[i]E. 85 (A. 13 bis) (Sobre el Misterio de la Encarnación). pp.790-791
231. Tan pronto como nuestro primer padre hubo pecado, la bondad de Dios apiadándose de la naturaleza humana, prometió reparar su falta por la Encarnación de su Verbo, y esa promesa fue tan poderosa que, aunque no abolió enteramente el pecado a causa de la libertad que Dios había dado al hombre, le cambió su efecto, convirtiéndolo en personal. Valiéndonos, pues, de su promesa de efecto, que daba como ya ejecutado el designio de Dios, la naturaleza humana en general no podía en adelante participar en la falta de uno de sus miembros en particular, a causa de que la persona de un Dios formaba parte de ella.
¡Oh admirable amor! ¡oh secreto escondido! ¿Qué habías querido hacer, Dios mío, con la creación del hombre? Porque no ignorabas su flaqueza. Pero era necesario que fuera así para darnos a comprender, oh Maestro nuestro, los efectos de tu inmenso Amor.
¿No será también que tu admirable Encarnación era el establecimiento de la gracia de que las almas tienen necesidad para alcanzar su fin? Porque al crear los cuerpos les has dado todo lo necesario para su alimento, vestido y hasta solaz; pero el alma según su naturaleza, no podía servirse por si misma de todos esos medios para su conservación y no podía verse tan estrechamente unida a su objeto que es Dios, inaccesible a todo ser, sino por ese medio tan admirable que hacía a Dios hombre y al hombre Dios; ese Dios, que presente de continuo al alma… la ha tornado tan semejante a El, obra en ella como a bien lo tiene y de acuerdo con sus necesidades para permitirle alcanzar su fin, cada una según sus divinos designios sobre ella.
232. Si, Dios mío, acepto con todo mi corazón este pensamiento que me parece tan propio de tu bondad y tu Amor; sí, seria en cierto modo empequeñecer esa bondad y desconocer el Amor que tienes al hombre, el no confesar que quieres comunicarte interiormente con él. ¿Sería posible que tú quisieras la Comunión de los Santos de la Iglesia purgante y militante y siendo tu quien opera tales maravillas, te comportaras como los príncipes de la tierra que para resguardar su autoridad, necesitan mantenerse reservados o alejados? No, no es así, porque siendo tú un bien infinito, quieres siempre comunicarte. Estaré, pues, cada vez más atenta a tu santa presencia. Te suplico, oh Señor mío, que no desdeñes a la más infiel de tus creaturas. Así lo espero de tu Amor. Haz participar de los sentimientos que comunicas a mi corazón en esta breve meditación a los que tengan necesidad de ello para que, amando y honrando tu presencia amorosa, se apliquen a tan santa práctica, y no les rehuses las gracias que siempre concedes a los que se mantienen en disposición de recibirlas, de la misma manera que el sol no hace distinción alguna para enviar sus rayos a todo lo que cae debajo de él.
He aquí que ha llegado el tiempo de cumplir tu promesa. Se por siempre bendito, oh Dios mío, por la elección que haces de la Santísima Virgen… ¿No merecía acaso el diablo que tu divinidad decretara su última perdición? Fue preciso que tu omnipotencia se valiese del sexo más débil de la naturaleza humana para aplastar su cabeza como de ello le había amenazado tu justicia. Y para esto te sirves de la sangre de la Santísima Virgen para formar con ella el cuerpo de tu amado Hijo. !Oh admirable bondad! ¡Qué camino tomas para esta ejecución! ¿Por cuánto tiempo la has diferido?…
[i]E. 85. Rc 5, A 13 b,s. Original autógrafo







