Luisa de Marillac (I) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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Nacimiento y juventud de la B. Luisa de Marillac

SESIÓN SOLEMNE EN EL VATICANO. — LAS HIJAS DE LA CARIDAD. — LA MUJER PROVIDENCIAL. — NACIMIENTO DE LA B. LUISA. —LA FAMILIA DE MARILLAC. — SEGUNDAS NUPCIAS DE SU PADRE. — EL PENSIONADO DE POISSY. REGRESO A PARÍS. — SU TÍO MIGUEL SE ENCARGA DE SU INSTRUCCIÓN. SUS PRENDAS NATURALES. — Su PIEDAD. — PRIMERAS DUDAS SOBRE SU VOCACIÓN. OPINIÓN DEL VBLE. P. HONORATO DE PARÍS.

El día 9 de marzo de 1919, primer domingo de Cuaresma, en la sala consistorial del Vaticano, ante Su Santidad, el papa Benedicto XV, asistido por dos Emmos. señores Cardenales y rodeado de la Corte pontificia, ante numeroso público, con mo­tivo de la publicación del Decreto que -establece la autenticidad de tres milagros, realizados por mediación de la venerable Sierva de Dios, Luisa de Marillac, el Secretario de la Sagrada Congregación de Ritos, Monseñor Alejandro Verde, se expre­saba en los términos siguientes :

«Entre tantas familias religiosas que, en el transcurso de los siglos, se ha dignado Dios suscitar para ayuda y ornamento de su Iglesia y en beneficio de la humanidad, no es fácil encontrar una que pueda compararse, ya sea por el número de sus miem­bros, ya por la- variedad de sus caritativas obras, con la Com­pañía de las Hijas, a quienes la CARIDAD ha dado su nombre.

«Estas Hijas de la Caridad, cuyo número pasa de treinta mil, se hallan de modo admirable diseminadas en casi todas las partes del mundo. Las vemos en las escuelas, en los orfanatorios, en los hospicios, en los hospitales, en las cárceles y hasta en el mismo campo de batalla, confundidas con los combatien­tes. Plenamente informadas y animadas del verdadero espíritu de su vocación, cumplen con tal perfección sus numerosos y di­versos oficios de caridad, que han sido y son objeto de cons­tante y universal admiración, como ha sucedido recientemente en la espantosa guerra que ha llenado el mundo de tantas cruel­dades, de tantas ruinas y de tan grande mortandad.

«Dulce y grato es recordar, con el corazón emocionado y agradecido, los incontables beneficios que esta piadosa Sociedad de las Hijas de la Caridad ha derramado .y derrama aun sobre la humanidad; pero no es posible evocar estos recuerdos, sin que el pensamiento se remonte hasta el origen y comienzos de esta Compañía. Dos fueron sus fundadores; el uno es un gran santo, cuyo nombre es conocido de todo el mundo, VICENTE DE PAÚL ; la otra es la ilustre discípula de este santo, su hija espi­ritual, la colaboradora en sus trabajos, asociada a todas sus obras, LA VENERABLE LUISA DE MARILLAC, viuda de Legrás, de la cual se trata en el presente Decreto.»

Esta mujer providencial y verdaderamente admirable, de la que se sirvió Dios para otorgar a la tierra el don inestimable de la Hija de la Caridad, honor de nuestro tiempo y gloria la más pura de nuestra civilización, acaba de ser elevada por la Iglesia al honor de los altares, presentándola a la veneración del mundo, circundada su frente con el nimbo glorioso de los bienaven­turados. De ella y de su obra nos proponemos escribir en estas páginas su historia.

Luisa de Marillac nació en París el 12 de Agosto de 1591, siendo su padre Luis de Marillac, caballero, señor de Farinvilliers y consejero del Parlamento. En cuanto a su madre, no tuvo el consuelo de conocerla, privándola Dios desde su naci­miento de las caricias y cuidados maternales.

La familia de Marillac era originaria de Aubernia, distin­guiéndose en su país durante el siglo xv y en la misma corte de París en el siglo xvi durante los reinados de Enrique IV y Luis XIII. Basta recordar al célebre Carlos de Marillac, abo­gado y consejero del Parlamento, más tarde obispo de Vannes y después arzobispo de Viena en el Delfinado; grande hombre de estado, fue embajador del rey de Francia en Constantino­pla, Inglaterra y Alemania, en la dieta de Asburgo en Roma.

El padre de la B. Luisa, hijo del Consejero de Estado Gui­llermo de Marillac, tenía dos hermanos y dos hermanas: Mi­guel, María, Luis y Valentina.

Miguel de Marillac, Guardasellos y Canciller del reino, era hombre de gran piedad, amigo íntimo de san Francisco de Sa­les. En unión con el cardenal de Berulle, introdujo en Francia a las Carmelitas de santa Teresa. Fue el autor del Código Michas, destinado a unificar la legislación, y de una traducción muy apreciada de la Imitación de Cristo.

María de Marillac, esposa de Renato Hennequin, director del departamento de suplicatorios del palacio real.

Luis de Marillac fue Mariscal de Francia y gobernador mi­litar de Verdún, el cual, puesto al frente del ejército de la Cham­paña, tomó parte en varios hechos gloriosos de armas.

Valentina de Marillac casó con el marqués de Attichy, in­tendente de hacienda de la reina.

La grandeza, flagelada por las grandes desgracias que la po­lítica ocasionó a aquella ilustre familia, corno tendremos opor­tunidad de ver en el curso de esta historia, fue una alta escuela, en la que la B. Luisa pudo conocer experimentalmente y muy de cerca la inconstancia de las cosas de la tierra.

Muy escasos son los datos que tenemos de la infancia de la B. Luisa. Privada de los solícitos cuidados maternales, la B. Luisa comenzó la vida dando sus primeros pasos por el ás­pero sendero de la adversidad. Así lo comprendió ella misma, cuando, al fin de su vida, adorando los designios de la Provi­dencia, decía: «Dios me ha dado a conocer ser su voluntad que yo vaya, a él por medio de la cruz. Desde mi nacimiento, en todo el transcurso de mi vida, casi nunca me ha dejado sin ofrecerme algún motivo de sufrimiento.»

Así fue, en efecto; su padre contrajo segundas nupcias el 12 de enero de 1595 con Antonieta Le Camús viuda de Luis Thiboust, señor de Breau, la que tenía de su primer matrimonio cuatro hijos pequeños, tres varones y una niña. De este segundo matrimonio tuvo Luis de Marillac una hija, Inocencia de Marillac, que nació en el mes de diciembre de 1601, la que más tarde casó con el señor de Vandy.

Nuestra pobre niña Luisa que, al contraer su padre segundas nupcias, no tenía más que tres años y cinco meses, no iba a en­contrar en el seno de esta nueva familia el calor y cariño mater­nales al lado de una madre que no era la suya. Con tal motivo fue colocada corno pensionista en el célebre monasterio de Domi­nicas de la Abadía de Poissy, donde se hallaba una tía suya, pri­ma de su padre, autora de varias obras de piedad, la que se ocupó de su primera educación. De este monasterio fueron sucesi­vamente prioras Luisa de Gondí y Juana de Gondí, de la ilus­tre familia del señor de Gondí, conde de Joigny, General de las Galeras de Francia, de quien tanto se habla en la historia de san Vicente de Paúl.

Felipe el Hermoso, rey de Francia, fundó este monasterio en recuerdo de su abuelo san Luis, quien había sido bautizado en Poissy, teniendo en tanto honor su título de cristiano, que se complacía en firmarse: Luis de Poissy.

Después de haber permanecido en este monasterio bastante tiempo, la niña Luisa fue llevada a París, poniéndola su padre al cuidado de una virtuosa maestra para adiestrarla en las labo­res propias de ‘su sexo y condición.

Es evidente que su padre no pudo instruir y educar perso­nalmente a su hija, pues éste murió el 25 de Julio de 1604, cuando la B. Luisa no había aun cumplido trece años. Pero a la muerte de su padre, es probable, casi seguro, que pasó al lado de su tío Miguel que habría quedado de tutor de la niña, por la que mostró siempre mucho afecto. Este, reconociendo en ella una inteligencia despejada, a la que unía un juicio sólido, gustos serios y grande aplicación al estudio, le dió personalmente lec­ciones de gramática y literatura latinas, introduciéndola después en el conocimiento de la filosofía. Dedicóse también, por aquel mismo tiempo, al aprendizaje del dibujo y de la pintura, por cuyo arte mostraba la joven Luisa mucha afición y felices dis­posiciones, a tal punto, que siguió cultivándolo el resto de su vida, conservándose aun en el día algunas pinturas debidas a su pincel.

Estos estudios y su afición a la lectura de obras escogidas, le proporcionó copioso caudal de conocimientos nada vulgares y dió a su criterio tal solidez y firmeza, que le permitían discurrir sobre los más variados asuntos sin la más pequeña dificultad.

Leía siempre con la pluma en la mano, no sólo para anotar en resumen lo que leía, sino para añadir los comentarios que sus lecturas le sugerían.

Profundamente piadosa, la B. Luisa de Marillac llevaba en el mundo vida ejemplar, ejercitándose en la práctica de las vir­tudes propias de toda doncella verdaderamente cristiana. Para sus ejercicios de piedad, acostumbraba frecuentar la iglesia de las monjas Capuchinas de la calle de san Honorato, ya por ser aquella iglesia muy recogida y devota, ya porque la vida santa y austera de aquellas buenas religiosas era para ella objeto de peculiar edificación.

Es indudable que debió su primera formación espiritual igualmente a su tío, Miguel de Marillac, cuya reputación de honor y santidad le comunicaba gran ascendiente sobre las almas, cosa rara en las personas que viven en medio del mundo. La joven Luisa recurriría más de una vez en sus vacilaciones y perplejidades a las luces de su piadoso tío; prueba de ello es el fragmento de la siguiente carta, en la que éste, entre otras cosas, le escribía, diciendo: El alma que se conoce, se contenta con someterse humildemente a Dios, reconociendo que nada tiene; está como un pobre mendigo ante su presencia, de quien lo espera todo. Cuanto más ésta se despoja de su propio cuidado y actividad, más claramente ve lo que debe hacer o dejar de ha­cer. ¡Que vuestro .ejercicio sea, pues, estar con Dios, buscar y amar a Jesucristo, uniéndoos a Él, honrando su vida, sus tra­bajos y sus sufrimientos! Por lo demás, la sola fidelidad del alma nos une ya a Dios. Cuando yo regrese a París, os ayudaré cuanto pueda y con mucho gusto.

Ya por aquel tiempo sentía la joven Luisa en su corazón gran menosprecio del mundo y ardiente deseo de darse total­mente a Dios; y, llevóla tan lejos este pensamiento, que llegó a pensar que Dios la llamaba a la vida del claustro, siguiendo la vida recogida y santa de aquellas buenas religiosas Capuchinas a quienes tanto estimaba. ¿Era ésta su vocación? No se atrevió la piadosa joven a resolver por sí misma en asunto de tanta gravedad y que tan poderosamente influye en el resto de la vida; lo encomendó mucho a Dios, a quien sólo pertenece decidir la suerte de las criaturas, y quiso, además, tomar consejo de perso­nas que pudieran ilustrarla sobre punto tan delicado.

Era en aquel tiempo director de aquellas buenas religiosas el venerable capuchino, Rev. Padre Honorato de París, con quien ordinariamente se confesaba la joven Luisa de Marillac. Go­zaba este religioso de grande y muy merecida reputación de sa­bio, virtuoso y prudente. La Iglesia lo ha declarado venerable, introduciendo, hace algunos años, la causa de su beatificación, causa que no ha podido prosperar más allá de la cuestión de la heroicidad de sus virtudes, por falta de testimonios suficientes. A este venerable sacerdote se dirigió, pues, la joven Luisa para exponerle sus dudas. El buen religioso la escuchó con mucha atención, y, después de examinar el asunto con detenimiento y gran madurez, como si hubiera tenido intuición de la especial misión que estaba reservada a aquella alma, la dijo: Creo que Dios tiene sobre vos otros designios; es necesario encomendar mucho a Dios este asunto para conocer su voluntad.

Esto sucedería entre los años 1607 y 1611, cuando la B. Lui­sa contaba de diez y seis a veinte años.

 

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