Luisa de Marillac (Introducción) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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La santidad no es ni puede ser más que una, la misma, inva­riable en todos los tiempos; sin embargo, ¡cuán distintos son los caminos, cuán diferentes las manifestaciones de la santidad! Entre las obras de un monje solitario y las de un obispo, de una religiosa carmelita y de una hija de san Vicente de Paúl, de un san Alfonso Rodríguez, hermano portero de la Compañía de Jesús y un san Fernando rey de Castilla y de León, tienen que existir necesariamente diferencias muy notables.

Unos se han entregado a espantosas austeridades, mientras que otros han tenido cuidado de su salud y procurado conservar sus fuerzas para emplearlas en obras de celo y de caridad. Estos se lanzaron por los caminos extraordinarios de la santidad, aqué­llos se contentaron con andar sencillamente por el camino tri­llado de todos, santificando su vida con la práctica constante de las virtudes propias de su estado. San Luis, rey de Francia, que rezaba el oficio divino todos los días, no se acercaba con mucha frecuencia a recibir la sagrada comunión; mientras que santa Margarita María suspiraba con ardientes deseos por el Pan eucarístico y lo recibía todos los días. De san Hilarión se dice que nunca se lavaba, y santa Teresa de Jesús tenía la pasión por la limpieza.

La razón de esta diferencia entre los santos se explica fácil­mente. La gracia no anula la naturaleza; se adapta a ella, la perfecciona, la embellece, la diviniza; pero no la destruye. Dios toma a un hombre, y, para hacer de él un santo, no prescinde de su carácter, ni de su temperamento, ni de su sexo, ni de su raza, ni mucho menos del ambiente propio de la época en que vive. Como autor que es de la naturaleza y de la gracia, aduna y combina de tal modo los dos elementos, el natural y el sobre natural, que dan por resultado esta diversidad de formas de que se reviste la santidad.

La santidad personificada en Jesucristo, Señor nuestro, es el vínculo común que establece a todos los santos en una admirable unidad, pero sin destruir su vasta y hermosa variedad.

La época de la primera predicación evangélica nos presenta ya un tipo de hombres no conocido hasta entonces, los após­toles, los diáconos como Esteban; las diaconisas, los primeros cristianos que se desprenden de todo para poner sus bienes a los pies de los apóstoles, que se entregan a la práctica de la piedad, que se aman entre sí, no forman más que un corazón y una sola alma, y se regocijan cuando tienen algo que sufrir por el nombre de Jesús: Ibant gaudentes.

Sigue inmediatamente a esta época la época de los mártires; es una ola inmensa de sangre generosa que inunda la tierra para fecundizarla, convirtiéndose la sangre de los mártires en semilla de cristianos, según la hermosa frase de Tertuliano. Es una época en la que sus innumerables santos parecen padecer la nostalgia del cielo y vuelan al sacrificio de sus vidas, sin arre­drarse ante los más atroces e inauditos tormentos, viendo en el martirio un deber, un honor y una verdadera dicha.

En la segunda mitad del siglo III y durante el siglo IV apa­recen los solitarios que ilustran el desierto con sus eminentes virtudes. En esta época del desierto se presentan las grandes figuras de Pablo y Antonio, Pacomio y Pafnucio, Hilarión y Moisés y tantos otros que hacen de las tebaidas, o desiertos de Egipto y Palestina, el teatro de las más sorprendentes austeri­dades, llevando una vida de continua oración, de contempla­ción no interrumpida, no teniendo trato alguno con la tierra, para conversar solamente con el cielo.

Viene después, como hija de la anterior, la vida cenobítica, la época monástica, que de oriente pasa a occidente y tiene por base, no ya la vida solitaria del desierto, sino la vida común, cuyo único vínculo fue al principio el voto de estabilidad, al que pronto se agregan los votos de pobreza, de obediencia y de cas­tidad. Son sus padres y maestros: san Basilio, san Agustín, san Benito, san Bruno y san Bernardo, quien desde el interior del Claraval es corno el director de su siglo, el doctor y maestro de su época, el consejero de los mismos papas.

Con las Cruzadas, aparece la época de caballería con sus ór­denes militares, formadas sobre las reglas y la vida del claus­tro, a cuya sombra han nacido. De las treinta órdenes militares, nueve toman la regla de san Basilio, catorce la de san Agustín y siete la de san Benito. Célebres son las órdenes de Jerusalén, de la que salen más tarde los Caballeros de Rodas y de Malta, la orden de los Templarios, los Caballeros Teutónicos, los del Santo Sepulcro, de san Lázaro, de Calatrava, de Alcántara, de Évora y de Santiago de Compostela.

A esta época de heroísmo, mitad guerrero y mitad monacal, en la que se exhiben entrelazadas la cruz y la espada, sigue la de las órdenes dedicadas a sacrificarse por el bien de sus Herma­nos, unos para remedio de los males materiales, como los Her­manos Hospitalarios, los Trinitarios y Mercedarios; y otros para la difusión de la verdadera fe, de la religión y de la moral, como los Domínicos y los Frailes Menores.

Viene, por fin, la época de acción, que se personifica en san Ignacio de Loyola y su célebre Compañía de Jesús, en san Car­los Borromeo, san Francisco de Sales, san José de Calasanz, san Juan Bautista de la Salle…..

A esta época de acción pertenecen san Vicente de Paúl y la B. Luisa de Marillac, que crean, por decirlo así, una escuela nueva de santidad, la escuela que podemos llamar de Acción caritativa, y dan a luz la genial y admirable Compañía de las Hijas de la Caridad, obra que, resumiendo todo lo bueno de las épocas anteriores, fue genuinamente de su época, es y será de todos los tiempos ; pues es la fe, la fe viva y práctica, la fe animada e impulsada por el soplo divino de la caridad cris­tiana.

Es evidente e inconcuso que la caridad ha existido siempre en la Iglesia de Jesucristo; ella la heredó de su divino Funda­dor, pasando por los apóstoles, por los primeros cristianos, por los mártires, por los solitarios y por las innumerables institu­ciones de la edad media. La gloria de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac consiste en haberla estimulado y organizado de modo admirable, en haberla, por decirlo en cierta manera, codi­ficado, vivificado, simplificado y á la vez generalizado, adaptán- dola a las infinitas necesidades de los tiempos modernos.

Al instituir san Vicente y la B. Luisa la Compañía de las Hijas de la Caridad, rompieron los antiguos moldes sobre los que se habían modelado hasta entonces todas las comunidades religiosas, constituyendo una familia, cuyos miembros, si bien de­ben estar animadas del verdadero espíritu religioso, no son, sin embargo, religiosas ni lo pueden ser en el estricto sentido de la palabra; por esto habitan fuera de los monasterios, sin rejas, sin velos, sin clausura, sin vínculos indisolubles ; son, en una palabra, religiosas en el espíritu, pero religiosas destinadas a vivir en medio del mundo. Ellas no irán al mundo que ríe y canta, al mundo que se regocija embriagándose de placeres, no.; ellas irán al mundo que llora y que sufre, al mundo que gime en la miseria y el abandono, al mundo que padece debajo del peso del infortunio en cualesquiera de sus lastimeras e incontables formas.

Preguntad a cualquiera Hermana cuál es su nombre, cuáles son sus títulos, y os contestará con mayor satisfacción que el hidalgo que, abriendo sus viejos y empolvados pergaminos, exhibe sus títulos nobiliarios y su ilustre abolengo: Hija de la Caridad, sirvienta de los pobres enfermos. ¡Hija de la Caridad! Este es su nombre; porque la caridad es su madre, la caridad es su vida, la caridad es su razón de ser. ¡Sirvienta de los pobres enfermos! Este es su título de nobleza, no heredado, sino reco­gido con amor y respeto de los labios de Jesús que ha dicho: He venido al mundo para servir, no para ser servido.

Fijad los ojos en la hermosa y sugestiva divisa que los dos Fundadores dieron a esta su querida familia: ¡Charitas Christi urget nos! La caridad de Cristo nos insta, nos urge, nos im­pulsa. Es la misma caridad que ardía en el Corazón divino de Jesús, aquella caridad tierna, dulce y compasiva que le hacía decir: Tengo lástima de estas muchedumbres; aquella caridad de Jesucristo que inflamaba el corazón de Vicente de Paúl, como lava incandescente en las entrañas de un volcán, que rompe en imponente erupción, con sus indecibles obras benéficas que se extienden hoy del uno al otro confín del orbe.

La historia de la B. Luisa de Marillac que, por vez primera tenemos el honor de ofrecer a nuestros lectores, les dará a cono­cer una fase, la más hermosa, a no dudarlo, de esa acción cari­tativa y sorprendente que ha hecho que Vicente de Paúl y sus obras se vean rodeadas de respeto y admiración por todo el mundo. Nadie, dice san Ambrosio, es más digno de alabanza que aquel que puede ser alabado por todos: Nemo est laudabilior quam qui ab omnibus laudari potest. — (De Virg. lib. I.)

  1. DAYDI C. M.

 

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