26 de octubre de 1639
Mis buenas Hermanas:
No dudo de que habrán sentido ustedes mucho la pérdida que hemos tenido con la muerte de la señora 3. La señora Goussault, de soltera Genoveva Fayet, viuda desde 1631 de Antonio Goussault, Consejero del Rey y Presidente del Tribunal de Cuentas. Sugirió al señor Vicente el establecimiento de la Caridad en el Hospital General y se hizo cargo de su presidencia. Favoreció la implantación de las Hijas de la Caridad en Angers. Murió santamente el 20 de septiembre de 1639.Presidenta Goussault 3. Lo mucho que le debemos ha de servirnos de estímulo para imitarla, a fin de que Dios sea glorificado; así lo espero de ustedes con su santa gracia, y ya han experimentado ustedes, hijas mías, los efectos de esa gracia con el bien que su bondad ha querido que hagan en ese lugar. Pero me he enterado que ha ocurrido lo que siempre he temido tanto, y es que su servicio, tan beneficioso para el alivio de los enfermos y la instrucción de las niñas, no ha servido de nada para la perfección de ustedes; al contrario, parece haberlas perjudicado porque el buen olor que exhalaban empieza a desvirtuarse. Piensen, mis buenas Hermanas, en lo que hacen ustedes: son causa de que Dios sea ofendido en lugar de ser glorificado como antes lo era, y el prójimo escandalizado, y dan ustedes pie a que no se estime como antes el santo ejercicio de la Caridad. ¿Cómo se atreverán ustedes a comparecer un día delante de Dios para darle cuenta del uso que han hecho de la gracia tan grande que les ha concedido llamándolas al estado en que les ha puesto? Pretendía sacar su gloria y ustedes se la usurpan. Usted, Sor Bárbara, por su poca cordialidad con la Hermana que Dios le ha dado, por sus pequeños desaires, por la poca tolerancia hacia sus defectos; ¿cómo no se ha acordado usted de que cuando se la puso con ella para hacer las veces de superiora, era para obligarla a portarse como madre, con deberes mucho mayores que los de las madres naturales, puesto que tenía, más que éstas, que cuidar de su salvación y perfección, lo que la obligaba a usar con ella de una gran mansedumbre y caridad, tal y como nos las recomendó el Hijo de Dios en la tierra? Y, al aceptar ese cargo, ¿no vio enseguida a qué humildad la obligaba, ya que tiene tantos motivos para reconocer su incapacidad? ¿No debe usted tener siempre ante los ojos, cuando ordena algo, que es la obediencia la que se lo hace hacer y no porque tenga derecho alguno a mandar? Ahora bien, Hermana, no hay que desanimarse porque no creo que el mal haya llegado a tal extremo que no tenga remedio. Póngase ante la vista de sus faltas, sin excusarlas, porque, en realidad, nada puede ser causa del mal que hacemos sino nosotros mismos. Confiese esta verdad ante Dios, excite en su corazón un gran amor por nuestra querida Sor Luisa, y mirando a la misericordiosa justicia de nuestro buen Dios, arrójese a sus pies y pídale perdón por sus sequedades hacia ella y por toda la pena que le ha causado, prometiéndole, con la gracia de Dios amarla como Jesucristo mismo quiere, dándole pruebas del cuidado que debe tener de ella y abrácela con ese sentimiento verdadero en el corazón.
Y usted, querida Sor Luisa, ha vuelto a caer en sus malas costumbres. ¿Qué idea se ha formado usted de su estado? ¿Es una vida de libertad? Ni mucho menos; tiene que ser una continua sujeción y obediencia. ¿Es posible que no lo piense usted nunca, o que si lo piensa, tenga tan poco amor a Dios y tan poco temor de su salvación, que descuide usted el cumplimiento de aquello a que está obligada? Hija mía, hágase un poco de violencia. ¿Qué saca usted cuando hace sin permiso visitas o peregrinaciones y quiere vivir en todo según su voluntad? ¿No sabe que no debe hacer nada ni ir a ningún sitio sin el permiso de Sor Bárbara, a la que aceptó usted antes de marchar como superiora y a quien debe amar tanto o más que si fuese su madre? Creo que no piensa usted nunca en su vocación puesto que hace tantas cosas que son incompatibles con ella; ¿no lamentaría usted perderla por tan fútiles satisfacciones? Yo creo (y este pensamiento me ha venido ahora mismo) que la causa de la mayor parte de las faltas que comete es que maneja usted dinero y de que siempre le ha gustado tenerlo. Si quiere seguir mi consejo, deshágase de esa afición; póngalo todo en manos de Sor Bárbara; no quiera tener más que lo que a ella le parezca bien y excítese al amor a la santa pobreza para honrar la del Hijo de Dios, y por este medio conseguirá lo que necesita para ser verdadera Hija de la Caridad. De otro modo, dudo mucho de su perseverancia, y le digo esto con temor de que no lo haga, pero no he podido menos de decírselo; recíbalo de buen grado, porque es el amor que Dios me da por todas ustedes el que me hace hablar así. Y ahora, ¡ánimo, mi buena Hermana! Espero que no habrá de despreciar mis pobres consejos, y siendo así, reconociendo cuán digno es Dios de ser amado y servido, avergüéncese de haberlo hecho tan mal desde que El le ha concedido la gracia de llamarla al estado en que se encuentra y especialmente haberla puesto en ese lugar en que tantas bendiciones ha derramado sobre su santo empleo: y tomando resueltamente la determinación de obrar de una manera muy distinta de cómo lo ha hecho en el pasado, arrójese también a los pies de Sor Bárbara con … (aquí está roto el papel de la carta… que continúa dirigida a las dos).
¿No ven ustedes que sus almas no pueden estar en paz y que esta es la causa de que no participen de la santa paz que el Hijo de Dios trajo a los que tienen buena voluntad, ni tampoco de la que dejó a sus santos Apóstoles al subirse al Cielo?
Al advertirles sus faltas, me ponen éstas ante los ojos las mías; y esto, hijas mías, me obliga a decirles que la que me causa mayor pena actualmente es el mal ejemplo que les he dado en la práctica de las virtudes que les recomiendo; les ruego, mis buenas Hermanas, que lo olviden y que pidan perdón por mí, así como la gracia de corregirme, como de todo corazón deseo.
He sido también demasiado negligente en escribirles, pero quiero creer que me perdonan, como así se lo ruego, y ofrezco a Nuestro Buen Dios el acto de reconciliación que tengo la seguridad van a hacer de todo corazón, lleno de buena voluntad; a ese corazón de ustedes se une el mío para que juntas obtengamos la misericordia de que tanta necesidad tenemos y la gracia de vivir en adelante del amor de Jesús Crucificado, en el que soy, mis queridas Hermanas, su muy humilde hermana y servidora.
P.D. ¿Saben (mis queridas Hermanas, lo que) espero de su reconciliación, además de una renovación de su afecto mutuo? Es (que tengan el corazón) abierto la una para la otra, que no se les vea nunca a la una sin la otra; que vayan (juntas a las visitas) que tengan que hacer en la ciudad y que no tengan amistades particulares (con las señoras, no haciéndoles) visitas en manera alguna, no gustando de nada tanto como de su habitación y de la compañía (la una de la otra). No digo con esto que rechacen las visitas que algunas buenas mujeres (tengan) la caridad de hacerles. Una verdadera humildad lo arreglará todo.







