa de la familia d’Attichy en París, con ocasión de la redacción y filma de un contrato matrimonial. Los contratantes eran: Monsieur Antoine Le Gras, secretario de la reina regente María de Médicis, hidalgo rural originario de la Auvernia, cuya familia procedía de tronco honorable en proceso de convertirse en nobleza de toga, y Mademoiselle Louise de Marillac. Pertenecían a la familia de esta: un superintendente de la reina, un chambelán del rey, un consejero y guardasellos del rey, un consejero del tribunal de apelaciones, quienes, lo mismo que sus esposas, pertenecían a la alta sociedad.

Hablemos de Luisa: 21 años y un buen partido si se tienen en cuenta los títulos citados. Se redactó y se firmó el contrato.

Luisa podría haber sentido una cierta satisfacción al oír nom­brar todas aquellas personas con nombres famosos, pero ella tuvo que escuchar la lectura del documento y fumar su nombre, que ella misma describía así: «Luisa de Marillac, hija natural de Louis de Marillac», sin mencionar el nombre de su madre. De modo que a toda aquella compañía ilustre de tías y tíos se le consideraría como amigos de los futuros esposos. La familia d’Attichy, que proporcionó su vivienda para la recepción, había sin duda permi­tido que aquella ceremonia tuviera lugar en su mansión, pero una ley férrea no permitía considerar a la joven esposa como pariente próximo. Y sin embargo Valence d’Attichy era hermana del padre de Luisa.

El 5 de febrero de 1613 tuvo lugar la ceremonia religiosa en la iglesia de Saint-Gervais. Luisa sería en adelante Mademoiselle Le Gras. Pertenecía por su matrimonio al entorno de la reina madre, pero no figuraría en el árbol genealógico de los Marillac. Ironías del destino, se podría decir, porque llegó a ser una santa canonizada precisamente con ese apellido, y de ese modo hizo entrar el nombre de la familia en la eternidad, nombre que le fue negado a la niña Luisa de la manera más sistemática y dolorosa.

La felicidad que conoció la joven pareja fue de corta dura­ción. El crecimiento de su hijo Michel era fuente de preocupa­ciones para Luisa. Los problemas económicos de sus parientes afectaban a la familia Le Gras. Encima de todo ello, Antoine Le Gras cayó enfermo, y la amargura se apoderó de un corazón que había llevado una cruz durante la infancia y la adolescencia. Años más tarde diría ella misma que se había casado para obedecer a su familia, que ella había querido hacerse religiosa, ingresar en un convento y llegar a pronunciar votos.

Pero ahora experimentaba dificultades económicas y domés­ticas, y se encontraba en un gran desasosiego. Creía haber viola­do por su matrimonio el voto de hacerse religiosa. Atravesó una prueba de larga duración, y en la oscuridad de su noche se dejó llevar de la desesperación. Pero luego vino el día de Pentecostés de 1623, que marcó un giro decisivo en su vida. En un instante, durante la santa misa, le sobrevino una gran calma. Sintió la ve­nida del Espíritu Santo. A partir de ese momento la vida de Luisa seguirá ascendiendo hacia la santidad.

Al comienzo del año 1625 Luisa se puso bajo la dirección espiritual del señor Vicente de Paúl. Aquí nos encontramos una vez más con otro milagro de la Providencia. Ambos tuvieron du­das al principio, pero luego lo aceptaron. Luisa estaba ya en los treinta y cuatro años y tenía un hijo de once. Había sido marcada por el sufrimiento. Esto escribiría más tarde: «Él me ha dado tan­tas gracias tan grandes como la de hacerme saber que su voluntad santa era que yo fuese hacia él por la cruz, que su bondad ha que­rido que yo llevase desde mi nacimiento mismo, no dejándome casi nunca en todo tiempo sin ocasiones de sufrimiento».

Cuando el señor Vicente aceptó encargarse de su dirección espiritual Luisa era ya una mujer madura. Había atravesado una «noche oscura». Esa primera purificación que había sufrido pa­sivamente, pero que fue muy dolorosa, terminó con la muerte de Antoine Le Gras el 21 de diciembre de 1625. Pero aún tenía que sufrir mucho, pues iban a caer sobre ella las múltiples preocu­paciones anejas a la vida de cada día, a las que se iban a añadir otros problemas y complicaciones y que ella tenía que resolver, pero sobre todo tenía que hacer frente a las incertidumbres del futuro. Vicente de Paúl le exhortaba a mantenerse en calma y a permanecer alegre, pero ese era precisamente el problema que tenía que resolver. Hasta el presente había soportado ella sola una lucha por la supervivencia en medio de una sociedad fuertemente jerarquizada y marcada por las diferencias de clase social. Por otro lado, en su vida espiritual perseguía una sola y única meta. Quería curarse de las heridas que seguían abiertas, infligidas por una vida de sufrimientos, por medio de una liberación radical de todo apego, de un rechazo de todo amor propio, todo lo cual le po­dría haber llevado a una especie de destrucción de su ser. Vicente de Paúl caminaba a su lado, pero sin imponerle nada, respetando la espiritualidad que ella había escogido, pero le invitaba, dando pruebas de una gran delicadeza, a dejar de lado sus crispaciones. Tenemos algunos documentos del tiempo que pueden ilustrarnos acerca de su vida de oración.

En 1628 consignó por escrito sus ejercicios espirituales para dar cuenta de ellos al señor Vicente. Vicente de Paúl le había dado la regla y el método con todo detalle, y Luisa obedeció. Ella ano­taba sus consideraciones sobre la divinidad y sobre la humildad, que pide desprenderse de la preocupación por una misma. En­trando en el estado místico escribe que no quería buscar «ni las ternuras del Espíritu ni los consuelos». Deseaba abandonar «vo­luntariamente la tierra de nuestras sensualidades para unir[se] a la esencia de su divinidad». Como se puede ver, Vicente de Paúl tenía aún mucho que hacer para convencer a Luisa de que llevara una vida en Dios sin excluir el lado puramente humano de una existencia centrada en Cristo.

Hasta aquel momento los pobres no habían entrado en su vida. El señor Vicente tampoco la orientaba por ese camino; esperaba con paciencia y con prudencia los signos que señalaran la volun­tad de Dios. Luisa veía desde hacía tiempo al señor Vicente en ac­ción en sus numerosas obras misioneras y sus múltiples activida­des caritativas. Y llegó a comprender que quería dedicar su vida al

servicio de los pobres. Tomó esa decisión y la comunicó al señor Vicente, quien dio una muestra de gran alegría. ¡Por fin! Después de la muerte de su marido Luisa había estado buscando su camino durante dos años y medio. Por su lado el señor Vicen­te se había dado cuenta desde hacía tiempo del regalo precioso que Dios le había dado en la persona de Luisa de Marillac. Supo orientarla hacia su entrega a Dios, supo llevarla hacia Jesucristo, venido al mundo para cumplir la voluntad de su Padre y para darnos su vida como ejemplo. Podemos conocer bien cuál fue el camino de Luisa para acercarse a la persona de Cristo leyendo lo que escribió hacia 1633: «El único medio que tengo de alcanzar misericordia en la hora de la muerte es que se encuentre en mi alma en aquel momento la impronta de Jesucristo62». La represen­tación que había tenido en su juventud de un Dios majestuoso, se­vero e incluso vengador, se había metamorfoseado, por influencia de Vicente de Paúl, en una imagen de Jesucristo que se ha unido a los seres humanos por amor. Entonces Vicente exhortó a Lui­sa a seguir su deseo de participar en obras caritativas. Él estaba seguro de que Luisa estaba ya suficientemente bien dotada para esta nueva forma de vida espiritual. Luisa salió de su soledad. Por fin se encontró a sí misma, se abrió para ser una persona activa. Las Cofradías fundadas por Vicente de Paúl le ofrecieron la oca­sión adecuada. Aquellas cofradías, dedicadas a ayudar y a amar al prójimo, se desarrollaron mucho con el entusiasmo inicial, pero pronto hizo falta alguien que cuidara de que se guardase el buen orden y la buena organización.

«¡Vaya usted en nombre de Dios!» Esa era la misión que se le encargaba a Luisa: una aventura excepcional para una mujer de su rango. Pero fue capaz de demostrar su competencia en un amplio abanico de actividades. Pero Luisa tenía una constitución frágil. Temía, sobre todo en invierno, no poder soportar los des­plazamientos hacia las cofradías situadas en las afueras de París. Esto escribe en febrero de 1630, a la edad de 38 años y viuda desde hacía cuatro: «En la santa comunión de aquel día me sentí urgida a hacer un acto de fe, y este sentimiento me duró mucho tiempo, pareciéndome que Dios me daría salud, convencida de que él podía, contra toda apariencia, dadme la fuerza, y que él lo haría, acordándome con frecuencia de la fe que hizo caminar a san Pedro sobre las aguas.

Y a lo largo de todo el viaje me pareció que obraba sin po­ner nada de mi parte, sintiéndome muy consolada por que Dios quisiera, siendo yo tan indigna, que yo ayudara a mi prójimo a conocerle. Salí el día de santa Agueda, 5 de febrero, hacia Saint-Cloud; en la santa comunión me pareció que Nuestro Señor me daba el pensamiento de recibirle como el esposo de mi alma, y que aquello era una suerte de esponsales, y me sentí unida más fuertemente a Dios con esta consideración, que me pareció fuera de lo ordinario, y tuve el pensamiento de dejar todo para seguir a mi Esposo y de verle en adelante como tal, y soportar las dificulta­des que encontrara, y recibirlas como en comunidad de bienes».

Gracias a san Vicente Luisa ha conseguido unir contempla­ción y acción. Se trataba de la contemplación de Cristo, pues la experiencia de Dios en Jesús tiene lugar fundamentalmente en la eucaristía. De ahí brota el deseo de seguirle y de imitar su vida humana, de hacer que él sea el modelo, y de tomar la resolución de «imitarle como una esposa trata de conformarse a su esposo». Luisa era consciente de que Dios había producido en ella efectos extraordinarios. Lo que sentía se parecía, según ella, a un matrimonio consumado. Tenía la impresión de que a partir de aquel momento había entre ellos comunidad de bienes, como su­cede en lo civil. Pero sobre todo sentía que Dios obraba en ella como sobre un objeto, «sin ninguna contribución por mi parte», por decirlo con sus propias palabras. Así preparada, se puso en camino para ayudar a los pobres, en Asniéres, en Saint-Cloud. Movida por esa unión mística solucionaba con toda naturalidad los problemas prácticos. Se informaba, aportaba orden y paz y sabía provocar nuevos ánimos. Iba en persona a preocuparse por las raíces de la miseria, pero bebía también de la fuente del amor caritativo. Por desgracia, no era siempre bien comprendida. Hubo tanto laicos como religiosos que le exigían explicaciones o que la rechazaban. Tuvo que luchar también con este tipo de problemas. Se sentía a veces turbada, pero nunca desanimada. Sabía cuál era su misión. Había consignado por escrito e inscrito en su corazón que Jesús se había hecho hombre por amor, y que ella tenía que continuar su obra de amor caritativo.

La encarnación de Jesús: Luisa dedicó muchas reflexiones y oraciones a este misterio. Admiraba grandemente la venida de un Dios que había aceptado hacerse hombre. Le maravillaba tam­bién la «profunda humildad de la divinidad». Sí, ¡aquella memo­rable humildad! Lo que debía imitar en Jesús era ante todo su humildad. Ella era muy consciente de su propio carácter altivo. ¿Era así por naturaleza, o era una reacción al hecho de haber sido marginada en su juventud? Ella, que había sido dejada de lado por su familia y por la sociedad. La humildad que había mostrado Jesús al encarnarse lo exaltó literalmente. Luisa descubrió que no llegaría a Dios en este mundo más que siguiendo el camino de Jesús. Comprendió que tenía que aceptar en lo más profundo de sí misma lo que la sociedad exigía de ella desde hacía tiempo. Y por todo ello meditaba en sus ejercicios espirituales los misterios de la encarnación, del nacimiento, de la infancia, del bautismo y de los sufrimientos de Jesús.

La autenticidad de su propia humildad iba a ser muy pronto puesta a prueba por los sucesos políticos que afectaron muy de cerca a la familia Marillac. Sus dos tíos, Michel y Louis, herma­nos de su padre, cayeron en desgracia ante Richelieu. Michel, el guardasellos del reino, fue enviado al destierro y puesto en pri­sión. Murió dos años después de ser detenido. Su tío Louis fue condenado a muerte y ejecutado en París. ¡Tiempos de verdadero terror en el plano político! Luisa, una Marillac, sintió una vez más sobre ella el peso de la cruz. El señor Vicente intentó darle apoyo, orientarle hacia lo esencial, es decir, la compasión de Dios por los fallecidos. En aquel caso recurrir al orgullo familiar no hubiera servido de ninguna ayuda. Jesús crucificado enseña a los que sufren a aceptar. Luisa comprendió una vez más que la verda­dera unión del ser humano con Dios no puede tener lugar más que sometiendo nuestra voluntad a la voluntad divina.

Luisa tenía la impresión de estar unida a la voluntad de Dios; hay que situar, por supuesto, su piedad en su propio tiempo. Sa­bía que Dios tenía para ella un designio desde toda la eternidad, un plan divino. No tenía que hacer más que trabajar en su reali­zación. Conformaba su vida a esa voluntad y en ella encontraba consuelo y seguridad. Al leer sus escritos nos puede sorprender el ver cómo para Luisa la predisposición para el sufrimiento se daba por supuesta. Meditando acerca del amor de Dios tomó esta resolución: «Quiero hacer todo lo que pueda para permanecer en la práctica del santo Amor, y dulcificar mi corazón contra toda acrimonia que le contraríe».

Expone a continuación su resolución: «Las almas que Dios destina al sufrimiento deben amar mucho ese estado, y pensar que sin una asistencia muy especial de Dios no pueden serle fie­les… me ha concedido tantas gracias que me ha dado a conocer que su voluntad santa es que vaya hacia él por la cruz, que por su bondad he tenido que llevar desde mi mismo nacimiento, no dejándome en casi ninguna edad sin ocasiones de sufrimiento; y después de haberme llevado a estimar y desear ese estado, me he confiado a su bondad»». Como diríamos en un lenguaje más se­cularizado: «hay que hacer de la necesidad virtud». Podemos sin embargo comprobar la santidad de su heroísmo, pues consiguió transformar su angustia sicológica en una virtud digna de la más alta admiración.

La lista de sus sufrimientos es verdaderamente impresionante. No llegó a gozar del amor de una madre, conoció las congojas de la duda por causa de su vocación, se le casó con un hombre que no había escogido, su matrimonio le aseguró una posición muy discreta, la salud frágil de su hijo fue una preocupación constante. Ella misma se vio afectada por graves depresiones y por una salud frágil. La lista está lejos de ser exhaustiva. Pero Vicente de Paúl le enseñó otra manera de ver la voluntad de Dios, y le explicó que esa voluntad no es un futuro, una predestinación inevitable («Dios ha querido que yo nazca para sufrir»), sino la aceptación de la Buena Nueva anunciada por Jesucristo y el esfuerzo constante por obrar en la tierra como lo hizo el Hijo de Dios mismo. En todo ello tenemos verdaderamente la impresión de que se revela Vicente de Paúl.

Gracias a Vicente de Paúl, Luisa aprendió a unir el cumpli­miento de la voluntad divina al de su misión, como lo dice él mismo: «Nuestras acciones no son ya acciones humanas, ni angé­licas, sino acciones de Dios, pues están hechas en Él y por Él». Ella extrae de ello la conclusión de que estamos ya en esta vida unidos a Dios, cuando hacemos lo que él mismo hizo en la tie­rra. Pero eso no se resume simplemente en imitar las acciones caritativas de Jesús; encontramos en sus escritos la «resolución generosa de honrar la adorable vida oculta de Nuestro Señor»». Le atraían fuertemente las representaciones de Jesús en brazos de su madre. Ella misma era madre, pero esa forma de piedad puede también que encontrara su origen en sus años de infancia.

El señor Vicente le animó a seguir esa dirección y le reco­mendó el honrar la vida oculta de Jesús durante los treinta años que pasó en Nazareth. Esta contemplación de Jesús nos recuerda a Bérulle, que puso en el centro de su teología y de su espirituali­dad lo que él llama «estados» de Jesús. Luisa encontró en su vida razones y ocasiones de dar un contenido a su contemplación. Por el tiempo en que anotaba esas reflexiones estaba en pleno traslado desde su vivienda para ir a vivir a la calle Monge, en la parroquia de Saint-Nicolas-du-Chardonnet. Vicente de Paúl se había insta­lado muy cerca, en el edificio de Bons Enfants, que por otro lado dejó muy pronto para ir a vivir a San Lázaro.

Luisa aceptó la voluntad de Dios: «Ir a la nueva vivienda, para honrar a la divina providencia que me conduce a ella, y hacer en ella lo que la divina providencia permita que haga. Por este cambio de morada honrar el de Jesús y la Santísima Virgen de Be­lén a Egipto, y luego a otros lugares, no queriendo más que ellos el tener morada propia en la tierra»». No era dueña de la vivienda, sino que vivía en alquiler y tuvo que cambiar varias veces de vi­vienda, hasta que pudo comprar una casa, la primera Casa Madre. El hijo de Luisa, Miguel, estaba por este tiempo en un internado. Tenía diecinueve años y era motivo de muchas preocupaciones para su madre.

Se le abrieron a Luisa nuevos horizontes con la fundación de la Compañía de las hermanas en 1633. Vio en ella la realización de lo que le había anunciado la luz de Pentecostés diez años antes: servir a su prójimo con la ayuda de otras personas, con idas y ve­nidas, lo que excluía una vida detrás de los muros de un convento. De esta época datan numerosos escritos que dan testimonio de sus actividades así como de su espiritualidad.

Por nuestra parte, apreciamos y admiramos en Luisa de Marillac sobre todo a la formadora que forjó a tantas hermanas, y a la que ayudó, junto con las hermanas, en la realización de obras numerosas de san Vicente, y en la creación de otras. El señor Vi­cente dirigía la vida espiritual de Luisa con prudencia y solicitud, pero fue claramente él quien le convenció de la importancia del servicio a los pobres. El pobre no era el objeto, sino el fruto de la contemplación de ambos. El pobre llegó a ser el centro y el fin de sus obras, de la formación de las hermanas, de sus cartas a las comunidades de las hermanas. La experiencia espiritual vivida en su juventud se expresaría en adelante en el deseo de seguir los pasos de Cristo, y ella se sentía como sumergida en su voluntad. Quería imitar «la santa humanidad de Nuestro Señor», y se ins­piraba enteramente en su manera de obrar. Hacer lo que Jesús hizo en la tierra, poseer su dulzura y su bondad, tener su humil­dad y la misma obediencia hacia el Padre, y sobre todo vivir, igual que él, una vida de misericordia y de servicio. Ese Dios, que le había hecho llevar la cruz como una fatalidad, que le había destinado al sufrimiento desde su nacimiento, se revelaría en adelante en Jesús como un Dios de amor y de compasión. Eso es lo que decía a las hermanas jóvenes animándoles a servir a Cristo ayudando a los innumerables pobres y miserables que esperaban su ayuda.

Ella era testigo cercano de una pobreza y de una miseria in­creíbles, y reconocía que la pasión de Cristo era la única fuerza redentora. Escribe: «Sin muerte no hay resurrección. Nadie re­sucitará con Cristo si no ha muerto con él». Jesús crucificado será para ella en adelante el símbolo del desprecio, del sufrimiento, pero también de la bendición y de la liberación. Se puede hacer una pequeña prueba: en efecto, a partir del año 1639 concluirá la mayor parte de sus cartas a las hermanas, y a veces también las que dirigía a otras personas, con estas palabras: En el amor de Jesús crucificado… No escribe esas palabras al señor Vicente sino a las hermanas, porque la idea de escribir esas palabras era animarles a llevar a cabo su acción caritativa, e incluso a poner su vida en peligro, por el amor de Jesús crucificado. Después de contemplar a Cristo flagelado, despreciado y cargado con la cruz, exhortaba a las hermanas: «¿No queréis, mis queridas hermanas, seguir a ese Jesús tan amable aunque esté lleno de heridas y carga­do con la cruz? Paréceme que os veo cargadas con ella tal como él nos la ha ofrecido, de modo que todas, llenas de amor y de valor, digáis con el apóstol santo Tomás: vayamos y muramos con él».

Luisa de Marillac tuvo muchas ocasiones de prodigar a las hermanas palabras de aliento similares a esas, pues debían con frecuencia comportarse heroicamente. Las guerras numerosas, con su carga de pillajes y de homicidios, las largas filas de refu­giados exigían enormes esfuerzos por parte de la pequeña Com­pañía. Las hermanas tenían que estar dispuestas a hacer frente incluso a la muerte, y a no retroceder ante ningún obstáculo para llevar su ayuda. Para Luisa se trataba de imitar y seguir a Cristo con plena consciencia de lo que estaba en juego, y aceptar por ello las condiciones y las consecuencias de ese compromiso. ¡Cuántas hermanas fallecieron por agotamiento y por enfermedades conta­giosas! Escribía en esos casos: «Como Jesús hace suyas nuestras necesidades, es muy razonable que sigamos e imitemos su vida humana tan santa. Este pensamiento ha ocupado mi espíritu, y movido por él he tomado la firme resolución de seguirle en todo, […] y con ese fin he tomado la resolución, en todo asunto y en toda ocasión dudosa, de ver qué es lo que hizo Jesús, y de honrar su sometimiento a su santa Madre durante algún tiempo con la dependencia propia de un hijo. […] Con mucho gusto me pondré en una actitud de santa indiferencia para tener una mejor dispo­sición de recibir la llamada de Dios y cumplir su santa voluntad […], que deseo sea cumplida en mí totalmente, y quiero ofrecer toda mi vida a Dios con ese fin».

Vistas las vicisitudes de la vida diaria y los obstáculos que se encontraban las hermanas, Luisa tuvo muchas ocasiones para poder comparar las dificultades a situaciones semejantes en la vida de Jesús y seguir su ejemplo para vencerlas. Luisa escribía a sus hermanas cartas en las que les hablaba con toda crudeza, en un tono que podría sorprendernos. Pero las hermanas le entendían muy bien, aceptaban lo que les decía y obraban en consecuencia. Véase por ejemplo esta carta a sor Ana: «Nuestras queridas her­manas, a las que deseo totalmente santas para trabajar útilmente en la obra de Dios, pues no basta ir y dar cosas, sino que hay que tener un corazón despojado de todo interés, y no cesar jamás de trabajar en la mortificación general de todos los sentidos y pa­siones, y para ello, mis queridas hermanas, debemos tener con­tinuamente ante nuestros ojos a nuestro modelo, que es la vida ejemplar de Jesucristo, a cuya imitación hemos sido llamadas, no solamente como cristianas sino aún más por haber sido escogidas por Dios para servirle en la persona de los pobres».

Escribía en el mismo tono directamente a sor Elisabeth Turgis: «Debemos trabajar para ganarnos la vida. […] Dios no nos ha librado de la preocupación de ganarnos el pan para colocarnos en una vida fácil y tranquila, sino para trabajar con mayor dedica­ción, a imitación de su Hijo».

Recomendaba incluso esta imitación a una hermana a punto de fallecer: «Si es la santa voluntad de Dios llevarse su alma, su nombre sea bendito; sabe él muy bien la pena que me da no poderle asistir en este último acto de amor que creo que hará de entregar su alma con gozo al Padre Eterno, deseando que honre el instante de la muerte de su Hijo».

Luisa se sentía llamada por el Jesús del evangelio a seguirle, aún más, a imitarle. Bajo esa luz lo presentaba a las hermanas en sus cartas y conferencias, a fin de que las hermanas en sus ejerci­cios espirituales entraran en contemplación de la vida y la muerte de Jesús. De los «estados», es decir, de las situaciones de la vida de Jesús, escogía todos los que las hermanas debían practicar en su propia vida, para poder «caminar únicamente en seguimiento de Jesús».

Ella misma estaba decidida «a seguirle sin ninguna reserva, sintiendo el consuelo de ser tan dichosa por haber sido aceptada por él para vivir toda mi vida en su seguimiento».

Ponerse en seguimiento de Cristo, imitarle, no consistía en copiar de manera a la vez concreta y anacrónica lo que Cristo hizo y anunció en su vida. Poner sus pasos en seguimiento de los de Cristo significaba para Luisa asumir su propia vida y de ese modo continuar la de Jesús. Jesús representaba para ella el ideal al que tender, el espíritu que daba vida a su vida.

Quería acoger la vida de Jesús en ella, hacer de él el motor de su existencia propia, y nutrirse de la dinámica interior de la actividad de Jesús, es decir, de su Espíritu. Para ello tenía que despojarse de sí misma para crear un espacio a las virtudes de Cristo, en particular la humildad, la sencillez y el amor. No pode­rnos asegurar que caminamos tras los pasos de Cristo más que si el Espíritu de Jesús está en unión perfecta con el nuestro.

Luisa estaba segura de que transmitía fielmente los pensa­mientos y consejos del señor Vicente cuando escribía las siguien­tes palabras a la hermana Mathurine Guérin: «Le ruego, mi que­rida hermana, que tenga buen cuidado de leer nuestras cartas [las de los dos fundadores] para recibir por ese medio el espíritu de Jesucristo, sin el cual todo lo que decimos y hacemos no es más que un címbalo que suena».

Luisa dirigía estas líneas a hermanas que soportaban la carga pesada del servicio a los pobres, de hermanas que por asistir a los heridos, los huérfanos o los refugiados se encontraban en zo­nas en las que la guerra producía estragos. Ella misma tenía todos los días una agenda muy cargada. Planificaba, animaba, exhorta­ba, sufría encima de todo ello dolores físicos, y su hijo le causaba preocupaciones. Por otro lado organizaba fundaciones nuevas y veía amenazado el espíritu de la joven compañía porque padecía influencias malas. Con ocasión de una peregrinación a Chartres rogó a Dios que destruyera la Compañía antes que dejarla deri­var lejos de la voluntad de Dios. Sin embargo, usando todos los medios a su disposición, aspiraba al reconocimiento de la joven compañía, aun no compartiendo en todos los detalles los puntos de vista del señor Vicente. Había adquirido, gracias a lo que deno­minaba la «luz de Pentecostés», la convicción y la certeza de que ella tenía que luchar para que se cumpliera aquella predicción. Quería vivir hasta la cruz la vida de Jesucristo, y dedicaba a ello todas sus fuerzas, aun cuando los esfuerzos necesarios fueran so­brehumanos. «Os sigo hasta el pie de la cruz, a la que he escogido como mi claustro79». Este amor puro no se dirigía, pues, a un Dios infinitamente grande y todopoderoso, sino a Jesús crucificado.

Una mujer como Luisa de Marillac, cuya vida no fue más que un sufrimiento continuado, no encontraba ningún obstáculo en entrar en la Pasión de Cristo por medio de la oración. En su co­rrespondencia con las hermanas ponía siempre a la vista al Cristo sufriente. Ese era su Cristo, y ese debía ser también el de las Hijas de la Caridad, que sufrían de la misma manera que la mayor parte de la gente en el siglo XVII, expuestas a todas clases de enfer­medades graves. De modo que les resultaba natural que tuvie­ran que tomar parte en los sufrimientos de Cristo en la cruz. Eso les daba consuelo y esperanza, no solo cuando estaban enfermas sino también cuando eran conscientes de pertenecer a una joven Compañía en sus inicios, y de que tenían que recorrer un camino sembrado de trampas antes de alcanzar el fin querido por Dios. Para Luisa seguir a Jesús significaba que el Espíritu de Jesucristo obra en nosotros y que nuestra vida es continuación de la suya. Y eso suponía un estilo de vida semejante al de Cristo. Caminar tras los pasos de Jesús implicaba el aceptar las luchas que ayuda­rían a cambiar el mundo de los pobres y de los oprimidos. Pero ante todo aquello exigía aceptar muchas vicisitudes, tomar parte activamente en los combates y en los sufrimientos de Cristo para el bien y la salvación de los pobres.

Luisa estaba persuadida de que Dios cargaba a los seres hu­manos con una parte de la cruz de Cristo, según la misión que Él esperaba de cada uno.

La fe le había librado para años posteriores del peso de la vida terrestre, y le había ayudado a superar sus angustias. Ella vivía en Cristo y Cristo vivía en ella. Su fe le movía a seguir a Jesús con gozo. Su naturaleza le llevaba ciertamente a retraerse con temor ante la cruz, pero superaba siempre la contradicción entre fe y razón gracias a la esperanza. La esperanza cristiana le daba la única respuesta válida que el ser humano puede dar al pro­blema del sufrimiento: todos los que siguen a Cristo encuentran justamente la esperanza en su cruz. La esperanza es lo que libra de la angustia. Vicente de Paúl fue ciertamente inflexible en esta evolución; fue incluso con frecuencia el agente principal.

La esperanza es contagiosa, y Luisa se la contagiaba a las hermanas. Lo podemos ver muchas veces en sus cartas: «Espero que Nuestro Señor tendrá en cuenta su caridad y escuchará sus oraciones […], y que por medio de ellas sus penas se mudarán en consuelos».

Los consejos de Luisa reflejaban su piedad y su agudeza sico­lógica, y los acompañaba a veces con consejos prácticos y útiles sobre la salud, tales como preparar las tisanas y otros remedios, de los que tenía un conocimiento sorprendente. Siempre mostra­ba un gran interés por la salud y sus remedios. Nunca aceptaba pasivamente las muchas enfermedades, males o sufrimientos que le afectaban a ella misma, a sus hermanas, o incluso a Vicente de Paúl mismo. Buscaba remedios, sobre todo en tiempo de guerra, o cuando, por ejemplo, las hermanas cuidaban niños abandonados.

El tono de sus cartas no era jamás pesimista. Vivía la esperanza y la alegría de la resurrección, el gozo y la paz en la aceptación del sufrimiento. Podemos encontrar el resumen de su disposición y de su vocación a llevar la cruz en una carta a una hermana enferma:

«Mi querida hermana: Nuestro buen Dios le hace participar profundamente en sus sufrimientos permitiendo que esté usted muy mal […]. Suplico a su bondad que le conceda sus consuelos de costumbre, que él da a las almas que quiere llevar a la santidad por ese camino. Dos cosas nos pueden ayudar mucho para ese fin: una, el amor que debemos tener a honrar los sufrimientos del Hijo de Dios, y la otra el pensar con frecuencia que esta vida es de corta duración, y que los sufrimientos, cuando se soportan bien, nos llevan a la felicidad eterna. Amémosles, pues, mi querida her­mana, y hagamos tantos actos de aceptación cuanto la voluntad de Dios los quiera para nosotros. Esté segura de que se trata de una señal del amor que Dios le tiene a usted, pues por medio de ellos le hace en algún modo semejante a su Hijo. Sufra pues con su misma entereza con sumisión a todo lo que Dios quiera de usted, y use todos los medios que se le den para recuperar su sa­lud. Ruego a sor Anne que cuide muy bien de usted […]; pero le ruego también a usted que le pida con toda confianza las ayudas que necesites».

Los grandes cambios en la vida de santa Luisa de Marillac le fueron con frecuencia impuestos con una cierta violencia, como a golpes de martillo; pensemos, por ejemplo, en su marginación por parte de su familia, en su colocación en la casa de una «señora pobre», en su matrimonio de conveniencia, en la prisión de su tío Michel y la decapitación de su tío Louis de Marillac. Ni tampoco olvidemos las preocupaciones causadas por las rarezas de su hijo ni, además de otros problemas, los que tuvo que afrontar en la fundación y consolidación de la joven Compañía…

Luisa sobrevivió a todos esos sucesos aferrándose a la espe­ranza de que lo predicho en la luz de Pentecostés, tendría lugar con toda seguridad. Creía firmemente que Dios la dirigía, que la amaba, y eso sostenía su esperanza con la vista puesta en Cris­to crucificado, que le acogía en su vida y en sus sufrimientos y que, finalmente, le permitía exultar con un gozo del todo interior, como la visión de una nueva luz, que le ayudaba a ver con toda claridad que «Dios es mi Dios». Luisa ha respondido a ese amor divino con toda la fuerza de su fervor, con la esperanza de ser liberada por la cruz de Jesucristo. Ella misma antes de morir escogió su epitafio, que se puede leer aun hoy mismo en la capilla lateral de su iglesia parroquial de Saint-Laurent, en París: en una cruz muy sencilla la inscripción:

 

SPES UNICA

“No basta con ir y dar;

hace falta un corazón

purificado de todo interés”

(SLM, p.259)

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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