[i]E. 101 (A. 61) (Del cuidado que las Hijas de la Caridad han de tener por la conservación de la Compañía). pp.816-817
268. La primera razón es la desgracia eterna e inevitable que merecerían las que por malicia fueran causa de la pérdida o ruina de una cosa que Dios ha hecho por disposición de su Providencia, como tenemos motivos para creer que es la Compañía.
La segunda, la pérdida que supondría para tantas personas a las que Dios puede llamar a la Compañía si ésta subsiste, lo que no será si llega a desaparecer. El perjuicio que resultaría a muchos pobres, tanto para la salvación de su alma como por su bien material, si la compañía se perdiera, ya que no tienen otro medio para ser atendidos, a no ser que Dios suscitara otra.
Y cuarto, el agravio que cada una en particular haría a Dios si con su malhadada soberbia quisiera oponerse a la divina voluntad sobre el establecimiento de la Compañía de las Hijas de la Caridad, haciendo cosas que tienden a la pérdida y ruina total de dicha Compañía.
2º.
269. Muchas cosas hay que pueden hacer las Hermanas y que se encaminan a la ruina total de la Compañía.
Una de las principales es la falta de estima que pudieran tener por la forma de vida en que las Hijas de la Caridad deben comportarse en todas sus acciones, ateniéndose a la práctica de su Reglamento.
Otra cosa es no declarar el enfriamiento que nuestro amor propio puede insinuarnos hacia nuestra vocación.
Una, muy peligrosa, es la ligereza en el hablar de las Hermanas cuando se presenta la ocasión de hablar de todo lo que ocurre en general y en particular en la Compañía, sobre todo cuando se da el traslado de alguna Hermana que sienta antipatía o aversión hacia otra (con frecuencia puede ser alguna que le haya hecho una advertencia o que sea o haya querido ser más observante y cumplidora de sus obligaciones) y por eso la criticará o hará que la critiquen; compadecerá a las que manden con ella y esto dará motivo para murmurar que su disgusto por la vocación procede de la diversidad de caracteres con los que se tienen que encontrar en el nuevo destino, aunque en realidad de lo que procede es de su falta de mortificación, afición al mundo y de un principio de relajamiento que se habrán ocultado a ellas mismas y a sus Superiores.
270. Otra cosa muy de temer es que como la mayoría de las que entran en la Compañía no tienen costumbre de conversar con personas de elevada posición, de manejar dinero ni de tener muchas cositas que se ven en libertad de tener; cuando empiezan a acostumbrarse a tratar con personas de posición, abusan, se apartan del respeto que les deben y llegan a tal atrevimiento que podrían hacerse insoportables; en cuanto al manejo del dinero, podrían llegar a apropiárselo y a usar de él según su inclinación, a hacerse con cosas inútiles porque han visto que otras las tienen y hasta dárselas a sus familiares u otras personas de su preferencia, y esto no sólo de lo suyo sino del bien de los pobres; y esa demasiada libertad que toman con las Señoras podría hacer que algunas, por una tolerancia mal entendida, y ya medio a disgusto con su vocación, pedirían a las señoras para dar a las que vieran vacilantes en salirse de la Compañía.
Los medios para impedir la pérdida de la Compañía que producirían todas estas cosas, son: dar mucha importancia a la práctica de todos sus reglamentos, tanto en general como en cada cosa en particular y muy especialmente:
Evitar el trato inútil y las bromas con las personas de fuera.
Poner cuidado en no entretenerse en ningún lugar más de lo necesario, huir por completo del trato con los hombres ni de tener bromas con ellos y procurar retirarse temprano por la noche.
[i]E. 101. Rc 5, A 61. Original autógrafo.







