Luisa de Marillac, Carta 0276: A mis queridas Hermanas Sor Genoveva y demás Hijas de la Caridad que sirven a los Pobres Niños en el Castillo de Bicêtre

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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Hoy, viernes (hacia marzo o abril de 1649)

Mis queridas Hermanas:

Demos a Dios la gloria que estamos obligadas a rendirle en el estado en el que place a su bondad habernos puesto. Le suplico con todo mi corazón les dé a conocer cuán bueno es confiar en El y para ello, queridas Hermanas, mírenle a menudo como hacen los niños con sus padres cuando necesitan algo. Estoy segura de que les infunde valor y ánimo suficientes para morir antes que permitir que Dios sea ofendido en ustedes, y que su modestia da a conocer que pertenecen al Rey de reyes a quien todas las potencias están sometidas. Cuide usted de que nuestras Hermanas estén siempre todas juntas y tengan mucho cuidado con las niñas mayores, a las que deben tener siempre a la vista o encerradas en la escuela,1 aun cuando así no puedan prestarles a ustedes ningún servicio. ¡Animo, queridas hermanas! ¿Y quién ha de tenerlo más que ustedes puesto que se hallan en la aflicción y en el ejercicio de la caridad? ¡Ah! ¡cómo se complace Nuestro Señor al ver los sentimientos de amor que parten de sus corazones, la sumisión a su santa voluntad que acepta todo lo que esa voluntad quiere en ustedes y de ustedes! No dudo de que todas y cada una han pensado en hacer una buena confesión con todas las disposiciones necesarias, sobre todo, el propósito de ser en adelante sus fieles servidoras renunciando más que nunca a ustedes mismas.

Suplico a la Santísima Virgen sea su protectora y les alcance de su Hijo la generosidad que necesitan, pido también a sus santos Angeles se pongan de acuerdo con los de los señores que Dios les ha enviado, para que ayuden a éstos a vivir de tal suerte que puedan glorificar a Dios eternamente y a ustedes, mis queridas Hermanas, a continuar sus santos ejercicios por su santo amor, en el cual soy, queridas Hermanas, su muy humilde hermana.

P D. Aunque les hablo de confesarse, no crean, queridas Hermanas, que entiendo infundirles el temor de que van a morir. No, de ninguna manera; es para ayudarlas a que estén siempre en gracia de Dios, de tal suerte que Él tenga siempre su mirada puesta en ustedes.

Con toda mi alma querría estar con ustedes. Hagamos cuanto podamos para permanecer en paz.

  1. Durante los disturbios de La Fronda el ejército acampaba por los alrededores de Bicêtre.

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