(agosto de 1647)
Señor:
Una buena señora, movida por la señorita de Lamoignon1 y por la disposición de la divina Providencia, nos ha enviado 100 escudos para estos pobres niñitos. Agradézcaselo, señor, por nosotras, y permítame que recuerde a su caridad a Sor Juana Lepintre.2
Le ruego, si lo tiene a bien, que nos deje las tres memorias que le hemos enviado para la Asamblea de las señoras, no vaya a ser que durante su ausencia se traspapelen.
Mi indisposición continúa y he llegado a pensar que nuestro buen Dios quiere que estos frecuentes cambios de mejoría y empeoramiento me sirvan para hacer conocer a su caridad la inconstancia de mis pasiones de las que dependo tanto que por más resoluciones que tomo no me dejan en libertad para sujetarlas a la razón, de tal forma que estoy unos días un poco tranquila pero enseguida me desmando.
Suplico muy humildemente a su caridad si tuviera entre sus libros alguna estampa parecida a las de la Caridad3 me haga el favor de darme una, al mismo tiempo que le pido perdón por tomarme esta libertad; es que no puedo encontrar ninguna como yo la quiero y creo que me ha de ayudar mucho como también las oraciones de su caridad, de quien soy, mi muy Honorable Padre, obedientísima servidora e indigna hija.
P.D. Hágame la caridad de darme la bendición de nuestro buen Dios y la suya en la santa Misa.







