Hija de la Caridad, Sierva de los Pobres Enfermos
Richelieu
(Hacia 1648)
Muy querida Hermana:
Alabo a Dios con todo mi corazón por la buena salud que les da, especialmente a Sor Ana,1 a quien suplico haga buen uso de ella y de todas las demás gracias, por temor a que le sean echadas en cara el día del juicio. Sí, Hermanas mías, ¡cuánto hemos de temerlo! y creo que no pensamos bastante en ello y que con frecuencia recibimos con agrado las gracias de Dios y en vez de humillarnos, nos ensoberbecemos, sin pensarlo, sirviéndonos de esas mismas gracias, con pretexto de caridad, como si nos pertenecieran y las hubiésemos producido nosotras. ¡Dios nos guarde de tal miseria!, y para hacer lo posible por preservarnos de ella, humillémonos sometiéndonos a las criaturas, con la mortificación de nuestros sentidos y pasiones y la aceptación de la divina voluntad en todas sus disposiciones sobre nosotras. Les ruego, queridas Hermanas, que se regocijen.
Me preocupa la molestia de Sor Isabel, le ruego me la cuente con todo detalle; me parece es necesario se purgue a menudo, pero con poca cantidad y que tome todas las mañanas en ayunas un buen vaso de agua de cebada bien cocida aunque muy clara, en la que echará un poco de miel o de azúcar, y lo mismo por la noche, aunque distanciado de la cena.
Me parece, Sor Ana, que me pregunta usted algo sobre el uso del vino; en nombre de Dios, no se acostumbre a él, porque tal y como la conozco, estoy persuadida de que le haría mucho daño. Tengo prisa, buenas noches, queridas Hermanas, rueguen a Dios por mí y por toda nuestra Compañía, y créanme en el amor de Jesús Crucificado, queridas hermanas, su humilde y afectísima servidora







