Hija de la Caridad Sierva de los Pobres Enfermos
Bernay
Hoy, 16 de febrero de 16581
Mi querida Hermana:
No me extrañan todas sus dificultades con las señoras; es corriente allá donde hay hospitales unidos con la Caridad de las parroquias, que se den desavenencias, sin que haya culpa por parte de unos ni de otros. Es que cada uno se cree obligado a defender aquello de que está encargado2. Lo que serla de desear es que ambas cosas estuviesen separadas y que hubiese reglamentos bien claros señalando lo que unos y otros han de hacer; pero habría que establecerlos y eso depende enteramente del señor de Bernay, porque hasta el presente no sé yo que los haya para podérselos enviar. Lo que tiene usted que hacer en medio de todas esas pequeñas divergencias, es ser muy humilde, poner gran cuidado en que no se la pueda acusar de arrogancia o de suficiencia; debe más bien pensar que está sujeta a todos, que es la última de todos y que no tiene ningún poder; y así debe creerlo y comportarse de esa manera, no haciendo nada sin el permiso de aquellos a quienes el señor Abad ha encargado la dirección de todo. En lo que se refiere a las cuentas que tiene que rendir, hágalas siempre con la mayor exactitud y lo más humildemente que pueda; en cuanto a las señoras de la Caridad, no debe usted mirar de qué condición son para tenerles respeto; basta con que sepa usted que han sido recibidas en la Compañía, para que las honre como a las Madres de los Pobres, sus Amos, aun cuando no contribuyeran con su dinero. ¡Si supieran ustedes, queridas Hermanas, qué humildad, qué mansedumbre y sumisión quiere Nuestro Señor de las Hijas de la Caridad, sufrirían si advirtieran que no lo practicaban!
Sor Ana3, ¡Dios mío! ¿qué hace usted? Si no se encuentra bien, le diré lo que otras veces le he dicho, que hay que trabajar porque la holgazanería fomenta el pecado en el alma y la indisposición en el cuerpo. Aun cuando no pienso yo, queridas Hermanas, que tienen ustedes ninguna familiaridad ni comunicación con los de fuera, no quiero dejar de advertirles que Nuestro muy Honorable Padre en la explicación que su caridad nos da sobre todos los puntos de nuestras reglas, nos señala y hace ver grandes peligros en ese trato prohibido por nuestras mismas reglas. Todas nuestras conversaciones y satisfacciones, si podemos tenerlas fuera de con Nuestro Señor, hemos de encontrarlas entre nosotras. Le suplico con todo mi corazón que su santo amor sea ese fuerte vínculo que una nuestros corazones y en El soy, mis queridas Hermanas, su muy humilde hermana y servidora.
P.D. Comunicaré su carta al señor Vicente; le ruego dé gracias a Dios con nosotros por el favor que su bondad nos ha hecho conservándonoslo de una caída que ha tenido desde una carroza. Pídale nos continúe esos mismos favores en todas las demás cosas.







