Luisa de Marillac, Carta 0609: A Sor Margarita Chétif

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

CREDITS
Author: Luisa de Marillac .
Estimated Reading Time:

Arras

15 de octubre de 1657 1

Mi muy querida Hermana:

No me causa extrañeza si Nuestro Señor le ha hecho participar en sus sufrimientos interiores; ¿pensaría usted gozar de tanto honor delante de Dios y de los Angeles sin que le costase nada? No dudo de que su gracia la sostendrá con fuerza en la soledad e insensibilidad que experimenta hacia Dios. ¿No sabe usted, querida Hermana, que éstos son ejercicios en los que el Esposo sagrado de nuestras almas se complace viéndonos en ese estado cuando usamos de ellos con paciencia amorosa y aceptación serena, sin preocuparnos por lo que sufrimos?

Ya sé que se guarda mucho de perder esas ocasiones de probar su fidelidad, y que su corazón no se abre a escuchar los razonamientos del sentido natural que nos hacen mirar las cosas fuera de la disposición de la divina Providencia y del cumplimiento de la santísima voluntad de Dios; sé también que no da oídos a la añoranza de los ajos y cebollas de Egipto, buscando la satisfacción de encontrarnos en nuestro propio país, entre las personas de nuestro conocimiento que a veces nos dicen hermosas palabras que parecen hacernos adelantar mucho, sólo porque nuestros sentidos sienten regalo y nuestro espíritu se adhiere a ellas; pero al cabo del tiempo no vemos que seamos más virtuosas. Si nos vemos sometidas a la prueba de las mortificaciones y tentaciones, estamos abatidas y caemos en un estado, parécenos, deplorable. Y en efecto lo estaríamos si no permaneciéramos unidas (a Dios) por la parte superior de nuestro espíritu y le dijéramos desde el fondo del corazón: Hágase (Dios mío), según te plazca, pero (soy toda tuya; haciendo todas nuestras acciones, pese a la tentación, pura y simplemente por amor de Dios. Debe complacerse en el pensamiento de que es la voluntad de Dios la que la pone en el estado en que se encuentra, ya sea por orden de su Providencia, ya permitiendo que las criaturas lo hagan. ¿No se ha fijado usted en lo que vemos en San Juan Bautista que conoció tan bien a Nuestro Señor y daba de El los testimonios que usted sabe, amándole más que nadie en el mundo? Y, sin embargo, se alejaba de El, o más bien Dios le separaba por su vocación a la penitencia, aun cuando no había nacido en pecado. Pero, ¿no piensa usted, querida Hermana, que Dios quería dar ese ejemplo a las almas a las que quiere separar de todos los afectos de la tierra para llenar sus corazones de santo amor? ¡Qué consuelo cuando un alma se ve así enteramente dependiente de la dirección particular de Dios! No puedo menos de regocijarme con usted. Déjese de pensar en que va a tener siempre todas esas cosas. Saludo a nuestra querida Hermana muy cordialmente, y de ella como de usted, soy en el amor de Jesús Crucificado.

  1. C. 609 Ms A, Sor Chétif 1 n. 36. Copia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *