Luisa de Marillac, Carta 0571: A mis queridas Hermanas las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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Siervas de los Pobres Enfermos del Hospital Nantes- Bretaña

Hoy, 10 de febrero de 16571

Mis queridas Hermanas:

Hace tiempo que estoy queriendo manifestarles la gran pena que siento por saber están con tanto trabajo siendo tan pocas y muchas de ustedes delicadas de salud; pero lo que más siento es no saber por qué medio socorrerlas. ¿No tienen a nadie que aprecie su trabajo y desee continúe, para que haga comprender la imposibilidad de hacerlo sin que su número aumente? Pero no tiene que partir esto de ustedes, queridas Hermanas, porque aun cuando tuviéramos gran dificultad en enviar enseguida Hermanas, habría quien pensara que teníamos demasiadas; no las personas de autoridad, sino las que gustan de llevar la contraria a lo que los demás hacen.

¿Qué hacer ante esto, queridas Hermanas? No hay otro camino que el de tener paciencia y el ayudarse lo más que puedan con los ejemplos de Nuestro Señor que consumió sus fuerzas y su vida por el servicio del prójimo; esto hará que se sientan fortalecidas no sólo en el cuerpo sino en el espíritu que recibirá consuelos del todo extraordinarios para la perfección de su alma, mediante una unción interior que producirá de continuo la unión y la cordialidad; y con ellas la tolerancia mutua les tornará fácil todo lo que se le hace difícil a la naturaleza; les hará encontrar consuelo aun en sus repugnancias y satisfacciones íntimas en el trato entre ustedes haciéndoles comprender que las satisfacciones que buscamos fuera de las personas con las que Dios nos ha unido por su santo amor para dedicarnos a los mismos quehaceres de su servicio, no pueden sino sernos muy perjudiciales. Creo que no necesitan ustedes que les haga esta advertencia porque la experiencia les ha hecho conocer esta verdad de que obramos con prudencia cuando nos servimos del ejemplo ajeno para evitar los inconvenientes que dañan a todo el cuerpo de las Compañías, en general, y a cada uno de sus miembros en particular, de lo que no suele uno darse cuenta sino después de haber recibido el daño. Suplico a Nuestro Señor les preserve de estas desgracias. No se extrañen, queridas Hermanas, de que les diga estas cosas, aun cuando su pequeña Compañía no me dé motivos para ello; pero ya saben ustedes que los más perfectos tienen que desconfiar de sí mismos y que a los que estamos en pie se nos recomienda vigilar para no caer.

Lo que me consuela, tocante a ustedes, es la seguridad que tengo de que cuentan con buenos confesores, y que aunque no tuvieran ustedes de ellos otra ayuda más que la seguridad de que sus consejos no les dañarán, ya es mucho. Una cosa que me parece muy necesaria y que les recomiendo con toda mi alma, es que toda la comunidad vaya siempre al mismo; no es que quiera decirles con esto que no vayan nunca más que a un confesor, porque es posible que el que el señor Vicente les ha dado como confesor principal no pueda sujetarse a tanto; pero si tienen otro como ordinario, que todas vayan también con él. No crean que les digo esto sin motivo: me mueve a ello el conocimiento que tengo de los desórdenes ocurridos en cierta comunidad en la que se fue introduciendo poco a poco esta libertad de que unas fueran con un confesor y otras con otro, de lo que surgió la desunión y la perturbación, habiendo sido antes de esta desgracia una compañía observante, muy unida y en la que se daba mucha gloria a Dios. Suplico a Nuestro Señor que las guarde de tal desdicha, como así lo espero si continúan ustedes amándose mutuamente y trabajando por sobreponerse a sus pasiones y a los pequeños movimientos que a veces puedan sorprendernos.

Me parece que ya les he comunicado el fallecimiento de Sor Claudia Chantereau. Si Dios quiere, otro día les contaré lo que se diga en la conferencia sobre sus virtudes. ¡Animo, queridas hermanas! Esta vida es tan corta para algunas! y la recompensa de nuestros sufrimientos interiores y exteriores es eterna, como lo saben muy bien; pero sólo se otorga a los que hayan combatido valerosamente. Les deseo que todas salgan vencedoras, y soy en el amor de Jesucristo por el que vencemos todas nuestras dificultades, Hermanas, su muy humilde hermana y afectísima servidora.

  1. C. 571 Rc 3 lt 513. Carta autógrafa.

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