Fontainebleau
(hacia 1646)
Querida hermana:
¡Pues bien! Ya la tenemos otra vez en la Corte y empleada por orden de nuestra buenísima y muy devota reina. Que sus santos ejemplos le sirvan a usted de humillación y que la elección que la divina Providencia ha hecho de usted, la llene de confusión; pero cuiden, queridas hermanas, de que «el hombre enemigo» no siempre cizaña en medio de ese buen grano. Lo conocerán ustedes si, durante la estancia de la Corte ahí el trato que han de tener ustedes con las señoras altera, por poco que sea su devoción; si tienen menos cuidado en la observancia de sus reglas, si son menos pacientes y humildes. Pero a propósito de la humildad, ¿ponen cuidado para que la que el mundo tiene con ustedes no les infunda demasiada osadía en el hablar con las señoras, tanto las de la Corte como las de su séquito? ¿y lo mismo con el señor médico? Que la costumbre de tratar con los enfermos y lo que han aprendido de los médicos no las torne demasiado atrevidas, ni a hacerse las entendidas para no prestar atención a lo que recetan (los médicos) o no obedecer a las órdenes que puedan darles. Y cuando se les haga el honor de preguntarles su parecer, respondan con gran humildad diciendo sencillamente que eso es lo que les han enseñado; porque, en verdad, mis queridas Hermanas, si nos portamos de otro modo, es que desconocemos por completo las gracias de Dios. ¿Qué tenemos que no nos haya sido dado? y ¿qué sabemos que no se nos haya enseñado?…







