[1]C. 311 (L. 274) 1. pp.304-305
(diciembre de 1649)1
Señor:2
Esperaba siempre una ocasión que me proporcionara el honor de verle, pero al no lograrlo, me tomo la libertad de poner en su conocimiento, por medio de estas líneas, el estado en que nos encontramos respecto al asunto3 de mi hijo, que yo diría es para mí una aflicción muy grande si, como cristiana, no tuviese que amar el desprecio que de ordinario se sigue de la pobreza, única causa de que no adelantemos nada. Para decirle la verdad, señor, comprendo perfectamente los sentimientos que la prudencia humana infunde a esa buena joven4 la que, por el conocimiento que tiene de él y de los pocos bienes que yo puedo dejarle, ve que no puede esperar llegar nunca a reunir una fortuna, puesto que entre los dos tendrán escasamente lo suficiente para sostener una pequeña familia, y como de ordinario las cargas caen sobre los que menos medios tienen para sobrellevarlas, el pensamiento de la muerte y de dejar unos huérfanos pobres, la retrae de correr ese riesgo. Y aunque las personas que han intervenido en este asunto les han hecho concebir esperanzas por encima de la realidad, parece, señor, que no están dispuestos a creer más que lo que ven. Con razón podría usted quejarse de mis importunidades, si Dios no hubiese llenado su corazón de caridad. Pero ¿a quién iba yo a descubrir estas penas que mi pundonor me ha hecho ocultar por mucho tiempo, sino a usted, señor, que es para Dios todo lo que es, y para mí ocupa el lugar de5 aquéllos que con su dirección me hicieron emprender el estado de vida6 que me ha puesto en la situación en que ahora me encuentro? No crea, se lo ruego por favor, que le digo esto en son de queja, ¡Dios me libre!, hubiera sido muy feliz si la divina Providencia hubiese dispuesto que la esperanza y designios de ellos se lograran porque Dios hubiese prolongado su vida. Pero no ha sido así, ¡El sea eternamente glorificado por todo! y también porque desde que enviudé, o por lo menos desde hace diez o doce años, he tenido que buscar ayuda, como se lo pueden atestiguar los señores de Marillac7 y su señora madre,8 con los que tengo grandes y señaladas obligaciones de gratitud. Perdone, señor, esta enojosa conversación que le demostrará la confianza que tengo en su gran discreción, así como que soy en el amor de Nuestro señor su muy obediente y humilde servidora.
- C. 311 Rc 2 It 274. Carta autógrafa.
- El Conde de Maure, marido de Ana de Attichy, prima de Luisa de Marillac.
- Ver C. 328.
- Gabriela Le Clerc, futura esposa de Miguel Le Gras.
- Está claro que Luisa de Marillac alude a los señores de Attichy–suegros del Conde Maure de cuyos intereses se había hecho cargo Antonio Le Gras, juntamente, quizá, con la tutela de sus hijos, en detrimento de sus propios intereses.
- Su matrimonio con el señor Le Gras, secretario de la Reina María de Médicis en tanto que el señor de Attichy era Superintendente de Finanzas de dicha Reina.
- Miguel de Marillac y su mujer, Juana Potier (ver C. 146 n. 4, y C. 63 n. 5).
- Señora de Marillac, de soltera María de Creil, mujer de Renato. Ingresó en el Carmelo a fines de 1632 o principios de 1633.







