Hoy, jueves 14 de enero (1644)
Señor:
Nuestro buen Dios quiere que se encuentre usted enfermo, ¡sea por ello bendito!; pero también quiere que por amor suyo tenga usted con su cuerpo la misma caridad que tendría con el de un pobre; y si me atreviera, mi muy honorable Padre, añadiría que lo quiere de manera absoluta. Aproveche usted, pues, esta ocasión se lo suplico, y que perdone la excesiva libertad que me tomo, como interesada, por la gloria de Dios.
Las señoras Traversay, Romilly, Fortia y Viole1 están sufriendo mucho con el asunto de la señorita Serquemann, y habían venido a decirle que el señor Lavocat2 las había citado en la Cámara a donde también había hecho acudir a dicha señorita, mostrándose disgustado de que no se hubiera seguido su parecer y, convencido de que esta buena señorita tenía razón en quejarse, quería que ella expresara a dichas señoras todo lo que le había dicho en particular a él.
Lo primero que dijo ella es que, en una carroza, se había celebrado un consejo compuesto de tres miembros, del que usted, señor, formaba parte con las señoras. Traversay y Romilly, y en el que ustedes habían tomado la decisión de que se llevaran los niños al campo, y que el señor Pelletier3 no siguiera con sus limosnas. Lo que así hizo dicha señora, escribiendo al señor Pelletier y esperando contestación que se dijo había de ser también por escrito en la que rogaba a su sobrino que demorara ocho días la entrega del dinero; esto no consta en la escritura.
Habiéndose preguntado a la referida señorita quién le había revelado ese secreto, dijo que como ustedes eran sólo tres, había sido un ángel quien de nuevo lo repetiría.
El señor Lavocat dijo también a las señoras que, después de estar con usted, señor, había visto al primer Presidente, quien le dijo no había dado crédito a todo lo que usted le había dicho, y que esta buena señorita le había asegurado que usted conocía perfectamente la intención de estas señoras aunque le dijese usted lo contrario, y esto es lo que disgusta al señor Lavocat quien dice no hay que hablar más de hacerse cargo de los niños, ni rechazar las limosnas que ella tenía para tal fin.
Esta señorita le ha armado un escándalo al señor Pelletier diciéndole que haría le llevaran los niños a su puerta, y no deja de decir que se le había prometido la fundación, y el primer Presidente un hospital, pero que las señoras impiden esta buena obra y se queja mucho de que usted no ha querido hablarle aunque, con mucho trabajo, fue a visitarle el día de Reyes, y de verse completamente rechazada por el señor Pelletier, quien le mandó decir que tenía destinadas 100 libras para abonar las mensualidades de los niños que sostenía, pero que no pensaba continuar. Y ella ha venido a contar sus quejas diciendo se encontraba cargada de deudas.
El primer Presidente le ha dicho que presente una instancia que él apoyará y que los niños no saldrán de su dirección sin que a ellas les cueste por lo menos 3.000 libras como fianza. Estas buenas señoras creen perdida la reputación de la Compañía4 y les disgusta ver a usted implicado en este asunto, pidiendo algún remedio para este mal.
Olvidaba decirle, señor, que ayer la señora Traversay, viéndose apremiada a dar alguna satisfacción al señor Lavocat y para calmar un tanto a la señorita, envió recado a la señora de Romilly para que dijera a su señor sobrino lo que el ángel de su guarda le inspirara y esta mañana, estando él a la mesa, le ha dicho: «vengo a decirle que en el asunto del Hospital General haga todo lo que Dios le inspire». Me han encargado también las señoras que le diga a usted que juzgan necesario que el señor Lavocat se entreviste con el señor Pelletier y con algunas señoras de la Compañía en presencia de la señorita Serquemann, para que él sirva de testigo de la voluntad de dicho bienhechor, el cual sostendrá que jamás tuvo intención de hacer una fundación, ni siquiera de seguir contribuyendo siempre. Esto serviría para que el señor Lavocat se dé cuenta de que las demás cosas que esta señorita ha sostenido son más bien deseos suyos que un motivo sólido de esperar una fundación. Sin embargo, no es fácil formarse idea del crédito que este buen primer Presidente ha concedido a esta buena mujer: es tal, que hasta el señor Lavocat y las madres del Hospital se ven precisados a decir que tienen necesidad de ella.
La intención de estas señoras con esta entrevista es que el señor Lavocat pueda informar a ese Señor Juez sobre la verdad de este asunto. Le ruegan a usted, señor, si le es posible, les dé mañana algún consejo. Si el señor Pelletier no estuviera enfermo, le hubieran propuesto a usted que fuera él mismo a visitar y hablar personalmente al primer Presidente.
Espero que Dios sabrá sacar su gloria de este enojoso asunto; así se lo pido de todo corazón y también que le dé a usted salud para este mismo fin.
Espero de su bondad me ayudará haciéndome participar en sus sufrimientos y santos sacrificios ya que conoce usted mis necesidades y que soy, señor, su muy agradecida hija y humilde servidora,
señorita Legras.







