Señor:
Me ha parecido que Dios ha establecido mi alma en una grande paz y sencillez en la oración, muy imperfecta por parte mía, que he hecho acerca de la necesidad que tiene la Compañía de las Hijas de la Caridad de hallarse siempre, sucesivamente, bajo la dirección de la divina Providencia le ha dado, tanto en lo espiritual como en lo temporal; y en ella he creído haber visto que sería más ventajoso para su gloria que la Compañía llegara a desaparecer por completo que estar bajo otra dirección, ya que esto parece sería contrario a la voluntad de Dios. Las pruebas son que hay motivos para creer que Dios inspira y manifiesta su voluntad, para el perfeccionamiento de las obras que su bondad quiere llevar a cabo, en los comienzos de dar a conocer sus designios, y bien sabe usted, señor, que en los comienzos de ésta se dispuso que los bienes temporales de dicha compañía, si es que llegara a desaparecer por malversación, revertirían a la Misión para ser empleados en la instrucción del pueblo campesino.
Espero que, si su caridad ha escuchado de Nuestro Señor lo que me parece haberle dicho en la persona de San Pedro, que sobre ella quería edificar esta Compañía, perseverará en el servicio que ella le pide para instrucción de los pequeños y alivio de los enfermos. Por lo que se refiere al locutorio1 no he visto en mi espíritu ninguna solución; pero en lo tocante a la elección de las señoras, veo cada vez más necesaria aquella de quien he hablado a su caridad, de la que soy obedientísima hija y muy agradecida servidora.
P D. Suplico humildemente a su caridad vea la posibilidad de darnos mañana la conferencia y de hacer el favor de avisárnoslo.







