18 de julio (1656)1
Mi querida Hermana:2
Es verdad que he hecho muy mal en dejar pasar tanto tiempo sin escribirle. Crea, querida hermana, que no ha sido por falta de deseo, ya que para mí es un gozo singular el pensar en ustedes dos y en la unión, concordia y cordialidad que reinan entre ustedes. Creo que una y otra trabajan a porfía en perfeccionarse, según los designios de Dios, y para ello pueden servirles todas las acciones de su vida, inclusive las que parecerían más bien alejarlas de esa unión íntima con Dios en la que tanto fervor ponen. Esta unión se opera, con frecuencia, en nosotras, sin nosotras, en la forma que sólo Dios conoce y no como nos la queremos imaginar. Les diré lo que, a mi juicio, podemos hacer para ayudar a conseguirla. No tolerar nada en nuestra voluntad que se oponga a la voluntad de Dios; darnos por completo a El para no descuidar ninguna de las prácticas que se nos aconsejan, para desprendernos de nuestro propio juicio y trabajar en mortificar nuestras inclinaciones aun en las cosas que nos parecen buenas. Por ejemplo, cuántas veces podemos desear cosas pensando en un fin del que, sin embargo, nos alejarían si nos empeñáramos en seguir nuestra propia voluntad. Tiene usted que estar muy agradecida a su Director3 por haberle hablado de esto en esta forma. Supongo, querida Hermana, que le parecería a usted estar oyendo la voz de Dios y que, efectivamente, piensa que es El quien le habla por boca de este buen señor. Nada hay tan ciego como los ojos para verse a sí mismos, aunque vean las demás cosas.
No se extrañe, Hermana, de que vuelvan a su mente esos pensamientos, esas pequeñas murmuraciones. Entiendo, querida Hermana, que su principal negocio, el de usted y el mío, es humillarnos mucho, tanto más bajo cuanto más alto quiere elevarnos nuestro espíritu bajo bellos pretextos de unirnos a Dios por nuestra propia industria. Tenemos que simplificarnos mediante un completo abandono a la dirección de su divina Providencia y a la de nuestros superiores, como por su carta me parece manifiesta usted desearlo.
Escribo unas letras al señor Cura Párroco de Troyes, a quien estamos muy agradecidas. Pero, querida Hermana, no tenían ustedes que haber consentido que esas buenas muchachas viajasen a expensas de los señores de la Misión; tengo la seguridad de que podrían haber encontrado ayuda mediante alguna otra limosna; tendrán que tenerlo presente, sobre todo cuando vean a la señora Duquesa.4
No dejaré, querida Hermana, de rogar al señor Vicente le escriba unas líneas de contestación; está tan agobiado de asuntos que me cuesta trabajo desviar su atención a otras cosas. Cuando se tome usted el honor de escribirle, hágalo lo más brevemente que pueda y que su letra sea clara para facilitarle la lectura; no es que él me haya dicho absolutamente nada en este sentido.
Les doy mis afectuosas gracias por la caridad que han hecho conmigo, mis queridas Hermanas. Pero¿quién les ha dicho a ustedes dos que yo necesitase un hábito? No es una gran necesidad a no ser en el pensamiento de las Hermanas. Agradezco a Sor Carlota5 haya conseguido que hable usted al estilo de ella. ¡Ah! y ¡cuánto me ha agradado que haya usted llegado a vencerse! Es quizá el acto de virtud más grande que haya usted practicado en ese día. Sigan así, queridas Hermanas, porque mientras estemos en la Iglesia militante, preciso nos será combatir; si la bondad de Dios nos hace misericordia y llegamos a la Iglesia triunfante, entonces será cuando alcancemos plenamente esa unión íntima con El, que en esta tierra no podemos poseer por completo. Trabajemos pues, queridas Hermanas, en el servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos, por amor de Jesús Crucificado, en quien soy, su muy humilde y dedicada servidora.
- C. 542 Rc des pièces… p. 669.. Copia.
- Francisca Carcireux (ver C. 251, n. 2).
- El señor Pedro de Beaumont: nació en 1617, entró en la Congregación de la Misión en febrero de 1641. Después de una estancia en Saint Méen, pasó a Richelieu como Director del Seminario. Fue nombrado Superior en 1656.
- La Duquesa de Aiguillon, como es sabido, sobrina de Richelieu.
- Carlota Royer (ver C. 251, n. 1).







