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Mi buena Hermana1:
¡Cómo la compadezco en sus dolores! Quisiera que los suavizara con la consideración continua de que se halla usted en el estado en que Dios la quiere, y, además, que no se inquiete pensando que está sirviendo de carga y que no trabaja como usted querría. De este modo rechazará todos esos pensamientos que la impiden ser totalmente según el Corazón de Nuestro Buen Dios y puede que también hasta le impidan curarse. Piense, pues, que Dios quiere que esté alegre y tranquila en medio de sus padecimientos, y que yo estoy frecuentemente a su lado para decir!e: mi querida Hermana, recuerde que ya en otra ocasión estuvo usted como ahora, y Dios sin embargo le devolvió la salud cuando fue de su agrado que pudiera usted servirle. Estoy quejosa de que no me ha escrito de su puño y letra ni siquiera una vez desde que salí de ahí. Hágalo siempre que pueda; pero dígame con toda franqueza sus sufrimientos, que yo leeré y entenderé todo perfectamente.
Mis saludos a todas nuestras Hermanas; anímelas a pesar de sus aflicciones, y téngame, mi querida Hermana, por su hermana y mejor amiga.







