Nantes
Hoy, 24 de agosto (1652)1
Mi querida Hermana:
Estoy muy asombrada de que lleve usted tanto tiempo sin recibir carta nuestra; tiene que ser la guerra la que ha entorpecido el que lleguen a su poder, porque yo no he dejado de escribirle con frecuencia. ¡Bendito sea Dios que por su bondad nos hace esperar tranquilidad con la creencia de que pronto llegará la paz! He comunicado su apreciada carta a nuestro Muy Honorable Padre, según era el deseo de usted; es de opinión, querida Hermana, que sin prolongar más la prueba a la joven, la envíe si juzga usted que es lo suficientemente fuerte de cuerpo y espíritu.
Tiene que venir en la disposición de regresar a sus expensas en el caso de que no diera resultado, lo que sería mucho más enojoso de haber hecho ya una prueba con ustedes por orden y consentimiento de las personas que me dice. Por lo que se refiere a Sor Renata,2 he quedado muy sorprendida con lo que me comunica, pues nunca la había oído quejarse más que de su mal de pierna. Es posible que la causa esté en lo que me dice usted como de paso con una palabra, sin nombrarlo quizá porque no convenga. Nuestro Muy Honorable Padre no encuentra otra solución para remediarlo que la de enviarla a Hennebont. Espero me dé usted más noticias sobre este asunto antes de dar esa orden. Le ruego que salude con mucho afecto a todas nuestras queridas Hermanas. Alabo a Dios por la mejoría de Sor Ana3 cuando esté mejor, le escribiré. Haga el favor de decir a Sor Marta4 que he tenido una gran alegría con las noticias que me ha dado usted de ella, y a Sor Luisa5 que la ruego esté tranquila por su familia: su madre, su hermana y demás parientes están bien, a Dios gracias, y también su buena señora que ha entregado a su madre todo lo que le quedaba de ella.
La ruego que se anime al trabajo y sobre todo a la observancia de sus reglas. Me figuro, querida Hermana, que no deja usted de advertir a las llegadas últimamente el respeto cordial que deben tener a las antiguas. Es una cosa tan necesaria que si no cuidáramos de ella, causaría grandes desórdenes en la Comunidad. Hay que formar el espíritu de las jóvenes en la sumisión y mortificación interior, porque de otro modo sólo habría confusión y las Hermanas antiguas tendrían motivos de descontento si se las ignorara. No sé, querida Hermana, por qué le digo todo esto, porque no he recibido ninguna queja en ese sentido; tal vez sea por los inconvenientes que de esa falta hemos notado aquí.
Me proponía tener el consuelo de escribir a Sor Enriqueta6 y a Sor Francisca,7 pero me lo ha impedido una visita. Les ruego me disculpen y a todas juntas, que recen por nosotros, queridas Hermanas, porque lo necesitamos mucho, dado el número de enfermos que hay en todas las parroquias y también muchas Hermanas.
Suplico a Nuestro Señor sea su fortaleza y su consuelo, y soy en su santísimo Amor, querida Hermana, su muy humilde hermana y servidora.







