LUISA de MARILLAC (IX): la pedagogía de Luisa de Marillac en su ccorrespondencia con las Hermanas

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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La Compañía en sus comienzos

El 29 de noviembre de 1633 Luisa de Marillac acogió en su casa, de acuerdo con Vicente de Paúl, a cuatro o cinco jóvenes para prepararles para servir a los pobres y enfermos en las Cofradías, formándoles para el trabajo de caridad en el aspecto inte­lectual y en el espiritual como «pobres hijas de la caridad, que os habéis entregado a Dios para el servicio de los pobres166». En los ocho meses siguientes Vicente les dio tres conferencias en las que les expuso el programa y el reglamento que tenían que seguir en París. Posteriormente, durante seis años ya no les habló más. Fue sobre todo Luisa la que se encargó de su formación. La corres­pondencia entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac nos da mu­cha luz sobre los principios educativos de Luisa y sus intenciones acerca de las Hijas de la Caridad. Esa educación no era área fácil. Esto escribe Vicente de Paúl a Luisa de Marillac: «No tengo du­das de que las jóvenes no sean tales como usted las describe, pero es de esperar que ellas «se hagan» […]. Será bueno que usted les diga en qué consisten las virtudes sólidas, sobre todo la de la mor­tificación interior y exterior de nuestro juicio, de nuestra volun­tad, de los recuerdos, de la vista, del oído y de los otros sentidos; de los afectos que tenemos a las cosas malas, inútiles e incluso a las buenas, y todo ello por amor a Nuestro Señor, que hizo lo mismo; y habrá que hacerles fuertes en todo ello, sobre todo en la virtud de la obediencia y en la de la indiferencia».

Vicente de Paúl veía con alegría y satisfacción el éxito de los esfuerzos dedicados a la educación de las Hijas de la Caridad. Sin embargo la educación de aquellas campesinas seguía sien­do para Luisa una tarea exigente, pues nunca se la podía dar por terminada. El caer y el retroceder pertenecen a la esencia de la humanidad caída. A pesar de todo, al cabo de algunos años Luisa creyó ver coronados sus esfuerzos, y así escribía a Vicente: «Fue un día tal como mañana cuando las primeras comenzaron a vivir en comunidad, aunque de manera muy humilde hace cinco o sie­te años. Esta tarde he tenido un pensamiento que me dio mucha alegría al ver cómo, por la gracia de Dios, ellas son mejores que al comienzo, y que, después de los pocos años que espero vivir sobre la tierra, las gracias que Dios les dé atraerán sobre ellas más bendiciones por sus buenos ejemplos; eso es lo que deseo de todo corazón y se lo pido a nuestro buen Dios».

Durante esos años y los veinte años siguientes Luisa de Marillac consagró toda su energía a su gran obra: la fundación de la Compañía, la formación y la educación de sus jóvenes. (Esas «jóvenes» fueron llamadas «hermanas» desde 1640, por decisión de Vicente de Paúl).

La contribución de Luisa en el terreno de la educación

El objetivo principal que santa Luisa tenía en cuenta en el terreno de la educación se refería a la finalidad de la Compañía: el cumplimiento de la voluntad de Dios sirviendo a Cristo en los pobres. Por medio de sus numerosas cartas Luisa conducía a las hermanas a comprender el designio de Dios. Para ella todo discu­rría alrededor de un punto central: el cumplimiento de la voluntad divina. Su grado de exigencia era muy firme; decía que preferiría que la Compañía despareciera antes que verla desviarse del plan trazado para ella por Dios. Conocer el designio de Dios y obede­cerle supone y exige la fidelidad al espíritu de nuestra vocación. Luisa explicaba a las hermanas cuán importante era aspirar a en­carnar las virtudes que caracterizan a una Hija de la Caridad: la humildad, la sencillez y el amor a Dios y a los pobres, la pobreza, la castidad y la obediencia. Toda la riqueza de su pedagogía reside justamente en su capacidad para explicar todo ello.

Las cualidades personales de Luisa

La educación que había recibido ella misma, su experiencia de la vida, y sobre todo su virtud, su vida espiritual, toda su perso­nalidad, constituían la base y el fundamento de su papel de formadora de aquellas mujeres que debían aspirar a vivir una vida santa ayudando a los pobres de una manera del todo nueva y viviendo en una comunidad de calidad religiosa.

Luisa establecía contacto con las hermanas gracias a una cor­tesía natural fundamentada en el respeto a la persona, y de ahí brotaba su modestia y su reserva. En definitiva la cortesía y el respeto a los demás brotan, en el plano religioso, de la virtud de la caridad; la modestia y la reserva, por su parte, son la expresión de las virtudes de la humildad y del altruismo.

Su inteligencia y su experiencia de la vida le permitían adaptarse rápidamente a las vicisitudes de la vida de cada día. En la vida diaria es, por supuesto, donde se opera la santificación, que se halla en el encuentro de dos caminos: el que se cruza con la voluntad divina y el que lleva a un callejón sin salida. Luisa co­nocía muy bien este dilema. Sabía modificar los sucesos del día a día, analizarlos y resolver los problemas para que las hermanas se sintieran implicadas en una relación directa con Jesucristo. La vida de cada día manifestaba a los ojos de Luisa la voluntad di­vina. Eso era lo que ella transmitía a las hermanas. Ese su obrar era tanto más legítimo cuanto era sólida su propia aspiración a cumplir la voluntad de Dios. Su deseo absoluto e incondicional de cumplir el designio de Dios, su vida ejemplar, sus acciones, su radicalidad en la práctica de las virtudes, su gran humildad y su amor a Dios, ninguna de esas cosas podía pasar desapercibida para las hermanas. Las hermanas lo veían, lo sentían, lo perci­bían, y la chispa inflamaba a aquellas jóvenes llamadas a obrar de una manera admirable. Luisa nos impresiona porque utilizaba mil medios para dirigir a las hermanas, para estimularles, para comunicarles su entusiasmo, para animarles, para exhortarles y moverles a obrar.

Los métodos educativos de Luisa

En primer lugar, saber adaptarse:

Ella sabía ponerse en el mismo tono de la persona a la que se dirigía.

Era muy consciente de las diferencias de origen y de nivel cultural entre las hermanas, de sus diversos temperamentos y caracteres. Mientras unas tenían necesidad de que se les trata­se con severidad, otras necesitaban más bien consuelo y aliento. Véase, por ejemplo, lo que escribía a una hermana que servía a los enfermos en Chars: «Creía yo que le había dicho a usted con toda claridad que el señor Vicente me había dicho que había que dejar de tocar la campana de vuestros actos de comunidad por varias razones que sería largo de describir, y que además no es necesario hacerlo en el caso de usted, que sabe muy bien qué es la obediencia». Y sigue explicando qué consecuencias tendría para los aldeanos si dos hermanas se dedicaran a tocar la campa­na: «Es imposible que dos hermanas se junten para los actos, o que una pueda asistir con regularidad». Y añade otra razón para que no lo hagan: «¿No sería eso ‘tocar la trompeta’ acerca de lo que hacen, cuando el Señor nos enseña que lo hagamos en secreto cuando se trata solo de nuestro interés personal».

Luisa iba directamente al tema y Juliana comprendió muy bien las razones de Luisa. La continuación de la carta muestra que las dos mujeres se entendían muy bien: «Le doy gracias, mi muy querida hermana, por la buena fruta, pero como me promete más, le ruego que ponga mucha paja en el cesto, incluso entre las frutas, pues han llegado muy estropeadas. No me ha dicho si el pastel es obra suya; si es así, es usted una buena repostera; nuestras enfermas se lo agradecerán mucho, y también la fruta, cuando le escriban».

Nos enteramos así de a quién vinieron bien aquellas cosas tan buenas. Al final de la carta Luisa alude, como lo hace con frecuen­cia, a la unión entre la vida diaria y la intervención divina: «Ruego a la bondad de Dios que le conceda aumento de sus gracias, y a la hermana Genoveva un gran deseo de su perfección, y soy en el amor de Jesús crucificado, mis queridas hermanas…» He aquí otro ejemplo de carta que muestra cómo Luisa adapta su es­tilo a su interlocutora, y qué bien se ciñe a la realidad diaria: «Mi muy querida hermana: Otra vez ha tropezado usted seriamente, e interpreta la falta de nuestra hermana de manera muy distinta de como es. Esa hermana se había sentido molesta al ver unos gatos alrededor de usted y de ella durante la oración, y usted dice que le desagradan a otra hermana. ¡Dios mío!, hermana, ¡qué amable es la verdad! ¿Cuánto tiempo hace que le dije que se deshiciera de esos animales y usted no ha hecho caso?, ¡pero si una hermana deja de obedecerle a usted con prontitud…! […] Consuélese con la esperanza de que el retiro le hará bien. […] Ruegue a Dios que me conceda la humildad’75». A algunas hermanas no les gustaba este lenguaje directo. Luisa no quería atosigarles. Las hermanas tenían que estar seguras de que Luisa les quería y les apreciaba.

Luisa sabía suavizar los reproches cuando hacía falta, y trans­formarlos en esos casos en aliento y estímulo. Muchas cartas nos dan ejemplos de esa manera de obrar. Por ejemplo, la car­ta dirigida a las «Siervas de los pobres enfermos en Chantilly»: «Alabo a Dios con todo mi corazón por la gracia que su bondad os ha concedido de ser buen olor en ese lugar donde él ha querido darles empleo; pero aseguraos de estarle muy agradecidas con la práctica de las virtudes que os pide, sobre todo por una gran cordialidad y buena inteligencia entre todas. ¿Me equivoco, mis queridas hermanas, al recomendaros esa virtud sin la que no solo no seríais buenas Hijas de la Caridad, sino ni siquiera cristianas? Creo también que sois muy exactas en cumplir las reglas, sin que sufra el servicio de los pobres. Este servicio debe ser preferido siempre, pero de la manera debida, y no según nuestra voluntad propia. Os hemos enviado las estampas del año, iguales que las nuestras; esa es la santa que debe enseñamos nuestro oficio, pues fue tan dichosa de servir a los pobres en la persona de Nuestro Señor, así como nosotras servimos a Nuestro Señor en la persona de los pobres”.

Con finura y con amor Luisa subraya el fin y el sentido de nuestro obrar. ¡Qué perseverancia y que tenacidad cuando en toda circunstancia ella recuerda a las hermanas la finalidad de su com­promiso! Emplea en sus cartas una serie de fórmulas que revelan un mundo de pensar sorprendente.

Sus escritos expresan su deseo de suscitar emociones, de despertar el deseo de obrar, de provocar ciertas actitudes y de incitar a las hermanas a tomar resoluciones. Podríamos resumir esto de modo global en unas palabras y citar este dicho banal: «Se termina por corresponder a la imagen que otros tienen de nosotros». Leamos ahora un extracto de una carta dirigida a sor Luisa Cristina: «Alabo a Dios con todo mi corazón por el sincero afecto que su bondad os ha dado a la una por la otra; eso es lo que mantiene la unión y la ayuda mutua […] lo que hace que una no hable mal de la otra cuando una da cuenta de la otra, porque si tiene lugar alguna cosa pequeña en la vida común, después de pedirse perdón se olvida todo. […] Si ahorráis algo se puede de­dicar a vuestra manutención, pues sé muy bien que no queréis atesorar, por la gracia de Dios. Amáis mucho la santa pobreza y la confianza en Dios, las dos bases de la Compañía de las Hijas de la Caridad».

Luisa expuso, sobre todo en las últimas cartas, su pedagogía basada en la educación por medio del ejemplo y del aprecio. Le guiaba ciertamente su propia modestia y sobre todo su gran humildad y el respeto a los demás. En su vida, igual que lo hacía en su correspondencia, Luisa daba un lugar especial al respeto a la persona. Para ella el ser humano tenía la mayor importancia. Jamás dejó traslucir ningún sentimiento de superioridad. Al con­trario, sus peticiones nos sorprenden, pues solía más bien pedir que se rezara por ella para que Dios le hiciera más humilde. Re­comendaba con mucha frecuencia a las hermanas la mayor hu­mildad.

Les exhortaba de manera indirecta a ser humildes, como lo podemos leer en la carta siguiente: «Me parece que hago mal en hablarle de ello, pero le digo que mi incapacidad de obrar me ha hecho ver muy claramente la diferencia que hay entre una hermana sirviente que dice: hagamos, y otra que se contente con decir: haga esto, y no ponga manos a la obra; porque en el primer caso se coloca una en igualdad con sus hermanas, y en el segundo se sustrae una a la igualdad y al trabajo y se refugia en su autoridad. […] Creo, hermana mía, que usted no tiene tiempo para otra cosa ni para otro fin que no sea el servicio de los pobres, y que no se le ocurrirá que está obligada a visitar a las personas religiosas o a las damas, a no ser que haya una gran necesidad. Si le sobra algo de tiempo pienso que será mejor que lo emplee en ganar unos sueldos trabajando para los pobres, o bien instruyendo a algún enfermo pobre y diciéndole unas buenas palabras para su salva­ción, que emplear el tiempo en visitas de cortesía. […] La segu­ridad que tengo acerca de su amor y firmeza por su vocación me anima a decirle con toda franqueza lo que se me ocurre, y a darle todos los avisos que me parece debo darle y que preveo serán de provecho para aquellas de las que creo Dios se quiere servir para hacer subsistir a la Compañía en el espíritu de la sencillez y de la humildad de Jesucristo. Si no le conociera a usted bien y si no estuviera segura de que recibirá bien y con gusto lo que le digo, me cuidaría muy mucho de portarme con usted de este modo». Este texto nos muestra cuánto se preocupaba Luisa por el futuro de la Compañía y de la fidelidad al espíritu de los fundadores.

Qué movía a Luisa a ser constante en sus esfuerzos

Luisa sentía sin duda en lo más profundo de sí misma inquie­tud y preocupación: ¿le llevaría a Dios aquel camino? Sin em­bargo el texto citado revela su seguridad de haber reconocido la voluntad de Dios y su decisión firme de querer cumplirla. Cuanto más se alejaba del día de Pentecostés de 1623, tanto más el brillo de la luz de aquel día se intensificaba para iluminar las vicisitudes de su vida.

Después de su peregrinación a Chartres, que tuvo lugar en 1644, y después del primer reconocimiento de la Compañía, que fue en principio un grupo de vida en común, Luisa, animada por una fe incondicional y movida por una obediencia total, siguió trabajando por el crecimiento y la estabilización de su obra.

El conocimiento del plan divino, las indicaciones de Vicente de Paúl y su rica vida interior se expresan de manera a la vez ma­ravillosa y sintética en sus numerosas cartas, que servían también para la edificación espiritual de las hermanas. El amor que sentía por sus hermanas estaba impregnado de fe y humildad; las veía como regalos de Dios y como pruebas del cumplimiento de la promesa de Pentecostés. Por eso dedicaba toda su atención a cada una de ellas. Se mostraba enteramente disponible y distribuía ge­nerosamente los dones de su corazón y de su espíritu. Educaba, escuchaba, ayudaba, exhortaba, prodigaba sus consejos e imper­ceptiblemente animaba a las hermanas a los mayores sacrificios.

Su pedagogía era una verdadera educación para la santi­dad.

Esperaba mucho de las hermanas y de su capacidad para autoeducarse. Sin embargo, no comprendían esto todas las herma­nas y algunas eran incapaces de responder a lo que Luisa esperaba de ellas. Por eso escribía cartas largas a las comunidades y se dirigía a cada hermana, llamaba al orden a esta o aquella, alaba­ba y animaba a otras. Las hermanas comprendían bien todo eso; por otro lado, han conservado cuidadosamente sus cartas, pues de otro modo no las tendríamos hoy.

Objetivos a corto plazo

Luisa tenía que apoyarse en las hermanas que estaban lejos de París. Para ese fin desplegaba todo su talento en el terreno de la sicología. Indicaba, por ejemplo, a las hermanas cómo comenzar la jornada, «les ruego que todas las mañanas se levanten con

una valentía renovada para servir bien a Dios y a los pobres; […] adoremos y amemos siempre la dirección de la divina provi­dencia, única y verdadera seguridad de las Hijas de la Caridad». Otro tema aparece con frecuencia en sus cartas: exhorta a las her­manas a

soportarse unas a otras. Luisa sabía cuán difícil era organi­zar la vida en comunidad, mantener un espíritu de amor, tratar a las otras hermanas con toda la consideración y paciencia posibles.

Por otro lado, la bondad y la tolerancia son igualmente impor­tantes en el servicio de los pobres. Luisa describe en una de sus cartas las cualidades necesarias para llevar a cabo el difícil tra­bajo de las hermanas: «¿Dónde están la dulzura y la caridad que debéis practicar con tanta solicitud por nuestros queridos amos, los pobres enfermos? Si nos alejamos aunque sea solo un poco del pensamiento de que ellos son los miembros de Jesucristo, eso será infaliblemente motivo de que disminuyan en nosotras esas bellas virtudes. […] Renovaos, pues, mis queridas hermanas, en vues­tro primer fervor […], recordando que Él os ha conducido por su providencia al lugar en que estáis, y que debéis estar unidas unas a otras para ayudaros mutuamente a perfeccionaros. […] Si nuestra hermana está triste, si está apenada, si es demasiado viva o demasiado lenta, ¿qué queréis que haga, si es ese su natural? […] Y una hermana que debe amarle como a sí misma, ¿puede enfadarse, tratarle con aspereza, ponerle mala cara? ¡Oh, hermanas mías! hay que cuidarse bien de todo ello, y no hacer gestos de que una se da cuenta, no regañarle; piensa que bien pronto tendrás tú necesidad de que ella haga lo mismo contigo […]; la señal de la caridad en un alma es, junto con todas las demás virtudes, el soportar todo».

Darse sin economizar sus propias fuerzas

Un poco tiempo después Luisa escribía de nuevo a las her­manas de Angers para animarles a renovar el deseo de una vida virtuosa. Envió una palabra de aliento a cada una. En pocas pa­labras describía las debilidades de carácter de las hermanas, y les enviaba la ayuda y el apoyo que necesitaban. Se dirige primero a la hermana sirviente, que probablemente sabía leer, y esto es lo que pudo ver en la carta de Luisa: «¿Está usted muy animada? ¿Hace usted como el buen pastor que pone en peligro su vida por el bien y la conservación de las ovejas que se le han confiado? Así lo creo; pues aunque no siempre tenemos ocasión de exponer nuestras vidas, no nos faltarán ocasiones en las que será necesa­rio exponer nuestra voluntad, para acomodarla a la de otras, de romper nuestros hábitos e inclinaciones, […] de dominar nuestras pasiones para no excitar las de los demás, […] para permanecer en la unión estrecha de la verdadera caridad de Cristo crucifi­cado». Y luego se dirigía a cada hermana: «Diga por favor a la hermana María-Marta que espero que lo sea de nombre y de hecho, pues como se llama María debe tener una gran pureza, dulzura y modestia, dispuesta a contentar a todo el mundo, y su nombre Marta le obliga a una gran exactitud de la Regla en todos sus aspectos».

En una Cofradía recién fundada las hermanas tuvieron que superar un sin fin de dificultades; Luisa supo cómo darles seguridad y animarles a

mantenerse firmes: «¡Oh!, mis queridas hermanas, ¡cuánto consuelo me parece que tenéis en medio de tanta fatiga! ¡Animo! Trabajad en vuestra perfección y en tantas ocasiones que tenéis de sufrir, de practicar la dulzura, la paciencia, los rechazos, y de superar todas las contradicciones que encontréis».

«Tened un gran corazón, al que nada se le hace difícil por el santo amor de Dios, y de su Hijo crucificado».

En aquel tiempo la Fronda hacía estragos y la miseria de la población tomó tales proporciones que no puede menos de asom­brarnos

la exigencia del compromiso de las hermanas que se dedica­ban a actuar en ciertas situaciones de gran desamparo. Adviértase que por otro lado Luisa no intentaba librar a las hermanas de las zonas peligrosas; al contrario, les enviaba a ellas y dejaba que trabajaran en aquellos lugares. Sabía animarlas y motivarles para que aceptaran los sacrificios más grandes por amor de Jesucristo. Sabía explicar y justificar esa disponibilidad para la abnegación. Eso leemos en una carta a las hermanas de Brienne: «En nombre de Dios mis muy queridas hermanas, no os canséis de vuestros sufrimientos… […] Oh, si conociéramos los secretos de Dios cuando nos pone en un estado semejante, veríamos que ese es el tiempo de nuestros mayores consuelos. Cierto que veis cantidad de miserias que no podéis remediar. Dios también lo ve así, y no actúa para remediarlas. Llevad sus penas con ellos, haced todo lo que podáis para darles alguna ayuda, y permaneced en paz. Tal vez también vosotras sufráis escasez; ese debe ser vuestro con­suelo, pues si tuvierais abundancia vuestros corazones sufrirían si usarais de ella, y ver a la vez que nuestros amos y señores sufren tanto. Además, Dios castiga a su pueblo por nuestros pecados, ¿no es razonable que suframos con los demás? ¿Quiénes creemos que somos para pensar que debemos estar exentas de los males públicos? Si la bondad de Dios no nos expone a las miserias más grandes démosle gracias, y pensemos que se debe a su sola mise­ricordia, y no a ningún mérito».

Luisa se preocupaba por las hermanas que se ocupaban de los niños abandonados en el castillo de Bicétre. El ejército había instalado el campamento alrededor del castillo. Luisa expresa su gran preocupación en una carta, pero intenta a pesar de todo permanecer serena para evitar todo pánico y para invitar a las herma­nas a mantener su

confianza en la providencia divina: «Mis muy queridas her­manas, estoy segura de que [Dios] os dará a todas suficiente valor para morir antes que permitir que se ofenda a Dios en vosotras, y que vuestra modestia hará manifiesto que pertenecéis al Rey de reyes, a quien todos los poderes están sometidos. Manteneos siempre juntas y cuidad mucho a las niñas mayores, a las que debéis tener siempre ante vuestra vista o dentro de la escuela, incluso cuando no estéis trabajando en ella. Ánimo, mis queridas hermanas, y quién debe tener más ánimo que vosotras, pues estáis en situación de sufrimiento porque estáis practicando la caridad. ¡Oh!, ¡cómo agrada al Señor el ver los sentimientos de amor que brotan de vuestros corazones, la sumisión a su voluntad santa, que acepta todo lo que ella quiere en vosotras y de vosotras. No dudo que todas habréis pensado en hacer una buena confesión con todas los actos necesarios, pero sobre todo con el de ser sier­vas fieles en el futuro y renunciar a vosotras mismas más que nunca. […]

P.S. Os hablo una vez más de confesar, no porque, mis que­ridas hermanas, quiera despertar en vosotras miedo a la muerte.

¡Oh, no!, sino solo para ayudaros a que estéis siempre en gracia de Dios, de tal manera que siempre tenga él puesta en vosotras su mirada».

Cuanto más aumentaba el número de hermanas y de Cofradías, tanto más Luisa tenía la convicción íntima de que Dios con­ducía y dirigía la obra que ella había comenzado. No quedaba más que remover los obstáculos que impedían el cumplimiento de la voluntad de Dios. Todo descansaba sobre un principio básico: tener una confianza total en la dirección de la divina providencia y cumplir la voluntad de Dios. Esto es lo que expresa Luisa en una carta a una hermana que se inquietaba y se impacientaba por el giro que estaban tomando los acontecimientos en una nueva Cofradía en Ussel: «No se inquiete si desde hace tiempo no ve usted las cosas como a usted le gustaría; haga lo que buenamente pueda con gran paz y tranquilidad para permitir el obrar de Dios en usted, y no sufra por todo lo demás».

A una hermana pronta a la crítica y al desaliento, Luisa envió un programa de santidad que podría constituir las bases de nues­tra regla de vida. Aparece en ese texto una idea que Luisa men­ciona con frecuencia. Se trata de la justicia divina, que nos castiga severamente cuando descuidamos nuestra vocación. «Queridas hermanas, que deseo seáis todas santas para trabajar útilmente en la obra de Dios, pues no basta ir y dar, sino que hay que tener un corazón libre de todo interés, y no dejar jamás de trabajar en la mortificación general de todos los sentidos y pasiones, y para eso, mis queridas hermanas, debemos tener continuamente ante los ojos a nuestro modelo, que es la vida ejemplar de Jesucristo, a cuya imitación hemos sido llamadas, no solo como cristianas, sino aún más por haber sido escogidas por Dios para servirle en la persona de los pobres; sin eso, mis queridas hermanas, las Hijas de la Caridad son las más dignas de compasión del mundo, y si ellas llega a ser desagradecidas e infieles a las gracias de Dios, creo que la justicia de Dios no sabrá castigarles con demasiada severidad en la eternidad». La estabilización de la joven compañía preocupaba a Luisa, pero cuidaba sobre todo de que las humanas llevaran una vida de pobreza y de sencillez, en sus viviendas o en casas modestas. En eso Luisa era ejemplar. Para la construcción de la Casa Madre no permitió que se usaran más que piedras vie­jas, lo cual ciertamente no contribuiría a la fama del arquitecto. Cuando se habló de una nueva fundación en Bernay, Luisa con prudencia se dedicó a moderar el entusiasmo de las hermanas: «Créame, mi querida hermana, cuando veo establecimientos tan espléndidos, todo son risas al comienzo, pero siento temor por lo que viene después. […] Pienso, hermana, que cuando se trate de buscar alojamiento definitivo no debe usted buscar más que una vivienda propia de pobres jóvenes». El gusto de Luisa por la pobreza reposaba sobre la imitación de la vida del Hijo de Dios. Vivir como Jesucristo significaba honrar la pobreza del Hijo de Dios. Luisa se lo repetía a sus hermanas en mil ocasiones. Cierta­mente, las jóvenes eran pobres, procedían efectivamente de medios modestos; pero aquellas jóvenes encontraban al llegar a la Compañía una existencia bien regulada y debían seguir ese modo de vida. Ahora bien, tenían que relacionarse con frecuencia con damas, y por eso era grande la tentación de querer llevar otro estilo de vida. Luisa se dedicaba por ello a educarles dándoles ejemplo ella misma, pero también hablándoles con palabras cons­tructivas y animosas que les ayudaban a entender los problemas de cada día.

El talento pedagógico de Luisa no se dejaba llevar por segun­das intenciones, por el cálculo y por ningún deseo de poder. Luisa apelaba más bien a la gracia de la vocación de sus hermanas, que debían responder al amor de Jesús crucificado y cumplir fielmen­te su voluntad. Ella quería convencer, despertar y reforzar la bue­na voluntad de cada hermana. La carta que sigue ilustra bien este punto: «Y usted, mi querida hermana, aún se encuentra sumergida en sus pequeños malos hábitos, ¿qué piensa de su situación? […] Hija mía, hágase un poco de violencia. […] Creo que la causa de la mayor parte de las faltas que comete […] es que usted tiene di­nero, y siempre le ha gustado tenerlo. Si quiere creerme, usted se debería librar de ese afecto […] y excitarse al amor de la pobreza, para honrar la del Hijo de Dios, y por ese medio usted conseguirá lo que necesita para ser Hija de la Caridad. Si no es así, tengo mu­chas dudas sobre su perseverancia. […] Ánimo, mi buena herma­na, yo no creo que usted desprecie mis humildes advertencias, y así pueda llegar a reconocer cómo Dios debe ser amado y servido, […] sobre todo en el lugar en el que ha dado tantas bendiciones a su trabajo.

Cómo Luisa abordaba las dificultades por medio de la peda­gogía

La joven Compañía se encontraba a veces con obstáculos que no procedían de las personas o del carácter de las hermanas. Peligros graves amenazaban la existencia de la obra de Luisa o de todo un establecimiento; el enemigo era, en aquella época, el jansenismo. Dos hermanas que se encontraban en Chars se deba­tían entre su confesor, sacerdote jansenista, y los principios de la Compañía. Estas hermanas se veían superadas por la situación, y no solo experimentaban dificultades para mantener su sangre fría en ciertas situaciones delicadas, sino que no siempre reacciona­ban de manera inteligente. El sacerdote exigía que una hermana azotara en su presencia a una niña de trece años. La hermana en cuestión rehusó hacerlo, y fue por ello apartada delante de todo el mundo en el momento de la comunión. Entonces ella pronunció palabras violentas contra el proceder del sacerdote. Luisa rogó a aquel sacerdote que excusara el comportamiento de la hermana. Sin embargo, en el fondo Luisa estaba

del lado de las hermanas. Sabía que tenía que apoyar la pos­tura firme de las hermanas, pero también que ellas tenían que tener cuidado con la manera de oponerse a los contradictores. Y acabó por retirar de Chars a las hermanas.

La muerte prematura de numerosas hermanas era también una fuente de problemas. Cierto que la esperanza de vida no era muy alta en aquella época, pero a pesar de ello aquellos fallecimientos significaban pérdidas difíciles de reponer. Solamente la contemplación de Cristo muerto en la cruz ayuda a Luisa a superar los duelos. Sin embargo, comprobamos con sorpresa que Luisa no tenía dudas de

la disposición natural de sus hermanas para afrontar la muerte. La carta que dirige a una hermana de treinta y tres años, que se encontraba en el lecho de muerte ¿reflejaba su propia ca­pacidad para aceptar la muerte? O bien, ¿había conducido ella misma a sus hermanas a dar pruebas de una cierta fuerza tranquila ante el sacrificio? «Adoro de todo corazón el orden de la divina providencia acerca de su decisión que parece querer tomar so­bre la vida de usted; si es voluntad de Dios llevarse su alma, sea bendito su santo nombre; él sabe la pena que tengo de no poder asistirle en este último acto de amor, que creo que hará usted de entregar su alma con mucho gusto al Padre eterno, con el deseo de que esa entrega honre el instante de la muerte de su Hijo. Nuestra buena hermana Élisabeth le va a asegurar el afecto de todas nues­tras hermanas y el deseo que se acuerde de todas ellas en el cie­lo, cuando Dios haya derramado sobre usted su misericordia». Descubrimos también su

firme convicción de que Dios escuchará las oraciones de la hermana: «Acuérdese, pues, mi muy querida hermana, de las ne­cesidades de la pobre Compañía, a la que Dios le ha llamado; sir­va de abogada ante su bondad para que tenga a bien cumplir sus designios sobre ella; y si su bondad se lo permite, pida a nuestros buenos ángeles que nos ayuden. Buenas tardes, mi muy querida hermana; suplico con todo el corazón a Jesús crucificado que le bendiga por todas las virtudes que él practicó en la cruz».

A Luisa siempre le afectaba profundamente la muerte de una hermana, pero

la adhesión del corazón y de la voluntad a los designios de Dios era cada vez más evidente. Así lo enseñaba a las hermanas de manera a la vez clara y discreta. No temía afirmar: «Debemos aceptar con buen corazón la voluntad de Dios en la disposición que él ha tomado en relación a nuestra buena hermana, disposi­ción que yo lamentaría, si me atreviera, pero cúmplase siempre la voluntad de nuestro gran Dueño por parte de todas nosotras y en todas nosotras».

Y a pesar de la pena, Luisa guardaba su sentido de la rea­lidad y ayudaba a las hermanas en las formalidades anejas al funeral. Sabía cuál era el precio de las velas, recomendaba al co­merciante, indicaba la calle y ordenaba a las hermanas presentes que informaran a las otras. No se olvidaba de nada, y creó para las hermanas un estilo de duelo con el que las hermanas podían expresar su pena de manera modesta, pero digna, testimoniando el amor que sentían por la hermana desparecida. Veamos cómo sigue la carta a la hermana Bárbara Angiboust: «El señor Vicente nos ha ordenado que la enterremos esta tarde, después de las vís­peras. Le ruego que se lo diga al señor cura párroco para saber si le parece bien. Se tendrá una vigilia con el cuerpo presente, y el miércoles se celebrará el funeral. Si le parece bien, debería haber seis hachas de media libra cada una, seis cabos de medio cuarte­rón. Creo que podría tomar las seis hachas de la iglesia, y en ese caso no hará falta comprarlas.

Harán falta también para las hermanas cuarenta velas, de dos liardas cada una. […] Hace falta también un ataúd, una corona de flores blancas, y que nuestras hermanas de Saint-Nicolás avisen a las hermanas de Saint-Benoit, Saint-Étienne, a las de los Niños; a las demás les avisaremos nosotras».

Tenía plena confianza en sus hermanas, pues añade: «No sé si me olvido de algo, usted hará lo que yo pueda haber olvidado».

Añade la dirección de la tienda de velas: «Encontrará un ven­dedor de velas en la plaza Maubert. Avise a madame Metay, (una Dama de la Caridad), ella le ayudará en todo eso».

Transmisión de alimentos espirituales

Pero Luisa no se contentaba con organizar los funerales de las hermanas difuntas. Nunca dejaba de dirigirse a toda la Compañía cuando ingresaba una hermana nueva. Participaba en todo, ani­maba a sus hermanas, y sin embargo era ella la que con frecuencia tenía necesidad de apoyo. Pero seguía siendo fiel a sí misma en su aceptación de la voluntad divina, y jamás dejaba de transmitir a sus hermanas el fruto de la experiencia unida a la muerte de una hermana: «Hay que bendecir a Dios por todo y rezar por ella, y os ruego que el ejemplo de sus virtudes y en especial de su sumisión y de su amor al servicio de los pobres os sirva para dar a Dios la fidelidad que le debéis».

Conclusión

En aquellos tiempos revueltos se vivía en la inseguridad y el miedo era un compañero fiel. La voluntad de Luisa de superarse a sí misma es tanto más admirable, y servía de ejemplo a las otras hermanas. En la mayor parte de sus cartas Luisa no cesaba de animar a las hermanas a abandonarse a la Providencia, cuando ellas tenían que afrontar las dificultades de cada día, las preocu­paciones, los dolores y las contrariedades. Luisa sacaba su valen­tía de Dios. Había aprendido a acoger la vida de cada día con su carga de alegrías y de penas, porque tal era la voluntad de Dios. Aceptaba lo que sucedía abandonándose al amor de Dios y a la Providencia, en la contemplación de la cruz de Cristo. Y luego ella podía comunicar ese amor a sus semejantes y a Cristo en la persona del pobre. He aquí «una carta para toda la Compañía a la que pido que renueve su valentía para servir a Dios y a los pobres con mayor fervor, humildad y caridad que nunca; trabajando en recogimiento interior en medio de las ocupaciones, sobre todo en la sumisión a la voluntad de Dios, de abandono en la Providencia, y no en un estudio triste del conocimiento de todo lo que pasa en nuestro espíritu, que termina a veces en virtud imaginaria […] La perfección no consiste en eso, sino más bien en la caridad

Para Luisa era ciertamente importante elevar el espíritu a Dios, y esa carta lo prueba; sin embargo, ¿no era el amor lo que le dictó los buenos consejos que prodigó a una hermanas que sufría de mal de oídos: «Para la incomodidad de mi hermana Anne hay que echar una gota de aceite de ruda en el oído por la noche antes de acostarse, y poner algodón encima. No hay nada mejor'»». Terminemos con esta cita que podría estar dirigida a cada una de nosotras: «Id, pues, con valentía, avanzando continuamente en el camino en la que Dios os ha puesto para que lleguéis a él».

«Le ruego que diga
a todas nuestras hermanas que, […J
todas las mañanas se levanten
con nuevos bríos para servir a Dios
y a los pobres»

Sor Alfonsa Richartz

La Milagrosa

 

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