Luisa de Marillac, Pensamiento 099: De la Sagrada Comunión

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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[i]E. 99 (M. 72) (De la Sagrada Comunión). pp.811-813

264. Para disponernos a comulgar bien, debemos considerar tres tiempos: el que precede a la Sagrada Comunión, el de la Comunión misma y el de después.

En el primero debemos fijar en nuestra alma lo que es la Sagrada Comunión y quién es el que va a comulgar. Recordar lo que la fe nos enseña: que es la segunda Persona de la Santísima Trinidad en la unidad de su esencia. Esto nos infundirá el respeto que la creatura debe a su Creador y producirá en nosotros un Conocimiento de nuestra dependencia de Dios junto con la confesión de nuestra nada si El no nos asiste, dándonos también un gran deseo de la Sagrada Comunión.

Hemos de considerar qué motivo puede haber tenido Dios para esta acción tan admirable e incomprensible para los sentidos humanos; y como no podremos encontrar otro que su puro amor, debemos, con actos de admiración,adoración y amor,dar gloria y honor a Dios en agradecimiento de este invento amoroso para unirse a nosotros;unas veces preguntándole si no era ya bastante con haberse hecho hombre para ganar nuestro corazón por entero; otras, pidiéndole nos diga qué hay en nosotras que quiera El hacer suyo a tan alto precio, para ofrecérselo.

Es preciso que el conocimiento de la dignidad excelsa del Santísimo Sacramento produzca en nosotros el de nuestra impotencia para prepararnos bien a recibirlo; y con tal motivo, desear y pedir al amor autor de tal maravilla, que es el Espíritu Santo, se digne bajar a nuestro corazón para ser El mismo su ornato poniendo en él todas las disposiciones necesarias para honrar la presencia de tan alto Señor.

Podemos otras veces presentar a la Santísima Trinidad lo que su omnipotencia ha hecho en nosotras y pedirle venga a recrearse en lo que le pertenece.

A veces también, ofrecer a Dios las buenas disposiciones de la Santísima Virgen y las de los santos, con el deseo de hacerlas nuestras, para así recibir en nosotras a Nuestro Señor con más honor; todo ello, con actos sencillos del entendimiento y de la voluntad, que produzcan impulsos interiores de amor, permaneciendo en paz y esperando con gozo la presencia del Señor, a quien debemos desear como al Amado de nuestra alma.

265. Considerando quiénes deben comulgar con frecuencia, debemos humillarnos mucho pues tienen que ser las almas enteramente desprendidas de todas las cosas, con un gran amor a Dios y que no retroceden nunca en el camino del santo amor.

El segundo tiempo es el de la recepción de la Sagrada Comunión; después que los actos que acabamos de mencionar hayan puesto nuestra alma en paz y tranquilidad, iremos a recibir este augusto Sacramento como a nuestro Dios, nuestro Rey y nuestro Esposo, haciendo actos de adoración, dependencia, confianza y total abandono de cuanto somos, suplicándole tome entera posesión de ello, uniéndonos enteramente a su voluntad como a la de nuestro Esposo, haciendo muchos actos de amor y considerando los motivos que hay en El para suscitar nuestro amor, sobre todo el de su presencia real en nuestro pecho, y estarnos atentas a lo que le plazca operar en nosotras, aunque no lo veamos.

El tiempo que sigue a la Sagrada Comunión debe estar unido a esos mismos actos y sentimientos, manteniéndonos atentas a su divina presencia y expresando nuestra acción de gracias unas veces, sencillamente a la Divinidad, otras, multiplicando actos separados a las tres divinas Personas según sus atributos, regocijándonos y admirando este sorprendente invento y amorosa unión por la cual Dios, viéndose en nosotros, nos hace una vez más a su semejanza con la comunicación no sólo de su gracia sino de El mismo, que nos aplica tan eficazmente el mérito de su vida y de su muerte y nos da la capacidad de vivir en El; teniéndolo vivo en ella, el alma puede ocuparse en este ejercicio con una gran sencillez agradeciéndole todos los momentos de su vida, ofreciéndole toda la gloria que eternamente ha recibido de El mismo, la que le tributará por la eternidad la humanidad santa de su Hijo y la que recibirá por siempre de todos los bienaventurados; todo ello, en acción de gracias por el gran bien recibido de su bondad, tan generosa hacia nosotros.


[i]E. 99. Ms, A, Sor Chétif, 2, p. 40. Copia.

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