(septiembre de 1648)
Queridas Hermanas:
No estén preocupadas por nosotras al escuchar los rumores1 que corren acerca de París, porque, gracias a Dios, todo está por aquí bastante tranquilo y, además, las siervas de Dios no deben temer nada con tal de que le sean fieles. No tenemos mayor enemigo que nosotras mismas, y si vemos los castigos de nuestro gran Dios prontos a caer sobre nuestras cabezas, entremos cada una dentro de nosotras mismas y veremos que lo hemos merecido y que por lo tanto debemos someternos a ello y hacer lo posible para aplacar su ira con una verdadera conversión. Dios espera esto de nosotras, por eso, queridas Hermanas, por amor suyo les suplico que entren seriamente dentro de ustedes mismas para ver si son en verdad de Dios. Lo conocerán si se complacen en renunciar a sus propias voluntades y en guardarse de toda singularidad, teniendo gran sumisión hacia sus superiores y rompiendo con todo apego, si lo tuvieran, en no dar entrada en su espíritu a ningún deseo de esto o aquello, sino al de agradar a Dios en todas nuestras acciones…







