39. Que he de permanecer en completa dependencia de Dios, y no resistirle como tampoco lo hice en mi creación.
Que debo emplear todo mi ser en conocer a Dios en sus obras y reconocerle por amor.
– Que he deseado no subsistir ya en mí, sino que, después de haberme visto sostenida de continuo por las gracias de Dios, me parecía que todo cuanto yo era no era mas que gracias; y deseaba que El las recobrara para, así, ser yo totalmente suya.
40. – Amar el anonadamiento, puesto que Dios lo asumió, como nos lo muestra en su Natividad y quiso que reconozcamos que dicho anonadamiento llena el cielo de admiración y nos ha mostrado que Dios debe ser glorificado por él; pero es necesario que el mío (mi abatimiento) ruin y miserable, se una al suyo glorioso.
– Concebir a Jesús por amor, lo que le hará presente en mi corazón y conseguirá de mí que no tenga otra atención, como la Santísima Virgen ante el Pesebre.
El medio de imitar a Jesús recién nacido es tener el alma adherida a Dios y la parte inferior (de mi ser) llena del verdadero conocimiento de mi nada.
Admirar la realidad del desposeimiento de la humanidad de Jesús de las obras divinas y de la doctrina de la palabra de Dios proferida por El, y la gracia concedida a los hombres obedientes de poder conocer la verdad de su palabra.
Que Dios pide una gran pureza a los que le sirven, quienes en manera alguna deben gloriarse de ninguna de sus acciones; pero es menester que Dios guíe mis intenciones para llegar a esa pureza que me ha hecho ver. Recordar que hay impureza en el deseo de las gracias de Dios.
41. Imitar la sencillez de Jesús cuando dijo a los judíos que querían darle muerte.
Admirar su bondad en seguir tolerándolos y además enseñándoles; adherirme a la palabra de Dios pronunciada interiormente.
– Recurrir a Dios para no volver a pecar, ya que El se digna recibirnos.
Alejarme de lo que es contrario a la caridad hacia el prójimo; emprender animosamente el combate contra las malas inclinaciones.
Estar preocupada y cuidar de la gloria y servicio de Dios y El cuidará de mi.
– Remover los impedimentos que impiden la paz que El quiere en mí. -Esperar con tranquilidad que Dios me visite y me diga como a los Santos Padres del Limbo: ¡Acabó el pecado!
42. – Buscar a Jesús en el sepulcro, es decir, en las aflicciones y abandonos; pero buscarle a El sin detenerme ni dolerme en las causas de ese alejamiento; tener gran confianza para vencer las dificultades que pudieran oponerse a que lo encuentre; admirar la bondad de Dios en su Providencia.
– Que tenga gran desconfianza de mí misma, aunque no vea siempre claros los motivos para ello; que recuerde que el peso de mis ingratitudes para con la bondad de Dios, ha llegado en una ocasión a abatir de tal manera mi espíritu bajo su carga que ha sido necesario que esa misma bondad me liberase y me permitiese, una vez más, formar buenas resoluciones en su presencia, aunque pudiera parecerme que era un verdadero abuso de su misericordia.







