Luisa de Marillac, Pensamiento 070: Obligaciones de la Sierva de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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[i]E. 70 (A. 60) (Obligaciones de la Sierva de los pobres). pp.775-776

205. El primer motivo por el que debemos desear se nos advierta la forma en que las Hermanas de la Caridad deben portarse, en todos los lugares en los que se emplean en el servicio de los Pobres, es el peligro, si no están advertidas, de hacer las cosas de manera distinta a como deben.

El segundo es el peligro de que, obrando de manera distinta, se vaya en contra de la voluntad de Dios.

El tercero es el de que, no haciendo lo que debemos hacer, Dios no sea glorificado con nuestros trabajos.

Las faltas que podemos cometer, de no estar bien informadas, pueden ser grandes… sería temeridad el no saber cómo hay que hacer lo que se va a hacer para hacerlo bien.

2º Se estará siempre en peligro de ofender a Dios, al hallarse en la incertidumbre de lo que se debe hacer.

3º Podría ocurrir que, en vez de la unión que debe reinar entre nosotras, viviéramos en discordia, lo que es la cosa más perjudicial para la Compañía y una de las más opuestas a lo que Dios pide de ella.

El 4º daño es que la Hermana que estuviera en la ignorancia, correría el riesgo de servir de desedificación para las personas del mundo, no serviría a los pobres con el espíritu de Jesucristo y por sus faltas reiteradas, podría atraer la indignación de Dios; poco a poco se iría relajando, de tal suerte que habiéndose hecho indigna de las gracias de Dios, su bondad se vería tal vez obligada a retirarle la de la vocación, tras de lo cual llegaría a cometer faltas tan grandes que causarían el aniquilamiento de la Compañía.

206. Me parece que el primer medio que nos ayudará a portarnos como verdaderas Hijas de la Caridad, es el de estar siempre dispuestas a practicar la santa obediencia con el fin de cumplir la voluntad de Dios.

Ser indiferentes a los lugares a los que se nos envía, dispuestas a someternos a la Hermana que se nos dé como Hermana Sirviente y no hacer nada sin comunicárselo.

Antes de marchar, formar la firme resolución de no hacer nada que se oponga a las reglas y máximas de la Casa o de la Compañía.

Observar con fidelidad el no recibir ni dar noticias sino con el permiso de la Hermana Sirviente, quien no dejará de enviarlas a los Superiores de París.

Ser muy respetuosas con las señoras u otras personas que se dedican al servicio de los Pobres.

No injerirse en decirles nada sin que lo sepa y lo apruebe la Hermana Sirviente.

Ser muy recatadas en hablar con las personas de fuera, sobre todo de lo que las Hermanas hacen en la intimidad.

Ser tolerantes, cordiales, condescendientes unas con otras, conservando el espíritu de mansedumbre y caridad.

Todo esto resultará fácil de hacer si las Hermanas se aplican como deben a la práctica de su reglamento, el cual deben traer con frecuencia a la memoria, leyéndolo en los lugares en que esto sea posible.

Pero para cumplir todas estas cosas, es necesario tener gran desconfianza de una misma y confiar en Dios.

Una práctica podría ser pensar si Jesucristo no fue (la frase ha quedado sin terminar).


[i]E. 70 Rc 5 A 60 Original autógrafo

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