(hacia mayo de 1655)1
Mi querida Hermana:
He querido hablar a la señora2 de lo que me había usted dicho, pero me tapó la boca diciéndome las quejas que le habían escrito; las escuché como debía, pensando que todo ello procede de algunos envidiosos o más bien de personas interesadas que creen que todo el mundo es como ellas; sin embargo, querida Hermana, estamos obligadas a complacer a todos y a hacer con paciencia la obra de Dios, ejecutando todas las cosas sin apresuramiento; nuestra vocación de siervas de los pobres es para nosotras una advertencia de la dulzura, humildad y tolerancia que hemos de tener con el prójimo; del respeto y honor que debemos a todo el mundo: a los pobres porque son los miembros de Jesucristo y nuestros amos, y a los ricos para que nos proporcionen medios de hacer el bien a los pobres.
El señor Vicente se alegra de manera especial cuando tiene noticias suyas; es de opinión que despidan ustedes a sus pensionistas porque dice que no es propio de las Hijas de la Caridad el tenerlas. En efecto, en un Consejo3 que se celebró sobre varias cuestiones, se resolvió que las Hermanas no recibirían nunca pensionistas, y ello por fundadas razones…







