[i]E. 97 (M. 70) (Sobre la Confesión). pp.806-807
256. Tenemos que hacer que nuestro espíritu se torne capaz de tener un conocimiento verdadero del Sacramento de la Penitencia y pensar seriamente por qué queremos recibirlo; y como este sacramento no tiene aplicación más que al alma pecadora, antes de presentarnos a recibirlo, tenemos que reconocernos y confesarnos como tales, desprovistas por lo tanto de la gracia de Dios, lo que es un mal insufrible para el alma verdaderamente cristiana.
Al verse nuestra alma en tal estado, sabedora de que no hay otro remedio a tan gran mal que la Confesión, después de haberse examinado cuidadosamente, debe concebir un santo odio contra si misma, contemplándose tan fuera de razón como supone el haber querido levantarse contra su Dios tan bondadoso siempre con ella y que en sí mismo merece ser infinitamente honrado, produciendo con ello un dolor filial de haberle ofendido de tal manera y un firme propósito de vencerse a sí misma, evitar las ocasiones que la hacen caer en falta con tanta frecuencia; y sobre todo reconociendo que por si sola le es imposible guardarse del pecado, debe hacer un acto de amorosa confianza para pedir a Dios la gracia de tener en adelante mayor cuidado y deseo de agradarle refrenando hasta el menor de sus malos hábitos, con la voluntad de amar a Dios por El mismo.
Después de esto, el alma llena de confusión se presentará a los pies del sacerdote como (delante de) su juez, acusándose sencilla y humildemente y esperará la santa absolución entre el temor y la esperanza, recibiéndola con admiración al considerar que el gran amor que Dios nos tiene consiente en que el recuerdo de la muerte cruel de su Hijo nos merezca el perdón.
[i]E. 97. Ms A, Sor Chétif, 2, n. 70. Copia.







