Hija de la Caridad, sierva de los pobres
Fontainebleau
Hoy, 3 de marzo (1647)
Muy querida Hermana:
Me preocupa usted al decirme está tan sin consuelo y no comunicarme cuál es el motivo de su aflicción; ¿se trata de su salud? si así es, querida Hermana, ame la santa voluntad de Dios y espere en paz su mejoría; es buena señal que se le hinchen las piernas.
Si está afligida por ver a Dios ofendido por los que deberían cantar sus alabanzas y ser la edificación del pueblo, espere a que llegue la hora de su perfecta vocación, porque Dios puede hacer de ellos grandes santos. Usted, por su parte, haga cuanto pueda por ser fiel a Dios en su vocación y cumplimiento de sus reglas; si su mala salud le impide levantarse (a la hora), ayunar y demás obras de penitencia, piense que en cambio no puede privarla de tener verdadera humildad y ser muy cordial, de tener tolerancia y mansedumbre con el prójimo, aun con los que más la contrarían. No sé si se ha equivocado usted al decirme el número de sus colegialas, porque setenta son muchas Cuando esté usted un poco más fuerte, pienso que será conveniente vaya usted de vez en cuando a ver a los enfermos y que encargue de la escuela a Sor Margarita,1 quien me sorprende que me desprecie tanto que no me escriba; dígale usted que no es bueno escabullirse de su Amo, quiero decir, disgustar a Dios; me temo que no esté a bien con Él. Quizá, Hermana, es que no la advierte usted, en los momentos en que hace falta hacerlo, de los grandes ejemplos de desgracias para las que poco a poco se han ido relajando. Si le dijera a usted el estado en que se encuentran todas las que sabemos, le daría a usted compasión y se quedaría muy asombrada. Ruegue a Dios por todas ellas y pidámosle, la una para la otra, la santa perseverancia. Cuando tenga usted2 ocasión de hacerlo, dígame el número de las niñas de la escuela; pero contentémonos con que Dios lo sabe y evitemos cuanto nos sea posible el deseo de que se sepa lo que Dios hace por medio de nosotras, Mandé su carta por conducto seguro al señor Vicente; no sé si usted habrá recibido las que le hemos escrito, me parece, hace unos quince días; iba también una para nuestra Sor Margarita, tal como hubiera querido escribirle a una hija mía si la hubiera tenido.
Supongo se habrán enterado ya de que no es Sor Francisca la que ha fallecido, sino una Sor Maturina3 y una Petrita,4 las dos de Angers; Sor Magdalena5 está muy enferma, en Angers, y Sor Isabel6 también, en Nantes; rueguen a Dios por una y por otra y por todas nuestras enfermas, que son muchas. Toda nuestra comunidad las saluda a las dos, y yo también, que soy en el amor de Jesús Crucificado, queridas Hermanas, su muy humilde y afectísima servidora.







