56. Quien no ama, no conoce a Dios, porque Dios es Caridad. La causa del amor es la estima del bien en la cosa amada. Siendo Dios perfectísimo en la unidad de su esencia, es amor en la eternidad de esa esencia por el conocimiento de su propia perfección; y en ese amor participa el de las creaturas en cuanto a la naturaleza del amor; pero los efectos van unidos a la voluntad en la práctica de la caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, siendo esa práctica tan poderosa que nos comunica el conocimiento de Dios, no tal cual, sino penetrante en El mismo y sus grandezas de tal manera que quien más caridad tenga, tanto más participará en esa luz divina que le inflamará eternamente en el santo Amor. Quiero, pues, hacer cuanto pueda por mantenerme en el ejercicio del Amor santo y dulcificar mi corazón frente a todas las acritudes que le contrarían.
57. Las almas a las que Dios destina al sufrimiento deben estimar mucho tal estado y pensar que sin una asistencia especial de Dios, no pueden serle fieles. Me parece que tenemos un testimonio de esto en la santificación de San Juan en el seno de su madre, que fue para él una gracia preventiva que le confirió la fortaleza necesaria para responder a los designios de Dios sobre su alma. El primer toque que Dios da a las que su bondad llama por tal camino, viene a ser como esa santificación, siendo como un nuevo nacimiento a la gracia, y como con frecuencia lo recibimos después de llegados al uso de la razón, de nosotros depende el que esa gracia se nos siga otorgando; pero si llegamos a perderla, como a mí me ha ocurrido por preferir mi amor propio al de Dios, debo con gran confusión y humildad volver a pedírsela a Dios, ya que El me ha concedido tantas gracias como la de darme a conocer que su santa voluntad era que yo fuese a El por la cruz, que su bondad ha querido que yo tuviese desde mi mismo nacimiento y no habiéndome dejado casi nunca en toda mi edad (de mi vida) sin ocasiones de sufrimiento; y después de haberme hecho tantas veces estimar y desear tal estado, me he confiado a su bondad (esperando) que hoy me concedería nueva gracia para hacer su santa voluntad, pidiéndole con todo mi corazón me ponga en lugar y estado para ello, por penoso que haya de ser para mis sentidos.
58. Después de la santa Confesión, hallándome en una contemplación dolorosa de mí misma, no tanto por las faltas acusadas como por las calladas sin quererlo o las no declaradas con suficiente claridad, me parecía que todos mis pecados habían permanecido en mi alma, de tal suerte que la sentía como si materialmente hubiera podido ser un puro pecado, y por un sentimiento de amor o estima hacia Dios en el Santísimo Sacramento, no me parecía o me costaba trabajo permitir que lo pusieran en un lugar tan indigno de su grandeza. No obstante, no dejé de comulgar como se me ha ordenado, y al recibir la sagrada Hostia, sentí inmediatamente una reprensión a mi corazón porque admitía el afecto, el estar ocupado por las creaturas, y buscar consuelo en ellas, y se me reprochó esto después de que tantas veces su bondad me había hecho desear no tenerlo más que en El, demostrándome que El lo quería así. Así lo resolví de nuevo pidiendo a Dios me pusiera en estado de hacerlo.







