(Angers)1
Hoy, 3 de enero de 1642
Señor:
Supongo que hará unos 15 días habrá usted recibido mi contestación a la que su caridad se tomó la molestia de escribirme antes de la del 18 del mes último, que he tardado mucho en recibir; y para contestar a ésta, empiezo por darle respetuosamente las gracias por su caritativa solicitud. Yo continúo con mis habituales dolencias y algo más enredada por los asuntos, lo que tal vez me haya impedido contestar cumplidamente a su carta anterior; si así es, señor, le ruego me disculpe. Temo un poco la familiaridad del señor Pichery2 y que llegue a acostumbrarse a entrar en el departamento u oficio de ellas para pedirles sus pequeñas cosillas. Esto me parece peligroso, porque estando yo todavía ahí, ya había empezado algo de esto. Si su caridad quiere hacer el favor de informarse de lo que ocurre para tomar las precauciones que le parezcan necesarias…
Me confunde usted, señor, al querer que mi pobre parecer influya en las órdenes que su bondad debe dar a nuestras Hermanas; y pienso que quiere usted humillar mi orgullo. Le diré, pues, señor, respecto a la devoción de Sor Magdalena que me parece podría fácilmente rezar cada día dos misterios del rosario, lo que al cabo de la semana supondría los quince misterios, si el sábado rezase tres. En cuanto a acostarse sobre paja, me parece que tiene más de sombra de mortificación que de mortificación verdadera.
Respecto a nuestra Hermana que desea pertenecer a la cofradía de san Francisco, esto la obligaría a salir, y me parece que la compañía en la que están las incluye en todas las otras cofradías. Sin embargo, si usted no ve inconveniente por lo que hace a las salidas, tal cosa no se opone en nada a sus reglas, porque no hay (en ellas) obligación (en este sentido).
Me encuentro sin saber qué decirle por lo que se refiere a la que pide cilicio de cintura. ¿No le parece a usted, señor, si cree verdaderamente lo necesita, que podría contentarse dos o tres horas al día? No sé si hace uso de la disciplina. Ya sabe usted que nuestro Bienaventurado Padre3 la aconsejaba.
Me parece no convendría que las Hermanas entrasen por las mañanas temprano en ayunas en las salas de los enfermos. En los días de ayuno de precepto, creo que a las que tienen buena salud les bastaría con tomar o simplemente aspirar un poco de vino, aunque no en Cuaresma.
En cuanto a las que piden oír la santa Misa fuera de casa, ¿no se podría decir en el Hospital una Misa hacia las 9 ó las 10? Es lo que se practica en el Hospital General, de aquí. Porque temo (se establezca) la costumbre de salir.
Siento mucho que el mal tiempo me impida enviar ayuda a nuestras pobres Hermanas; lo haremos lo antes posible.
El señor Vicente no ha ido a Richelieu y no sé que hable de ir allá. Suplico a Dios dirija El mismo el asunto que le hace pensar venir a esta ciudad, y espero de la bondad de usted que el recuerdo de mis necesidades le mueva a presentárselas a Dios, en cuyo amor soy, señor, su muy humilde hija y obediente servidora.







