Necesito consolarme con su caridad, mi muy Honorable Padre, de la pérdida de nuestra pobre Sor Juana Bautista2, por mi culpa, al no haberme atrevido a hablarle claro de la mala conducta en lo que ha pasado en el nombre de Jesús3, de lo que ella ha sufrido mucho por su timidez. Se ha marchado a las 7 de la mañana y yo no lo he sabido hasta las 4 de la tarde. ¿Qué he de hacer, mi muy Honorable Padre? Me da mucha compasión, porque la creo inocente de las últimas sospechas. ¿La mandaré a buscar a las Hijas de la Magdalena, donde tiene una hermana, o a casa de unos parientes que conocemos? ¿Mandaré llamar a la mujer del Nombre de Jesús que salía siempre con ella, para informarme de cuál era su conducta cuando salía, aunque sin decirle nada de su marcha? ¿Haremos por sacar lo más que podamos a las Hermanas del Nombre de Jesús, para ver si llegamos a averiguar lo que ha sido de ella? ¡Cómo me hace ver este contratiempo la necesidad que tienen las Hijas de la Caridad de ser sumisas y dependientes de las que les hagan las veces de Superiora! Su conducta, más independiente desde hace algún tiempo, la tenía muy cogida; y yo creo que un temor, más vano que razonable, es el que la ha puesto en el estado en que se encuentra. No dudo de que su caridad pedirá por ella y me perdonará las faltas que yo he cometido en este caso, advirtiéndome de ellas como de todas mis demás faltas, para ayudarme a que me corrija. Así se lo suplico humildemente, por amor de Dios, por quien soy, mi muy Honorable Padre, su muy humilde hija y obediente servidora.
Luisa de Marillac, Carta 0643: Al señor Vicente

[septiembre 1658]1






