Luisa de Marillac, Carta 0050: Al señor Abad de Vaux

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Hoy, 6 de junio de 1641

Señor:

Ayer perdí la ocasión de contestar a lo que deseaba usted que yo dijese con urgencia; le pido muy humildemente perdón por ello, pero le diré que no me ha disgustado el que no haya usted juzgado apta a la joven que servia al señor Pichery; en cambio si lo estoy, y mucho, por lo remilgadas de espíritu que son nuestras Hermanas. Le ruego vea si hay medio de que les haga usted la caridad de ayudarlas a curar de un mal tan peligroso.

Tengo entendido que el río Loira no dista mucho de ahí; siendo así, si los médicos creen que ese remedio es necesario para nuestra buena Hermana y usted no tiene nada que objetar a ello, pienso, señor, que no estaría mal hiciese la prueba, con tal de que estime usted conveniente que esos señores le den para asistirla una muchacha distinta de nuestras Hermanas pues como dice usted muy bien, no se ve cómo las seis que quedarían podrían bastar para atender al servicio de los pobres. Sin embargo, si se viera que peligraba su vida, en ese caso si creo señor que habría que proporcionarle el consuelo de tener a su lado a una de nuestras Hermanas.

Dios sea bendito, señor, por la perseverancia que da a esas jóvenes que desean ser de las nuestras. Si la que su caridad llama del Espíritu Santo es la buena Margarita Deshaies, será muy bien recibida; y si no es ella, le ruego humildemente se tome usted la molestia de informarse bien, pues bien sabe usted señor la trascendencia que tiene admitir en las Comunidades a personas que no tienen las debidas condiciones. En cuanto a las otras, tengo tan flaca memoria que no recuerdo nada de lo que su caridad me ha dicho de ellas; por eso le ruego, señor, muy humildemente no dude de que recibiremos con mucho gusto a las que usted juzgue a propósito. Cuide, por favor, de que no sea el deseo de ver París lo que las mueva a venir, ni tampoco la necesidad de asegurarse la vida; también, que sean robustas; desde que usted marchó, se nos han presentado seis, de las cuales, unas están delicadas y otras son demasiado jóvenes. Son muy buenas muchachas pero no están en condiciones de prestar a los pobres todo el servicio que se necesita.

El señor Vicente, a su regreso, me encargó que le agradeciera con todo respeto sus recuerdos y que le saludara de su parte. Le ruego me disculpe por no haberlo hecho antes, y le pido, como siempre, la caridad de (hacerme) participar en sus santos sacrificios y de ofrecer a nuestro buen Dios el designio que tiene sobre éstas sus pobres siervas, para que no pongan ningún impedimento a su ejecución, y que yo pueda con libertad repetirme, señor, su muy humilde y obediente hija y servidora.

P. D. Señor, después de escrita ésta, me he acordado que quería rogar a usted con todo respeto se tomara la molestia de hablar a esas buenas jóvenes del cambio de vestido. Tenemos una señorita de buena familia y de las más acomodadas que no ha opuesto a ello la menor dificultad; este ejemplo parece ser un testimonio manifiesto de la necesidad de esta uniformidad.

  1. C. 50 Rc 4 It 422 Carta autógrafa.

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