Luisa de Marillac, Carta 0045: Al señor Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Hoy, 9 de febrero de 1641

Señor:

Por fin tenemos aquí a nuestra buena Sor María1, llena de la mejor voluntad. La encuentro un poco cansada por el mucho trabajo que ha tenido en estos ocho días. Tiene mucho miedo de marcharse sola2 y de no poder vivir con sus Hermanas; pero esto de muy buena manera, sin quejarse ni murmurar y sin que por ello se sienta movida a oponerse a ejecutar la obediencia. Unicamente eso, que manifiesta mucho temor.

Pero yo no soy tan buena como ella, porque tengo tan grabada en mi alma la determinación que me parece tomó usted de no enviar nunca sola a una Hermana, que juzgo necesario enviar a otra con ella. Puede ponerse enferma en el camino o, una vez llegada, puede tropezar con malas personas que piensen mal de ella y le den un disgusto. Además, como no somos insensibles, y no es ya poco que estas buenas muchachas lo hayan dejado todo, puede asaltarle la tristeza y, sin tener con quien desahogarse, es de temer llegue el desaliento; y aún temo que esto pueda ser perjudicial para las otras que podrían decir que no nos preocupamos mucho de las Hermanas cuando las dejamos marchar completamente solas. Todas estas razones, señor, me han movido a tomarme la libertad de rogarle que lo piense y vea si hay medio de que su caso sirva de ejemplo que anime a las demás. El viaje no nos costará mucho, porque, además de los diez escudos que trajo ella hace ocho días, entregó ayer otros tantos.

Respecto a lo que puedan gastar, como están acostumbradas a contentarse con poco para su alimentación, creo que por poco que den para una, alcanzará para que viva la otra, y ya trabajarán ellas para ganar lo que falte; pues aunque en San Germán tenía mucho trabajo y enfermos, sacaba tiempo para lavar para otras personas y así ganaba algo. Yo había pensado, señor, si le parece a usted bien, darle por compañera a Sor Clara, la gruesa; es la que fue a hablar con usted a Santa María para ser admitida, y su madre la acompañó. Es de un carácter bastante dócil y creo que las dos estarán bien juntas. Le ruego humildemente tenga la bondad de decirme si le parece bien así y el día en que podrán marchar y si es necesario que encargue les reserven sus asientos en la diligencia.

Siento mucho darle esta preocupación estando usted enfermo y pido a nuestro Dios le cure. Y soy, señor, su muy humilde hija y agradecida servidora

P. D. La Hermana que le propongo para ir con Sor María Joly sabe leer, y no así ésta; podría llevar la escuela para las niñas pequeñas pobres. Si su caridad pensase en otra, haga el favor de decírmelo para ver si hay medio de dar una compañera a nuestra buena Sor María.

  1. María Joly, una de las primeras Hijas de la Caridad, presentada por la señora Goussault hacia 1632. Sirvió a los pobres en las parroquias de París: San Pablo, San Germán. En 1641, se la escogió para la nueva implantación de Sedan, donde permaneció hasta octubre de 1654. De regreso a París, residió en la Casa Madre. Firmó el acta de erección de la Compañía y aportó su testimonio en la conferencia sobre las virtudes de Bárbara Angiboust (Síg. IX /2, p 1167; Conf. Esp. n. 2.247).
  2. A Sedan. Esta ciudad, antes protestante, acababa de volver a la fe católica tras la abjuración del duque de Bouillon, en 1634 (ver Síg. Il, p 109).

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