Luisa de Marillac ante el pesebre

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Jean Gonthier, C.M. · Year of first publication: 1983 · Source: Ecos de la Compañía.
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1. Ante el mismo Pesebre

Desde que, a partir del siglo XIII, nació en Roma la costumbre de hacer «Belenes» o «Nacimientos», esta costumbre fue desarrollándose y adquirien­do mayor importancia. El Concilio de Trento señaló una etapa importante en la historia del «Belén» porque dio lugar al nacimiento de un arte exube­rante cuyo primer foco fue Italia.

No es, por lo tanto, de extrañar que Luisa de Marillac se interesara por esta forma material, plástica, de celebrar la fiesta de Navidad.

Bajo su pluma salta repetidas veces la palabra «Pesebre» o «Belén». Pero existe un pasaje de su correspondencia que me ha impresionado más que otros. Lo he encontrado en la carta dirigida a Genoveva Doinel y a María Marta que están al servicio de los Pobres en Chantilly; he anotado la fecha: 28 de diciembre de 1659: la última fiesta de Navidad que la Fundadora pasa en este mundo.

Contestando a la carta recibida de estas Hermanas, Luisa escribe:

«Me invitan ustedes al pie del Pesebre para allí encontrarme con ustedes, cerca del Niño Jesús y de su Santa Madre. Tal y como me lo dicen, me parece que, en efecto, allí se encuentran ustedes llenas de amor y unidas a nuestras Hermanas…»

Vernos, pues, que Genoveva y María Marta, de Chantilly, querían hacer del Belén lugar de cita con su Superiora y sus Hermanas. Era un buen pensa­miento que —así se percibe— regocijaba el corazón de Luisa y le hacía adivinar, corno lo escribe, que sus dos corresponsales, junto al Pesebre, se encontraban en las mejores disposiciones: «llenas de amor».

Lo que sigue de esta carta muestra dos cosas: Primero, el interés que ponía Luisa en el Belén, por lo menos en aquel año de 1659. La frase que hemos dejado interrumpida arriba termina así:

«…y a mí, aunque voy poco, sólo al regreso de Misa. Les diré que este año tenemos el Nacimiento en la gruta pequeña, a los pies de Jesús Crucificado, en un nicho grande que nos parece representa Belén mejor que los otros años…»

De estas líneas se desprende que en aquella su última Navidad la Santa no hace frecuentes visitas al Belén: sólo se detiene ante él al volver de la Misa que oye en la iglesia de San Lorenzo… Pero ¿dónde se encontraba aquel Belén? ¿En la iglesia parroquial? ¿En una habitación del edificio al que, desde 1641, se había trasladado la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, frente a San Lázaro?… Si no es posible dar contestación a esa pregunta, hay, en cambio, una cosa cierta: A Luisa le gusta la representación material del Pesebre y la juzga como más evocadora del gran acontecimiento que en años anteriores.

También puede surgir la pregunta: «¿Y por qué iba poco al Belén? ¿Por falta de tiempo?» Es probable. «O ¿por qué esa ingenua representación del nacimiento del Salvador no le merecía mayor aprecio?» Responder a esto afirmativamente sería no conocer bien a la Fundadora que, por el contrario, gustaba de las imágenes o estampas piadosas y que seguía teniendo un alma de artista, de pintora. Pero, a juicio mío, hay algo más: En aquella Navidad de 1659, Luisa de Marillac lleva tras sí largos años de labor perseverante para adquirir la santidad; se halla casi en la cima de su ascensión espiritual. Su alma contemplativa no necesita ya de representaciones materiales para detener la mirada de su espíritu en su Jesús. En épocas pasadas, ha fijado con fre­cuencia su meditación al pie del Pesebre, pero actualmente se halla ya lo suficientemente penetrada del Misterio de Navidad. Si fuera necesario afian­zarnos en esta creencia, el final de la carta de 28 de diciembre que estamos analizando corroboraría nuestra afirmación:

«De El (el «Niño Jesús») aprenderán ustedes los medíos para prac­ticar las sólidas virtudes que su Santa Humanidad ejercitó en el Pe­sebre desde su Nacimiento. De su Infancia alcanzarán cuanto nece­siten para llegar a ser verdaderas cristianas y perfectas Hijas de la Caridad, si le piden su Espíritu tal y como se lo dio ya en el Santo Bautismo, con la diferencia de que entonces no tenían ustedes uso de razón para obrar en conformidad con tan preciado don; mientras que ahora, queridas Hermanas, si El se lo concede de nuevo, ¡cuánta fortaleza tendrán para trabajar en la perfección que pide de ustedes!»

¿No son reveladoras estas líneas de la orientación que, por lo menos al final de su vida, iban tomando los pensamientos de Luisa de Marillac a la vista, aunque fuera rápida o aun a la simple idea, de un Pesebre?

Como Fundadora de una Compañía que en aquella Navidad de 1659 ha­bía encontrado ya sólidas estructuras espirituales y jurídicas, expresa una convicción suya muy fuerte: en la contemplación de Jesús en el Pesebre y en su Infancia, los miembros de la Compañía de la Caridad han de encontrar ejemplos y gracias que les permitirán trabajar en su perfección de cristianas y de siervas de los pobres. Este pensamiento toma un relieve más sorpren­dente si se tiene en cuenta que cuando Luisa lo escribe no le quedan más que dos meses y medio de vida en la tierra.

Pero hay otros dos textos que nos van a permitir penetrar mejor en el alma de la Santa, en su contemplación. Son las páginas que llevan por título «Nacimiento de Jesús» y «Alabanza a la Santísima Virgen, Madre de gracia y misericordia».

2. Ante el misterio de Navidad

Meditación sobre «el Nacimiento de Jesús»

Que el Nacimiento y la Infancia de Jesús sean una excelente escuela de santidad, es una convicción que al filo de los años se ha ido fortaleciendo en el espíritu de la primera Hija y Discípula de San Vicente. Primero empezó por adquirirla personalmente, para su propio provecho. Tal afirmación en­cuentra su fundamento, por ejemplo, en una de las ‘Meditaciones’ escritas por ella y consagradas al «Nacimiento de Jesús» (v. pág. 807, ed. fr. Escri­tos; Castañares, II, 177). Son consideraciones que no llevan fecha pero que parecen remontarse a una época en la que Luisa no tenía todavía que encar­garse de la formación de las primeras Hijas de la Caridad: así lo hace presu­mir el tono personal en que van redactadas. Por otra parte, en cartas u otros escritos en que evoca más o menos ampliamente la fiesta de Navidad, Luisa de Marillac piensa —en esas fechas posteriores— en las lecciones que pue­den desprenderse de la fiesta de Navidad en provecho de sus hijas. Tampoco es imposible que esta meditación se haya escrito en el tiempo en que la Santa, viuda joven entonces, pasa a ser la «Visitadora de las Cofradías de Caridad»: en dicho ejercicio conoció sin duda sinsabores, pero también y en mayor número, éxitos humanos. Ahora bien, en esta Meditación sobre «El Naci­miento de Jesús» hay una frase que parece dar a entender que Luisa de Ma­rillac la escribió en esa época:

«Tengo que aprender a permanecer oculta en Dios con de servirle, sin buscar ya para nada la aprobación de las criaturas ni mi satisfacción en comunicarme con ellas, contentándome Dios vea lo que quiero ser para El».

De todas formas, cualquiera que sea su fecha, esta página revela cual es el caminar espiritual de la futura Fundadora en su contemplación del belén. Empieza por considerar la abyección a que se somete Cristo:

«El Hijo de Dios no viene a este mundo de la manera que corres­pondería a su grandeza, sino con las apariencias más bajas que se podrían imaginar, y esto, oh alma mía, con el fin de darnos mayor libertad para acercarnos a El, lo que hemos de hacer con tanto ma­yor respeto cuanto más grande es su humillación.»

Vemos, pues, que por una parte está impresionada por el contraste entre la divinidad que se esconde tras la humanidad del Niño de Belén, y por otra por el marco material que rodea a la Natividad. Es de notar la razón que atribuye a tanta abyección: la intención de Jesús que quiere hacerse más cercano a aquellos a los que viene a salvar. Luisa saca en seguida una aplicación práctica: esta libertad de acceso a El, que Cristo nos da, hemos de usarla con «respeto», un respeto que esté en relación directa con «la humildad de la que da prueba el Salvador recién nacido.

Sin detenerse más en este punto, Luisa subraya la discreción con la que se opera la aparición humana en el mundo del Verbo de Dios:

«Estando próxima a dar a luz, la Virgen se vio obligada, ante la negativa de los posaderos de Belén, a retirarse a un pobre establo en el que tuvo lugar su santo y divino alumbramiento…»

Encontramos aquí el contenido del versículo 7 del capítulo 2 de San Lucas, pero invirtiendo los hechos: el alumbramiento de María y la falta de aco­gida en las posadas de Belén. Llegada a este punto, la contemplación del Pesebre inspira a Luisa las reflexiones siguientes:

«Pero, Dios mío, ¿qué preparativos hay allí? ¿Dónde están las personas dispuestas a recibir dignamente a este divino Infante que es Dios y Hombre? Nada de esto se ve, tan sólo la meditación de la Vir­gen y la devoción de San José. Es verdad que nada ni nadie había en el inundo dignos de tal honor. ¿No habría sido injuriaros, Virgen Santísima, que alguno se atreviera a aspirar a tanta dicha, que a Vos sola pertenece por entero?»

Es muy perceptible la vibración del corazón maternal de Luisa de Mari­llac en estas últimas frases. Pero si su vocación de madre la ha hecho de­tenerse ante la cuna del Niño Dios con una, mayor facilidad, no hay sin em­bargo riesgo de que el sentimentalismo ahogue su meditación: inmediata­mente la cristiana se abre paso y la gran lección que recoge en primer lugar es la de la pobreza:

«El pesebre es el trono del reino de la santa pobreza. Mucho he deseado ser admitida a él, ya que esta virtud es la que más ama el Rey de los pobres. Lo que puede advertirse al ver que sólo los que lo son verdaderamente Le reconocen. Por eso, manifiesta su nacimiento por voces celestiales, dando así la seguridad de que es Dios mismo quien honra tal estado…»

¡Qué pensamiento tan profundo! La imagen que expresa la primera frase muestra hasta qué punto ha percibido Santa Luisa la importancia de la po­breza: A la súbdita de la monarquía del siglo XVII, lo primero que se le viene a las mentes es una imagen «real» cuando quiere expresar lo que experimenta a la vista de la desnudez y pobreza que rodean el nacimiento del Salvador. La Pobreza es una Reina cuyo trono es el Pesebre. Si la Pobreza es Reina es por ser la preferida «del Rey de los pobres». La meditación de Luisa de Ma­rillac le deja grabada esa verdad con una convicción innegable porque se basa en dos hechos referidos por el Evangelio (Lc. 2, 8-15): La revelación o anuncio del Nacimiento de Jesús a los pastores de Belén muestra la pre­dilección del Salvador por la Pobreza: Luisa piensa indudablemente en los «pastores que pernoctaban al raso y de noche se turnaban velando sobre su rebaño» (2, 8), cuando escribe:

«sólo los que lo son (pobres) verdaderamente Le reconocen.»

El otro hecho en que se basa la convicción de nuestra Santa es la manifestación visible, tangible, de la aprobación del Padre a los desposorios de su Hijo con la Pobreza:

«…manifiesta su nacimiento por voces celestiales, dando así la segu­ridad de que es Dios mismo quien honra tal estado…»

«Al instante… dice San Lucas… una multitud del ejército celestial… ala­baba a Dios diciendo: ‘Gloria a Dios en las alturas’… (2, 13-14).

Pues de ese amor del «Rey de los Pobres» hacia la Reina Pobreza, saca Luisa de Marillac una lección:

«Viendo la grandeza de Dios tan rebajada, no sólo por hacerse hom­bre, sino por escoger ser uno de los más pobres, he creído que para cumplir en este mundo los designios de Dios en las cosas penosas, eran necesarios ánimos esforzados que trabajaran por humillarse, y por eso Dios escogía a veces a algunas de dinero o de alta alcurnia, pero sin que llegaran a avanzar nada hasta tanto que Dios les hubiere humillado en la manera dispuesta por El…»

La Fundadora que, al filo de los años, va a convertirse cada vez más en «la sierva de la voluntad divina» y que está llamada a realizar uno de «los designios de Dios en este mundo» —el establecimiento de una nueva forma de vida religiosa consagrada a la Caridad—, la Fundadora, en contemplación ante el pesebre, se da cuenta de la necesidad de «ánimos esforzados» para proseguir la obra redentora inaugurada visiblemente por el Salvador en la noche de su nacimiento. Esos «ánimos esforzados», esos hombres y muje­res de gran corazón, llamados a servir a Dios en sus «designios» y «en co­sas penosas», tienen que «trabajar en humillarse». Llegada a este punto, Luisa parece establecer un lazo especial entre la pobreza y la humildad. Pa­rece también que en la humildad ve el medio para que los ricos y los nobles («algunos de dinero o de alta alcurnia») se hagan «pobres» para servir al Rey de los pobres. En su meditación, Luisa entrevé en el Pesebre el lugar de conciliación entre la pobreza espiritual y la riqueza material. La humildad que es una de las formas de «pobreza espiritual» se le presenta, finalmente, como el medio indispensable con que los hombres y mujeres escogidos pue­den colaborar en la obra divina: «…sin que llegaran (esos «aristócratas» escogidos por Dios) a avanzar nada hasta tanto que Dios les hubiera humi­llado en la manera dispuesta por El».

Sin sospechar que las líneas escritas por ella e inspiradas por su medi­tación ante el Pesebre habían de ser el resumen anticipado de su propio ca­minar espiritual en la tierra, Luisa prosigue su reflexión en un tono más personal:

«Este Dios, al nacer en la oscuridad y desamparado de las críaturas, me enseña la pureza de su amor que, sin manifestarse a los hombres, se contenta con hacer por ellos todo cuanto puede.»

Inevitablemente, Luisa no podía dejar de percibir la realidad que explica la noche de Navidad –«noche» material pero sobre todo «noche» espi­ritual del abatimiento y de la desnudez del Verbo de Dios—: esa realidad que es el amor de Dios por los hombres. Pero lo que se graba en su pensa­miento es la «pureza» de ese amor. Emplea esa palabra, es evidente, no para hacer resaltar la ausencia de corrupción o de mancha en el amor de Dios hacia los hombres, sino en un sentido análogo al que damos, por ejemplo, a la expresión: «es la pura verdad», lo que equivale a decir que se trata única y exclusivamente de tal o cual verdad. En su Natividad, escribe Luisa, Dios no «manifiesta» a los hombres su amor, y parece entonces estar en contra­dicción con lo que San Pablo escribe a Tito (3,4), palabras que la liturgia nos presenta en la segunda lectura de la Misa del día de Navidad:

«…Cuando apareció la bondad de Dios nuestro Salvador…» y su amor hacia los hombres. En realidad, es una contradicción sólo aparente: El Apóstol ve cómo se manifiesta el amor de Dios hacia los hombres en el hecho de que «nos salvó mediante el lavatorio de la regeneración y renovación del Espí­ritu Santo»… (Tit. 3, 5). En la frase que estamos considerando, Luisa dice «se contenta con hacer por ellos todo cuanto puede», palabras con las que hace eco a las de San Pablo. Lo que ella quiere decir con su expresión «sin manifestarse a los hombres» es que en la noche de Navidad, en el momento en que el Verbo de Dios aparece en la tierra bajo los rasgos de un niño que no habla, nadie, fuera de María y José, podría reconocer en esas apa­riencias el amor «manifestado» por Dios a los hombres: «manifestado», ma­nifiesto, es decir, hecho como palpable por su esplendor, su claridad des­lumbrante. Por otra parte, la palabra «oscuridad» que emplea Luisa en la misma frase pone de relieve lo que la impresiona: la falta de evidencia sen­sible, humana, de ese amor de Dios hacia sus creaturas, aunque ese amor sea verdadero, la pura verdad.

El hecho, pues, que más conmueve a Luisa en su meditación es que ese amor de Dios, en el Niño del Pesebre, sea «puro», es decir, despojado de todo lo que podría hacerlo fácilmente perceptible a los hombres. La conclusión práctica a la que llega demuestra efectivamente que tal es su pensamiento:

«…De lo que tengo que aprender a mantenerme oculta en Dios, con el deseo de servirle sin buscar ya para nada la aprobación de las creaturas ni mi satisfacción en comunicarme con ellas, contentán­dome con que Dios vea lo que quiero ser para El».

Belén la invita a un «amor puro» a Dios. No ese «amor puro» que a fi­nales del siglo XVII enfrentó con Bossuet a Madame Guyon y a Fenelon; sino a un amor activo, concreto —»con el esfuerzo de los brazos y el sudor del rostro», como quería San Vicente—, un amor que sólo pretende servir a Dios sin compensación alguna por parte de las creaturas, que no aspira sino a la austera satisfacción de que Dios «lo vea»:

«contentándome con que Dios vea lo que quiero ser para El.»

Luisa de Marillac termina como sigue su meditación sobre «el Naci­miento de Jesús»:

«Por su Encarnación pide, además, de nosotros no sólo gratitud por nuestra redención y salvación, sino también, que así como El bajó personalmente del Cielo para unirse con la tierra, así nosotros nos elevemos por encima de las cosas terrenales y sensibles para unir­nos con su divinidad, y que viendo la unión indisoluble de nuestra naturaleza con su persona divina, no nos separemos nunca de El por el pecado».

La venida del Hijo de Dios a este mundo tiene por finalidad «nuestra redención y salvación». Para Luisa de Marillac no es bastante reconocer ese hecho, «agradecerlo» y aceptar todo su alcance mediante una adhesión de Fe más o menos teórica: descubre en él la voluntad de Dios a través de «la unión indisoluble de nuestra naturaleza con su persona divina» y esa volun­tad de Dios es que el hombre, en respuesta a esa unión, se una a la divi­nidad de Jesús. Aquí, es cierto, no piensa directamente en los medios para llegar a esa divinización de la naturaleza humana, pero sí indica cuál es el primero paso que hay que dar para entrar por tal camino: la lucha contra el pecado.

Este último párrafo de su meditación ante el Pesebre no se encamina, de modo natural, hacia la contestación que podemos dar a la segunda pregunta que, también de modo natural, se nos viene a los labios: «¿Qué es lo que puede explicar la devoción de Luisa de Marillac a Jesús Niño?»

2.° Alabanza a la Santísima Virgen, Madre de gracia y de misericordia (Ed. fr. Escritos, pp. 880-81, Castañares, III, 236)

En su meditación ante el pesebre, o al menos cuando contemplaba el Misterio de la Navidad, la mirada de Luisa se posaba también sobre la Virgen María. En sus escritos encontramos, bajo el título «Alabanza a la Santísima Virgen, Madre de gracia y de misericordia» las siguientes líneas que nos hablan de esa otra orientación de las reflexiones de la Fundadora ante la Cuna del Niño Dios:

«Virgen Santísima, bien sabéis lo que mi corazón ha pensado hoy al considerar a vuestro amado Hijo en el Pesebre…»

Se ve, pues, que Luisa redactó esta meditación un día de Navidad o, al menos, durante el tiempo litúrgico de Navidad. Esta página se sitúa entre las que encabezan los escritos que se suponen del período 1623-1634. De hecho, no se encuentra en ella nada que recuerde las características de sus escritos posteriores: es decir, el deseo y preocupación de llevar hacia la santidad a las hijas de las que, por mediación del señor Vicente, Dios le encomendó la responsabilidad el 29 de noviembre de 1633.

Luisa no se detiene a describir la actitud exterior de la Virgen de Belén: va derecha a la extraordinaria realidad de fondo. No se deja guiar por el sen­timiento: su cultura teológica la lleva a dar a María el lugar que le corres­ponde y no otro. Antes de contemplar la misión de la Santísima Virgen, trae a su consideración de manera admirable lo que es Navidad. Sirvan tan sólo de prueba las siguientes líneas que se enlazan con las que acabamos de citar:

«…cuán grande me ha parecido este santo Misterio, viendo en él la ley de gracia dada a toda la naturaleza humana, hasta entonces cau­tiva de la culpa original que tenía sojuzgadas a todas las almas en la privación de la vista de Dios para la que habían sido creadas…»

Al expresarse de esta forma, Luisa da la impresión de estar poniendo como telón de fondo del Portal de Belén el Monte Sinaí en el que Yahvé entregó a Moisés la ley para su pueblo. Y esta impresión parece quedar confirmada al leer el último párrafo de esta página de «Alabanza a la Santísima Virgen», que empieza así:

«Si el pueblo de Israel honraba tanto a Moisés por mediación de quien recibía la manifestación de la voluntad de Dios, ¡qué amor y servicio no os debo por haber sido Vos la que habéis dado al mundo el Dios de la ley de gracia!»…

La expresión «ley de gracia» que Luisa emplea dos veces, me ha recordado, sin yo buscarlo, las líneas que habría de trazar más adelante, con motivo de la fiesta de Pentecostés de 1645:

«Es verdad que tengo un afecto especial por la fiesta de Pentecos­tés…; recuerdo haber recibido un gran consuelo, hace algún tiempo, por haber escuchado a un predicador que en tal día Dios dio su ley escrita a Moisés, y que bajo la ley de gracia, en ese mismo día había dado a su Iglesia la ley de su amor, que llevaba en sí la potencia de cumplirla…»

Desde el día de Pentecostés de 1623 en el que recibió la revelación de lo que había de ser su porvenir, quedó tan influida por esta fiesta que nunca se apartó de ella su recuerdo, ni aún cuando está contemplando el Pesebre. Y se comprende: su devoción al Espíritu Santo es, a la vez, tan penetrante y tan esclarecida que, cuando su pensamiento se vuelve hacia María, no puede olvi­dar la relación tan singular que existe entre Ella y el Espíritu Santo. Así es, aun cuando no siempre lo exprese con la misma nitidez que en su meditación sobre «la eminente dignidad de María» (ed. fr. Escr. p. 833; Cast. III, p. 199):

«Sois verdaderamente santuario del Espíritu Santo por la Encarnación que obró en Vos.»

Entonces, vemos cómo, en unas fiestas de Navidad, entre 1623 y 1634, Luisa de Marillac, guiada en cierto modo como por una iluminación indirecta que procede de su devoción a Pentecostés, contempla a María en su misión en relación con su Hijo Jesús, cuyo nacimiento trajo al mundo «la ley de gra­cia». Empieza por exclamar:

«Pero ¡oh Santísima Virgen! ¡Qué admirable es vuestra virtud!…» ¿Qué es lo que le inspira ese entusiasmo? Ella misma responde echando mano de las ideas del «Magnificat»:

«He ahí que sois Madre de todo un Dios y, sin embargo, no os apartáis de la oscuridad y bajeza; es para confundir nuestro orgullo y para enseñarnos a estimar la gracia de Dios por encima de todas las grandezas del mundo que, ciertamente, comparadas con ella, son despreciables…»

Como si durante su meditación se hubiera visto favorecida con una luz más especial sobre la eminente dignidad de María, Luisa se dirige ahora al Señor con unas palabras en las que se traslucen al mismo tiempo un deseo de apostolado mariano y el sentimiento de no poder expresar lo que a la luz de la gracia ha vislumbrado:

«¡Oh Dios mío! ¿Por qué no será capaz mi espíritu de dar a conocer al mundo las bellezas que me habéis hecho ver y la gran dignidad de la Santísima Virgen? Es verdad que con decir que es la Madre de vuestro Hijo, se ha dicho todo. ¡Pero qué admirables son en sí mismas todas las operaciones de María! No sin razón le da la Santa Iglesia el título de Madre de Misericordia, ya que lo es por ser Madre de la Gracia…»

Con serena seguridad Luisa afirma, pues —como al cabo del tiempo lo ha hecho el Vaticano II—, que toda la dignidad de María y el lugar único que ocupa en la economía de la Salvación, proceden de su Maternidad divina. Fir­me en su Fe y conmovida por las luces que de ella recibe, la futura Fundadora de las Hijas de la Caridad fija su mirada en la Virgen al pie del Pesebre, la Virgen de Belén, y le dice:

«¡Oh Purísima Virgen! os miro y contemplo hoy como Madre de la gracia, puesto que, no sólo sois la que suministrasteis la materia de la que se formó el sagrado cuerpo de vuestro Hijo, sino que Vos lo disteis al mundo…»

Palabras que aclaran lo que Luisa decía más arriba de las «operaciones» de la Madre del Hijo de Dios, «operaciones» que, «en sí mismas son admi­rables». Se está refiriendo al aspecto físico, pero pronto se apresura a poner de relieve el aspecto espiritual:

«Sois la Madre de Jesús, Dios y Hombre, que con su nacimiento trajo una ley nueva al mundo, la única que lleva en sí y conduce a la vida eterna. ¡Oh Madre de la Ley de gracia, pues lo sois de la Gracia misma!…»

Desconcertada por la merced de iluminación con que acaba de ser favo­recida, Luisa confiesa, mientras sigue dirigiéndose a esta «Madre de la Gracia»:

«Me parece que nunca os había reconocido como tal…» Después de esta confesión, se imponen unas resoluciones:

«Si el pueblo de Israel honraba tanto a Moisés por mediación de quien recibía la manifestación de la voluntad de Dios, ¡qué amor y servicio no os debo por haber sido Vos la que habéis dado al mundo el Dios de la ley de gracia! Quiero demostraros mi agradecimiento con las alabanzas que deseo tributaros, con mi celo por dar a conocer a las demás grandezas —¿no es esto un verdadero apostolado ma­riano?— y con una devoción y confianza especiales que quiero tener en adelante en el valimento que tenéis con nuestro buen Dios. Dignaos ayudarme, oh Santísima Virgen, a cumplir estas resoluciones tan justas.»

La misma Luisa de Marillac nos proporciona la conclusión a nuestra lectura de estos dos textos que nos permiten vislumbrar la orientación de su reflexión cuando medita ante el Pesebre. Esta conclusión es, sencillamente, el segundo párrafo de su «Alabanza a la Santísima Virgen», que nos manifiesta las disposiciones en las que quiere vivir el tiempo litúrgico de Navidad:

«¡Oh santo tiempo de gracia! ¿Cómo no inundas nuestros corazo­nes de continuo gozo y alegría? ¿Cómo no tienes poder suficiente para llenar toda nuestra vida de amor hacia un Dios tan bueno? Quiero, Dios mío, pensar a menudo en esto y agradeceros vuestra gran misericordia por haberme creado después de tan sagrado tiem­po. Concededme la gracia de mantenerme en esta gratitud.»

Hemos visto que estas líneas fueron escritas entre 1623 y 1634. Sí, el ani­versario del nacimiento del Salvador «llenará de amor toda su vida». Pero ese mismo amor irá evolucionando y completándose con su ejercicio. Las responsabilidades que habrán de recaer sobre ella harán que ese amor, reno­vado a cada Navidad, se concrete, —como lo muestra la carta de la última Navidad que pasó en la tierra y que citamos al comienzo de este estudio—, en su preocupación y deseo de inducir a sus primeras Hijas de la Caridad a vivir las virtudes que el Salvador recién nacido predica con su mismo silencio.

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