Luisa de Marillac, Pensamiento 106: Pensamientos sobre la Inmaculada Concepción de la Virgen María

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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[i]E. 106. (A. 31 bis) (Pensamientos sobre la Inmaculada Concepción de la Virgen María). pp.823-824

280. Quiera Dios que pueda escribir por completo los pensamientos que su bondad me ha concedido la gracia de tener sobre la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen, para que el verdadero conocimiento que he tenido de sus méritos y del honor que le debo, así como la voluntad de tributárselo, no se aparten nunca de mi corazón.

Considerando esta santa Concepción, he visto al mismo tiempo la aplicación del designio de Dios en la Encarnación de su Hijo, a la materia que debía formar ese cuerpo virginal para que, sin dejar de ser verdadera hija de Adán, no hubiese en ella ninguna tara del pecado original ya que en ella debía formarse el Cuerpo divino del Hijo de Dios, que no hubiera podido satisfacer con su muerte a la divina Justicia si hubiese tenido parte en el pecado original. El cuerpo purísimo de la Santísima Virgen es la digna morada del alma que Dios le ha creado y uno y otra siempre fueron gratos a Dios, siempre enriquecidos, además de la Purísima Concepción, con los méritos de la muerte de su Hijo.

Y como vaso precioso, recibe continuo aumento de gracia con la que nunca dejó de embellecerse; por eso, con toda razón debe ser honrada por toda creatura y en especial por los cristianos ya que es la única pura creatura que siempre fue agradable a Dios, lo que la hace ser el asombro de toda la Corte Celestial y la admiración de todos los humanos.

Es también digno motivo para que se conozca y adore la omnipotencia de Dios que ha puesto en ella la gracia de dominar por entero a la naturaleza, salvándola sin que estuviese perdida, no sólo por misericordia, sino por justicia ya que no había pecado, y por ser necesario para la Encarnación del Hijo de Dios según sus divinos designios por toda la eternidad rara la Redención del género humano.

81. Debemos, pues, honrar esta santa Concepción que la ha hecho tan preciosa a los ojos de Dios y creer que sólo de nosotros depende el vernos ayudados por la Santísima Virgen en todas nuestras necesidades, ya que me parece imposible que la bondad de Dios le niegue nada pues no habiéndose apartado nunca de ella la divina mirada viéndola siempre según su Corazón, hemos de creer que su divina voluntad está siempre dispuesta a concederle lo que le pida, además de que no le pide nada que no vaya encaminado a su gloria y a nuestro bien. Hemos, pues, de ver las prerrogativas que tiene la Santísima Virgen por encima de todas las creaturas a causa de su Inmaculada Concepción.

La primera es que por una consecuencia necesaria, ya que fue concebida sin pecado, no ha tenido nunca en ella lo que me parece es concupiscencia o fomento del pecado, es decir, lo que induce a pecar, que es un mal general en todos los hijos de Adán.

282. ¡Ah!, ¡qué paz, qué suavidad, qué caridad, qué humildad hay en el alma de la Santísima Virgen! ya que es ese instinto el que tanto nos turba y nos induce de continuo a pecar.

Que el conocimiento que Dios nos da de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen nos mueva a glorificarle eternamente por esa obra maestra de su omnipotencia en la naturaleza puramente humana y nos haga admirar la belleza de sus pensamientos tan puros que no se inclinaron nunca a lo inútil ni se ocuparon en el pecado.

Que viendo la miseria de los humanos concebidos en pecado que les lleva de continuo a elevarse contra Dios en palabras ofensivas, lleguemos a conocer el honor que con las suyas siempre proferidas en justicia y verdad, tributó la Santísima Virgen a Dios.

Y que los amantes de esta Santísima y Purísima Virgen estén atentos a considerar sus acciones que nunca fueron en lo más mínimo desagradables a Dios ya que siempre fueron hechas según su santísima voluntad.

La Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen iluminó, pues, su entendimiento y caldeó su voluntad con la que siempre obró sin omitir nada de lo que Dios pedía de ella y por lo tanto se vio siempre llena de virtudes, tanto en la materia como en la forma de todo el ser que había recibido de Dios.

Por eso, quiero durante toda mi vida y en la eternidad, amarla y honrarla tanto como pueda en agradecimiento a la Santísima Trinidad por la elección que hizo de ella para estar tan estrechamente unida a su Divinidad, y quiero honrar a las tres Divinas Personas distinta y conjuntamente en la Unidad de la esencia divina.


[i]E. 106. Rc 6. A 31 bis. Original autógrafo.

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