Luisa de Marillac, Carta 0242: A mi querida Sor Juana Lepintre

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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Hija de la Caridad, sierva de los Pobres, en Nantes

Hoy, 6 de junio (1648)

Mi querida Hermana:

Alabo a Dios con todo mi corazón porque su Providencia les ha dado, en el momento previsto por ella, un capellán tal y como se necesita para gloria suya, y para el bien de los pobres y de ustedes también; pero, en nombre de Dios, queridas Hermanas, mírenle de esta manera, mostrándole un gran respeto, honor y sumisión a su gobierno. El señor Vicente dice que pueden ustedes ir a confesarse con él. Recuerden, sin embargo, que por bueno que sea y aun cuando fuera un santo al que Dios hubiera resucitado, tienen que guardarse mucho de tener familiaridades con él. ¡Ah! queridas Hermanas, bien saben el peligro que hay en esto, y los disturbios que puede introducir en las comunidades y cuán difícil es reparar el mal una vez que ha entrado por esa puerta.

En nombre de Dios, no se preocupen ni inquieten por sus cartas, porque nos las entregan fielmente y ya ven que las nuestras también les llegan a ustedes; cuando se retrasen un poco, en vez de inquietarse, piensen que lo que ha ocurrido es que al mensajero se le han olvidado o que las ha llevado más lejos, y no se turben por ello. Tengan la completa seguridad de que no les falta nuestra atención ni afecto, sino que a veces tenemos que dedicar el tiempo a otras y además nuestros asuntos aumentan de continuo. Encomiéndenselo todo a nuestro buen Dios. Desde Pascua han venido más de quince Hermanas. Salude afectuosamente a Sor Enriqueta1 y a Sor Claudia;2 le ruego que no se mate en su botica. Una buena persona que las quiere, me ha escrito de todas ustedes en particular; esto me mueve a decirles que no se extrañen de las mudanzas que a veces perciben en el ánimo de las personas con las que tratan. Y a Sor Margarita,3 que le ruego recuerde que si no es muy fiel a Dios, tendrá mucha cuenta que darle en el momento de la muerte. ¡Ah! ¡Qué peligroso es escuchar la carne y la sangre! A Sor María,4 que recuerde las últimas palabras que le dije cuando ella salía de aquí.

En otra ocasión, acabaré de decir algo a todas. Ruego a la bondad de Dios les otorgue sus más caras bendiciones, y soy en su santísimo amor, querida Hermana, su muy obediente hermana y muy humilde servidora.

  1. Enriqueta Gesseaume (ver C. 86 n. 1).
  2. Claudia Carré (ver C. 561, n. 5).
  3. Margarita Noret. A la sazón tenía dificultades en el trato con su Hermana Sirviente
  4. María Thilouse (ver C. 177 n. 3).

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