Hija de la Caridad Sierva de los Pobres, en Nantes
(diciembre de 1649)1
Querida Hermana:
He recibido el mismo día dos cartas suyas, diciendo ambas casi la misma cosa. Le aseguro que estoy muy apenada por lo que está sufriendo; pero¿qué decirle? debería más bien envidiarla, puesto que sufre usted por el servicio de Dios.
Lo que sí desearía con todo mi corazón es que fuera sin culpa alguna por parte de ustedes y que cada una se empeñara en la práctica de una verdadera y sólida humildad, sumisión y mansedumbre. Parece que se anticipan las cargas en contra de lo que tenemos convencido; será conveniente avisar de ello al señor de Joncheres y a los que saben ustedes aprecian el servicio que ustedes prestan a los Pobres; pero querer ganar a base de lucha, quejarse por todo lo alto, murmurar entre ustedes, es lo que no deben hacer, porque fuera de sus Hermanas Asistentas, las demás no deben oír hablar de nada que pueda turbarlas. Ya habría ido yo a recibir órdenes del señor Vicente sobre estas dificultades, si no fuera porque lleva ocho días sin salir de la habitación; tan pronto como pueda, no dejaré de hacerlo. La pobre señora Marchais2 se encomienda a las oraciones de usted en su aflicción; ha sido raptada en su casa de campo y llevada a Chateaudun por un hombre que tenía algún pariente en el hotel de Longue-Ville, y allí se ha desposado con ella; pero ella asegura que ha sido forzándola, por eso ha entablado un pleito. Los parientes de usted están bien, gracias a Dios.
Salude a esos señores, a la señorita de La Carisiere y a las otras buenas señoras conocidas, de parte mía, y créame en el amor de Nuestro Señor Encarnado, querida Hermana, su muy humilde y afectísima hermana y servidora.







