(julio 1652)1
Mi muy Honorable Padre:
Esta alarma2 nos ha asustado mucho a todas. Varias de nuestras Hermanas desearían confesarse hoy, y temo que no podamos tener un sacerdote de San Lorenzo. Si no lo logramos, le ruego nos haga la caridad de proporcionarnos uno esta tarde.
No pienso que se pueda ir a buscar trigo, puesto que no lo hay en los pueblos vecinos; en cuanto a ir más lejos, sería exponerse grandemente a perder el dinero. Se lo he dicho a la señorita de Lamoignon,3 quien me ha contestado lo mismo que a usted; también le he dicho que el pensamiento de usted ayer era que se fuera a comprar a la Grève,4 y que los señores de la Casa de la Villa juzgan que es seguro hacerlo traer por algunos alguaciles, a los que se pagaría su trabajo. No pienso que haya otro medio para no dejar morir de hambre a estos pobres niñitos.
La mayoría de la gente sale de este arrabal y se va a vivir a otro sitio;¿no tendríamos que seguir su ejemplo? Pero para nosotras sería muy complicado. Si hubiera que temer por las Hermanas jóvenes, podríamos enviarlas acá o allá, a diferentes parroquias, enviándoles, si fuera posible, algunos alimentos. En cuanto a mi, me parece que estoy esperando la muerte y no puedo impedir que mi corazón se sobresalte cada vez que oigo gritar a las armas. Me parece que París deja abandonado este arrabal, pero espero que Dios no lo abandonará y que su bondad nos hará misericordia. Esperamos que su caridad la pida para nosotras y le rogamos nos dé su bendición, de todo corazón, como soy, Muy Honorable Padre, su humilde y agradecida hija y servidora.
P.D. Temo que el hombre de Bicêtre no haya podido pasar. ¿Qué haremos de Sor Genoveva5 que tan necesaria es allí para levantar el ánimo de nuestras pobres Hermanas? Díganoslo, por favor.







