Luisa de Marillac, Carta 0191: A nuestras queridas Hermanas las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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(que sirven a los pobres del Hospital de Nantes)

Hoy, 8 de mayo de (1647)

Mis queridas Hermanas:

Sor Juana Lepintre1 va a verlas de parte del señor Vicente, y creo que su caridad me habría enviado a mí si hubiera recobrado más fuerzas desde mi grave enfermedad. ¿Y saben por qué, mis queridas Hermanas? Para poder escuchar de sus propios labios las disposiciones en que se encuentran y de dónde pueden venir los pequeños disturbios que se acusan en su compañía, y cómo se ha podido introducir la cizaña2 que parece querer sofocar el buen grano. ¡Ah, queridas Hermanas! ¡Cuántos motivos tengo para temer que hayan sido mis malos ejemplos los que han causado esa desgraciada influencia en sus espíritus! Si así es, háganme la caridad de pedir a Dios perdón por mí y ustedes perdónenme también obrando mejor de lo que me han visto hacer, para no disgustar más a nuestro buen Dios dando a su enemigo lo que en ustedes Le pertenece a El, y para no perder la recompensa que su bondad promete a los que ejercen las obras de misericordia, estando en su gracia; ya que rechaza los mayores presentes de aquellos a los que ve llenos de su propia voluntad.

Pueden ustedes, pues, hablar con toda confianza a nuestra Hermana, quien, a su regreso, nos referirá fielmente lo que ustedes le hayan comunicado; porque, en definitiva, queridas Hermanas, tenemos que ser de Dios y completamente de Dios y para que así sea, de verdad, tenemos que arrancarnos de nosotras mismas. Créanme, echemos la sonda3 para descubrir nuestros males sin halagarnos, y veremos que no es sino el amor a nosotras mismas el que es nuestro mayor enemigo y la causa de que encontremos tanto que censurar en los demás, de que deseemos tanto nuestra satisfacción en todo.

Aquí tienen una carta del señor Vicente,4 que deben valorar mucho, puesto que Dios le ha hecho encontrar el tiempo necesario para ello, a pesar de estar ocupado en tantos asuntos importantes y serios.

Tengo que decirles, queridas Hermanas, sencillamente, los pensamientos que se me han ocurrido al leer esta preciada carta. La suavidad del estilo, el hacerles resaltar las gracias que Dios les ha concedido, y a nosotros también, y las instrucciones que su caridad les da con tanta dulzura, me han infundido tal espanto como no puedo explicarles, al recordar cuántas veces, a través de él, Dios nos ha advertido nuestras obligaciones; cuántas veces ha sabido y querido olvidar nuestras faltas e infracciones, sin cansarse de excitarnos y alentarnos ni de tener con nosotras cuidados paternales, tomándose para ello todo el trabajo necesario como si lo mereciéramos. ¡ qué le hemos devuelto, tierra ingrata! Sólo disgustos, como tierra ingrata que somos, por nuestras infidelidades hacia Dios para quien quiere conquistarnos: unas veces, es un miembro de la Compañía el que se separa de ella o comete grandes faltas contra la vocación; otras, es todo el cuerpo el que degenera; ¡qué estúpidas somos todas!

No parece sino que todas las advertencias que Dios ha permitido se nos hagan no han tenido otro efecto que el de golpes dados al aire y, lo que es peor, temo que5 habiendo sido pronunciadas ante Dios y los Angeles, no se nos tornen en confusión el día del Juicio.

¿No tengo motivos para que mi corazón se vea lleno de temor y de justa aprensión? Y no piensen que les digo esto para intimidarlas, ni que les hablo a ustedes solas; me lo digo también a mí y a todas las que, como yo, han hecho mal uso de nuestra santa vocación. Les ruego a todas, por amor a la muerte de nuestro amado Maestro, que se renueven en su resurrección y reciban la paz que tantas veces nos dio en la persona de sus apóstoles. Pero fijémonos que no se la da en la ociosidad, sino en el trabajo y recuerdo de las llagas que por nosotros padeció; enseñándonos así que no podremos tener paz con Dios, con el prójimo y con nosotras mismas si Jesucristo no nos la da, y que no nos la dará sino por los méritos de sus llagas y sufrimientos, los que no nos serán nunca aplicados sin la mortificación de nosotros mismos, que adquiriremos imitándole en el cumplimiento de la voluntad de Dios.

¡Qué felices son ustedes en comparación de tantas otras personas de su condición! y no me refiero sólo a pobres jóvenes, sino también a señoras de buena posición que desearían tanto se las empleara en el servicio de Dios y de los Pobres, que tienen tan gran deseo de cumplir la voluntad de Dios y de que se las ayude a ello, y sin embargo no consiguen ese consuelo. Y a ustedes nada les falta y aun parece que no están contentas y en lugar de servirse de los medios que Dios les da para su perfección, los desdeñan.

Perdónenme, queridas Hermanas, si el afecto que les tengo me hace hablar así. ¡Cuántas veces cometo yo las faltas que sospecho en ustedes! Pero de verdad quiero ser fiel a Dios y pedirle su gracia para ello. Hagan así: estimen y lean con afecto sus reglamentos e instrucciones, con deseo de ponerlos en práctica y trabajar en ellos conscientemente por amor de Dios, y sobre todo, sírvanse de las advertencias que Dios les da, quizá por última vez, de lo que pide de ustedes.

No es, queridas Hermanas, que haya tenido intención de amenazarlas con los castigos de Dios; pero ustedes y yo hemos de temer su indignación si descuidamos el cumplimiento de su santa voluntad, en la cual y por la cual soy toda de ustedes, queridas hermanas, y espero de su bondad serlo eternamente. Pídanle que tenga misericordia de mí, y en su santo amor me repito, queridas Hermanas su muy humilde y ruin Hermana y servidora.

  1. Juana Lepintre había sido enviada a hacer la visita de la Comunidad de Nantes.
  2. Las cartas llegadas de Nantes explicaban la desunión de la comunidad (ver C. 1 89).
  3. Es decir, examinémonos, sondeemos nuestro interior
  4. El señor Vicente les había escrito (ver C. 189 y SVP 111,174; Síg. lll, 159).
  5. Aquí había escrito Luisa de Marillac: Estas tan queridas advertencias, palabras tachadas después de escritas.

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