Hija de la Caridad, sierva de los Pobres enfermos
Richelieu
Hoy, 9 de febrero de 16561
Mi querida Hermana:2
Me ha proporcionado usted una gran satisfacción al darme sus apreciadas noticias; aunque Sor Francisca3 siempre haya tenido el cuidado de dármelas y hablarme de sus continuas dolencias que, a veces, han llenado para usted el lugar de sus amadas ocupaciones al servicio de los pobres y crea que su sufrimiento tiene el mismo valor que aquél, puesto que es Dios quien lo quiere.
Por lo que se refiere a la lectura y escritura, bien sabe usted, querida Hermana, la guerra que le he dado con ello desde que estaba usted en San Juan. Y ahora me viene una pequeña curiosidad: la de saber cómo se trata usted en sus enfermedades, tanto para el alimento como para las medicinas; especialmente, si entra usted en el número de los enfermos de las parroquias. Porque de hacerlo así, tendríamos algo que objetar, a causa de la larga curación de su mal estado de salud. Le ruego me diga, querida Hermana, qué hay de esto y yo le comunicaré mi pobre parecer. No dudo de que hace usted buen uso de sus dolencias y que cuanto más abatido se ve el cuerpo por la enfermedad, tanto más se eleva su espíritu por la sumisión y aquiescencia al divino agrado y por la práctica de las virtudes interiores. Alabo a Dios por lo que me dice usted de Sor Francisca: las gracias de Dios no son siempre iguales, por su gran bondad que conoce nuestras flaquezas y nuestras necesidades. Hace tiempo que tengo empezada una carta para ella, espero poder terminarla y enviarla con ésta. Sí, me parece que sus corazones están muy unidos. Se advierte por las noticias que nos dan de ustedes.
Suplico a Nuestro Señor continúe derramando sus gracias sobre usted, soy en su santo amor, querida Hermana, su muy humilde.
P.D. Se me olvidaba decirle que su madre y su hermano están bien de salud, a Dios gracias. Le ruego que les escriba.







