(agosto de 1640)
Queridas Hermanas:
Parece que me estoy viendo en medio de todas ustedes al servicio de nuestros amados amos, dándoles la cena. ¡Dios mío! ¡Qué dicha tienen ustedes en efecto, que yo no soy digna de poseer más que de deseo! ¡Animo, pues, queridas Hermanas! Háganlo con un gran corazón, lleno del puro amor de Dios que nos lleve siempre a amar las rosas en medio de las espinas.Qué corta es esta vida, y qué larga, amable y deseable es la bienaventurada eternidad, a la que no podemos llegar si no es siguiendo a Jesús en sus trabajos y sufrimientos! y aún no nos habría podido llevar a ella si su perseverancia no le hubiera llevado a El a la muerte de cruz. Ya ven queridas Hermanas si podemos, sin engañarnos, escatimar ningún esfuerzo. Oh! Guardémonos bien de ello, porque aun habiendo trabajado cuarenta y nueve años1 si dejáramos de trabajar el quincuagésimo y Dios nos llamara, seria como si no hubiéramos hecho nada en toda nuestra vida. La perseverancia, pues, mis queridas Hermanas, tiene que ser el último florón de nuestra corona ya que tenemos que adquirirla en el último momento de nuestra vida en la gracia y amor de Dios. ¿No seríamos muy ruines criaturas si el amor a nosotras mismas, el apego a esto o aquello, nos apartara de esta tan necesaria e importante perseverancia? ¡Oh! Mis amadas Hermanas, pidan para mi a nuestro buen Dios que me haga misericordia y que mis cobardías no me priven de su amor en la eternidad. ¡Cuántas veces he merecido este castigo por mis crímenes!…







