[i]E. 69 (A. 23) (Pensamientos sobre el Bautismo). pp.774-775
[ii]204. Nosotros que hemos sido bautizados en Jesucristo, hemos sido bautizados en su muerte 1.
Siendo el bautismo un nacimiento espiritual, se desprende que aquel en quien hemos sido bautizados es nuestro Padre y que como buenos hijos debemos parecernos a El, ya que bautizados en la muerte de Jesucristo, toda nuestra vida debe ser una muerte continua. Por consiguiente, sería muy perjudicial al alma vivir rodeada de delicias, teniendo en cuenta además que esa muerte en la que hemos sido bautizados ha sido causada por el amor que Nuestro Señor tiene por nosotros desde toda la eternidad, amor que no hubiera podido expresarnos mejor que por una muerte anticipada. En efecto, si las creaturas hacen tanto aprecio de esta vida que la prefieren a todo, ¡cuántos motivos no tenía nuestro amado Maestro para estimar la suya, acompañada de toda clase de virtudes y de un cuerpo vigoroso y en plena salud! Por eso, como buena hija que quiero ser, con el deseo de imitar a tan buen Padre y para ser verdaderamente hija de su muerte, no quiero ya en adelante, con la ayuda de su santa gracia, no amar la muerte que debe unirnos a Jesucristo por toda la eternidad, pues no es razonable que los miembros se afanen por huir de lo que su Cabeza buscó.
Vivamos, pues, como muertas en Jesucristo y por lo tanto, ya no más resistencia a Jesús, no más acciones que por Jesús, no ya más pensamientos que en Jesús, en una palabra, no ya más vida que para Jesús y el prójimo, para que en este amor unitivo ame yo todo lo que Jesús ama, para que por este amor cuyo centro es el amor eterno de Dios por sus creaturas, alcance de su bondad las gracias que su misericordia quiere concederme.
[i]E. 69 Rc 5 A 23 Original autógrafo
[ii]1. Cf Rom 6, 3-4 (Nota de la Traductora)







