Hija de la Caridad, sierva de los Pobres enfermos en el Hospital (de Nantes)
14 de octubre (1648)
Mi querida Hermana:
Hace algún tiempo escribí a Sor María1 y me gustaría saber el efecto que ha causado mi carta. No podemos enviar a ninguna Hermana sin darle compañía para el viaje; lo siento mucho por ustedes que ya sé tienen trabajo para mayor número del que son. He alabado a Dios con todo mi corazón por la tranquilidad, que, según me dicen, reina en su pequeña Compañía. Espero que Dios siga concediéndoles esta gracia mientras no se preocupen ustedes de nada de lo que puedan decirles.
Cuando el Espíritu de Dios está en las almas, las libra de la debilidad que hace exclamar: ¿qué dirán? o ¿por qué dirán esto o aquello?; y además, ya sabe, querida hermana, que nada puede hacernos más semejantes a Jesucristo que las persecuciones sufridas con paz.
Le hemos enviado una carta de su primo que ha regresado de Italia, creo la habrá usted recibido juntamente con la que escribí a Sor María, no tuve tiempo entonces de escribirle a usted. Le ruego salude a todas nuestras queridas hermanas y diga a Sor Enriqueta2 que estoy muy enfadada con ella porque no me escribe; que la paz quedará firmada entre las dos en cuanto reciba la primera carta. Su sobrina, Petra,3 ha venido a hacer el retiro. Está haciendo maravillas en Serqueux con Sor Juana Delacroix;4 ha visto a su hermano aquí, que también lo está haciendo muy bien. En cuanto al hermano de Sor Enriqueta, está en la casa que tienen estos señores cercana a la de nuestras Hermanas de Nanteuil, con el señor Gallais;5 también él lo está haciendo muy bien. Diga a Sor Juana6 que su señor hermano está bien; nos ha dicho que iba a dejar su curato, pero sigue en él.
Tenga cuidado, Hermana, con una falta que comete usted y permite cometan, temo que so capa de bien, y es dejar hablar demasiado a las hermanas con personas de fuera, inclusive con religiosos. Ya sé que esto tiene buena apariencia y que sirve de alivio al contar sus penas. Pero no es así. Porque le aseguro que en vez de liberarse de las penas que se puedan tener, se acumulan más, y a veces, los medios que esas buenas personas ofrecen para salir de ellas y su misma ayuda, lo que hacen es turbar más y hasta llegan a quebrantar la vocación. El regreso aquí de nuestras dos últimas Hermanas7 me ha hecho comprender que tenía que advertirle a usted de ese peligro, y que es preferible amar las penas cuando se tienen, llevarlas a los pies del Crucifijo o comunicarlas a la Hermana que sirve a las demás, que no ir a descargarse de ellas a esa costa. Ruego a Nuestro Señor le enseñe Él esta verdad, y soy en su santo amor de todas ustedes queridas hermanas, su muy humilde y afectísima hermana y servidora.
- María Thilouse (ver C. 177. n. 3).
- Enriqueta Gesseaume (ver C. 86, n. 1).
- Sor Petra Chefdeville (ver C. 366, n. 1). Tenía un hermano en la Congregación de la Misión.
- Juana Delacroix (ver C. 350, n. 5).
- El señor Gallais, sacerdote de la Misión (ver C. 117, n. 2).
- Juana de Saint-Albin (ver C. 218, n. 5).
- Claudia Brígida y Margarita Noret, que regresaron en julio de 1648.







